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Hierro y Sangre - Capítulo 153

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Capítulo 153: Capítulo 153: El Peso de la Marcha

(Narra Aeris)

El amanecer en las minas tiene un color cobrizo, una mezcla de la luz del sol filtrándose por los respiraderos y el polvo de mineral que siempre flota en el aire. El frío de la mañana calaba mis huesos, pero el calor que emanaba del cuerpo de Ulm era como estar frente a una forja encendida. Me recosté contra su enorme pecho, sintiendo el retumbar rítmico de su corazón contra mi oído, un sonido que se ha vuelto mi único ancla en este mundo que se cae a pedazos.

—Vuelve por nosotros, amor mío —susurré contra la tela de su ropa, apretando mis dedos sobre el cuero de su cinturón.

El gigante rodeó mis hombros con una mano que podría aplastar mi cráneo, pero que me sostenía con la delicadeza de quien toca un ala de mariposa. Sentí su suspiro profundo, una vibración que recorrió todo mi cuerpo.

—Lo haré, pequeña. Volveré con ustedes —respondió con esa voz de grava que siempre me daba paz. Señaló con un gesto tosco una bolsa de cuero añadida a su cinturón, cargada con el peso de mis creaciones—. Llevo muchos de tus juguetes explosivos conmigo. Tu brazal es mi escudo y tu amor mi único motivo. No necesito saber si está en juego un pueblo, un mundo o un universo entero… Mi universo eres tú, Aeris, y te mantendré a salvo. Volveré.

Me separé lo justo para verlo a los ojos. Él sabía, tanto como yo, que el Padre Tomás no era un hombre, sino una enfermedad que debíamos extirpar. Le di un último apretón, sintiendo el bulto incipiente en mi vientre, esa vida nueva que me obligaba a quedarme entre planos y herramientas mientras ellos marchaban hacia el volcán. Lo vi alejarse hacia el patio, y por un momento, el silencio de la mina se sintió más pesado que la montaña misma.

(Narra Einar)

La sala de guerra apestaba a cera consumida y al rancio aroma de los pergaminos antiguos. Círdan estaba encorvado sobre la mesa, sus ojos brillando con esa intensidad febril que solo el Filo poseía cuando los hilos del destino se enredaban. Aelnora estaba a mi lado, su presencia imponente llenando el espacio con una calma que yo necesitaba para no perder los estribos ante la terquedad del anciano.

—Entonces, Círdan… ¿no irás con nosotros? —pregunté, cruzándome de brazos.

El Filo no levantó la vista de sus mapas. —No, mi querido druida. Sigo buscando informes, murmullos que hablen de canciones e ira. El ataque de Melody fue demasiado… personal. Quiero asegurarme de que esa mujer reciba su merecido.

Círdan se enderezó, mirándonos con una seriedad gélida. —Raven irá con ustedes, pero el bardo se quedará a mi lado. Si encuentro a esa maldita Llaga, Viktor será el escudo y yo la espada que acabe con ella de una vez por todas.

—Que así sea, Círdan —respondí, aceptando el cambio de piezas. El bardo y el viejo eran una combinación peligrosa, pero lógica para cazar a la Ira. Me volví hacia la mujer que era mi sol y mi sombra—. ¿Lista, grandulona?

Aelnora ajustó el cinto de su martillo con un movimiento seco. —Lista como siempre, druida. Vamos a encontrarnos con el resto en el patio. El tiempo es un lujo que el Padre Tomás nos está robando con cada segundo que respira.

Salimos de la sala de guerra con el eco de nuestras botas resonando en la piedra. Sentía a Fenrir vibrar dentro de mi sangre, su instinto de caza fundido con mi voluntad, listo para rastrear el hedor del volcán.

(Narra Valka)

La carpa de Gorrash olía a incienso fuerte y a cuero engrasado. El orco estaba terminando de ajustar sus protecciones, una mole de músculos verdes y cicatrices que se movía con una gracia que pocos humanos podrían entender. Me acerqué a él, disfrutando de la forma en que su sombra me cubría por completo.

—¿Listo para matar demonios y destruir Llagas, su majestad? —solté con una sonrisa afilada.

