Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 16
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16: Capítulo 15 16: Capítulo 15 La noche no se movía.
Eran ellos los que temblaban dentro de ella.
Aleksei la besó como si ya no le quedara paciencia para el mañana.
Annelise respondió con la misma urgencia, con la misma necesidad de perder algo que llevaba demasiado tiempo guardando.
Las manos no pedían permiso: preguntaban y escuchaban.
Cada roce encontraba una respuesta.
Cada suspiro era una confesión.
Él la sostuvo como si temiera que desapareciera si la soltaba.
Ella se aferró a él como si su nombre fuera ahora su único refugio.
No hubo prisa.
Pero tampoco hubo dudas.
El mundo se redujo a piel, respiración y miradas que ya no sabían mentir.
El silencio se rompía sólo por los latidos, por los murmullos torpes, por los nombres que se decían como si fueran promesas.
Annelise cerró los ojos cuando sintió que el último espacio entre ellos desaparecía.
No fue un golpe.
Fue un encaje.
Como si algo que había estado buscando por fin hubiera encontrado dónde quedarse.
Le dolió un poco.
Pero no quiso detenerlo.
Sintió como Aleksei se abría paso en su interior y luego se retiraba para volver a entrar, volviéndose un movimiento hipnóticamente excitante.
—Mírame —pidió él.
Ella lo hizo.
Y en sus ojos no había miedo: había entrega total al placer que ese ruso le ofrecía.
Aleksei se movió despacio, cuidando cada segundo como si fuera frágil.
Como si ella fuera frágil.
Annelise respiraba hondo, aferrada a él, aprendiendo ese nuevo ritmo que no venía del cuerpo sino del alma.
El dolor se volvió calor.
El calor se volvió necesidad.
La necesidad se volvió algo que ya no sabía tener nombre.
No era solo sexo.
Era territorio nuevo.
Era vértigo.
Era decir “quédate” sin pronunciarlo.
Se movieron juntos, torpes al inicio, después seguros, después perdidos.
Los suspiros se mezclaron.
Las voces se quebraron.
Los cuerpos dejaron de ser dos.
A medida que ambos se adaptaban al vaivén de sus caderas, Aleksei aumentó el ritmo, haciéndola gemir y agarrarlo del cabello mientras él no dejaba de trazar besos húmedos en cada parte de su rostro hasta alcanzar sus labios.
Cuando el clímax los alcanzó, no fue explosión: fue rendición.
No fue ruido: fue temblor.
No fue victoria: fue caída.
Después, solo quedó el silencio.
Aleksei apoyó la frente en el cuello de Annelise, respirando como si acabara de sobrevivir a una guerra.
—Ya no creo poder continuar siendo el mismo contigo, muñeca —dijo él, jadeando.
Ella pasó los dedos por su cabello.
—Yo tampoco —respondió—.
Y eso me da miedo… pero me gusta.
No hablaron más durante unos minutos.
La noche recién había comenzado a hacer su trabajo.
Y lo que habían perdido… también los había unido.
Solo hasta ese instante en el que Aleksei terminó en su interior, ella logró observar bien su cuerpo y los dos tatuajes que tenía en el cuello.
A pesar de que él no la abrazó, tampoco se alejó del todo.
Se quedó junto a ella, mirándola con sus penetrantes ojos grises que ya la habían visto hasta el alma minutos atrás.
Se suponía que Aleksei iba a dominarla, hacerla sufrir de placer y ser rudo, pero al parecer a él le gustaba hacer el amor, no tener sexo sucio porque sí.
O al menos, al principio.
No hubo descanso real entre uno y otro.
Solo un silencio tenso, como el aire antes de una tormenta.
Aleksei, aun con la respiración acelerada, se movió, quedando sobre ella otra vez, mirándola como si ahora supiera exactamente qué hacer con lo que había despertado.
Sus ojos grises, ensombrecidos del deseo palpitante que continuaba encendido, miró el cuerpo de ella que estaba debajo de él y esbozó una sonrisa torcida, ruborizándola.
—Ahora ya no te cuido —murmuró—.
Ahora te tomo.
Annelise no respondió con palabras.
Lo hizo con la forma en que lo miró: sin defensa.
Él la giró con firmeza, no con brusquedad, pero sí con intención.
Sus manos ya no preguntaban.
Marcaban territorio.
Ella sintió ese cambio: ya no era exploración… era dominio.
—Dime que no te detenga —dijo cerca de su oído.
—No te detengas —susurró ella, obediente.
Eso fue todo lo que necesitó.
La forma en que él la sostuvo ahora era distinta: más segura, más salvaje, más hambrienta.
Annelise sintió cómo su cuerpo respondía sin pedir permiso, cómo el calor volvía, más fuerte, más profundo.
Cada movimiento de él decía lo mismo: Eres mía esta noche.
Y ella, lejos de huir, se aferró a esa idea.
Los suspiros ya no eran suaves.
Eran rotos.
Desordenados.
Urgentes.
