Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 17
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17: Capítulo 16 17: Capítulo 16 Los minutos pasaron, luego una hora y después dos y finalmente tres.
Annelise se vistió con ropa más abrigada que antes y salió al pasillo a echar un vistazo.
Era demasiado tarde, incluso ya eran las diez de la noche y no comprendía qué había ocurrido con Aleksei y aquella llamada con su padre.
Lo peor de todo es que no había nadie en quien pudiera confiar para preguntarle qué estaba pasando.
Los hombres armados que yacían montando guardia eran igual de confiables que los pétalos de una rosa en su piel.
—¿A dónde ha ido Aleksei?
—Tuvo que usar toda su capacidad para ser amable al preguntar.
Y se detestó por haberle preguntado al hombre más malencarado de todos que estaba justo en la puerta principal, sosteniendo un rifle.
—No tengo permitido darle esa información—, le respondió con dureza.
Ni siquiera la miró.
Si tan solo ella tuviera en sus manos su hermosa pistola, tal vez ese imbécil hubiera cuidado bien sus palabras y el respeto con el que se dirigió a la hija del capo alemán más temido de su país; pero eso nadie debía saberlo.
Ella era una infiltrada en esa fortaleza rusa y debía actuar como una damisela mediocre que solo había sido elegida para dar a luz a un heredero.
Regresó a la recámara y se sentó al borde de la cama a pensar.
¿Qué podía hacer?
Buscar su arma.
Sí, no había otra opción.
Probablemente Aleksei estaba en problemas y si venía a refugiarse, ella no iba a quedarse de brazos cruzados.
Se levantó con decisión y de pronto paró en seco.
¿Acaso quería recuperar su arma para poder proteger a… Aleksei Reznikov?
No.
Claro que no.
Eso sería traicionar la confianza de su propio padre y de los Falkenheim.
Ella tenía que recuperar su arma para estar segura de que nadie le hiciera daño mientras terminaba su encomienda.
La mayoría de los hombres armados estaban en el primer piso, así que tenía poco tiempo para revisar todas las habitaciones y hallar la que le correspondía a Aleksei, porque estaba segura de que ahí había escondido su arma.
Pero por desgracia, no tuvo tiempo de inspeccionar todas las recámaras porque escuchó movimiento en el primer piso y se detuvo a la mitad del pasillo para escuchar con atención.
—¡Tanto el señor Reznikov y su hijo fueron gravemente heridos en un altercado con los hombres del capo alemán!
—Escuchó a uno de los hombres abrir la puerta principal con rudeza—.
La mafia alemana ha entrado a nuestro territorio, ¡vamos, el señor Mikhail pide nuestros refuerzos!
—¿Qué hay de la esposa del joven Reznikov?
—inquirió uno de ellos.
—No es prioridad ahora.
Absolutamente todos los que le debemos lealtad al señor Mikhail debemos ir a protegerlo.
La respiración de Annelise se precipitó.
¿Acaso su padre había enviado a sus hombres a recogerla antes de tiempo?
La misión era largarse cuando le hubiese engendrado un hijo a Aleksei, no antes.
Acababan apenas de empezar a consumar el matrimonio como para poder cantar victoria.
A continuación, escuchó como los hombres armados que aún quedaban en los otros pisos, echaron a correr por la escalinata con la finalidad de proteger a sus jefes.
Una sensación de desasosiego la invadió y no supo por qué.
Los subordinados de su padre eran muy brutales al momento de entrar en operación, pero por lo poco que había visto en ese breve lapso que llevaba ahí, también los rusos eran de cuidado porque estaban más retorcidos que cualquier mafia existente, comenzando porque amaban desmembrar a sus oponentes caídos y cocinarlos como si fueran animales.
—¡Oye, tú!
—le gritó al último de los hombres que hizo el ademán de acercarse a la escalera—.
Llévenme con ustedes.
Pero el sujeto la miró como si se hubiese vuelto loca.
Y tal vez así era.
Ni ella sabía por qué lo estaba haciendo.
Era muy joven para ser miembro de los hombres de confianza de Mikhail.
Quizá debía tener unos treinta años, no más.
Su cabello era pelirrojo y sus ojos oscuros como la noche.
Tenía pecas en toda la piel y un cuerpo sumamente atractivo, incluso la herida que atravesaba su nariz y ambas mejillas lo hacían lucir más peligroso y atrayente.
—No tengo órdenes sobre la presencia de usted en el enfrentamiento—.
Fue la fría respuesta del hombre y continuó su camino, pero Annelise había crecido en un entorno en donde todo lo que ella decía era ley y obediencia.
—Si no obedeces, le diré a mi esposo que te negaste a una orden mía en donde yo simplemente quería ir a ayudarlo.
Mientras ella hablaba, percibió la tensión en el cuerpo del hombre hasta que lo observó detenerse.
La fémina esbozó una sonrisa torcida cuando él alzó la cabeza para mirarla desde abajo con la mandíbula apretada, debatiéndose en obedecer o sufrir un castigo por no hacerlo.
Entonces el hombre, a regañadientes, subió los escalones que había descendido y le ofreció la mano.
