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Hierro y Sangre - Capítulo 151

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Capítulo 151: Capítulo 151: El Peso de la Sangre y el Mañana

(Narra Ulm)

El eco de los picos golpeando la roca viva todavía me zumbaba en los oídos, pero ahora el sonido era diferente. Ya no era el estruendo de las detonaciones que Aeris y yo usamos para abrirnos paso en las entrañas de esta montaña, sino el goteo constante del agua filtrada y el crepitar de una hoguera que se negaba a morir. Esta mina no nos la regaló nadie; la esculpimos a base de sudor, sangre, pólvora y pulmones llenos de polvo gris. Es nuestro hogar, y por las barbas de mis ancestros, no iba a dejar que nada le pasara.

—¡Ulm, por el amor a los cielos, solo iba a mover ese saco de grano! —protestó Aeris, dejando caer los brazos con una frustración que me resultaba casi cómica.

Me interpuse entre ella y una bolsa que, para ser sincero, no pesaba más que un gato joven, pero en su estado, para mí pesaba como una veta de hierro puro. Me acomodé la barba, que todavía tenía restos de esquirlas de piedra, y levanté la carga con un gruñido de satisfacción.

—Ni hablar, mujer. Ese saco tiene malas intenciones y un ángulo muy feo —sentencié, acomodándome el fardo al hombro—. Tienes que cuidar al pequeño Ulf. O a la pequeña Astrid. No me mires así, que los gigantes sabemos de estas cosas. Mis ancestros se revolcarían en sus tumbas de piedra si permito que el heredero de mi pico nazca con un dolor de espalda porque su madre es una terca de cuidado.

Aeris suspiró, frotándose el vientre con una sonrisa cansada que delataba su resignación. El embarazo empezaba a notarse, dándole una suavidad que contrastaba con la dureza de las paredes de roca que nos rodeaban.

—Apenas tiene el tamaño de una nuez, Ulm. Puedo caminar, puedo cargar cosas y, te aseguro, todavía puedo disparar una flecha con la precisión suficiente para afeitarte esa barba si un orco se acerca demasiado a mi cocina.

—En esta mina que levantamos con sangre, tu única ocupación es comer, dormir y dejar que yo me encargue del trabajo que requiere hombros de verdad —respondí, señalando una silla que yo mismo había tallado y cubierto con las pieles más suaves que pudimos saquear—. Siéntate. Te voy a traer un caldo que levantaría a un caballero de la muerte, y no quiero verte de pie hasta que las antorchas se apaguen y el silencio de la montaña nos envuelva.

La vi sentarse, estirando las piernas con un alivio que intentaba ocultar. Me alejé hacia la zona de la cocina, con mis botas pesadas resonando en el suelo que nosotros mismos habíamos nivelado a base de explosiones controladas. Esta mina era nuestra fortaleza, nuestro pequeño pedazo de mundo donde la guerra no podía entrar, y mientras yo tuviera aire en los pulmones, seguiría siendo así.

(Narra Einar)

Mientras Ulm se peleaba con la terquedad de Aeris en las profundidades, en la superficie del Colmillo de Wyvern el aire era mucho más afilado y cargado de presagios. Aelnora y yo nos encontrábamos en la sala de guerra, un espacio que olía a pergamino viejo, cera derretida y la tensión de mil decisiones pendientes. Los mapas sobre la mesa central estaban llenos de tachaduras rojas y marcas de carbón que parecían heridas abiertas sobre el papel.

La muerte de Nereida y el aparente vacío de poder que había dejado el Filo con su extraña actitud y su luto perpetuo nos daban una oportunidad, pero también nos colocaban en un limbo estratégico peligroso.

—Las Llagas están en un silencio que me pone los pelos de punta, Einar —dijo Aelnora, trazando una línea nerviosa sobre el mapa—. Deberíamos aprovechar este respiro para terminar con la lista de los corruptos que dejamos pendiente. Si limpiamos esos pueblos ahora que los demonios no están aullando, les quitaremos el suelo bajo los pies al Imperio y al Clero.

—Es una buena idea —respondí, rodeando su cintura con un brazo y atrayéndola hacia mí para sentir su calor—. Sin el apoyo logístico de esos gobernantes vendidos, la influencia de Varic se quedará sin suministros. Es el momento de ser quirúrgicos.

Nuestra discusión fue interrumpida por el retumbar de los tambores de guerra. Los orcos de Gorrash estaban regresando de su incursión al este. El sonido de sus botas pesadas y el choque de sus armas contra los escudos era una música bruta que llenaba el patio de armas. Poco después, el jefe orco entró en la sala, con el aroma del viaje, el sudor y el metal frío emanando de su imponente figura. Sus ojos azules brillaban con la luz de una victoria que no necesitaba ser anunciada.

