Hierro y Sangre - Capítulo 154
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Capítulo 154: Capítulo 154: Sombras en el Perímetro
(Narra Ulm)
El nudo marinero cedió bajo la presión de mis dedos, pero mi mente estaba a leguas de aquí, bajo la piedra caliente de mi mina. Extrañaba el olor del metal fundido y, sobre todo, la risa de Aeris. Ser un mestizo de gigante en un mundo de hombres ya es difícil, pero ser un padre en potencia en medio de una cacería de demonios es una tortura que nadie te explica.
Me agaché para revisar las cinchas de Berg. El animal soltó un bufido de reconocimiento, apoyando su enorme cabeza en mi hombro.
—Tranquilo, muchacho —gruñí, acariciando su piel endurecida—. Solo un par de días más hasta el volcán y luego nos daremos un festín de cebada.
Saqué una de las granadas de Aeris de mi cinturón. Era una esfera de hierro negro, fría y perfecta, con las runas de ignición grabadas con una precisión que solo ella podía lograr. La limpié con un trozo de cuero, eliminando la humedad del bosque. Mirar ese artefacto era como mirar un pedazo de su alma; destructivo, brillante y listo para estallar si se le provocaba.
—Ulm, deja de pulir esa bola antes de que nos hagas volar a todos —soltó Valka, pasando por mi lado con su habitual paso de depredadora.
Ignoré el comentario y seguí con mi labor. Al bajar la última saca de suministros del Aplastahuesos, mis dedos tropezaron con algo que no encajaba. Era una caja grande de madera oscura, reforzada con flejes de hierro frío, pesada como si contuviera plomo y carente de cualquier marca de intendencia. No decía “comida”, ni “pólvora”, ni llevaba el sello del grupo.
—Oye, Valka —llamé, señalando la caja—. ¿Esta qué es? No viene marcada y pesa como un demonio muerto. No recuerdo haberla subido en el patio.
Valka se detuvo y miró la caja de reojo, con una expresión de indiferencia que me pareció fingida.
—Si está aquí es porque la necesitamos, Ulm —respondió sin siquiera acercarse—. Si no es comida, ni te molestes en bajarla de su carreta. No te esfuerces de más, grandote, que te quiero entero para cuando lleguemos a las faldas del volcán.
Me quedé mirando la madera oscura. Había algo en esa caja, un peso que no era solo físico. Pero las órdenes de Valka eran claras, así que la dejé en el trineo, cubierta por una lona vieja, mientras sentía una punzada de melancolía. Si Aeris estuviera aquí, ya habría abierto esa caja con un soplete solo por curiosidad.
(Narra Valka)
El campamento estaba montado, pero la atmósfera era tan acogedora como un velorio. Me acerqué a la hoguera principal, donde Gorrash estaba sentado con la espalda recta, afilando su espada con una piedra de amolar. Un poco más allá, Aelnora recitaba algún salmo en voz baja, con los ojos cerrados. Eran el cuadro perfecto de la rectitud aburrida.
—Vaya pareja de santurrones —solté, sentándome entre los dos y estirando las piernas hacia el fuego—. ¿Qué pasa, “su majestad”? ¿Su Nodachi no brilla lo suficiente para impresionar a los demonios o es que el miedo a ser ‘todos lo mismo’ le quitó el filo al acero?
Gorrash no levantó la vista, pero el ritmo de la piedra sobre el metal se volvió más agresivo.
—El acero no entiende de cosmogonías, Valka —respondió con su voz profunda—. Solo entiende de cuellos.
—Y tú, elfa —dije, girándome hacia Aelnora—, ¿por quién rezas hoy? ¿Por el Padre Tomás para que su alma encuentre el perdón antes de que le abramos el vientre, o por nosotros, por si el Observador tenía razón y somos solo agua de un mismo pozo?
Aelnora abrió los ojos, y su mirada de “clériga de guerra” me dio un repaso de arriba abajo.