—Queda bajo mi resguardo, ¿comprendió?
Por ningún motivo se aleje de mí o del nuevo escuadrón de rescate—.
Le advirtió y ella asintió, agarrando su fuerte mano.
—Necesito un arma.
Habían retomado la marcha cuando él la detuvo del brazo con brusquedad.
—¿Usted sabe usar una pistola sin volarse los sesos?
—la evaluó con la mirada, pero ella cuadró los hombros.
Y para que se diera cuenta de que no era ninguna chica jugando a las princesas, tiró del rifle que él llevaba colgado en el pecho y usando el mismo peso de él, lo empujó hacia atrás, ejecutando una maniobra difícil que su padre le había enseñado desde que era una adolescente con el fin de hacerse respetar de cualquiera.
Ambas manos de Annelise quedaron sobre la tráquea del hombre antes de que él pudiera reaccionar y el rifle a varios escalones más abajo, puesto que ella había cortado la correa con un movimiento perfecto, gracias al filo de la misma navaja que ese tipo llevaba en la cintura.
—No pierdas de vista nunca a tu oponente, por más pequeño e inofensivo que se vea—.
Le aconsejó ella, echándose para atrás—, yo no vine aquí a jugar ni a desempeñar un papel de damisela.
Estoy aquí para traerle un nuevo heredero al linaje Reznikov y para ello necesitan a una mujer fuerte.
La respiración de ese hombre, de por sí acelerada por la adrenalina, se aceleró más al ver la determinación de esa chica y esbozó una sonrisa.
—El joven Reznikov eligió bien a su esposa—.
Repuso, poniéndose en pie con orgullo, pese a haber sido derrotado por ella.
Annelise le alcanzó su rifle con una sonrisa maliciosa y él palpó sus bolsillos en donde extrajo un arma pequeña, similar a la suya, pero esta era un revólver.
—¿Puedes usarla?
—Mejor de lo que te imaginas.
—Soy el capitán Artem Pavelovich, por cierto.
—Te diré Pavel, para acortar tu apellido.
No quiero que me trates de ustedes, ¿de acuerdo?
Y es un placer conocerte.
Eso fue lo que quería escuchar el hombre antes de hacerle una seña para que lo siguiera escalera abajo con el resto de los escuadrones.
Al parecer, ese hombre era uno de los que encabezaban los grupos y se sintió respaldada ante cualquier objeción, ya que cuando se unió a ellos, las miradas recayeron en ella rápidamente.
—No quiero preguntas.
La esposa del joven Aleksei viene con nosotros—.
Espetó él con rudeza—.
Estará bajo mi resguardo todo el tiempo y nuestra prioridad son salvar a los jefes y mantenerla a salvo a ella.
—Ella hará que toda la operación se vaya a la mierda, Artem—.
Masculló otro con recelo.
Pero Pavel volteó a verlo con sus escalofriantes ojos negros que parecían dos esferas oscuras y hambrientas de muerte.
—Soy tu capitán y vas a respetarme, Oleg—gruñó Pavel, presa de la histeria—.
Si no obedeces mis órdenes directas, hablaré con el señor Mikhail.
Recuerda que fui yo quien te metí a la organización.
Ante sus palabras, el alborotador guardó silencio y bajó la cabeza, humillado.
Pavel puso en movimiento a todos los hombres para que abordaran las siete camionetas negras que los aguardaban afuera.
Annelise lo siguió cuando él se movió hacia la más próxima, sentándose en los asientos traseros en compañía del resto, mientras que el capitán se había sentado en el copiloto.
La noche era fría como la personalidad de esos rusos y violenta como lo que sentía en su corazón.
Si su padre había llegado por ella, entonces debía irse cuanto antes y aprovechar que tanto Aleksei y Mikhail no estaban en condiciones de detenerla.
Lo único que la puso en dilema fue que ahora, para poder escapar con su padre, tenía que enfrentar al capitán Artem Pavelovich, a menos que fuese lo más precavida y silenciosa posible porque ese hombre pelirrojo no podía ser engañado dos veces por la misma persona.
—¿Qué fue lo que sucedió realmente?
—preguntó ella cuando el silencio se volvió espeluznante.
Solo se escuchaban las respiraciones de todos en la camioneta en movimiento.
—El señor Reznikov sufrió una emboscada cuando se encontraba inspeccionando un edificio donde hubo un enfrentamiento hacia unos días y cuando el joven Aleksei llegó a ayudar, habían más esperándolo—.
Le informó Pavel con severidad.
—¿Tienes idea de quién pudo ser?
Se supone que todos respetan al señor Mikhail—añadió ella como quien no quiere la cosa.
—Dicen que son parte de la mafia alemana y desconocemos si es verdad, pero sí lo es, no entendemos cómo pudieron infiltrarse y meterse en nuestro territorio sin ser vistos ni eliminados por nosotros—.
Carraspeó Pavel, muy molesto—.
Pero vamos a exterminar a esos malditos por haberse metido con los equivocados.
No por nada el mundo le teme a la madre rusa.
A Annelise se le congeló la sangre.
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