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Hierro y Sangre - Capítulo 141

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Capítulo 141: Capítulo 141: Sombras en el Altar

(Narra Aelnora)

El regreso a Colmillo de Wyvern no fue el recibimiento heroico que algunos de los soldados de Valka esperaban. En cuanto cruzamos el rastrillo principal, el aire no sabía a victoria, sino a brea quemada y a la tensión eléctrica de una turba enfurecida. En el patio central, bajo la sombra de los torreones de piedra gris, se había improvisado un patíbulo. Mineros con los rostros tiznados, duelistas orcos y rebeldes de las tierras bajas se agolpaban gritando insultos hacia el estrado.

Cinco hombres, guerreros que habían servido bajo el mando del Filo desde que llegamos al fuerte, estaban de rodillas con las manos atadas y sogas de cáñamo rodeando sus cuellos. El Filo se adelantó, sus pasos resonando con una autoridad gélida que hizo que los gritos cesaran parcialmente.

—¡Exijo una explicación! —la voz de Círdan no fue un grito, fue un látigo que restalló en el patio.

Uno de sus tenientes se acercó, su rostro era una máscara de asco y traición.

—Son ratas, mi señor —escupió el hombre, señalando a los condenados—. Se les descubrió enviando misivas con sellos lacrados del Clero. Informaban a Balthazaar de cada uno de nuestros movimientos, de nuestras defensas y del estado de la artillería de oricalco. Son traidores.

Otro rebelde se acercó y, de un tirón, les arrancó las camisas. Los hombres en el patíbulo no sollozaban, no suplicaban; tenían la mirada perdida, las pupilas dilatadas como si vieran algo que nosotros no. Raven se adelantó, sus ojos de elfo brillando con una luz analítica mientras inspeccionaba la piel expuesta de los condenados.

—Miren sus pechos —dijo Raven, su voz cargada de un cinismo amargo—. Runas de sangre grabadas bajo la dermis. No son traidores por elección, Filo. Han sido despojados de toda voluntad. Son cáscaras controladas por alguien más.

—Entonces son inocentes —sentencié, dando un paso al frente con mi maza en la mano—. No podemos colgar a hombres que no son dueños de sus actos.

—Me temo que es tarde, Aelnora —respondió Raven, negando con la cabeza—. La magia rúnica está anclada a sus latidos. Si intentamos borrarlas, sus corazones estallarán. Ya es imposible salvarlos. Están muertos, solo que sus cuerpos aún no se han enterado.

—Entonces merecen una muerte más piadosa que la horca —dijo el Filo.

Círdan caminó hacia el estrado con una parsimonia que helaba la sangre. La multitud se apartó, guardando un silencio sepulcral por respeto a su comandante. Todos esperaban un discurso, una condena formal. El Filo subió al podio, su mano rozando el mango de Ébano. En un parpadeo, su figura se desdibujó, desapareciendo en un borrón de velocidad sobrenatural. Un segundo después apareció al otro lado del estrado. Las sogas se tensaron un instante antes de que las cabezas de los cinco condenados rodaran por la madera del patíbulo, separadas de sus cuerpos con una limpieza quirúrgica.

Aeris, que seguía apoyada en Ulm, miró la escena con una frialdad técnica que me dolió ver en alguien tan joven.

—Bueno… al menos esos pobres diablos ni se enteraron de que murieron —murmuró ella, su voz carente de emoción.

—¡Que les den una pira funeraria digna! —gritó Einar, su voz de mando rompiendo el estupor de la turba—. ¡Fueron controlados por el enemigo! ¡Le pudo haber pasado a cualquiera de nosotros! ¡No los miren con odio, mírenlos con miedo, porque esa es la guerra que enfrentamos!

Los hombres, intimidados por la presencia del Druida, se pusieron en marcha de inmediato para construir la pira. La justicia del Filo había sido rápida, pero el mensaje de Einar era el que realmente pesaba en el aire: nadie estaba a salvo de las sombras.

