Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hierro y Sangre - Capítulo 150

  1. Inicio
  2. Hierro y Sangre
  3. Capítulo 150 - Capítulo 150: Capítulo 150: Cenizas y Bolsillos Dimensionales
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 150: Capítulo 150: Cenizas y Bolsillos Dimensionales

(Narra Viktor)

El tiempo recuperó su cauce con la violencia de una presa rota. El sonido regresó de golpe: el burbujeo siseaste de las cubas, el crujido de la piedra y el grito de guerra de la criatura que una vez fue Desiré, cuya inercia la llevó a aterrizar pesadamente justo donde habíamos estado un segundo antes del gran paréntesis del Observador.

—¡Los mataré a todos! —rugió ella, girándose con una agilidad espeluznante.

Pero antes de que pudiera relanzar su ataque, un cambio vibró en el aire del laboratorio. No fue un sonido, sino una presión en los tímpanos. Las cubas de cristal, donde los sujetos del “Proyecto Vasija” flotaban en su éxtasis artificial, comenzaron a vibrar. Lentamente, como si despertaran de un sueño de mil años, los niños abrieron los ojos.

No había rastro de humanidad en sus pupilas. Sus ojos brillaban con el mismo tono violáceo que la piel de la súcubo, pero con una intensidad que quemaba la vista. Desire, al verlos, soltó una carcajada que destilaba un orgullo perverso.

—¡Mis bebés! —exclamó, extendiendo sus brazos hacia las cubas—. Se unirán a la batalla. Miren, pequeños, aquí tienen carne fresca para probar su nuevo propósito. ¡Evolucionen ante mis ojos!

Valka y yo nos miramos, y por primera vez vi en su rostro una sombra que no era solo fatiga de combate. Era terror puro. Estábamos atrapados en un sótano lleno de experimentos fallidos y niños convertidos en conductos de energía abisal.

—¿Cómo mierda vamos a contarles a todos sobre el anciano si ni siquiera vamos a sobrevivir a este puto monasterio de mierda? —masculló Valka, apretando los dientes mientras la sangre de su nariz rota le manchaba los labios.

La miré a los ojos. En medio del caos, del olor a ozono y de la muerte inminente, sentí una extraña paz. Si este era el final de mi crónica, al menos el cierre sería épico.

—Valka —dije, bajando el laúd y dejando que el estoque colgara de mis dedos—, pase lo que pase hoy, quiero que sepas que fue un placer absoluto blandir mi espada y tocar mis notas junto a ti. No cambiaría este final por una vejez tranquila en una corte aburrida.

Valka me miró, y aunque su mandíbula estaba tensa, sus ojos se suavizaron apenas un segundo.

—No planeo morir aquí, bardo —respondió, envainando sus espadas gemelas en un gesto que me sorprendió—. Pero por si acaso el destino tiene otros planes… me dio gusto conocerte. No eres tan inútil como pareces.

Guardé mi estoque en el bolsillo de mi pecho y bajamos las armas. Nos dimos la mano, un apretón firme entre dos gotas de un mismo mar que esperaban el impacto. Desire se acercó caminando lentamente hacia nosotros, saboreando el momento.

—Bien, hagan sus paces —siseó ella—. Pronto conocerán a su creador.

Pero la “evolución” tiene sus propias reglas. Uno de los niños en la cuba central, un pequeño de no más de ocho años comenzó a convulsionar. Se tapó los ojos con sus manos pequeñas y soltó un grito que no era de este mundo, una frecuencia que hizo que el cristal de su tanque estallara en mil pedazos.

—¡Tú no estás aquí! —gritó el niño, señalando a Desire.

En ese instante, la criatura de piel violácea soltó un alarido de agonía. Su forma empezó a parpadear, como una vela frente a un vendaval, y simplemente desapareció. Se esfumó como si nunca hubiera existido, dejando tras de sí solo el eco de su risa. Valka y yo miramos al niño, petrificados. El otro pequeño, que seguía en su tanque, mantenía una mirada perdida y una calma espeluznante que me heló la sangre.

—Que todo arda —susurró el segundo niño.

No fue una orden, fue un decreto. De repente, cada antorcha del laboratorio, cada lámpara de aceite y cada rima rúnica comenzó a escupir bolas de fuego en todas direcciones. Los líquidos alquímicos de las cubas rotas reaccionaron con el calor, estallando en llamaradas azules y verdes.

—¡Corre, Valka! —grité, tirando de su brazo.

Corrimos hacia la trampilla con el fuego pisándonos los talones. Antes de subir, eché un último vistazo atrás. Los niños estaban allí, en medio de las llamas que consumían el laboratorio, sonriendo con una paz que solo los mártires conocen. Eran libres, a su manera.

Cruzamos la trampilla y subimos a la capilla principal. Del otro lado, todo parecía igual por un segundo, pero el calor que subía desde el sótano era insoportable. La madera de los bancos empezó a arder, los metales de la estatua de Hohenhaim comenzaron a derretirse y las paredes de piedra se mancharon de un negro hollín que devoraba la opulencia de la sala.

Salimos del monasterio a trompicones, apenas segundos antes de que la gran puerta de madera se prendiera también, convirtiendo la entrada en una boca de fuego. Nos detuvimos a unos metros, jadeando, viendo cómo el edificio que debía ser un refugio de fe se convertía en una pira funeraria.

