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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 12

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12: Capítulo 11 12: Capítulo 11 Aleksei se puso cómodo en la cama sin dejar de mirarla y ella se mantuvo un rato más sentada, esperando que el dolor de sus piernas aminorara para ponerse el pijama, pero era imposible, ya que a pesar de que la hinchazón había bajado, las erupciones continuaban y le dolía.

Las rosas eran hermosas, pero no podía amarlas del todo porque cuando se estresaba, esas flores llegaban a ser letales para ella.

—Cuando hayas terminado de hacer tu drama, apagas la luz porque no puedo dormir si no está oscuro—le oyó decir a él.

Annelise apretó los puños, aguantando las ganas de darle una patada en los testículos para que sintiera un poco del dolor que ella estaba sintiendo en sus piernas.

—Si así es como me tratas cuando ni siquiera estoy embarazada, no quiero imaginarme cuando de verdad lo esté—le espetó, molesta—.

Y no dudo que vayas a querer patearme.

La cama se movió bruscamente cuando él se sentó.

—En el instante que me digan que estás embarazada, voy a comenzar a cuidar de mi hijo y eso te incluye a ti porque lo traerás en tu interior, pero mientras sigas siendo solo tú, confórmate con tener el honor de compartir la cama conmigo y vivir bajo mi techo.

—Le aclaró con veneno.

Con la paciencia al borde del colapso, ella no objetó nada más y logró levantarse para ponerse el pijama que yacía sobre la cama.

Aquel había sido el único favor humano que Aleksei hizo por ella para evitarle la fatiga de caminar hasta el ropero.

Annelise se contorsionó con la esperanza de alcanzar el maldito cierre del vestido y no le funcionó.

El vestido era hermoso, pero incómodo como para dormir con eso puesto, y cuando se había resignado, sintió las cálidas manos de Aleksei posarse en su espalda y deslizar el cierre lentamente hacia abajo hasta llegar al inicio de sus glúteos.

El joven ruso también le ayudó a quitarle los tirantes de los hombros y tirar de ellos hacia abajo, dejando que la suave tela cayera como un susurro hasta el suelo.

El cuerpo semi desnudo de Annelise quedó al descubierto y los ojos grises de Aleksei la escudriñaron con admiración.

—Muchas gracias—musitó ella, agarrando el pijama y cubriéndose rápidamente.

La ropa interior había sido lo único que ella había tenido como barrera a la desnudez.

Él no respondió y se volvió a deslizar a la cama.

Ella sintió su mirada quemándole la espalda y se apresuró a ponerse el pijama.

Se quitó con cuidado el collar de perlas, dejándolo sobre el tocador y luego dando pasos lentos, apagó la luz, quedando en penumbras hasta que una tenue luz de una lámpara del buró se encendió gracias a Aleksei.

Alzó la sábana y se metió dentro de ella para apaciguar el frío que estaba haciendo.

Aunque era todavía temprano para dormir, ninguno de los dos quería seguir fingiendo frente a esa gente.

—Nuestro pastel de bodas será nuestro desayuno de mañana—susurró Aleksei en tono burlón.

—Espero lo disfrutes porque odio el pastel.

—¿También eres alérgica?

—Tal vez… En eso, Annelise sintió las manos de él buscar su cuerpo por debajo de las sábanas y se quedó quieta cuando las sintió justo en su cintura.

—¿Qué crees que haces?

—titubeó.

Las manos de Aleksei no se movieron.

No apretaron, no exploraron más.

Simplemente se quedaron ahí, como si marcaran territorio.

—He de asegurarme de que sigas aquí —murmuró—.

No eres buena fingiendo calma cuando planeas algo.

Ella tragó saliva.

—Suéltame.

—No—respondió con calma peligrosa—.

Cuando te quedas quieta así, es cuando más mientes.

Deslizó los dedos apenas un poco, lo justo para que ella sintiera el aviso, no la caricia.

—Estás pensando en tu arma —susurró—.

En huir.

En matarme si tienes la oportunidad.

Annelise giró el rostro hacia él, furiosa.

—Tú no sabes nada de mí.

Él sonrió en la oscuridad.

—Sé lo suficiente para no darte la espalda.

Retiró la mano despacio, como quien guarda una promesa.

—Duerme, muñeca —dijo—.

Mañana serás mi esposa frente al mundo… y mi problema favorito en la intimidad.

Ella cerró los ojos, con el corazón golpeándole las costillas.

Y por primera vez desde que llegó a esa mansión, entendió algo con claridad: No solo estaba atrapada con Aleksei.

Estaba jugando contra alguien que disfrutaba cada segundo de la cacería.

Y ojalá el desgraciado fuese horrible, pero no.

Era malditamente guapo y atractivo como el infierno.

Si no estuviera en esa misión, quizá ya lo hubiera dejado meterse entre sus bragas desde el primer momento, pero no.

Él era su enemigo.

La mañana siguiente llegó sin piedad.

Annelise despertó con una sensación horrible en la piel, como si alguien le hubiera frotado fuego sobre el rostro.