El ritmo entre ellos se volvió más rápido, más oscuro, como si quisieran perderse dentro del otro antes de que la realidad los alcanzara.
—Mírame —ordenó él.
Annelise lo hizo, con los ojos brillando, con el cuerpo temblando, con la boca entreabierta como si ya no supiera mentir.
—Así —dijo Aleksei—.
Así quiero verte.
Ella sintió que todo en ella se tensaba, se abría, se rendía.
No era solo placer.
Era abandono.
Era dejar de resistirse a lo que estaba pasando entre ellos.
Cuando el segundo final llegó, no fue suave.
Fue un golpe de calor.
Un temblor largo.
Una caída sin red.
Annelise cerró los ojos, aferrada a la enorme espalda de ese ruso de tatuajes estrafalarios que ahora era su esposo falso y que juró destruir, pero en aquel momento se hallaba recibiendo el jugo de su masculinidad.
Después, ella se quedó quieta, respirando lento.
Él la rodeó con los brazos, todavía cargado de esa energía peligrosa que no se apagaría tan fácil.
—Esto no debió pasar así —dijo ella en voz baja, abriendo los ojos y recuperando el aliento.
—No —respondió él—.
Pero ahora ya pasó… y no sé cómo deshacerlo.
Ella cerró los ojos.
Porque lo peor no era lo que habían hecho.
Era lo mucho que ya no querían dejar de hacerlo.
—Pensé que serías rudo y me harías daño—murmuró ella, jugando con los dedos de él.
—No estoy seguro hasta qué punto podrás soportar mi ritmo, pero tenemos bastante tiempo para averiguarlo.
Ella asintió.
—¿Y qué tal estuvo?
—bromeó Aleksei.
—Para ser el hijo de un capo ruso, debo admitir que fue… dulce.
—¿Qué?
—Es que con lo que me habías advertido, supuse más descontrol—se echó a reír y eso ocasionó que él se tensara.
Aleksei dejó de abrazarla y en un ágil movimiento, la sometió entre las sábanas, atrapando sus muñecas con una sola mano por encima de su cabeza, dejando a su merced todo su cuerpo, especialmente sus pechos, que se movieron de manera lasciva ante el movimiento ejercido.
Él se dio cuenta que a ella se le había erizado la piel porque sus pezones se pusieron erectos y más deliciosos para llevárselos de lleno a la boca, torturándola.
Sin más, le dio un breve mordisco al pezón derecho, haciendo que Annelise gimiera.
—Espera… —jadeó, con las piernas temblando.
—No, ahora es tiempo de que te dé una lección—murmuró, aun con aquella zona erógena entre los dientes.
—Aleksei, detente o… —Este lunar que tienes justo debajo del pezón izquierdo me fascina—le informó él antes de lanzarse a besarlo y lamerlo también.
Ella se contorsionó de placer, pero fue más excitante porque no podía moverse para tocarlo.
Annelise se mordió el labio inferior al ver aquella escena caliente en donde aquel hombre con cara de ángel la estaba haciendo alcanzar estrellas con solo usar su lengua sobre sus pechos, donde pensó que jamás sentiría ese placer tan descomunal.
Sin soltarla de las muñecas, Aleksei dejó por la paz sus pezones y sin apartarle la mirada de encima, fue descendiendo hasta llegar a su vientre donde lamió alrededor de su ombligo y ella cerró las piernas para calmar el pálpito de su feminidad, que ansiaba con ser penetrada nuevamente por ese hombre de ojos grises.
Pero antes de que pudieran repetirlo por tercera vez, alguien llamó a la puerta doble hoja, sobresaltándolos a los dos.
Aleksei soltó a Annelise y le lanzó encima la sábana para cubrirla mientras él saltaba a recoger sus pantalones del suelo.
—¿Quién es?
—bramó, irritado.
—Lamento interrumpir, joven Reznikov, pero acabamos de recibir una llamada urgente de su padre.
—Dame un maldito minuto, ahora salgo—.
Gruñó Aleksei, sulfurado.
Miró de soslayo a Annelise quien sonreía burlonamente entre las sábanas.
—Ni se te ocurra moverte ni vestirte porque esto aún no ha terminado—, le advirtió con voz maliciosa.
—Ya hemos comenzado lo divertido del matrimonio, ¿por qué habría de echarme para atrás?
—inquirió ella.
Aquella respuesta no era la que Aleksei esperaba, pero le gustó.
Se vistió cómo pudo y abandonó la estancia rápidamente para volver a terminar lo que había comenzado, dejándola sola.
Ella se quedó mirando el techo, sonriendo como idiota y reviviendo lo que había ocurrido momentos antes de ser interrumpidos.
Aleksei Reznikov era un hombre que sabía cómo follar y dejarte con las piernas temblando.
Quizá no era tan rudo como pretendía, pero sabía moverse y estimular áreas erógenas que no conocía ni sabía que tenía.
Aún sentía la humedad de su lengua en sus pechos y cuello, sin mencionar que su feminidad ya extrañaba mucho el miembro viril de él, añorando tenerlo dentro.
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