Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hierro y Sangre - Capítulo 143

  1. Inicio
  2. Hierro y Sangre
  3. Capítulo 143 - Capítulo 143: Capítulo 143: El Latido que no se Apaga
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 143: Capítulo 143: El Latido que no se Apaga

(Narra Aeris)

El aire en las minas es distinto al de la superficie. Es denso, cargado de un olor a tierra antigua y metal frío que, durante días y noches, ha sido mi único consuelo. Mi nuevo cuarto compartido con Ulm, excavado profundamente en la roca del fuerte, debería sentirse como un hogar, pero para mí ha sido una celda de luto. Llevo demasiados días lamentándome, demasiadas noches tocando mi vientre vacío y sintiendo el fantasma de lo que la arena de Orodreth me arrebató. Pero el dolor, si se deja cocer demasiado tiempo, acaba por endurecerse como el hierro.

Me puse en pie, ignorando la punzada sorda que aún recorría mi costado. Mis manos, expertas en el manejo de engranajes y pólvora, temblaron levemente mientras ajustaba las correas de mi armadura de cuero. El crujido del material nuevo rompió el silencio de la alcoba.

—¿Qué estás haciendo, pequeña? —la voz de Ulm retumbó a mis espaldas, cargada de esa preocupación constante que me asfixia y me sostiene a la vez.

Me giré para verlo. Él seguía sentado en el borde de la cama, su enorme figura proyectando una sombra que cubría media habitación.

—Hablé con Viktor —dije, tratando de que mi voz sonara firme—. Hay un monasterio sospechoso cerca de la frontera. Su red de espionaje ha detectado actividad que no cuadra con simples rezos. Iré en una misión de espionaje, osito. Necesito sentir que sirvo para algo más que para llorar.

Ulm hizo el amago de levantarse, pero me adelanté con un gesto de la mano.

—No puedes venir. Eres demasiado… visible. Tu armadura azul brilla como un faro y tus pasos hacen temblar el techo. Iré con Rhaegar, el duelista de Valka. Él me instruyó en sigilo durante las semanas de calma y sabe cómo moverse entre las sombras. Estaré bien.

Ulm me miró durante un tiempo que me pareció eterno. Sus ojos buscaban una grieta en mi resolución, pero solo encontró la terquedad de quien ya no tiene nada que perder.

—Sabes que no te detendré —susurró finalmente, bajando la cabeza—. Pero vuelve. No me dejes solo en esta montaña.

Esa misma tarde, nos reunimos en el cuarto de guerra. La mesa de mapas estaba iluminada por velas que chisporroteaban, lanzando luces erráticas sobre los rostros cansados de mis compañeros. Aelnora fue la primera en protestar.

—No me gusta esto, Aeris. Ir sola con un solo escolta a territorio inquisidor es una locura. Deberíamos ir todos.

—¿Y qué? ¿Hacer un ataque directo al monasterio? —repliqué, cruzándome de brazos—. Hasta el momento solo hay reportes de actividad sospechosa. No podemos llegar matando a todos sin saber qué estamos buscando. Necesitamos inteligencia, no una masacre que alerte a toda la frontera.

Aelnora apretó los labios, mirando a Einar en busca de apoyo. El druida, que mantenía su mano de metal apoyada en el borde de la mesa, asintió levemente hacia la clériga.

—Ella tiene razón —dijo Einar con brusquedad—. Un grupo grande es un blanco fácil.

Valka, sin embargo, no estaba tan convencida. Golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar un par de figuritas de madera.

—Entiendo que no quieras matar al mundo entero, niña, pero tampoco puedes matarte sola por tu pérdida. Aun con Rhaegar es arriesgado. Sabes que confío en él, por algo dejé que te entrenara en el arte de pasar desapercibida, pero el Clero no juega limpio.

Gorrash se limitó a asentir en silencio, su mirada fija en los mapas, pero fue Raven quien me hizo sentir un escalofrío. El elfo me observaba con una intensidad perturbadora, sus ojos fijos en mi abdomen como si pudiera ver a través del cuero y la piel.

—Prometiste no escuchar mi sangre si no era necesario —le reclamé, sintiendo una punzada de incomodidad—. Y por cómo me miras ahora, Raven, podría jurar que estás teniendo una larga charla con mi líquido vital.