Abrió los ojos con dificultad; los tenía pesados, ardidos, húmedos.

Cuando logró incorporarse un poco, llevó los dedos a su mejilla.

Estaba hinchada.

La piel le ardía.

Y las pequeñas erupciones ya comenzaban a dibujarse como una constelación cruel.

Miró la almohada.

Ahí, casi burlón, había un pétalo de rosa seco, aplastado por su propio peso durante la noche.

—Maldita sea… —susurró con la voz temblorosa.

Lo empujó lejos como si fuera veneno.

Se levantó con cuidado y caminó hasta el espejo.

La imagen le devolvió una versión de sí misma que odiaba: el lado derecho del rostro inflamado, los ojos enrojecidos, la piel marcada por pequeñas reacciones.

Estaba peor que sus piernas la noche anterior.

Ahora ya podía caminar, pero el problema era su cara.

Y todo tenía que pasarle, especialmente el día en el que Aleksei prometió consumar el matrimonio.

—Perfecto —murmuró con ironía amarga.

Detrás de ella, la cama se movió.

Aleksei abrió los ojos lentamente, evaluando el cuarto antes de fijarse en ella frente al espejo.

—¿Qué te pasó?

—preguntó, sin rastro de burla.

Annelise no lo miró.

—Las rosas —dijo con frialdad—.

No limpiaron bien la cama.

Un pétalo bastó.

Él frunció el ceño y se levantó, caminando hacia ella.

—Yo verifiqué que limpiaran bien la recámara ayer y te consta.

—No lo sé… y justo estaba en mi almohada.

—Nadie entra aquí sin mi permiso.

—Pues alguien lo hizo —replicó—.

O alguien quiso recordarme que sigo siendo frágil en esta casa.

Aleksei se detuvo detrás de ella, observando su reflejo.

—No fue un accidente —dijo con voz baja—.

Alguien está probando tus límites.

Ella lo miró a través del espejo.

—O los tuyos.

Él sostuvo su mirada.

—Sea quien sea, aprendió algo hoy.

—¿Qué?

Aleksei se inclinó apenas hacia su oído.

—Que tocarte sin mi orden… es una sentencia.

Annelise tragó saliva.

No sabía qué era más inquietante: la amenaza en su voz… o el hecho de que, por primera vez, no sonaba dirigida contra ella.

—Cálmate, ¿de acuerdo?

Si incrementas el estrés, será peor.

Los ojos grises de Aleksei estaban ensombrecidos y dicho eso, se puso un abrigo encima y salió de la habitación.

Abrumada, verificó que no hubiera más pétalos de contrabando y se recostó nuevamente en la cama, mirando con desprecio aquel pétalo desecho por su propio peso y se tocó la piel de su rostro: hinchada, roja y sensible.

Parecía una enorme cereza.

Sin embargo, al cabo de unos minutos, decidió lavarse los dientes y lavarse la cara con agua tibia para aliviar el dolor y ardor.

Se estremeció cuando secó su piel y volvió a la recámara en donde advirtió a Aleksei con el rostro duro, y frente a él a los tres criados que se habían hecho cargo de limpiar los pétalos la noche anterior, los cuales estaban arrodillados como si fueran criminales.

—¿Qué haces?

—le preguntó, perpleja.

—¿Quién de ustedes dejó un maldito pétalo especialmente en la almohada de ella anoche?

—rugió Aleksei, con dureza.

—Limpiamos muy bien todo, joven Reznikov—respondió la mujer con voz temblorosa.

—Mírenle el rostro a mi esposa—les ordenó.

Los tres alzaron la vista y palidecieron al verla—.

Si hubieran hecho bien su trabajo, ella no estaría con la piel irritada e hinchada a causa de un misterioso pétalo puesto en específicamente en su almohada.

Annelise intentó calmar la situación, pero se quedó ensimismada cuando vio cómo Aleksei metía la mano en el interior de su abrigo y sacaba un arma, y no cualquier arma, la suya.

La que su padre le había obsequiado cuando aprendió a disparar.

Le quitó el seguro y le apuntó a la criada primero.

—Yo no quiero traidores viviendo bajo mi techo—ladró Aleksei—.

Y mucho menos que intenten asesinar a mi esposa… Pero antes de que alguien pudiera intervenir, el heredero de los Reznikov apretó el gatillo y la bala salió disparada justo en el cráneo de la mujer, haciéndole sufrir un espasmo y luego caer de bruces al suelo, manchando las sábanas y el suelo con su sangre.

Los dos criados restantes se echaron a temblar de miedo.

—¡Basta!

—gritó Annelise, incapaz de creer que Aleksei había asesinado a esa pobre mujer por una simple alergia.

—Ahora que quedan ustedes dos—continuó diciendo él, ignorando a Annelise— ¿quién de los dos me dirá la verdad?

—Fui yo quien entró al dormitorio a ponerle un pétalo en su almohada cuando era de madrugada—interrumpió una voz autoritaria que hizo temblar la mano de Aleksei con la pistola—.

¿Me vas a asesinar también a mí, hijo?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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