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Hierro y Sangre - Capítulo 142

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Capítulo 142: Capítulo 142: El Eco de las Razones

(Narra Viktor)

Estos días de paz han sido extraños, casi artificiales. El silencio en Colmillo de Wyvern no es el de un refugio, sino el de una tumba que espera ser sellada. Han pasado varios soles desde que la carnicería de Orodreth terminó con la ejecución de las ratas en nuestro propio fuerte.

La rutina del colmillo intenta, con una desesperación patética, devorar el horror de lo que vimos. Pero las miradas no mienten; hay un peso en los hombros de cada hombre y mujer que camina por estos pasillos de piedra gris que ninguna victoria militar puede aliviar y por si fuera poco, el pueblo que envuelve al fuerte no se siente mucho mejor.

Me desperté con el cuerpo entumecido y la mente bullendo de estrofas inacabadas. Un bardo de mi calibre no puede permitirse el lujo del olvido, así que tomé mi cuaderno, ajusté mi túnica y bajé a las cocinas cuando el alba apenas era una línea cárdena en el horizonte. Allí, para mi sorpresa, entre el humo de leña húmeda y el olor a grasa, estaba Aelnora. Preparaba el desayuno con una eficiencia que me recordaba que, antes de ser una santa, fue una máquina de guerra. Sus manos, definidas por décadas de empuñar la maza, cortaban raíces con una precisión quirúrgica.

—Huele mejor de lo que parece, aunque sospecho que la presentación dejará que desear —le dije, apoyándome en la mesa de madera cruda.

Aelnora no se sobresaltó. Ni siquiera levantó la vista. El brillo de las brasas se reflejaba en sus ojos, dándole un aspecto espectral.

—La presentación es para los que no tienen hambre, Viktor —respondió con una voz que sonaba a piedra rascando piedra—. ¿Qué quieres tan temprano?

—Memoria, querida clériga. Quiero preservar lo que somos en cantos que sobrevivan a las llamas, por si acaso alguno de nosotros decide no despertar mañana. Según los rumores, este incendio que llamamos rebelión comenzó contigo. ¿Cómo fue ese primer chispazo?

Ella dejó el cuchillo y se limpió las manos en el delantal manchado de hollín. Se tomó un momento, mirando el vapor que subía de la olla como si buscara rostros en él.

—Bueno, si es “por si acaso”, supongo que no hace daño contarte. todo comenzó con sangre y una traición que todavía me sabe a hiel —dijo, y su media sonrisa fue más triste que un funeral—. Me dieron por muerta en la nieve de Valenwood. Mis propios hermanos de fe, hombres con los que compartí pan y oraciones, me abrieron el costado por orden de Varic. Me creyeron una mártir conveniente para sus juegos políticos. No rompí mis votos por capricho; los rompí porque la luz que ellos predicaban estaba podrida desde la raíz. Hundir el cráneo de Varic no fue solo venganza, fue la única forma de purificar mi propia fe.

Anoté sus palabras, sintiendo el frío de esa nieve en mis propios huesos. Le agradecí con una inclinación de cabeza y después de desayunar juntos, salí al patio de armas poco antes de que el sol del mediodía empezara a castigar las piedras.

Allí encontré a Einar. Estaba sentado sobre un barril de suministros, ajustando con una mueca de dolor las correas de su garra de oricalco azul. El druida siempre parecía estar a punto de estallar, como si la piel le quedara pequeña para la furia que guardaba. Me senté a su lado, observando el ingenio de Aeris que ahora cubría su antebrazo.

—Es una pieza impresionante, Einar —comenté, señalando el metal—. Pero siempre he tenido la curiosidad… ¿por qué la garra? Un hombre de los bosques suele preferir el arco o la lanza.

Einar soltó un bufido que fue mitad gruñido y, para mi sorpresa, comenzó a desabrocharse el guantelete de metal. En cuanto el oricalco se deslizó, me mostró su mano desnuda. Se me revolvió el estómago. Era una masa de cicatrices blanquecinas y tendones retorcidos que obligaban a sus dedos a curvarse perpetuamente hacia adentro.

—El Clero no solo me quitó mi hogar —dijo, extendiendo la palma deforme—. Me cortaron un dedo para que recordara mi lugar y atravesaron un clavo oxidado justo aquí, en el centro de la palma. Los tendones se dañaron y, con el tiempo, han ido empeorando. Mis dedos se curvan en esta forma de garra sin que pueda cerrarlos o estirarlos del todo. Ya no puedo tensar una cuerda, Viktor. Mis días de arquero se perdieron en un sótano de tortura de la Inquisición. Por eso esta garra es mi única forma de seguir mordiendo.