—Reporte —soltó Gorrash, dejando caer un pesado rollo de pergaminos sobre la mesa—. Tres pueblos asegurados. El clero ha sido expulsado a patadas y el Imperio ya no verá un solo cobre de impuestos en esas tierras. Tenemos aliados en las herrerías locales y el reporte de bajas es mínimo. Mis guerreros están satisfechos… por ahora.

—Excelente trabajo, Gorrash —dije, revisando las nuevas marcas en el mapa—. Eso nos da el corredor que necesitábamos.

Gorrash asintió secamente, pero antes de que pudiera retirarse para atender a su gente, Raven entró en la sala. Lo hizo con esa serenidad espectral que siempre lograba que el aire de la habitación bajara un par de grados. Su mirada plateada, cargada de una sabiduría que a veces me resultaba insoportable, se clavó en Aelnora.

—¿Lo sentiste, Aelnora? —preguntó Raven, y su voz sonó como un susurro en una cripta.

Aelnora frunció el ceño, soltándose de mi abrazo para encarar a la vidente con esa actitud defensiva que tanto la caracterizaba.

—¿De qué hablas, Raven? He estado revisando rutas de suministros y discutiendo con Einar, no he sentido nada más que un hambre atroz.

—Sentí una vibración extraña en el tejido mágico —insistió Raven, con la vista fija en algún punto invisible del aire—. Algo grande se avecina… una perturbación que no podría poner en palabras simples. ¿La guerrera ya volvió?

—No —respondí yo, sintiendo cómo el buen humor de la victoria de Gorrash se evaporaba—. Valka y el bardo siguen fuera. Si esa “vibración” tiene que ver con ellos, espero que sepan lo que están haciendo.

Gorrash se excusó con un gruñido, alegando que debía supervisar el asentamiento de su campamento, y abandonó la sala con pasos rápidos. Su partida dejó un silencio denso que solo Raven se atrevió a romper.

—Te preocupa Valka —afirmó Aelnora, mirando a Raven de reojo con una sonrisa afilada que buscaba una grieta en su calma.

—Como todos nuestros aliados, Aelnora —respondió Raven con esa voz monocorde que parecía venir de otra época—. Hemos encontrado un funcionamiento óptimo en el equipo y los enemigos que enfrentamos son cada vez más fuertes. Toda pieza es clave para lo que viene.

—Incluso las piezas que te coges —soltó Aelnora, dejando que la ironía flotara en el aire pesado de la sala de guerra.

Raven no se inmutó. No hubo rastro de vergüenza ni de molestia en su semblante; simplemente sostuvo la mirada de la guerrera antes de girar sus ojos plateados hacia mí. Hubo una pausa mínima, un silencio de esos que pesan más que la piedra.

—Sí… incluso las que nos cogemos —respondió Raven con una frialdad absoluta, clavando su vista en mí mientras pronunciaba ese “nos”.

El comentario cortó cualquier intento de burla de Aelnora como un tajo limpio. Sin decir una palabra más, Raven se dio la vuelta y abandonó la sala de guerra con el mismo silencio espectral con el que había llegado, dejándonos a ambos con el eco de su revelación vibrando en el aire.

Nos quedamos solos. La luz de las velas empezaba a flaquear, proyectando sombras largas que bailaban sobre los mapas. Me acerqué a Aelnora y la abracé por la espalda, hundiendo mi rostro en su cuello, buscando el aroma de su piel para acallar los presagios de Raven.

—¿Crees que estén bien? —preguntó ella en un susurro—. Valka es una bestia de combate, pero ese bardo… a veces me pregunto cómo ha sobrevivido tanto tiempo.

—Esa mujer tiene mucha cerveza pendiente en su futuro, Aelnora —respondí, tratando de sonar seguro—. Y Viktor… bueno, ese bardo seguramente querrá seguir cantando sus propias hazañas por años. Es demasiado egocéntrico para dejarse matar en un pueblo fronterizo. Dudo que les pase algo a esos dos.

—Tienes razón —respondió ella, girándose en mis brazos para mirarme a los ojos con una intensidad que nada tenía que ver con la guerra—. Vamos, Einar. Es hora de ir a la cama.

Miré hacia la ventana. El cielo todavía tenía ese tono purpúreo del atardecer; las estrellas apenas empezaban a asomar sobre los picos nevados.

—No es tan tarde, grandulona… —dije con una sonrisa ladina.

Aelnora me tomó de la túnica, tirando de mí hacia la salida con una determinación que no aceptaba réplicas. Sus ojos brillaban con un fuego que no era de batalla, pero que era igual de peligroso.

—No —sentenció ella—, pero me vas a hacer el amor. Ahora mismo.

No hubo más que decir. Dejamos los mapas, las listas de corruptos y las vibraciones mágicas de Raven atrás, encerrándolas en la sala de guerra. En ese momento, mientras caminábamos hacia nuestras habitaciones, incluso el fin del mundo podía esperar. Solo importaba el calor que compartíamos y la certeza de que, al menos por esta noche, seguíamos vivos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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