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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 13

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13: Capítulo 12 13: Capítulo 12 Aleksei volvió el rostro hacia Mikhail Reznikov y fue como si hubiera visto al mismo diablo personificado.

Bajó el arma y también la cabeza.

—Ella es alérgica a los pétalos, padre y no quiero que nadie le haga daño si va a darme un hijo—susurró el chico con una mueca, sin atreverse a mirarlo a la cara.

—Eso lo sé, pero aún no le has engendrado ninguno—eludió con petulancia su padre y Annelise se sintió desnuda ante su mirada perversa cuando la miró.

—Es demasiado pronto para decirlo—dijo ella.

No iba a dejar que ese loco se diera cuenta que todavía no habían consumado el matrimonio—.

Se necesitan más veces para que eso ocurra.

—Por supuesto, pero si no empiezan cuanto antes, hay menos probabilidades de que engendres a mi nieto—añadió Mikhail con veneno disfrazado de amabilidad.

—Padre—carraspeó Aleksei, y Annelise notó el rubor de sus mejillas, orejas y cuello—, ¿si te das cuenta de que estás interfiriendo en mi matrimonio?

—Matrimonio falso—le corrigió su progenitor y miró el cadáver de la criada—.

Limpien esta porquería porque no quiero que comience a apestar.

La frialdad con la que chasqueó los dedos y enseguida varios hombres entraron a retirar el cuerpo y otros más entraron a limpiar, la hizo suspirar de asco y el dolor de su cara la estremeció.

—Ven conmigo, no podemos estar aquí mientras limpian—le oyó decir a Aleksei y antes de aceptar, él se acercó a ella y la cubrió con su abrigo, instándole a salir de ahí rápidamente bajo el escrutinio de su padre.

En cuanto estuvieron del otro lado del enorme pasillo, Annelise se agarró de la pared para recuperar el aliento.

Había tenido suerte de que no se le hubiese cerrado la garganta por la alergia.

—Pensé que el que más deseaba tener nietos era tu padre—logró decir, aturdida—, pero tal parece que quiere asesinarme antes.

—También a mí me tomó por sorpresa su actitud.

Él jamás habría hecho algo así si hay algo importante de por medio, a menos que haya descubierto algún dato sobre ti que no le gustó—siseó.

Sus ojos la miraban acusadoramente.

—Es increíble que ahora sospeches de mí, cuando yo fui la afectada—le señaló su rostro lacerado—.

Si no confían lo suficiente en mí, con meterme una bala en la cabeza se soluciona.

No hagan tanto maldito drama.

Él arqueó una ceja, interesado en sus comentarios.

—Lo que más me atrae de ti, aparte de tu maldito cuerpo lascivo—dijo, como si hablar de cuerpos ajenos de esa manera fuera lo más normal del mundo, sus pupilas se dilataron y Annelise contuvo la respiración en el segundo que Aleksei acortó la distancia entre los dos—, es tu manera de defenderte.

He notado que aunque tengas miedo, no te dejas dominar por él y contraatacas muy bien.

Eso me pone duro como no te imaginas.

—¿Te excitas cuando me ves siendo yo?

—inquirió, impresionada por su sinceridad.

Él asintió.

—Yo esperaba tener una esposa frágil, débil y para nada atractiva, pero mi padre se lució al darme una muñeca de cristal que si me acerco demasiado, puede cortarme y herirme de muerte, ¿o me equivoco?

—ronroneó, cerca de su cuello.

—Mi alergia… —susurró ella, pérdida en los ojos de él.

—Ya casi se ha ido por completo—le informó y la tomó de la barbilla, moviendo su cara hacia el reflejo de una armadura de metal perfectamente pulido que estaba a unos pasos de distancia como adorno del pasillo.

Y era cierto.

La hinchazón había aminorado y solo quedaban marcas rojas.

La miró un segundo más de lo necesario.

Como si ese reflejo en la armadura fuera una sentencia.

—Te estás curando… —murmuró, con una sonrisa peligrosa—.

Mi padre no logró romperte.

Annelise tragó saliva.

No por miedo.

Por esa electricidad absurda que le recorría la piel cuando él la miraba así, como si fuera un arma cargada… y él quisiera jalar el gatillo.

—No soy tan fácil de destruir —respondió, firme—.