—Lo lamento, Einar —susurré, sintiendo el peso de su humillación.

—No lo lamentes. El metal no siente dolor, y eso es una ventaja que el hueso no tiene.

Seguí mi camino, internándome en los niveles más oscuros del fuerte. Pasé por delante del laboratorio de Raven, pero me detuve antes de tocar. Un olor dulzón y pútrido, el inconfundible aroma de la muerte procesada, se filtraba por debajo de la puerta reforzada. No hubo respuesta a mi presencia, solo el sonido de algo burbujeando con un ritmo perturbador. Decidí que mi curiosidad tenía límites y continué hacia el patio principal, donde la luz volvía a ser dueña del espacio.

Allí estaba Gorrash, rodeado de la elegancia ruda de sus capitanes orcos. Me acerqué con la confianza que solo un bardo puede permitirse. El orco me recibió con una inclinación de cabeza que era más un desafío que un saludo.

—Majestad —le dije, ajustando mi sombrero—. He estado analizando tu posición. ¿Por qué un Rey, alguien nacido para la seda y el mando, se rebaja a luchar en el barro como un mercenario? Podrías estar dirigiendo este tablero desde un trono seguro.

Gorrash envainó su nodachi con un clic metálico que resonó en todo el patio. Su mirada era culta, pero cargada de una violencia contenida.

—Eres muy curioso para vuestra propia seguridad bardo, pero te lo dire. El Clero ha cometido el error de atacar a los dioses paganos. Han quemado santuarios de mi pueblo que ya eran antiguos cuando vuestro Imperio aún vivía en cuevas. Al ver que el Clero tenía el apoyo total de vuestras legiones, supe que declarar una guerra abierta como Rey atraería un genocidio sobre mis fronteras. No quería una guerra de fe y de imperios al mismo tiempo; mi pueblo habría sido la leña del incendio. Por ahora, es mejor luchar sin corona. Que los rumores de otro rey en el campo de batalla sean solo eso, rumores que cantan los bardos y atraen aliados. Si los rumores se vuelven noticias, atraeremos legiones enemigas. El honor no está en el título, sino en asegurar que los dioses de mi gente no sean silenciados por vuestro dogma de sangre.

Su lógica era tan afilada como su acero. Le agradecí la charla y poco tiempo después bajé hacia las minas, donde el frescor de la tierra profunda era un alivio. Sin embargo, no llegué lejos. Ulm, el gigante de armadura azul, me cortó el paso en uno de los túneles principales. Me tendió un plato de madera con carne asada y pan caliente.

—Comer primero, hablar después —dijo con su voz de trueno amable.

—Entiendo, enorme amigo —respondí, aceptando el plato. Nos sentamos sobre unas cajas de mineral—. ¿Cómo está Aeris? No me he atrevido a entrar en la forja.

Ulm bajó la mirada, y vi cómo sus manos, capaces de triturar piedra, temblaban levemente.

—Está mejor… pero necesita tiempo. Y espacio para sanar lo que no se ve. Es una herida que el oricalco no puede cerrar, Viktor.

—Lo entiendo —asentí, masticando el pan que sabía a tierra y esfuerzo—. Es más fácil creer en dioses cuando los demonios nos atacan de frente, ¿no crees, Ulm? Al menos así sabemos contra qué estamos luchando.

El gigante se quedó pensativo, mirando la oscuridad de la mina.

—Es difícil creer que estemos en esta situación —admitió—. Yo decidí aferrarme a mi dios, Ymir, mucho antes de que los demonios nos acecharan. Él me da la fuerza para el martillo y la calma para el escudo. ¿Aun conservas tu fe en Lyra, Viktor? ¿O tu nombre es tan largo que no cabe en sus oraciones?

Me reí, aunque la pregunta tenía un filo que no esperaba.

—Al igual que al Filo, a mí en la escuela de bardos me inculcaron la fe en Kaelos, el dios de los secretos. Mi familia, por otro lado, me inculcó dioses cuyos nombres no han sido escuchados en estas tierras desde hace siglos. Pero Lyra… bueno, es la diosa del canto y la prosa. Hace sentido para alguien como yo, alguien que teme que al morir… uno simplemente desaparezca. Un dios llena ese vacío, Ulm. Si el precio por tener algo más después de esta vida es luchar contra demonios en esta… que así sea.

—Einar no piensa lo mismo —murmuró Ulm—. Cuando acabamos con la Llaga de la Lujuria… vimos incontables vidas destinadas a un final horrible. Él dice que el único descanso verdadero es la no existencia, lejos de la intervención de dioses o demonios. Prefiere no existir a ser un servidor eterno en un salón celestial.

