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Hierro y Sangre - Capítulo 152

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Capítulo 152: Capítulo 152: El Postre del Piadoso

(Narra Valka)

El aire de la posada estaba saturado de ese olor rancio que solo se encuentra en los lugares donde el vino barato y el sudor de los mercenarios se mezclan con la madera vieja, pero era bueno estar en casa y mejor aún, bebiendo después tanta maldita discusión.

Thormund estaba sentado frente a mí, su figura maciza ocupando casi todo el espacio del banco, con una jarra de barro entre sus manos callosas. El tipo bebía como si intentara apagar un incendio interno o el recuerdo de las jaulas de Orodreth, pero sus ojos, siempre alertas, no dejaban de escanear la entrada. Le hice una seña para que se acercara, bajando la voz hasta que apenas fue un susurro que el estruendo de los borrachos cercanos no pudiera alcanzar.

—La noticia de la amenaza cósmica no cayó nada bien en la mesa de guerra, viejo amigo —dije, sintiendo el peso de las últimas horas en mis hombros—. El ambiente se puso denso, casi irrespirable. El Filo, como era de esperarse, comenzó a predecir catástrofes teológicas sin sentido, hablando de cielos rompiéndose y dioses olvidados que reclaman su deuda. Parecía que íbamos a perder el control de la estrategia antes de empezar.

Thormund soltó un gruñido bajo, removiendo el líquido turbio de su jarra.

—Ese viejo loco siempre ve el fin del mundo en un charco de lodo —masculló, mirándome fijamente—. ¿Cómo los calmaste?

—No fui yo —admití, esbozando una sonrisa amarga—. Todo volvió a su cauce gracias a Einar. Tuvo que intervenir antes de que Raven y él terminaran en las manos discutiendo si el anciano místico era en realidad un observador legítimo o una maldita proyección de alguna de las Llagas tratando de infundir miedo en nosotros. Fue una charla tensa, llena de sospechas, pero al final la lógica de la supervivencia se impuso.

Bebí un trago largo, dejando que el ardor del alcohol me recordara que seguía viva. La introspección me golpeó por un momento; me vi a mí misma liderando a estos hombres hacia un abismo que apenas comprendía. La sombra de las Llagas era alargada, y la idea de una amenaza universal era una carga que no pedí, pero que ahora llevaba marcada en la frente.

—El plan sigue exactamente igual, Thormund —continué, recuperando la firmeza en la voz—. Nuestra prioridad es acabar con ellos, uno a uno. Necesitamos descubrir si todas las Llagas gozan de esa inmortalidad asquerosa hasta que se rompa su pacto de sangre. Quiero saber si con el oricalco podemos matar a los males superiores de forma definitiva. Si con ese metal sagrado mueren el pacto y su Llaga simultáneamente, entonces tenemos una oportunidad. El objetivo no cambia: matarlos con inteligencia, no con una furia ciega que nos lleve a la tumba.

Thormund dejó la jarra sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos brillaron con esa chispa de lealtad salvaje que lo caracterizaba.

—La amenaza universal podría hacer que cualquiera lanzara un ataque directo a la capital —reflexionó Thormund, rascándose la barba—. Probablemente todos estarían allí, esperando el gran final. Pero atacar a seis Llagas al mismo tiempo, cuando pelear con una sola ha demostrado ser todo un reto que casi les cuesta la piel…

Se detuvo, mirándome con una mezcla de respeto y preocupación.

—Sería una locura digna de usted, jefe —sentenció, soltando una risa corta y áspera.

Me quedé mirándolo un momento, apreciando la tosquedad de sus rasgos. Thormund alguna vez fue mi refugio y mi lecho, el recordatorio de que, a pesar de la mierda en el mundo, seguíamos siendo carne y hueso.

—Viejo lobo, escucha bien —le dije, inclinándome hacia él—. Cuando yo muera, tú tomarás el mando en Orodreth. Guiarás a nuestros hombres con la misma mano de hierro que usas para esa jarra. Pero no te hagas ilusiones todavía; esta guerra no me verá caer. Si estoy loca… quizás, pero además de ustedes, ahora tengo más motivos para mantenerme viva. Esta guerra no me verá morir, al menos no por mi propia imprudencia. He aprendido a valorar mi pellejo tanto como el de ustedes.

Thormund se enderezó, inflando el pecho, visiblemente conmovido por mis palabras, aunque intentó ocultarlo tras su fachada de soldado veterano.

—Me enorgullece, jefe —respondió con una solemnidad que rara vez mostraba.

No pude evitarlo. Solté una carcajada que cortó la tensión de la mesa, disfrutando de la incomodidad que a veces le causaba mi franqueza.

—Tus cumplidos no me volverán a bajar las bragas, Thormund —le solté, guiñándole un ojo—, pero no voy a mentir… me gusta escucharlos. Me recuerda que aún soy humana debajo de toda esta mierda de guerra.