—Astuta como siempre —respondió Raven, y su voz gélida pareció bajar la temperatura de la sala—. En efecto, te analizo. Pero como prometí, es necesario. Después del golpe que recibiste en la arena… necesitaba revisarte. Es una mera precaución que me ha hecho ver algo que tú ignoras. A esta misión irán Viktor y Rhaegar. Tú no.

—No recuerdo haberme ofrecido —intervino el bardo, ajustándose el sombrero con sorpresa. Pero Raven le dirigió una mirada tan cargada de oscuridad que Viktor tragó saliva y se enderezó—. Pero… es correcto. Iré yo. Un poco de aire de frontera le vendrá bien a mi prosa.

—¡Tonterías! —estallé. Estuve a punto de lanzarme sobre la mesa para encarar a Raven si no hubiera sido por la enorme mano de Ulm, que se posó en mi hombro deteniéndome como una ancla—. Estoy sana. El golpe duele un poco todavía, pero puedo pelear. No soy de cristal, Raven.

—De nuevo estás en lo correcto —dijo el elfo, acercándose un paso. Su rostro no mostraba emoción alguna, pero había algo diferente en su tono—. Pero hay algo más que no has percibido. Tu cuerpo tiene dos latidos, pequeña artífice, no uno. Parece que tu hemorragia en la arena fue por una ruptura de vasos capilares debido al trauma, no por un daño fatal a tu mestizo.

El silencio que siguió fue absoluto. El aire pareció desaparecer del cuarto de guerra. Sentí que las piernas me flaqueaban y Ulm tuvo que sostenerme con más fuerza.

—¿Qué estás diciendo? —susurré, con el corazón martilleándome el pecho.

—Digo que aún estás embarazada —confirmó Raven, y por un segundo, creí ver una sombra de algo parecido a la satisfacción en su rostro—. De un bebé muy fuerte y resistente. Tu hijo se aferró a la vida con la misma terquedad con la que tú te aferras a tu pólvora.

El grito de júbilo de Ulm fue tan potente que las velas se apagaron. Me levantó, rodeándome con sus brazos masivos mientras lloraba abiertamente sobre mi hombro. Yo estaba en shock, tocándome el vientre con dedos temblorosos, sintiendo de pronto un calor que creía extinto. Aelnora se acercó con lágrimas en los ojos, bendiciendo el aire con un gesto rápido, y hasta Valka soltó una carcajada de asombro.

—Parece que esta noche los planes cambian —dijo Viktor, recobrando su compostura y sonriendo con esa arrogancia que ahora resultaba reconfortante—. No quiero irme, no aún. Esta noche requiere cantos, no misiones.

—Si, Viktor… te interrumpí la última vez —dije, escondiendo el rostro en el pecho de Ulm—. Hoy sería muy agradable escuchar tu música.

—No se diga más —sentenció el bardo con un gesto teatral—. Misiones al amanecer. Hoy celebramos, cantamos y bailamos. Porque incluso en tiempos de guerra y muerte, la vida encuentra la forma de burlarse del destino.

—Me alegro por vos —dijo Gorrash, aunque su voz mantenía la gravedad de un rey—. Disculpadme si no me quedo a los festejos; mi ejército requiere mi atención en los patios. Como dijo el bardo, habrá misiones al amanecer, y los orcos no nos distinguimos por ser pacientes ante amenazas inminentes.

—Entiendo —respondí, aún refugiada en los brazos de mi gigante.

Valka se acercó y me dio un golpe suave en el brazo, mirándome con orgullo.

—Tienes a un pequeño cabrón más fuerte de lo que pensabas, Aeris. Solo esperemos que no tengas problemas para salir… —giró la vista hacia Ulm con una mueca burlona—. ¿Cuánto mediste al nacer, grandote? Porque ese bebe va a romper a la artífice si sale con tus hombros.

—No hay de qué preocuparse —intervino Raven, volviendo a su rincón de sombras—. Entre la magia de Aelnora y la mía, podríamos realizar una cesárea si fuera necesario. Solo necesitamos conseguir una partera con más conocimiento que nosotros en el proceso anatómico; nosotros seremos el seguro para que todo salga bien.

Esa noche, por primera vez en meses, el Colmillo de Wyvern no sonó a metal y muerte. Sonó a laúdes, a risas y al zapateo de botas sobre el suelo de piedra. Viktor tocó hasta que sus dedos sangraron, y mientras yo miraba el fuego de la taberna, supe que ahora tenía una razón más poderosa que el odio para sobrevivir a lo que viniera. El latido que llevaba dentro era la canción más hermosa que jamás escucharía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo