Hierro y Sangre - Capítulo 155
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Capítulo 155: Capítulo 155: El Estruendo de los Colosos
(Narra Valka)
La noche se había cerrado sobre nosotros con una pesadez antinatural, pero no fue el frío lo que me erizó el vello de la nuca. Fue la vibración. Un temblor rítmico, profundo, que nacía de las entrañas de la tierra y subía por las suelas de mis botas hasta instalarse en mi mandíbula. Raven fue el primero en reaccionar; sus ojos, siempre analíticos, se clavaron en la oscuridad del valle.
—No es un movimiento de placas, Valka —murmuró, su voz apenas un hilo de seda fría—. Es…una marcha. Ese movimiento…tiene voluntad.
Aelnora y yo no necesitamos más órdenes. Nos colocamos espalda con espalda, un muro de acero y fe buscando amenazas en el perímetro. Einar, con la mirada perdida en ese trance donde Fenrir toma el control, olfateó el aire cargado de un olor a polvo y azufre.
—Es un olor conocido —gruñó el druida, sus colmillos asomando bajo el labio—. Algo grande se acerca. Algo que no debería estar aquí.
A lo lejos, una nube de polvo comenzó a devorar la luz de la luna. Mis ojos de mercenaria hicieron el cálculo rápido: al menos cincuenta hombres. Veinte a caballo liderando la carga, treinta más a pie, una masa compacta de sectarios sedientos de nuestra sangre.
—Tratarán de embestirnos con la caballería —sentencié, desenvainando mis hojas gemelas.
—Tranquila, Valka —la voz de Ulm retumbó a mi lado mientras desamarraba al Aplastahuesos. El enorme animal de carga bufó, sacudiendo sus protecciones—. Chocarán con un muro.
Aelnora se separó unos pasos, su martillo de guerra descansando en su hombro con una naturalidad aterradora.
—En cuanto se acerquen lo suficiente, manden al Aplastahuesos —dijo, su voz resonando con la autoridad de una clériga que ha visto mil campos de batalla—. Mi martillo recibirá a los que queden en pie… si es que queda alguno.
(Narra Ulm)
—¡Cuidado! —el grito de Einar desgarró el aire justo cuando la caballería estaba a punto de impactar.
Giré la cabeza y vi el desastre antes de que ocurriera. Por el flanco, emergiendo de las sombras como una montaña de carne y odio, el enorme Dante corría hacia Aelnora. La clériga se preparó para el impacto, plantando los pies en la tierra, pero yo sabía que ni toda su fe la salvaría de esa masa de ira y musculo.
No lo pensé. Me lancé en una carga ciega. Embistiendo, solo con mi protección de oricalco que me cubre desde la muñeca hasta el hombro, una pieza que Aeris forjó para que fuera mi extensión. Choqué contra Dante a menos de un metro de Aelnora.
El estruendo del impacto resonó en todo el valle, un crujido de huesos y metal que hizo que el tiempo se detuviera. Mientras el Aplastahuesos salía disparado por el otro flanco, destrozando la formación de caballos en un torbellino de astillas y relinchos.
Dante y yo rodamos por el suelo pedregoso, nos levantamos al unísono. Y el intercambio de golpes comenzó de inmediato, un tiroteo de puñetazos que sonaba como tambores de guerra golpeados por demonios. Cada vez que mi puño encontraba su mandíbula, sentía la vibración recorrer mi brazo, pero el bastardo me devolvía el golpe con la misma fuerza devastadora. Éramos dos fuerzas de la naturaleza tratando de anularse.
(Narra Einar)
Vi a Ulm y supe que el duelo era demasiado parejo. El poder de los gigantes es una cosa, pero la supervivencia de mi manada es otra muy distinta. Fenrir rugía dentro de mí, exigiendo sangre, exigiendo que protegiera al hermano de armas.
