Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 19
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19: Capítulo 18 19: Capítulo 18 Al llegar a la mansión, evitó a toda costa que ella continuara tocándolo y pidió llamar al médico que se encargaba de tratarlo a él y a su padre en privado.
No quedaba ningún hombre armado montando guardia, solo estaban los criados y a ellos les ordenó mantener a Annelise en la recámara nupcial mientras él sería tratado medicamente en su habitación personal.
Un par de horas después, llegaron los demás con Mikhail Reznikov y fue un caos total.
Llamaron a más médicos de élite que no fueron por voluntad propia, pero finalmente, tras sobornarlos con dinero, aceptaron curarlo.
—¿Cómo se encuentra el señor Mikhail?
—le preguntó al capitán Pavel cuando lo encontró en el mismo pasillo.
El pelirrojo tenía sangre en la ropa, moretones y algunos rasguños, pero fuera de eso, se miraba bien.
—El señor Mikhail recibió disparos en partes letales del cuerpo, pero si logran intervenirlo aquí mismo, saldrá de todo peligro—.
Le informó.
—¿Y si no…?
—Entonces el joven Aleksei tomará posesión como el nuevo capo—.
Su respuesta fue ácida e inyectada de veneno.
Annelise no supo si aquello le angustiaba a Pavel o le preocupaba que Aleksei, siendo tan joven, tomara la responsabilidad de su padre, la cual era colosal.
—Ya veo, esperemos que todo salga bien—, dijo ella con fingido pesar.
—¿Y qué hay de Aleksei?
—Él ya fue tratado, solo está descansando en su recámara.
—Muchas gracias, Pavel, ¿podrías indicarme donde está ubicada?
Me pierdo mucho en la mansión.
—Es justo esa habitación—.
Señaló una puerta de roble al final del pasillo.
Annelise le sonrió y asintió.
Él asintió también y siguió su camino, dejándola sola.
Estaba por amanecer y no podía darse el lujo de dormir sin antes ver a Aleksei.
Se inmiscuyó a la habitación de él sin que nadie la viera y cerró la puerta en cuanto estuvo adentro.
La luz tenue de la estancia la estremeció, dándose cuenta de que ese lugar no parecía ser el sitio de un chico, era más como una habitación cualquiera, incluso la nupcial era más hogareña y eso que no tenía ningún adorno personal.
Suspiró en el momento que lo vio recostado en aquella cama sin ropa, a excepción de su bóxer.
Estaba vendado del costado y tenía gasas en algunas heridas de sus brazos y rostro.
Sus tatuajes se miraban exquisitos en todo su cuerpo.
¿Por qué le importaba como estaba ese idiota, si al final de cuentas era su enemigo?
Se acercó lo suficiente a inspeccionarlo.
Efectivamente estaba durmiendo, después de la enorme cantidad de medicamentos que le había suministrado el doctor y no pudo evitar pensar en lo “lindo” y “tierno” que se miraba estando dormido.
Con timidez, alargó la mano y le acarició el cabello con suavidad, sin saber el motivo por el cual él había reaccionado de mala manera cuando fue a rescatarlo con los demás hombres armados.
Y lo único bueno que había recibido de ello fue un revólver gracias al capitán Pavel.
Le habría gustado que Aleksei la hubiese tratado como cuando horas atrás, justo después de tener relaciones sexuales y no hubo nada entre ellos que pudieran esconder.
Retiró la mano lentamente, teniendo la intención de dejarlo descansar cuando la mano de Aleksei se aferró a su muñeca, deteniéndola abruptamente.
Annelise volteó a verlo, asustada por la fuerza con la que la tenía apresada, y no porque él estuviera despierto.
—Me estás lastimando, Aleksei, suéltame.
—Dame una razón poderosa para hacerlo—.
Su voz era trémula y lacerante.
—Soy tu esposa, la que te dará un hijo y… —¿Y qué más?
Esas son banalidades.
Puedo conseguirme a otra si quiero.
La dureza en sus palabras la hirieron y no entendió por qué.
—Entonces hazlo y a mí déjame en paz—.
Forcejeó con él, pero a pesar de que Aleksei estaba herido, continuaba teniendo más fuerza que ella.
Él se levantó, sin soltarla y la empujó a la cama para que Annelise no pudiera salir de la habitación mientras Aleksei aseguraba la puerta con un candado especial con contraseña numérica.
—¿Qué crees que haces?
Aleksei hizo una mueca de dolor cuando volvió a acercarse a ella y la venda de su costado comenzó a teñirse de rojo gracias al esfuerzo que estaba haciendo.
—Tu herida… —¿En serio te interesa mi bienestar o simplemente finges hacerlo?
—inquirió con desprecio.
—¿Qué te pasa?
¿por qué me tratas así?
—Jamás nos hemos tratado con cariño.
—No, pero hace unas horas… Sus ojos grises, fríos como el acero, la miraron con tal aberración que Annelise se sintió humillada, pero no lo manifestó, sino todo lo contrario.
Alzó la barbilla y se cruzó de brazos, dispuesta a escuchar lo que tenía que decir ese imbécil.
—¿Acaso crees que cambiaron las cosas solo porque tuvimos sexo y nos la pasamos bien?
Ella cerró los ojos unos segundos.
Primera cachetada con guante blanco.
—Nada ha cambiado.
Sigues siendo la prostituta que mi padre consiguió que traiga al mundo a su nieto—.
Continuó diciendo y Annelise abrió los ojos.
—Y si tengo suerte, ya te habré preñado para que los próximos meses, des a luz a mi hijo y pueda meter una bala en la cabeza.
—Tienes cinco segundos para retractarte de todo eso, Aleksei—.
Le dijo con calma asfixiante.
—Yo jamás me retracto de nada—.
La desafió.
—Bien, entonces comprenderás que yo tampoco me tiento el corazón por nadie, ni, aunque esté agonizando a punto de morir.
Aleksei frunció el ceño sin comprender a lo que ella se refería, pero no le dio tiempo de apartarse para cuando Annelise le propició un puñetazo sobre su herida, dejándolo sin aire y haciéndolo sangrar más, especialmente porque ella metió presión y parte de su peso encima para herirlo de gravedad y hacerlo sufrir.
—Seré lo que tú quieras, menos una maldita y asquerosa prostituta—le espetó, iracunda, echándose para atrás al ver como él se incorporaba con los dientes apretados y la herida sangrando a través de las vendas.
Pero lejos de que Aleksei entendiera, comenzó a reírse en tono burlón sin importarle estar manchado su cama de sangre, pero ella se acercó a la puerta con la intención de marcharse, aunque se pasara toda la noche descifrando la combinación del candado numérico.
—¿Y qué me dices de ser una mentirosa?
Annelise frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Jamás te he mentido.
—¿Estás segura?
—aguijoneó con voz maliciosa y enseguida escuchó un ligero “clic” que tanto conocía.
Ella se dio la vuelta con lentitud y encontró a Aleksei a escasos dos pasos de distancia, con su arma apuntándole directo a la cabeza.
—Baja mi arma o lo lamentarás—le aconsejó con calma, alzando ambas palmas de las manos y sin apartarle la vista de encima a la boquilla de la pistola.
—Ya me estoy lamentando demasiado el haberme enredado sexualmente contigo, ¿sabes?
Y dispararte tal vez será la manera de redimir mi error.
—Sé que no nos caemos bien, pero el haber tenido sexo cambió algo entre nosotros y lo estás negando.
—Claro que no.
Tú no me conoces.
—Ni tú tampoco me conoces a mí.
Pero él negó con la cabeza, esbozando nuevamente su sonrisa de loco que la desconcertó.
Aleksei se llevó la boquilla del arma a la sien y se rascó, sulfurado, poniendo en aprietos a Annelise.
Le asustaba más que por error se disparara a sí mismo que a ella.
—Claro que no te conozco del todo, porque de ser así, jamás habría podido pisar esta mansión viva.
Ella tragó saliva.
—Cálmate, por favor, y hablemos, ¿sí?
Guarda mi arma y sentémonos a hablar, Aleksei.
—Dame una razón para obedecerte.
—Ya te lo he dicho.
Soy tu esposa y la futura madre de tus hijos, y en este momento estás sangrando y puedes dispararte por error.
—Y ya te he dicho que esa no es razón suficiente para que no te meta una bala en la cabeza.
—¿Qué te hizo odiarme otra vez?
O, mejor dicho, odiarme más.
Él alzó nuevamente la mano que sostenía el arma y le apuntó, pero esta vez en el corazón.
—Debo reconocer que haberme metido entre tus piernas me hizo desear amarte con todo mi corazón—admitió Aleksei con repugnancia y luego soltó una carcajada sin humor—.
Incluso llegué a creer que podríamos ser esposos de verdad y con el paso del tiempo amarnos como cualquier pareja, pero… Ella se estremeció porque también, por solo un momento, también lo pensó cuando estaba entre sus brazos.
—¿Pero…?
—ella le instó a terminar la frase con la voz temblorosa.
—Pero me di cuenta de que el que iba a terminar, no solo con el corazón roto, sino también como un idiota, sería yo, mientras tú te habrías burlado de mí todo el tiempo.
—La pérdida de sangre te está haciendo decir estupideces.
Mejor abre la maldita puerta para que traiga al médico—.
Le dio la espalda y jugueteó con el candado.
—¿O me equivoco, Annelise Falkenheim, primogénita del gran capo alemán, Erich Falkenheim?
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