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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 18

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18: Capítulo 17 18: Capítulo 17 A medida que se acercaban al supuesto edificio afectado, Annelise fue reconociendo el lugar y se puso lívida.

Era el mismo sitio donde ella misma había asesinado a la verdadera chica que iba a ser la esposa de Aleksei y usurpado su lugar.

¿Acaso los hombres de su padre no se habían marchado ya de ahí?

Las camionetas las aparcaron a unos treinta metros de distancia para no ser vistos por los que quedaban aun vivos y a la defensiva.

Pavel dio órdenes a su propio escuadrón y ella observó como el resto de los escuadrones se unían y se esparcían por todo el terreno para meterse como una plaga a través de las grietas de los edificios antiguos y casas deshabitadas, usando la noche como su mejor arma.

—Ven conmigo y quiero que mantengas los ojos bien abiertos y los oídos agudizados—siseó él con desdén.

Sus ojos iban de un lado a otro y sus manos ya habían agarrado el rifle de su pecho en posición perfecta para asesinar a cualquier desconocido—.

Si escuchas o ves algo extraño, te doy la autorización de disparar el arma y luego preguntar.

Asintiendo, Annelise se quedó muy cerca de ese ruso pelirrojo, siendo consciente de que en cualquier momento tendría que dispararle a él para escapar.

La nieve estaba, en su mayoría, derretida, señal de que no tenía mucho que habían pasado más personas por ahí.

Mantuvo el revólver en su mano derecha, junto a su pierna, un poco oculta de la vista para que al momento de que fuera descubierta o la necesitara usar, no la vieran como amenaza.

De pronto, un gemido ahogado de dolor los desconcertó.

Pavel la echó hacia atrás en un movimiento defensivo y afianzó más el rifle entre sus manos.

El quejido había salido de una casa en ruinas.

De pronto, el sonido de un disparo cercano cortó el absoluto silencio y se armó la cacería en menos de una fracción de segundo, provocando una lluvia de balas en todas las direcciones jamás imaginadas.

El pelirrojo la tomó bruscamente del brazo y luego sostuvo la parte trasera de su abrigo con una fuerza descomunal para levantarla del suelo y tirarla hacia el interior de la casa, con la finalidad de que ninguna bala la rozara siquiera.

Annelise cayó de bruces adentro y el quejido adolorido se hizo más fuerte, haciéndole reconocer vagamente ese tono de voz.

Entonces, en un acto desesperado para callar a esa persona que pertenecía a su gente, es decir, a los Falkenheim, tuvo que acudir a medidas extremas que únicamente los miembros de la mafia alemana sabían.

Silbó una melodía que su padre les había dicho que era para guardar silencio por un peligro inminente sin decir una palabra, dejando al enemigo en ascuas y al aliado quieto y precavido.

—¿Qué crees que haces?

—Ladró el pelirrojo.

—Estoy silbando para ver si recibo un silbido de vuelta y cerciorarme de donde se encuentra—, explicó con rapidez y sin titubeos—.

De donde yo vengo, es la enseñanza de mi padre.

—Será mejor que cierres la boca.

Aquí nadie conoce tus métodos y pueden ser enemigos.

Annelise se encogió de hombros.

—Yo creo que se encuentra arriba.

—Voy a inspeccionar de quien se trata—.

Le oyó decir a Pavel entre dientes—.

Y no quiero que me sigas o intentes algo estúpido.

Aquí estás a salvo, siempre y cuando obedezcas.

—No soy idiota, sé a lo que te refieres.

El capitán Pavel asintió y se movió como un zorro en la oscuridad.

La única luz centellante que se miraba era el brillo del rifle ante las luces tenues de casas lejanas.

Pero ella no le hizo caso.

Esperó a que subiera la escalera para animarse a echar un vistazo en las habitaciones restantes de la planta baja de la vivienda en ruinas.

En cuanto abrió la última habitación, retuvo el aliento en sus pulmones al ver a uno de los hombres de su padre herido de muerte.

Tenía un disparo en cada pierna y uno de ellos había atravesado la vena femoral porque la magnitud de sangre que emanaba de la herida era brutal y no había manera de pararla porque era un área muy grave que conectaba al corazón.

—Señorita Annelise—susurró, escupiendo sangre.

Él un subordinado de su padre, el mejor de sus capitanes de escuadrón.

—¿Qué demonios haces aquí, Uwe?

—siseó ella, horrorizada.

—No nos íbamos a ir sin usted, señorita Falkenheim.

Su padre nos dejó en claro que estuviéramos protegiéndola hasta que regresara a Rügen con nosotros, pero fallamos.

No tenemos idea de cómo es que los Reznikov se enteraron de que estábamos aquí… —Debes calmarte, ¿de acuerdo?

—guardó el revólver en su abrigo para colocar sus manos sobre la hemorragia, pero él forcejeó con ella para entregarle su dispositivo de radio de la oreja.

