Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 14
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14: Capítulo 13 14: Capítulo 13 Aleksei la mantuvo aprisionada contra la pared incluso cuando el beso ya había terminado.
Se había dedicado a mirarla a los ojos y a tenerla agarrada peligrosamente de la cintura, sintiendo cada curva del cuerpo de esa chica contra la firmeza del suyo, disfrutando de aquel contacto.
Ella tenía los ojos color caramelo más exóticos que había visto y sentía extraño al mirarla, porque no mentía en decirle que parecía una muñeca de cristal a punto de lastimarlo si se acercaba más de la cuenta.
Pero él ya había cruzado la línea con aquellos deliberados besos.
Y ella apenas podía sostenerle la mirada a Aleksei.
Era como estar al borde de un abismo delicioso: sabía que caer dolería… pero quedarse quieta dolía más.
No era el beso lo que la asustaba.
Era lo que sabía que vendría después y no estaba segura de poder afrontarlo.
La mirada profunda de ese joven ruso la estaba volviendo loca porque no hablaba, pero con solo mirarla, parecía decirle todo.
Annelise podía sentir a la perfección la erección de Aleksei en su abdomen, por encima de la ropa y tragó saliva.
No era un miembro normal, sino más grande que el promedio.
Pero cuando escucharon pasos provenientes de la recámara nupcial, se tensaron, especialmente Aleksei porque no iba a poder ocultar su excitación si su padre los descubría.
Mikhail se abrió paso a través del pasillo y en cuanto los vio, se acercó a paso decidido con dos hombres detrás de él.
—Cálmate, ponte atrás de mí—ordenó Annelise, empujando sutilmente a Aleksei hacia la pared.
El movimiento resultó tranquilo, como si simplemente él hubiese querido abrazarla por detrás.
Incluso recargó su barbilla en el hombro de ella para recibir nuevamente a su padre, quien los observó con incredulidad.
—Quedó todo limpio y también sin ningún rastro de pétalos que puedan hacerte daño—se dirigió a Annelise con vehemencia y después a su hijo—.
Ahora, mientras salgo a cerrar unos negocios, espero que empiecen a buscarme un nieto o me veré con la obligación de hacerlo yo mismo si tú no eres capaz de hacerlo, Aleksei.
—¿Qué?
—el mencionado frunció el ceño y Annelise se tensó.
—Si tú no la embarazas, yo lo haré.
De todos modos, un heredero es un heredero siempre y cuando lleve mi sangre—objetó con una sonrisa psicópata.
Aleksei no se movió.
Pero algo en su postura cambió.
Dejó de tocarla como un hombre excitado… y empezó a sostenerla como algo que le pertenecía.
—Ni la mires —dijo sin subir la voz—.
Mucho menos, te refieras a ella de esa manera.
Mikhail sonrió, lento, satisfecho.
—Te estás encariñando demasiado rápido, hijo.
Eso te vuelve débil.
Annelise sintió cómo los dedos de Aleksei se cerraban un poco más en su cintura.
No era dolor.
Era advertencia.
—Si la tocas —continuó Aleksei—, no tendrás heredero.
Tendrás una guerra conmigo, padre.
Ella es mi esposa ahora.
Es mía y sabes perfectamente que lo que es mío, nadie más lo toca.
Los hombres detrás de Mikhail se tensaron.
—¿Me amenazas en mi propia casa?
—preguntó el viejo, divertido.
—No.
Te estoy diciendo cómo termina esa historia.
Mikhail lo miró unos segundos… y luego rió.
—Bien.
Intenta ser tú quien la embarace primero.
Porque si fallas… —sus ojos se clavaron en Annelise—, ten en cuenta que yo no fallo.
Se dio media vuelta y se fue, dejando el pasillo cargado de algo más pesado que el silencio.
Cuando desapareció, Aleksei bajó la cabeza hasta el cuello de Annelise.
—Nadie —murmuró— te toca sin pasar por mí.
Ella tragó saliva.
—No soy un trofeo.
—No —respondió él—.
Eres una bomba.
Y todos quieren ver cuándo explotas.
Annelise giró lentamente hasta quedar frente a él.
—Entonces suéltame.
Aleksei dudó… y ese segundo fue lo más peligroso que había pasado entre ellos.
La soltó.
—Vete —dijo—.
Antes de que olvide por qué no debería querer besarte otra vez.
Ella dio un paso atrás.
Luego otro.
Pero antes de irse, le dejó algo en claro.
—No me asusta tu padre.
Él la miró, con oscuridad en sus ojos —Debería.
—Lo que me asusta —añadió— es que tú empieces a parecerme más peligroso que él.
Aleksei hizo una mueca.
—Y si quieres de verdad imponer tu papel como esposo, dame un anillo—levantó su mano izquierda—.
Nos casamos y no me diste ninguno, es como si no hubiese sido válida la ceremonia.
Se fue sin mirar atrás.
Y Aleksei se quedó ahí, sabiendo algo que no pensaba admitir: Que no quería protegerla.
Quería poseerla.
Y eso, en su mundo, era mucho más letal.