Dante tomo la ventaja en el combate, levantando a Ulm sobre su cabeza con una fuerza sobrenatural, y lo arrojó contra las rocas. Corrí hacia donde cayó mi amigo, esquivando el caos del campo de batalla.
—¡Ve contra los sectarios! —me gritó Ulm, escupiendo sangre mientras se ponía de pie—. ¡El titán es mío!
—Me importa un carajo el orgullo y el ego de gigantes o titanes, Ulm —le respondí, sintiendo cómo el poder de la furia de Fenrir empezaba a hinchar mis músculos—. No dejaré en el campamento una viuda y un huérfano. Te voy a ayudar, quieras o no.
Ulm me miró de reojo, su rostro cubierto de polvo. —No te ofendas druida, pero aun hinchado en musculo, eres algo pequeño para esta lucha.
Me eché a reír, una risa que ya no era del todo humana. —Tengo un truco bajo la manga. Gracias a Aeris y el escudo que le dio a Aelnora, se que esta garra de oricalco tambien conduce la magia de maravilla.
Chasqueé los dedos. El fuego que usualmente uso para mis flechas envolvió mi mano entera, transformando la garra de oricalco en un apéndice de llamas vivas. Me lancé hacia adelante con una velocidad que desdibujaba el paisaje. Esquivé un puñetazo de Dante que habría convertido mi pecho en pure de druida, rodé por el suelo y, al levantarme, solté un zarpazo ascendente.
La garra rasguñó su pecho, quemando sus ropas y abriendo surcos de carne viva. Dante rugió de dolor, intentando arrancarse los restos de su camisa en llamas mientras su pecho sangraba abundantemente. En ese momento de distracción, el puño de Ulm conectó directamente en su nariz. Una nube roja estalló en su cara, bañándonos de sangre.
Miré hacia atrás. Valka, Aelnora y Gorrash eran un torbellino de muerte. La Nodachi de Gorrash trazaba arcos perfectos, decapitando sectarios con una elegancia brutal, mientras las espadas de Valka y el martillo de Aelnora terminaban la carnicería. Raven, impasible, usaba sus agujas de sangre para que los enemigos se retorcieran en espasmos grotescos. Berg y el Aplastahuesos pisoteaban los restos; el crujido de los huesos y los ruidos húmedos de los cuerpos aplastados bajo el peso de las bestias llenaban el aire. Algunos aún gritaban, pero eran silenciados por el peso de la marcha. Estaba todo bajo control.
Solté un aullido bestial, dejando que el instinto animal tomara el mando total.
Dante intentó recuperarse, pero le hundí el puño cerrado en el hígado y, con la garra en llamas, le desgarré el rostro de un tajo cruzado. Mientras el titán se cubría los ojos, Ulm aprovechó para soltar una patada frontal en su pecho que lo mandó de espaldas contra la tierra.
No le di tiempo de respirar. Disparé un virote de oricalco desde la ballesta oculta en mi garra. El proyectil estaba dirigido directo al corazón, pero Dante, en un último espasmo de instinto, se movió. El virote se hundió cerca de su hombro derecho, estallando en llamas y dejando ese brazo inutilizado y colgando como un peso muerto.
Ulm vio la apertura. Se lanzó con un puñetazo devastador. Dante, desesperado, intentó levantar el brazo izquierdo para protegerse, pero en un movimiento fugaz, ataqué la axila con mi garra de oricalco, cortando tendones y nervios con un tajo ardiente. Sin defensa posible, el brazo del titán cayó. El puño de Ulm entró de lleno en su quijada con la fuerza de un alud. El cuello de Dante se rompió con un crujido seco, su cabeza giró en un ángulo imposible y el titán se desplomó, muerto antes de tocar el suelo.
El silencio volvió al valle, solo roto por nuestra respiración pesada y el crepitar de las últimas llamas en el pecho del gigante caído. La batalla contra el pelotón y el titan había terminado…o eso pensé.
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