—Esos niños… nos salvaron —dije, tratando de recuperar el aliento.

—O se salvaron a sí mismos —respondió Valka, mirando las llamas con una expresión indescifrable—. Dejaron de ser herramientas.

Brezal Bajo entró en pánico. Las campanas del pueblo, que antes sonaban rítmicas, ahora tañían con un frenesí desesperado. La gente salía de sus casas, cargando cubos de agua, gritando órdenes que nadie escuchaba. El caos era total. Mientras todos buscaban razones y soluciones imposibles para un fuego que no cedía ante el agua común, Valka y yo nos desplazamos entre la multitud como sombras.

No podíamos quedarnos. Si alguien nos había visto salir del monasterio antes del incendio, seríamos los culpables perfectos. Localizamos un par de caballos que estaban atados fuera de una posada cercana. Sin dudarlo, cortamos las cuerdas, montamos y salimos al galope, dejando atrás el resplandor naranja que teñía el cielo nocturno.

Cabalgamos toda la noche, alejándonos de la frontera, hasta que el sol empezó a asomar por el este. Detuvimos a los caballos en un pequeño riachuelo oculto por un bosque de sauces para que descansaran y bebieran. El silencio del amanecer se sentía extraño después del estruendo de las llamas.

Valka se bajó del caballo y se acercó al agua para lavarse la cara. Se quedó allí un rato, mirando su reflejo.

—¿Cuál será el reporte de inteligencia, Viktor? —preguntó sin volverse. Su voz sonaba cansada, casi rota—. ¿Cómo le decimos a Aelnora, a Gorrash y a los demás que un “Observador” nos advirtió de un “Ejecutor” por violar las leyes del creador o la creación o lo que sea? ¿Cómo les decimos que dioses, demonios, cucarachas… y nosotros… somos la misma maldita cosa?

Valka se giró y, para mi sorpresa, vi lágrimas surcando sus mejillas, mezclándose con la sangre seca de su nariz. Nunca la había visto así. La guerrera invencible estaba desmoronándose bajo el peso de una verdad demasiado grande para cualquier mortal.

—¿Cómo me explicas lo que está pasando, bardo? —sollozó—. Usa tus palabras pomposas, tus rimas y tus metáforas. Ayúdame a entender por qué mierda luchamos si solo somos gotas en un pozo que se está secando. ¿Qué carajo pasa aquí?

Me acerqué a ella y, sin decir nada, la abracé. Valka no se resistió; hundió su rostro en mi hombro y dejó que el llanto fluyera por fin.

—Luchamos por lo mismo que ayer o que hace meses, Valka —le dije suavemente, acariciando su cabello—. Por vivir un día más. Ya sea un pueblo, una ciudad, un mundo o un universo lo que esté en peligro, sabes quién es el enemigo: aquellos que quieren secar el mar para su propio beneficio. Y eso es lo único que importa ahora. El tamaño del tablero ha cambiado, pero las piezas somos las mismas.

—No nos van a creer —murmuró ella, apartándose un poco y limpiándose los ojos con brusquedad.

—Tranquila, guerrera. Nosotros mismos aún no podemos creer del todo lo que acabamos de ver. Pero somos los ojos y los oídos de la resistencia. Solo podemos confiar en que nuestros aliados saben que no estamos locos, o al menos, que no lo estamos más que de costumbre.

Valka me miró y, de repente, me propinó un golpe seco en el pecho que me sacó el aire, soltándose definitivamente de mi abrazo.

—Si le dices a alguien que lloré, te corto los huevos y los uso como colgantes para tu laúd —amenazó, aunque había recuperado parte de su brillo peligroso.

—Entendido, Valka —respondí riendo, recuperando mi postura—. Tu reputación está a salvo conmigo.

La guerrera cambió el tema de inmediato, buscando suavizar la situación y ocultar su vulnerabilidad. Se acercó a su caballo, pero se detuvo y me miró con una curiosidad genuina.

—Tienes que enseñarme ese truco, bardo —dijo, señalando mi chaqueta—. Sacar una espada larga de un bolsillo de camisa… no es algo que se vea todos los días. Ni siquiera en los espectáculos de la capital. ¿Cómo lo haces? ¿Es magia de esa de los espejos?

La miré y sonreí, dándome la vuelta para dirigirme a mi propio caballo.

—Vamos, hay que seguir moviéndonos —dije con tono evasivo.

—No me ignores, cabrón. Quiero saber el truco. ¿Es un bolsillo doble? ¿Una costura mágica? —insistió ella, caminando tras de mí.

Me detuve un segundo, acariciando la crin de mi montura.

—No es algo que puedan aprender los humanos, Valka —dije con una naturalidad absoluta antes de montar.

Valka se quedó paralizada un segundo, procesando mis palabras. Sus ojos se abrieron de par en par mientras la implicación de mi frase calaba en su mente.

—Espera… —susurró, con la mano en la empuñadura de su espada—. ¿Qué mierda acabas de decir, Viktor?

Pero yo ya había espoleado al caballo, saliendo al camino con una sonrisa que ella no pudo ver. El misterio de las gotas apenas estaba empezando a revelarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo