Hierro y Sangre - Capítulo 144
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Capítulo 144: Capítulo 144: Sendas de Polvo y Silencio
(Narra Viktor)
El alba en las Tierras Altas no tiene la calidez dorada de los poemas que suelo recitar en las cortes del sur. Aquí, el sol parece pedir permiso para asomar entre los picos afilados, tiñendo la niebla de un gris metálico que se mete en los pulmones y te recuerda que la comodidad es un recuerdo lejano. Me ajusté las correas de mi mochila, asegurándome de que mi laúd estuviera bien protegido contra la humedad, y eché un último vistazo a las murallas del Colmillo de Wyvern antes de que la espesura del bosque nos tragara.
A mi lado, el paso de mi acompañante era constante y felino, una cadencia que no se interrumpía por las raíces o el lodo. Suspiré, acomodándome el sombrero con una elegancia que el barro de la senda se empeñaba en ignorar.
—Debo admitir, querida Valka, que mi entusiasmo por esta excursión ha sufrido un revés técnico —dije, rompiendo el silencio del bosque con mi tono más melodioso—. En los planes originales se mencionó que me acompañaría un duelista experto en el sigilo. Alguien capaz de deslizarse entre las sombras como un susurro en una biblioteca. No… bueno, no la jefa ruidosa de la vanguardia.
Valka soltó una carcajada ronca que hizo que un par de aves levantaran el vuelo. Se giró hacia mí, y el roce metálico de sus espadas gemelas contra el cuero de sus fundas marcó el compás de su respuesta. Sus ojos brillaban con esa chispa de quien siempre está lista para una pelea.
—Dije que no me gusta el estilo sigiloso, bardo de las sesenta y cinco letras. Nunca dije que no lo domino —respondió ella, ajustando la posición de sus empuñaduras—. Además, por ahora tenemos cobertura. Los orcos de Gorrash marchan cerca; su ruido tapará cualquier descuido si es necesario que tú y yo tengamos que cortar un par de gargantas.
Sin embargo, esa protección no duró para siempre. Al segundo día de marcha, el retumbar de los tambores orcos empezó a desvanecerse hacia el este. Gorrash, con su mirada de ojos azules fijos en la reconquista, desvió su rumbo hacia varios poblados que gemían bajo el yugo del Imperio o que empezaban a mostrar los signos de la corrupción de Varic. Nos quedamos solos en la inmensidad del camino, avanzando en dirección opuesta, hacia el corazón del silencio.
Fue una suerte, o quizás la intervención de Lyra, encontrar una caravana mercantil que se dirigía hacia la frontera. Eran varias carretas pesadas, cargadas de granos y telas, escoltadas por hombres que preferían no hacer preguntas.
—Aquí es donde el arte supera a la fuerza, querida —le susurré a Valka mientras la caravana se detenía en un recodo del camino para descansar a las bestias.
Valka me sorprendió. Sin mediar palabra, desapareció entre los arbustos. Con una agilidad que no le atribuía a alguien de su constitución, se deslizó bajo el chasis de la segunda carreta y, en un parpadeo, se subió a escondidas, ocultándose con maestría entre los costales de grano. Demostró que, efectivamente, dominaba el sigilo cuando la situación lo requería; se volvió una sombra entre la arpillera.
Yo, por mi parte, opté por una entrada más… acorde a mi linaje. Usé mi encanto natural y subí descaradamente al techo de la carreta principal ante la mirada atónita de los mercaderes.
—¡Buen hombre! —exclamé al conductor, desenfundando mi laúd—. El camino es largo y los bandidos temen más a una canción de mal agüero que a una espada oxidada. Alegrar el viaje de vuestros hombres es un pago justo por dejarme compartir vuestro rumbo, ¿no creéis?
Conmigo en el centro de atención, distrayendo a los guardias con baladas de héroes olvidados y rimas picantes que les arrancaban risas grasientas, el viaje se volvió una rutina de balanceo y música. Viajamos así por varios días hacia la frontera. Yo, sentado en lo alto bajo el sol y la lluvia, y Valka, enterrada en el polvo del trigo, observándolo todo desde las rendijas de la lona.
—Es bueno que Gorrash esté limpiando el camino —le comenté a Valka una noche, cuando los mercaderes dormían y yo le pasaba un poco de agua entre los sacos—. Últimamente no se distingue entre el Clero y el Imperio; simplemente avanzan devorando la fe y la esperanza. Es difícil no ver la desgracia que cargan consigo.
—Mientras los fieles y los impuestos fluyan, el resto no les importa —me respondió ella en un susurro áspero, quitándose un poco de harina de la mejilla—. Por eso tú y yo no nos meteremos en esos asuntos, Viktor. Nuestra misión es saber por qué las Llagas han estado tan calladitas. Si logramos acabar con una fue porque se destruyó a sí misma; las otras dos escaparon y aún hay cuatro que no conocemos. Esperemos que el Clero sea tan idiota como para escribir sobre sus planes. De lo contrario, esta misión es una pérdida de tiempo.
—Todos guardan registro de una forma u otra, Valka —repliqué con una sonrisa—. Y ya que estamos aquí atrapados en este hotel de grano, cuéntame más de “Valka la Invencible”… para mis cantos. Estoy seguro de que ganaré mucho oro contando tus aventuras.
Valka bufó, pero en la oscuridad de la carreta, sus ojos brillaron. Pasamos las horas de viaje intercambiando historias; ella me habló de asedios donde el hambre dolía más que las flechas, y yo le hablé de cortes donde las palabras mataban más rápido que el veneno. El contraste era absoluto: la guerrera de las espadas gemelas y el bardo de las sesenta y cinco letras, unidos por una carreta de mercaderes y un destino incierto.
A diferencia de otros lugares infestados por la fe, donde los árboles se retuercen y el aire sabe a ceniza, el paisaje de la frontera seguía siendo insultantemente hermoso. El clima era fresco, con brisas que traían el aroma de los pastos altos. No había nada macabro a la vista, lo cual, para alguien que ha visto lo que nosotros, resultaba inquietante.
Al final del quinto día, la caravana se detuvo en la cresta de una colina. Desde mi posición privilegiada en el techo, divisé un pueblito a lo lejos, acurrucado en un valle que parecía una pintura de paz rústica.
—Brezal Bajo —susurré, reconociendo el lugar por los mapas de Nereida—. Ahí está, Valka. El Monasterio de los Mártires preside esa pequeña mota de civilización.
Valka asomó la cabeza entre los costales, con la mirada afilada.
—Es un pueblito normal, simplón —gruñó ella—. Es extraño que haya rumores de actividad extraña en un sitio tan… aburrido.
—En este mundo, Valka, la normalidad suele ser el mejor escondite para la monstruosidad —concluí, ajustando mi laúd. La caravana se disponía a entrar al pueblo, y nuestra verdadera misión estaba a punto de comenzar bajo la sombra de aquel monasterio silencioso.
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