—Eso lo tengo claro, jefe —rio él, recuperando su tono habitual—. Por el momento, solo quiero beber y patear traseros tan pronto como sea posible. Un anciano místico borrando la existencia… no suena nada bien, es una mierda de cuento para asustar niños. ¿Pero sabe qué sí suena muy bien?

Me recliné en la silla, intrigada por el cambio en su semblante. —¿Qué, viejo amigo?

Thormund se acercó aún más, asegurándose de que nadie estuviera escuchando. Sus ojos brillaron con la emoción de quien ha encontrado el rastro de una presa gorda.

—Información…Desde que saliste de viaje con el bardo, me mantuve ocupado enviando a nuestra gente a escuchar y vigilar, volvieron poco antes que ustedes, con noticias de un festín en pleno bosque —susurró—. Algunos de nuestros observadores han visto un banquete profano en los bosques lejanos, justo al pie del volcán. Los reportes hablan de mesas largas, Valka… mesas cargadas de órganos y partes de humanos y animales por igual, servidas por personas encapuchadas que se mueven como sombras. Dicen que hay una pequeña carpa roja, para una sola persona, cerca del banquete, no han visto a nadie entrar o salir, aun… ¿Te suena familiar?

El nombre surgió en mi mente como una mancha de aceite en agua limpia. La carpa roja. La “piedad” retorcida. Sentí un escalofrío de anticipación recorriendo mi espalda, una vibración que pedía acero y fuego.

—El padre Tomás… el piadoso —dije, sintiendo cómo mi mano buscaba instintivamente el puño de mi arma bajo la mesa—. Gracias, viejo amigo. Ese bastardo cree que puede cenar sobre la miseria de este mundo.

Me puse de pie, ajustando mi capa y sintiendo la sangre arder con un propósito renovado. La amenaza cósmica podía esperar; teníamos una cuenta pendiente en las faldas del volcán.

—Creo que es hora de que el grupo sirva el postre —sentencié, mirando hacia la salida con una sonrisa letal.

Estaba por salir de la taberna, sintiendo ya el aire frío de la noche golpeándome el rostro a través de la rendija de la puerta, cuando Thormund me tomó por el brazo. Su agarre fue firme, deteniendo mi inercia con esa fuerza bruta que lo caracteriza, pero su expresión no era la de un soldado pidiendo órdenes. Me preguntó en voz baja, con una mezcla de miedo y curiosidad que rara vez se asomaba tras su barba espesa:

—Jefe… ¿cómo era? El anciano… ese tal Observador.

Me detuve en seco, y por un instante, el ruido de las jarras y las risas de la posada se desvaneció, reemplazado por el eco de un silencio absoluto. Tragué saliva, recordando vívidamente aquel instante en que el tiempo se congeló, convirtiendo el aire en cristal y los latidos del corazón en algo irrelevante ante su presencia. Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con el clima exterior; era el peso de una mirada que no pertenecía a este plano.

—No podría describirlo, viejo amigo —respondí, bajando la mirada hacia su mano sobre mi brazo—. Pero se veía como alguien que ha visto nacer y morir miles de mundos. Si me lo preguntas, ese tipo es exactamente lo que dice ser. No conozco magia, por muy antigua o prohibida que sea, capaz de congelar el tiempo de la forma en que él lo hizo. No fue un truco, Thormund. Fue autoridad sobre la existencia misma.

Thormund soltó mi brazo y dejó escapar un suspiro pesado, rascándose la nuca con resignación. Sus ojos reflejaban esa frustración de quien sabe que el mundo se ha vuelto mucho más grande y peligroso de lo que sus hachas pueden manejar.

—Vaya mierda —respondió con amargura—. A veces me da envidia no estar en el grupo que sale a cazar Llagas, jefe. Siento que me estoy perdiendo el final del espectáculo o que soy el último en enterarme de que el techo se nos viene encima.

Le dediqué una sonrisa de medio lado, una de esas que solo le doy a él cuando la guerra nos permite un momento de humanidad. Le puse una mano en el hombro, apretando con fuerza para recordarle que su papel era igual de vital en esta carnicería.

—Lo sé, dulzura —le dije con un tono que mezclaba la burla con el respeto—. Pero tu acero me sirve más limpiando poblados enteros. No podemos dejar que el mundo se pudra por dentro mientras nosotros perseguimos sombras cósmicas. Las tropas estarán más activas a partir de ahora, lo prometo. Esta guerra silenciosa que hemos estado librando está a punto de ponerse muy, pero muy ruidosa.

Thormund asintió, enderezando la espalda y recuperando esa fachada de roca que lo hacía el líder ideal para Orodreth. Me di la vuelta y esta vez sí crucé el umbral, dejando atrás el calor de la posada. Afuera, la oscuridad era profunda, pero en mi mente, la imagen del banquete del Padre Tomás brillaba con una claridad asesina. Era hora de marchar. Era hora de que el oricalco probara la sangre de los piadosos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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