Gorrash se detuvo en seco, soltando un gruñido que era más una advertencia que un saludo. —No me llaméis así, Valka… no tú. No soy tu rey, ni tuyo ni de nadie mientras esta guerra siga en pie.

—Quizás deberíamos ser más descarados al respecto —respondí, acercándome hasta invadir su espacio—. Una guerra entre reyes tendría en alerta al reino entero y los rumores volarían más rápido que nuestras flechas. Sería divertido ver sus caras. Y muy útil escuchar susurros de extrañas criaturas peleando por el rey humano…

—Imposible —respondió Gorrash con una solemnidad que me recordaba por qué lo respetaba tanto—. No solo por mi clan. Si los humanos saben que están en guerra con los orcos, atacarán a cualquiera con la piel verde o gris, sin preguntar ni clan ni credo. No puedo hacerle eso a mi gente, Valka. No por mi orgullo.

—Siempre tan digno, mi rey…

—Que no soy… —empezó él, pero lo interrumpí poniendo un dedo sobre sus enormes labios.

—Me gusta llamarte así, dulzura —le guiñé un ojo, sintiendo su respiración caliente—. Vamos ya, que seguramente la elfa santurrona nos espera en el patio y no quiero aguantar sus sermones sobre la puntualidad.

—Creí que ya estaban en buenos términos —dijo el orco, esbozando una pequeña sonrisa mientras recogía su nodachi.

—Lo estamos —admití, encaminándome a la salida—, pero es malditamente divertido joderla de vez en cuando. Mantiene su fe despierta.

(Narra Raven)

En mi laboratorio, el silencio era solo interrumpido por el burbujeo de un destilado que no vería la luz del sol. Pasé inventario con movimientos mecánicos. Viales de antídoto, extracto de oricalco, sales ignífugas. Empaqué cada frasco en compartimentos acolchados, consciente de que un solo error en la mezcla podría ser tan letal como un tajo en la yugular.

Me detuve un momento, mirando mis manos enguantadas. La escala de esta guerra ha cambiado. Ya no estamos cazando hombres corruptos o mercenarios de poca monta. Estamos enfrentando la putrefacción de la realidad misma. El Padre Tomás no es más que el síntoma de un universo que ha decidido suicidarse, y nosotros somos los cirujanos que intentan detener la hemorragia con cuchillos desafilados.

Cerré el maletín de cuero y me colgué la bolsa al hombro. Miré por última vez los estantes llenos de conocimiento y veneno. El laboratorio se sentía como un refugio, pero afuera, la historia exigía mi presencia. Salí al patio, sintiendo el peso de la responsabilidad enfriando mi sangre.

(Narra Einar)

El patio de la fortaleza era un hervidero de actividad contenida. Aelnora lideraba la marcha montada sobre Yunque, su figura recortada contra el cielo matutino como una estatua de hierro y voluntad. Yo caminaba a su lado a pie; no necesitaba montura cuando la fuerza y resistencia de Fenrir fluían a través de mis tendones, permitiéndome cubrir leguas sin cansarme.

Ulm montaba a Berg, su inmenso animal de carga que parecía el único capaz de soportar el peso del gigante y sus nuevas herramientas. Detrás de ellos, Valka y Gorrash compartían uno de sus animales de guerra, una bestia robusta que, además de llevarlos a ellos, arrastraba un pequeño trineo. “Aplastahuesos”, recordé que lo llamaban, iba cargado con cajas de suministros y las pesadas casas de campaña necesarias para el clima del volcán.

Raven cerró la formación, ensillando su caballo con esa elegancia sombría que lo caracterizaba. Al mirar atrás, vi a Círdan observándonos desde la muralla, una figuras solitaria que buscaría a la Ira en las sombras. En lo alto de las minas, Aeris nos miraba también, con las manos apoyadas en su vientre, diseñando ya en su mente el próximo artefacto que nos mantendría con vida.

Salimos por el portón principal. El equipo estaba completo. El objetivo estaba marcado. Íbamos en busca del piadoso Tomás, y esta vez, no habría oraciones que lo salvaran de nuestra justicia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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