—Rezo por tu lengua, Valka —dijo con una calma irritante—. Para que algún día aprenda a callar antes de que alguien decida cortarla. La fe no se tambalea por las palabras de un anciano en un sueño febril.
—No fue un sueño y lo sabes —le guiñé un ojo, disfrutando de cómo se le tensaba la mandíbula—. Pero es divertido ver cómo intentas encajar la idea de que tu dios y la súcubo violeta son gotas del mismo charco. ¿Verdad, mi rey?
Gorrash soltó un gruñido bajo.
—Valka… —advirtió, pero no terminó la frase.
Sabía que lo hacía para picarlos, para sacarles de ese trance de solemnidad. Si íbamos a morir frente a un volcán, prefería que lo hiciéramos con un poco de fuego en la sangre y no con la resignación de un mártir.
(Narra Einar)
Me alejé del calor de la hoguera, internándome en la linde del bosque. El frío de la noche me sentaba mejor que la charla de los demás. Dentro de mí, Fenrir estaba arañando las paredes de mi consciencia, un lobo enjaulado que sentía el rastro del enemigo mucho antes que mis propios sentidos.
—Quieto —susurré, apretando los puños—. Todavía no.
Sentía sus garras hundirse en mi voluntad. Fenrir quería salir, quería desgarrar la noche y correr hasta que el azufre del volcán le quemara la nariz. Pero todavía lo necesitaba dentro; su fuerza era lo que mantenía mi cuerpo humano funcionando a pleno rendimiento en este viaje agotador.
Aelnora apareció a mi espalda, caminando en silencio sobre la hojarasca.
—Estás inquieto, druida —dijo, poniendo una mano en mi hombro.
—Fenrir siente algo que yo aún no puedo ver —admití, mirando hacia la oscuridad impenetrable de los árboles—. Es como un picor en la base de la nuca. Siento que algo no anda bien por aquí, Aelnora. Aún no llegamos a las faldas del volcán y ya siento que miles de ojos nos observan desde las sombras.
—Son los nervios del cazador, Einar —intentó consolarme, pero su propia mano temblaba un poco.
—No —respondí, girándome hacia ella—. Es instinto. El bosque está demasiado callado. Los pájaros no cantan, los insectos han enmudecido. Es como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento antes de que el verdugo deje caer el hacha. Ten cuidado, grandulona. No bajes la guardia ni para dormir.
(Narra Raven)
Me senté frente a una pequeña hoguera secundaria, lejos de las bromas de Valka y las preocupaciones de Einar. Saqué un pequeño frasco de mi zurrón, que contenía un polvo grisáceo hecho de huesos de cuervo y escamas de una criatura que ya no existe en este plano. La nueva escala de la guerra, esa “amenaza cósmica”, requería métodos de consulta que prefería no compartir con el resto.
—Veamos qué dice la sangre de este mundo —murmuré.
Lancé un puñado del polvo al fuego. Al instante, las llamas anaranjadas se tornaron de un violeta enfermizo y comenzaron a danzar de forma errática, estirándose hacia el cielo como dedos suplicantes que se retorcían en el aire. No había viento, pero el fuego se inclinaba hacia el este, hacia el volcán, con una violencia que hacía saltar chispas de color negro.
Las llamas no formaban imágenes, sino patrones de caos puro. Era un lenguaje que solo un hemomante podía traducir, y lo que leía me hizo apretar la mandíbula.
—Un mal presagio —susurré para mí mismo, mientras el fuego emitía un chasquido que sonó como un hueso rompiéndose.
Las llamas se apagaron de golpe, dejando solo un rastro de humo con olor a carne quemada. La escala de lo que enfrentábamos era mucho mayor que un simple clérigo corrupto. El tiempo no se había detenido solo por cortesía del Observador; se había detenido para darnos una última oportunidad de ver el abismo antes de caer en él.
Me puse de pie, ajustando mi túnica. El equipo estaba listo, pero el universo… el universo parecía estar afilando sus propios cuchillos para recibirnos.
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