Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 15
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
15: Capítulo 14 15: Capítulo 14 —Tropecé—.
Titubeó, con la respiración agitada—.
Gracias por salvarme de la alergia otra vez, Aleksei.
La suavidad en sus palabras puso en alerta al chico.
La tomó de los hombros para verla a la cara.
—¿Qué estabas haciendo aquí afuera?
Vas a congelarte.
—Estaba aburrida.
—Bien, pues vamos adentro o la próxima vez que vengas acá sola, no seré yo quien te ayude—la agarró de la mano con firmeza y ella no protestó.
En la mansión estaba menos frío que afuera, pero aun así no se quitaron los abrigos ni se soltaron las manos.
—¿Quieres que cenemos en el comedor o en la recámara?
Mi padre afortunadamente se largó por tres días y estaremos solos hasta entonces.
Aquella era una excelente noticia.
—Tiempo en el que él piensa o cree prudente para que me des un hijo—continuó diciendo.
—¿En serio tu padre sería capaz de abusar de mí con tal de tener otro heredero?
Aleksei dejó de caminar y volteó a mirarla por encima del hombro.
—Mientras yo no tenga sexo contigo, él te verá como una mujer más a su disposición.
—Eso es chantaje—lo miró con los ojos entre cerrados—.
Te mueres por follarme.
—En eso tienes razón—asintió, sonriendo lobunamente—, pero lo que piensa mi padre es verdad.
De alguna manera supo que nosotros ayer no consumamos el matrimonio y comenzó a dudar de mi capacidad para procrear.
—¿Y yo debo dudar de ello también?
—soltó una risilla de burla.
—Créeme que no—le guiñó el ojo—.
En la mañana te diste cuenta de lo bien dotado que estoy.
Annelise se ruborizó, pero no se dejó intimidar por él.
—Tranquilo, semental, que yo no soy ninguna virgen a la que pretendas impresionar.
—No me interesa impresionarte.
Me interesa que tiemble todo lo que creías controlar—le aclaró, sin soltarla de la mano—.
Y eso, lo vas a comprobar.
El silencio que quedó entre ellos no era incómodo.
Era denso.
Como si el aire pesara más de lo normal.
Aleksei la guio por el pasillo sin decir nada.
La mansión parecía contener la respiración junto a ellos.
Cada paso sonaba demasiado fuerte, cada roce de manos parecía una promesa mal disimulada.
Annelise fue la primera en hablar.
—No me mires así si no vas a hacer nada —murmuró, sin atreverse a levantar la vista.
—Ese es el problema —respondió él—.
Que sí voy a hacer algo.
Se detuvieron frente a la puerta de la recámara.
No la abrió de inmediato.
La miró, como si le estuviera dando una última oportunidad de echarse atrás… aun sabiendo que no lo haría.
—Si cruzas esa puerta —dijo en voz baja—, ya no va a ser por obligación.
Va a ser porque tú quieres.
Annelise no respondió con palabras.
Solo dio un paso adelante.
Eso bastó.
La puerta se cerró tras ellos con un sonido suave, casi respetuoso.
La habitación estaba tibia, iluminada apenas por las lámparas bajas.
El mundo de afuera dejó de existir.
Aleksei se acercó despacio, sin tocarla aún.
—Mírame —pidió.
Ella lo hizo.
Y en sus ojos no había miedo.
Había decisión.
Sus dedos rozaron el borde de su abrigo, no para quitárselo todavía… sino para sentirla temblar primero.
—No te voy a apurar —susurró—.
Quiero que cada segundo te haga dudar… y aun así quedarte.
—Cuando vine aquí, me dejaste en claro lo contrario.
¿Qué fue lo que cambió ahora?
—Creo que el hecho de besarte.
Es decir, no pensé que lo hicieras tan bien y me hicieras querer desnudarte ahí mismo y hacerte tantas cosas… Annelise cerró los ojos un instante.
Respiró hondo.
Y cuando los abrió, ya no estaba jugando.
—Entonces no te detengas —dijo—.
Porque yo tampoco pienso hacerlo.
Aleksei acercó su frente a la de ella.
Sus respiraciones se mezclaron.
El tiempo se volvió lento, espeso, peligroso.
Y justo cuando sus manos empezaban a decidir lo que sus palabras ya habían elegido… La noche apenas comenzaba.
La habitación parecía observarlos.
No por las paredes ni los muebles, sino por el silencio.
Ese silencio que pesa cuando dos personas están a punto de romper algo que ya no puede volver a su forma original.
Aleksei fue quien se movió primero, lento, como si cada paso tuviera que ser aprobado por algo más grande que ellos.
Se detuvo frente a ella sin tocarla.
—Todavía puedes decir que no —murmuró—.
Es la única oportunidad que te doy.
Annelise tragó saliva.
—No vine hasta aquí para huir —respondió.
Eso bastó.
Él levantó la mano, apenas rozando su mejilla con los nudillos.
No fue una caricia firme, fue una pregunta.
Ella cerró los ojos y apoyó el rostro en su mano, dándole la respuesta.
El primer beso no fue urgente.
Fue torpe.
Como si ninguno supiera todavía cómo tocar al otro sin romperlo.
Luego sí: el segundo beso tuvo hambre.
El tercero ya no pidió permiso.
Annelise se aferró a su abrigo, tirando de él como si necesitara asegurarse de que era real.
Aleksei la rodeó con los brazos, acercándola hasta que no quedó espacio entre sus cuerpos.
El calor que compartían no venía de la habitación.
Venía de la decisión.
Cada botón desabrochado fue una pausa.
Cada prenda que caía al suelo, una renuncia a la marcha atrás.
Aleksei la miraba como si la estuviera memorizando.
No con prisa.
Con una seriedad que daba vértigo.
—No sabía que ibas a mirarme así —susurró ella, avergonzada.
¿Dónde estaba aquel hombre de mirada amenazante y apariencia salvaje?
—Yo tampoco sabía que iba a necesitarte tanto —respondió él.
Cuando la besó de nuevo, ya no estaba solo con los labios.
Fue con todo el cuerpo, con las manos aprendiendo su forma, con la respiración buscando la suya, con la certeza de que ninguno estaba fingiendo nada.
Annelise apoyó la frente en su pecho, respirando rápido.
—Tengo miedo—admitió.
Aleksei la sostuvo con más fuerza.
—Yo también.
Pero no de ti.
La llevó hasta la cama como si cargara algo frágil y peligroso a la vez.
Ella se dejó guiar, pero no pasiva: lo atrajo con ella, reclamándolo, diciéndole sin palabras que también lo había elegido.
Se miraron de nuevo.
Desnudos de ropa.
Y ya casi desnudos de excusas.
El aire era corto.
Las manos temblaban.
Las bocas buscaban.
Y justo cuando el último límite estaba a punto de desaparecer… Aleksei apoyó la frente contra la de ella, respirando como si el mundo se le hubiera vuelto pequeño.
—Muñeca… —dijo aquel apodo como si fuera una promesa—.
Si doy un paso más, no hay vuelta atrás.
Ella lo miró con los ojos encendidos, el cuerpo tenso, el corazón desbocado.
—Entonces no te quedes quieto.
Y en ese segundo exacto —antes de que el destino se les metiera entre la piel—, la noche decidió guardar el resto del secreto solo para ellos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com