(Narra Valka)

La noche en el fuerte siempre se sentía más pesada después de una ejecución. El olor de la carne quemándose en la pira funeraria se filtraba por las rendijas de las puertas, recordándonos que la muerte era la única constante. Pasé por el laboratorio de Raven, buscando algo que me quitara el sabor a ceniza de la boca. El lugar apestaba a hierbas amargas, fluidos extraños y esa esencia metálica que siempre rodeaba al mago de sangre.

Hablamos un poco sobre lo que vimos en Orodreth. Raven estaba obsesionado con los Males Mayores que habían escapado.

—La Gula y la Ira solo fueron el comienzo, Valka —dijo él, mientras vertía un líquido carmesí en un vial de cristal—. Si Melody y el Padre Tomás regresan fortalecidos por esos demonios, Colmillo de Wyvern no será más que una pira más grande que la de esos cinco infelices.

—Entonces tendremos que cortarles la cabeza antes de que respiren —respondí, ajustando mi cinturón. Me preparé para salir, pero me detuve en el umbral de la puerta. Una idea traviesa cruzó mi mente, una necesidad de reafirmar que, a pesar de todo, aún era dueña de mi propia carne—. Por cierto, Raven…

Me giré y, con un movimiento fluido, me desabroché la pechera de cuero y aparté la camisa, exponiendo mis pechos ante su mirada analítica.

—Para que veas que no hay runas de sangre que me controlen —dije con una sonrisa desafiante—. Mi piel está limpia.

Raven no se inmutó. Dejó el vial sobre la mesa y movió un solo dedo en el aire, trazando una línea invisible. Sentí una punzada eléctrica recorrer mis nervios, un calor súbito que se concentró en mi busto. Mis pezones se endurecieron al instante bajo su control arcano.

—Para que no olvides que tu sangre es mía, guerrera —dijo Raven, con una sonrisa ladeada que prometía tanto peligro como placer—. Ahora vete. Tienes una guerra que ganar mañana.

Me cubrí de nuevo, sintiendo un escalofrío que no era de frío, y me retiré a mis aposentos. En este fuerte, incluso los aliados tenían garras.

(Narra Einar)

El refugio de nuestra habitación era el único lugar donde la máscara de guerrero podía caer. Aelnora y yo nos miramos en la penumbra, iluminados apenas por una vela que agonizaba en un rincón. La batalla de la arena y la ejecución de la tarde seguían pesando sobre nuestros hombros como capas de plomo.

Ella se acercó a mí, y sin decir una palabra, me rodeó con sus brazos. La atraje hacia mí, hundiendo mi rostro en su cuello, buscando el aroma a incienso y acero que siempre la acompañaba. Nos besamos con una urgencia desesperada, un choque de labios y alientos que intentaba borrar la imagen de los golems de arena y las cabezas rodando por el suelo. Era un abrazo de náufragos, una promesa silenciosa de que, mientras estuviéramos juntos, la bestia interna y las sombras externas tendrían que esperar. Nos preparamos para dormir, entrelazados, sabiendo que el amanecer traería nuevos horrores, pero que al menos esa noche, el calor del otro era real.

(Narra Ulm)

Ayudé a Aeris a entrar en sus aposentos con la delicadeza de quien transporta un tesoro de cristal. Mi corazón seguía encogido, una presión constante en mi pecho que no me dejaba respirar bien.

—Déjame ayudarte, pequeña —susurré.

Con dedos torpes y temblorosos, comencé a desabrochar las correas de su armadura. El oricalco, usualmente brillante, parecía opaco bajo la luz de la lámpara. Cuando retiré la última placa y le ayudé a ponerse una camisa de tela ligera para dormir, el aliento se me escapó de los pulmones. El hematoma en su abdomen era una mancha horrible, una galaxia de morados oscuros, negros y verdes que cubría casi toda su cintura.

Comencé a aplicarle los ungüentos que Aelnora me había dado, mis manos grandes tratando de ser lo más suaves posible. Aeris soltó un quejido de dolor que me atravesó como una espada.

—Perdóname… lo siento tanto, Aeris —murmuré, mi voz quebrada por la culpa.

—Tranquilo, osito… —ella me puso una mano en la mejilla, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Estamos en guerra. Soy una guerrera de este grupo, no una adorno. Sabíamos que esto podía pasar en cualquier momento.

—No debería haber pasado —gruñí, frotando la pomada con extrema precaución—. Mañana mismo le pediremos ayuda a Raven para que drene ese moretón con su magia de sangre, y a Aelnora para que termine de sanar tus costillas. Estoy seguro de que al menos hay un par rotas por la forma en que respiras.

—Vamos ahora —insistí, haciendo amago de levantarme para buscar a la clériga—. No quiero verte sufrir ni un minuto más.

—No, amor —respondió Aeris, sujetándome la mano con firmeza—. Todos necesitan descansar. El fuerte está al borde del colapso y ellos han dado todo hoy. Puedo aguantar una noche más. Quédate conmigo, Ulm. Eso cura más que cualquier ungüento.

Me senté a su lado, cuidando su sueño, sintiéndome el hombre más pequeño del mundo a pesar de mi tamaño.

(Narra Gorrash)

En el patio de los orcos, lejos de las comodidades de piedra del fuerte, mi tienda se alzaba como un recordatorio de mi linaje. Estaba arrodillado sobre una piel de lobo, meditando frente a mi nodachi apoyada en su soporte de madera. El incienso gaelico quemaba lentamente, llenando el espacio de un aroma a turba y guerra antigua.

Mis pensamientos eran un torbellino. Recordaba la arena de Orodreth, el momento en que mis músculos se tensaron no para atacar, sino por el frío abrazo del miedo. Yo, Gorrash, el que siempre marchaba al frente, el que despreciaba la debilidad de los demás, me había quedado paralizado ante una bruja y un demonio.

«¿Cómo pretendo acabar con los males que acechan este mundo si mi propio espíritu flaqueó ante el primero de ellos?», me pregunté, apretando los puños sobre mis muslos. El miedo era una llaga que el oricalco no podía sanar. Tenía que encontrar la forma de forjar mi voluntad de nuevo, o sería el próximo peón en caer en este tablero de locura.

(Narra Viktor)

En la soledad de mi habitación, el silencio era mi peor enemigo. Tenía el laúd de oricalco entre las manos, afinando las cuerdas con una obsesión casi enfermiza. Cada nota que arrancaba del instrumento me traía ecos de la melodía de Melody en el coliseo.

Cerré los ojos y recordé a la chica que conocí antes de que la Ira la consumiera. Era amable, sus manos buscaban las cuerdas con una alegría que iluminaba cualquier taberna, y su voz tenía una calidez que podía calmar al guerrero más herido. ¿Quedaba algo de esa Melody bajo las costuras de su boca y el odio de sus ojos? ¿O el pacto con el demonio Andras había borrado hasta el último rastro de su alma?

Rasgué una nota larga y melancólica. Si alguna vez volvíamos a encontrarnos, no sabía si mi música sería capaz de rescatarla o si tendría que ser el último acorde que silenciara su agonía para siempre.

(Narra El Filo)

Me encontraba solo ante el altar a los caídos, un rincón oscuro del fuerte donde las llamas de las velas bailaban con el viento que se filtraba por las aspilleras. Frente a mí, reposaba la máscara de Nereida, blanca, silenciosa, eterna.

—No sé si podré terminar el trabajo sin ti, Nereida —susurré, y mi voz, siempre gélida, se quebró por fin.

Me sentía como un impostor dirigiendo a este ejército. ¿Cómo podía guiar a miles hacia la libertad cuando no era capaz de controlar mi propio corazón destrozado? El laberinto de Orodreth me había recordado que mis heridas internas seguían supurando, tan frescas como el día en que ella cayó.

—Te necesito… —dije, sintiendo las lágrimas calientes rodar por mis mejillas, algo que no me permitía hacer frente a nadie más.

Rocé con la yema de los dedos la superficie fría de la máscara, buscando una conexión que la muerte me había arrebatado. El Filo era una leyenda para los hombres del fuerte, un segador implacable para sus enemigos, pero en ese rincón oscuro, solo era un hombre roto pidiendo perdón a una sombra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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