—Póngaselo y así estará comunicada con el señor Falkenheim desde adentro de la mansión rusa, tiene que activarlo porque en este momento solo está para que escuche indicaciones, nadie puede escuchar—bajó la voz, incluso cuando no había nadie que pudiera escucharlos—.

Y si sucede algo, llame a más para ir por usted… Annelise asintió y obedeció.

Introdujo rápidamente el dispositivo en lo más recóndito de su oreja para que nadie se diera cuenta de que lo traía puesto y luego volvió a mirar a Uwe, uno de los mejores francotiradores de su padre, mirarla con respeto y una sonrisa antes de quedar completamente inmóvil e inerte.

A pesar de que no estimaba a ese hombre como alguien cercano, él había sido quien la entrenó y enseñó a disparar por órdenes de su padre y no pudo evitar sentir tristeza por él porque murió por ella, literalmente.

De pronto, unos pasos provenientes de arriba la alertaron.

Era el capitán Pavel.

Pero cuando estaba a punto de subir la escalera y encontrarlo de frente, se cruzó con alguien a quien no pensó que vería hasta más tarde.

Aleksei Reznikov.

Él yacía sostenido en la pared con dificultad y en sus ojos había mucho dolor y cansancio.

Su mano en donde sostenía el arma de ella, sí, el arma que le quitó temblaba y estaba completamente manchada de sangre.

Su sangre.

Y sabía que era suya porque la otra mano que estaba oculta estaba presionando una herida de bala en su costado izquierdo y la sangre goteaba hasta el suelo.

—¿Qué haces aquí?

—le gruñó él, mostrando los dientes, tal como un animal salvaje haría estando herido.

Sus ojos grises parecían dos enormes monedas de platas adheridas a su rostro en la oscuridad, acechándola.

—Vine a ayudar—.

Le respondió, asustada por cómo lucía—.

El capitán Pavel está inspeccionando arriba y… —¿Pavel?

—musitó y perdió el equilibrio.

Pero Annelise corrió a sostenerlo con fuerza.

Aleksei la rechazó de un empujón, pero ella se mantuvo firme frente a él.

—El capitán Artem Pavelovich—.

Le explicó.

Y ahí fue donde las pisadas de Pavel se escucharon cada vez más cerca porque había escuchado las voces.

De un salto, aterrizó al final de la escalera con el rifle en alto, listo para terminar el cargador en la cabeza de cualquier desconocido.

—¡Joven Reznikov!

—exclamó el capitán, contrariado y se acercó a grandes zancadas a revisarlo.

Aleksei lo apartó de un manotazo y únicamente dejó que ella lo tocara.

—La bala no afectó ningún órgano, solo rozó mi costado.

Ve a buscar a mi padre y no tardes.

Él está en el edificio de enfrente y no puedo moverme demasiado, pero los enemigos que quedan están heridos—.

Hizo énfasis en la palabra enemigo y miró a Annelise con desdén—.

Ya luego hablaremos de por qué mi esposa está aquí, Artem.

El pelirrojo tragó saliva y obedeció sin protestar, dejándolos solos en la oscuridad.

El olor a sangre era asfixiante.

—¿Puedes moverte?

Yo sé donde están las camionetas aparcadas… Pero sintió la resistencia de Aleksei.

—¿Qué ocurre?

—volteó a verlo y él sonreía como un loco.

Annelise no lo soltó, pero tampoco sintió ganas de seguir tocándolo.

—Llévame a las camionetas—.

Ordenó él, volviendo a tener su tono tosco y autoritario de antes.

Era como si se le hubiese olvidado que horas atrás por fin habían consumado el matrimonio y entre ambos se hubiera caído el sarcasmo y la hostilidad de por medio.

Por un momento llegó a pensar que él había escuchado la conversación que ella tuvo con Uwe, pero de ser así, Aleksei le hubiera disparado sin pensarlo por ser una traidora, ya que la mafia podía perdonar todo, excepto la traición y no solo en Rusia, sino también en todo el mundo.

Sin embargo, Annelise comenzó a ayudarlo y aunque la tensión en el cuerpo de Aleksei fue evidente, dejó que ella lo dirigiera afuera.

Los disparos cesaron, pero eso no quería decir que estuvieran fuera de peligro.

—Es por aquí—.

Le indicó, agarrándolo del brazo con fuerza porque sintió cómo iba perdiendo el equilibrio a cada paso—.

Solo falta un poco más… Después de varios minutos, se alcanzó a divisar las camionetas vacías.

Solo estaban los que conducían, listos para huir y en cuanto vieron a Annelise con Aleksei, se precipitaron a bajar, pero él levantó la mano para detenerlos.

—Uno de ustedes nos llevará a la mansión, el resto se queda a esperar a mi padre y a los demás.

—Ordenó Aleksei con voz gutural y Annelise se sintió intimidada porque él no parecía querer quitarle los ojos de encima.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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