—Una perspectiva interesante —respondí, poniéndome en pie y limpiando las migas de mi túnica—. Definitivamente es algo que entenderé mejor con una jarra de cerveza en la mano. Gracias por la charla, Ulm. Cuida de ella.

Me alejé de las minas sintiendo el peso de todas esas verdades fragmentadas. El fuerte no era solo una fortaleza; era un nido de hombres y mujeres rotos tratando de encontrar un sentido al dolor. Me dirigí a la taberna, donde el olor a malta y el ruido de las risas forzadas eran la única banda sonora que podía soportar ahora mismo.

Allí encontré a Valka. Estaba sentada en su mesa habitual, rodeada de jarras vacías y soldados que la miraban con una mezcla de miedo y adoración. Me senté a su lado sin que me lo pidiera.

—¡Viktor! ¡El hombre de las sesenta y cinco letras! —gritó Valka, dándome una palmada en la espalda que casi me hace escupir el alma y desparramar la tinta de mi cuaderno—. ¡Trae una jarra y cuéntame algo que no sea una de tus rimas aburridas!

Me acomodé la túnica con un gesto ofendido pero divertido, sentándome frente a ella mientras el tabernero dejaba una jarra de barro rebosante de espuma frente a mí.

—¡Valka! La mujer cuya lengua no es perezosa —respondí, arqueando una ceja y dedicándole una sonrisa de medio lado—. Eso definitivamente capta mi atención. Una lengua ágil es una virtud que aprecio tanto en la oratoria como en.… otros ámbitos menos públicos.

Valka soltó una carcajada ronca, limpiándose la espuma de los labios con el dorso de la mano. Me recorrió con la mirada, deteniéndose un segundo de más en mis manos, que sostenían la jarra con una elegancia que contrastaba con la rusticidad del lugar.

—No tienes tanta suerte, cariño —respondió ella, inclinándose sobre la mesa hasta que el olor a cerveza y acero me inundó—. Mi tipo es más…

—¿Letal? —interrumpí, bajando la voz hasta convertirla en un susurro sugerente—. ¿Alguien que sepa usar el acero con la misma precisión con la que yo uso las metáforas? Porque te aseguro que mi pluma puede ser tan afilada como tu espada, y mis dedos tienen una agilidad que… bueno, muchas podrían dar fe de mi destreza técnica.

Valka entrecerró los ojos, divertida por el descaro.

—Diferente —sentenció ella, dándole un trago largo a su bebida—. Busco algo que no necesite un sermón completo para presentarse. Alguien que hable poco y golpee mucho. Pero admito que tienes un pico de oro, bardo. Lástima que lo uses más para escribir que para beber.

—Oh, sé hacer ambas cosas simultáneamente —repliqué, chocando mi jarra contra la suya—. Es un talento de familia. Los hombres de mi familia somos conocidos por nuestra resistencia tanto en el salón de banquetes como en el de alcobas.

Seguimos bebiendo y lanzando insinuaciones al aire, una danza de palabras donde el deseo y la burla se mezclaban con el vapor de la taberna. Le hablé de las cortes que nunca conocería y ella me habló de las cicatrices que yo nunca me atrevería a lucir. Hubo momentos en que nuestras manos casi se rozaron sobre la madera pegajosa, y sus ojos, nublados por el alcohol, brillaron con una chispa que podría haber incendiado el fuerte. Sin embargo, ambos sabíamos dónde estaba la línea. El coqueteo era nuestro escudo contra el horror de afuera, una forma de recordarnos que aún quedaba fuego en nuestra sangre.

Pero el alcohol de Colmillo de Wyvern no perdona. Entre anécdota y anécdota, el vigor de Valka empezó a flaquear. Su cabeza comenzó a cabecear hasta que, finalmente, se desplomó sobre la mesa con un golpe seco, cayendo inconsciente y profundamente ebria entre las jarras vacías.

Me levanté con elegancia, aunque sentía que el suelo se movía un poco más de lo habitual. La miré un momento, acomodándole un mechón de pelo rebelde con una pizca de ternura que no me permití registrar en mi cuaderno.

—A veces olvido la poca resistencia que tienen los humanos al alcohol —susurré para mí mismo, ajustándome el sombrero—. Una lengua tan ágil silenciada por un poco de cebada fermentada. Qué desperdicio de talento.

Salí de la taberna con paso firme, cruzando el patio bajo la luz de las estrellas. Al pasar cerca de la entrada del sótano, me detuve en seco. La oscuridad que emanaba de allí abajo era física; podía sentir la presencia del Filo, ese vacío absoluto que él llamaba existencia, vibrando detrás de las puertas reforzadas. Podía sentir el eco de sus plegarias rotas y el peso de su luto.