Y tú tampoco me asustas tanto como crees.

Aleksei soltó una risa baja, ronca, cargada de algo que no era diversión.

—Eso es lo que más me excita de ti, muñeca… que me mires como si pudieras matarme.

Dio un paso más.

Ella no retrocedió.

El pasillo parecía contener la respiración.

Las luces altas, los muros fríos, la armadura reflejando dos cuerpos demasiado cerca para fingir indiferencia.

—No te acerques si no piensas terminar lo que empiezas —le advirtió ella, con la voz temblándole apenas.

Él alzó una ceja.

—¿Y quién dijo que no pienso hacerlo?

No la besó de inmediato.

Primero rozó su frente con la de ella.

Después su nariz.

Luego, apenas, la comisura de sus labios.

Era una tortura lenta.

Calculada.

De pronto, ella sintió algo húmedo pasar levemente por su labio inferior, jugando psicológicamente con sus sentidos.

Era su lengua.

—Mírame cuando lo haga —susurró.

Annelise lo miró.

Y entonces Aleksei la besó.

No fue dulce.

No fue tímido.

Fue un choque.

Una colisión de rabia, deseo, orgullo y miedo.

Sus labios se encontraron como si llevaran años buscándose para destruirse.

Ella respondió sin pensar, con la misma furia contenida.

Le sujetó la camisa del pijama, lo atrajo, lo mordió apenas.

Él gruñó contra su boca y la apretó contra la pared, no para dominarla… sino porque parecía necesitar sostenerse de ella para no perder el control y sentir su delicioso cuerpo femenino contra el suyo.

Y de no estar a mitad del pasillo, a expensas de que cualquier pudiera mirarlos, le hubiese arrancado aquel ridículo pijama y poseerla en ese momento sin miramientos.

Y no supo de dónde sacó tanto autocontrol.

Cuando se separaron, ambos respiraban agitados.

—Eso… —murmuró él, con los ojos encendidos— …no estaba en el trato.

—Tampoco tu obsesión conmigo —replicó ella—.

Y aun así, aquí estás.

Se miraron como dos depredadores que acababan de probar la sangre del otro.

Y supieron, sin decirlo, que ese beso no había sido un error.

Había sido una guerra declarada.

El silencio entre ellos era un animal vivo.

Aleksei apoyó la frente en la de ella, respirando como si acabara de sobrevivir a una pelea.

—Eso no debió pasar… —murmuró.

—Pero pasó —dijo Annelise—.

Y tú también lo querías.

Él cerró los ojos un segundo, como si eso fuera una derrota.

—Eres una pésima idea.

Me dejé llevar… —Y tú eres un desastre irresistible.

Se miraron de nuevo.

Esta vez no hubo advertencias.

Aleksei la besó otra vez, pero distinto: más lento, más profundo, como si quisiera aprenderse su boca de memoria antes de perderla.

Sus manos subieron a su cintura, no para aprisionarla, sino para sostenerla, como si ella fuera lo único real en ese palacio de mentiras.

Annelise deslizó los dedos por su cuello, por su mandíbula tensa, por ese punto donde el pulso lo delataba.

—Te tiemblan las manos —susurró.

—Porque no sé si besarte… o huir de ti.

—Haz las dos cosas.

Él rió sin humor.

—Tú no entiendes lo peligrosa que eres para mí.

—Y tú no entiendes lo adictivo que eres para mí —respondió ella—.

Eso nos pone en igualdad de condiciones.

Se besaron de nuevo, más breve, más urgente, como si alguien fuera a descubrirlos en cualquier segundo.

Cuando se separaron, los dos sabían que ya no había vuelta atrás.

No eran esposos de verdad.

No eran aliados.

Eran dos errores que se acababan de elegir.

Y eso… eso era mucho más peligroso que el odio.

—No puedo esperar a que estemos completamente a solas—ronroneó él, sobre los labios de ella.

Annelise lo había deseado desde que lo conoció, pero su misión era más importante.

Aunque divertirse con él no estaba prohibido… ¿o sí?

Sabía que, si iban a llegar a la cama, en algún punto tendría que besarlo, dejarse llevar, rendirse un poco.

Lo que no previó… fue que Aleksei Reznikov, además de ser peligrosamente atractivo, supiera hacerle perder el control con un solo maldito beso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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