En aquel mundo lleno de muerte, sangre, violencia y abuso, pelearse por algo o alguien era como declarar la guerra para demostrar el poder que cada uno poseía.
Annelise no volvió a mirar atrás cuando cruzó el umbral de la recámara.
Cerró la puerta con un golpe seco y apoyó la espalda contra la madera, respirando como si hubiera corrido kilómetros.
No tenía miedo.
Era rabia mezclada con algo más peligroso: deseo.
Se llevó los dedos a los labios, todavía calientes por el recuerdo del beso, y apretó la mandíbula.
—Idiota… —susurró—.
No puedes dejar que te pase esto.
Caminó hasta el espejo y se miró.
Los ojos le brillaban distinto, como si algo se hubiera despertado en ella que llevaba algún tiempo dormido.
No era amor.
No era ternura.
Era hambre.
Hambre sexual.
Su primer encuentro sexual fue un asco cuando tenía dieciséis años y en vez de experimentar placer, sufrió incomodidad y dolor, aunque reconocía que los juegos previos al acto le encantaron, pero tanto ella como el pobre infeliz adolescente con quien tuvo sexo por primera vez, eran inexpertos.
Y esta vez, su esposo falso, no lo era.
Del otro lado de la puerta, Aleksei tampoco se movió de inmediato.
Pasó una mano por su nuca, justo donde estaba su tatuaje, como si ese sello lo anclara a la realidad.
—Esto se está saliendo de control —murmuró para sí mismo.
No era su padre.
No era la guerra entre familias.
No era el heredero Era ella.
Esa mujer que debía ser solo una herramienta… y que se estaba convirtiendo en un problema delicioso.
El resto de la tarde no volvieron a hablar.
Pero el silencio entre ellos ya no estaba vacío.
Era una cuerda tensa, vibrante, esperando el momento exacto para romperse.
Ambos ansiaban que llegara la noche para poder terminar lo que habían iniciado.
Aleksei no estaba dispuesto a cederle la oportunidad de poseer a esa chica que lo estaba volviendo loco.
Jamás.
Le gustaba y atraía como el infierno.
En otras circunstancias tal vez le hubiera dado igual que su padre se acostara con ella, pero esta vez no.
De solo imaginarla en los brazos de su progenitor le hirvió la sangre de cólera.
Él decidió desayunar y comer lejos de ella porque sabía que, si volvía a encontrarla de frente, no iba a poder controlarse y también por qué tenía otros asuntos qué atender.
Ella, por su parte, eligió comer dentro de la recámara por miedo a ver a Mikhail y le hiciera daño mientras Aleksei no estuviera cerca.
Sin embargo, el aburrimiento fue más grande que el miedo de salir a enfrentarse al viejo capo ruso y se aventuró a ponerse ropa especial para el frío de afuera y dar un paseo al atardecer en los alrededores de la mansión sin salir del todo del territorio enemigo.
Se sintió un poco mal porque la criada que Aleksei asesinó justo en esa habitación fue la misma que la ayudó a bañarse anoche antes de la ceremonia nupcial y ahora habían enviado a una mujer más joven a atenderla.
—Voy a salir a dar un paseo a los alrededores, si Aleksei o el señor Mikhail preguntan por mí, diles dónde estaré—le dijo a la mujer antes de colocarse una bufanda alrededor del cuello.
La fémina asintió, bajando la mirada.
Annelise descendió hasta el primer piso siendo observada por los hombres armados y rodeó la mansión, sintiendo el frío helado en sus huesos.
Una fina capa de nieve adornaba el suelo, dejando huellas de sus pisadas detrás.
Estaba oscureciendo y se apresuró a echar un vistazo a la parte trasera de la mansión en donde iba a celebrarse su boda, pero por el clima no fue posible.
Se detuvo en seco cuando encontró un enorme jardín de rosas rojas, blancas y rosas.
Tragó saliva, como si el simple recuerdo de la textura de sus pétalos le provocara dolor.
Un pinchazo en su mejilla le recordó lo peligrosas que eran esas flores para ella.
Había rosales por todos lados, que se alzaban hasta alcanzar casi dos metros de altura y si ella caía por accidente entre las enredaderas, estaría perdida.
Retrocedió un par de pasos, asustada.
¿Cómo era posible que, de tantas flores, exclusivamente tenían rosas?
Eran su kriptonita.
Incluso parecía como si ellos hubieran sabido de su existencia y hecho todo a propósito.
Y cuando Annelise estaba a punto de regresar, uno de sus pies se enredó con algo debajo de la nieve y trastabilló hacia atrás, siendo consciente que caería encima del rosal que tenía más rosas que los demás.
Definitivamente, iba a morir por la alergia y por estúpida.
Cerró los ojos antes de sentir las espinas y pétalos rozándole la piel de cara otra vez, pero unas fuertes manos la agarraron fuertemente de la cintura, tirando de ella hacia adelante y lejos del rosal.
—¿Quieres suicidarte o algo por el estilo?
Era Aleksei.
Sus ojos grises mirándola como si estuviera loca y ella se estremeció por la calidez de su aliento.
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