—Te dejo con tus plegarias, sombra —susurré ante la madera fría, sin intención de entrar—. Hay dolores que ni siquiera mis palabras pueden consolar.

Me di la vuelta y regresé a mi habitación, con el cuaderno bajo el brazo y la mente finalmente en calma. El fuerte dormía, y por una noche, las historias que había recolectado eran suficiente compañía para enfrentar el silencio del amanecer.

(Narra Aeris)

El aire en las minas es distinto al de la superficie. Es denso, cargado de un olor a tierra antigua y metal frío que, durante días y noches, ha sido mi único consuelo. Mi nuevo cuarto compartido con Ulm, excavado profundamente en la roca del fuerte, debería sentirse como un hogar, pero para mí ha sido una celda de luto. Llevo demasiados días lamentándome, demasiadas noches tocando mi vientre vacío y sintiendo el fantasma de lo que la arena de Orodreth me arrebató. Pero el dolor, si se deja cocer demasiado tiempo, acaba por endurecerse como el hierro.

Me puse en pie, ignorando la punzada sorda que aún recorría mi costado. Mis manos, expertas en el manejo de engranajes y pólvora, temblaron levemente mientras ajustaba las correas de mi armadura de cuero. El crujido del material nuevo rompió el silencio de la alcoba.

—¿Qué estás haciendo, pequeña? —la voz de Ulm retumbó a mis espaldas, cargada de esa preocupación constante que me asfixia y me sostiene a la vez.

Me giré para verlo. Él seguía sentado en el borde de la cama, su enorme figura proyectando una sombra que cubría media habitación.

—Hablé con Viktor —dije, tratando de que mi voz sonara firme—. Hay un monasterio sospechoso cerca de la frontera. Su red de espionaje ha detectado actividad que no cuadra con simples rezos. Iré en una misión de espionaje, osito. Necesito sentir que sirvo para algo más que para llorar.

Ulm hizo el amago de levantarse, pero me adelanté con un gesto de la mano.

—No puedes venir. Eres demasiado… visible. Tu armadura azul brilla como un faro y tus pasos hacen temblar el techo. Iré con Rhaegar, el duelista de Valka. Él me instruyó en sigilo durante las semanas de calma y sabe cómo moverse entre las sombras. Estaré bien.

Ulm me miró durante un tiempo que me pareció eterno. Sus ojos buscaban una grieta en mi resolución, pero solo encontró la terquedad de quien ya no tiene nada que perder.

—Sabes que no te detendré —susurró finalmente, bajando la cabeza—. Pero vuelve. No me dejes solo en esta montaña.

Esa misma tarde, nos reunimos en el cuarto de guerra. La mesa de mapas estaba iluminada por velas que chisporroteaban, lanzando luces erráticas sobre los rostros cansados de mis compañeros. Aelnora fue la primera en protestar.

—No me gusta esto, Aeris. Ir sola con un solo escolta a territorio inquisidor es una locura. Deberíamos ir todos.

—¿Y qué? ¿Hacer un ataque directo al monasterio? —repliqué, cruzándome de brazos—. Hasta el momento solo hay reportes de actividad sospechosa. No podemos llegar matando a todos sin saber qué estamos buscando. Necesitamos inteligencia, no una masacre que alerte a toda la frontera.

Aelnora apretó los labios, mirando a Einar en busca de apoyo. El druida, que mantenía su mano de metal apoyada en el borde de la mesa, asintió levemente hacia la clériga.

—Ella tiene razón —dijo Einar con brusquedad—. Un grupo grande es un blanco fácil.

Valka, sin embargo, no estaba tan convencida. Golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar un par de figuritas de madera.

—Entiendo que no quieras matar al mundo entero, niña, pero tampoco puedes matarte sola por tu pérdida. Aun con Rhaegar es arriesgado. Sabes que confío en él, por algo dejé que te entrenara en el arte de pasar desapercibida, pero el Clero no juega limpio.

Gorrash se limitó a asentir en silencio, su mirada fija en los mapas, pero fue Raven quien me hizo sentir un escalofrío. El elfo me observaba con una intensidad perturbadora, sus ojos fijos en mi abdomen como si pudiera ver a través del cuero y la piel.

—Prometiste no escuchar mi sangre si no era necesario —le reclamé, sintiendo una punzada de incomodidad—. Y por cómo me miras ahora, Raven, podría jurar que estás teniendo una larga charla con mi líquido vital.

—Astuta como siempre —respondió Raven, y su voz gélida pareció bajar la temperatura de la sala—. En efecto, te analizo. Pero como prometí, es necesario. Después del golpe que recibiste en la arena… necesitaba revisarte. Es una mera precaución que me ha hecho ver algo que tú ignoras. A esta misión irán Viktor y Rhaegar. Tú no.

—No recuerdo haberme ofrecido —intervino el bardo, ajustándose el sombrero con sorpresa. Pero Raven le dirigió una mirada tan cargada de oscuridad que Viktor tragó saliva y se enderezó—. Pero… es correcto. Iré yo. Un poco de aire de frontera le vendrá bien a mi prosa.

—¡Tonterías! —estallé. Estuve a punto de lanzarme sobre la mesa para encarar a Raven si no hubiera sido por la enorme mano de Ulm, que se posó en mi hombro deteniéndome como una ancla—. Estoy sana. El golpe duele un poco todavía, pero puedo pelear. No soy de cristal, Raven.

—De nuevo estás en lo correcto —dijo el elfo, acercándose un paso. Su rostro no mostraba emoción alguna, pero había algo diferente en su tono—. Pero hay algo más que no has percibido. Tu cuerpo tiene dos latidos, pequeña artífice, no uno. Parece que tu hemorragia en la arena fue por una ruptura de vasos capilares debido al trauma, no por un daño fatal a tu mestizo.

El silencio que siguió fue absoluto. El aire pareció desaparecer del cuarto de guerra. Sentí que las piernas me flaqueaban y Ulm tuvo que sostenerme con más fuerza.

—¿Qué estás diciendo? —susurré, con el corazón martilleándome el pecho.

—Digo que aún estás embarazada —confirmó Raven, y por un segundo, creí ver una sombra de algo parecido a la satisfacción en su rostro—. De un bebé muy fuerte y resistente. Tu hijo se aferró a la vida con la misma terquedad con la que tú te aferras a tu pólvora.

El grito de júbilo de Ulm fue tan potente que las velas se apagaron. Me levantó, rodeándome con sus brazos masivos mientras lloraba abiertamente sobre mi hombro. Yo estaba en shock, tocándome el vientre con dedos temblorosos, sintiendo de pronto un calor que creía extinto. Aelnora se acercó con lágrimas en los ojos, bendiciendo el aire con un gesto rápido, y hasta Valka soltó una carcajada de asombro.

—Parece que esta noche los planes cambian —dijo Viktor, recobrando su compostura y sonriendo con esa arrogancia que ahora resultaba reconfortante—. No quiero irme, no aún. Esta noche requiere cantos, no misiones.

—Si, Viktor… te interrumpí la última vez —dije, escondiendo el rostro en el pecho de Ulm—. Hoy sería muy agradable escuchar tu música.

—No se diga más —sentenció el bardo con un gesto teatral—. Misiones al amanecer. Hoy celebramos, cantamos y bailamos. Porque incluso en tiempos de guerra y muerte, la vida encuentra la forma de burlarse del destino.

—Me alegro por vos —dijo Gorrash, aunque su voz mantenía la gravedad de un rey—. Disculpadme si no me quedo a los festejos; mi ejército requiere mi atención en los patios. Como dijo el bardo, habrá misiones al amanecer, y los orcos no nos distinguimos por ser pacientes ante amenazas inminentes.

—Entiendo —respondí, aún refugiada en los brazos de mi gigante.

Valka se acercó y me dio un golpe suave en el brazo, mirándome con orgullo.

—Tienes a un pequeño cabrón más fuerte de lo que pensabas, Aeris. Solo esperemos que no tengas problemas para salir… —giró la vista hacia Ulm con una mueca burlona—. ¿Cuánto mediste al nacer, grandote? Porque ese bebe va a romper a la artífice si sale con tus hombros.

—No hay de qué preocuparse —intervino Raven, volviendo a su rincón de sombras—. Entre la magia de Aelnora y la mía, podríamos realizar una cesárea si fuera necesario. Solo necesitamos conseguir una partera con más conocimiento que nosotros en el proceso anatómico; nosotros seremos el seguro para que todo salga bien.

Esa noche, por primera vez en meses, el Colmillo de Wyvern no sonó a metal y muerte. Sonó a laúdes, a risas y al zapateo de botas sobre el suelo de piedra. Viktor tocó hasta que sus dedos sangraron, y mientras yo miraba el fuego de la taberna, supe que ahora tenía una razón más poderosa que el odio para sobrevivir a lo que viniera. El latido que llevaba dentro era la canción más hermosa que jamás escucharía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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