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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 23

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23: Capítulo 22 23: Capítulo 22 El capitán Pavel hizo el ademán de intervenir, pero Annelise levantó la mano para detenerlo porque era probable que el problema se haría más grande.

—¿Qué te traes con mi esposa?

—siseó Aleksei con desdén—.

¿O acaso quieres tirártela?

Tanto Pavel como Annelise entornaron los ojos, dejando que el silencio hablara por ellos.

—¿Ustedes dos tuvieron sexo y me vieron la cara de idiota?

—logró articular el heredero ruso con cólera.

Sus ojos grises estaban oscurecidos de rabia.

—Por supuesto que no, ¿qué te pasa?

—le espetó ella, ofendida.

¿Hasta donde iba a llegar la demencia y estupidez de ese idiota?

—Aquí la traición se paga con la vida—.

Expuso Pavel con seriedad.

Ambos voltearon a verlo—.

Y yo nunca en mi vida sería capaz de traicionar a la familia que me ha dado de comer por muchos años, joven Reznikov.

—Tal vez puedo confiar en ti, pero en ella nunca—dijo Aleksei, señalándola con la barbilla como si se tratara de algo sin importancia—.

Y si quieres hablar conmigo, hazlo ahora porque planeo salir en un par de horas.

—¿Otra vez?

¿Adónde irás?

—A un lugar donde pueda estar tranquilo.

—Llévame contigo.

—¿Planeas escaparte y llamar a tu padre?

Annelise apretó los puños y decidió que hablar con él no era más que una pérdida de tiempo.

Pasó a su lado, dando leves zancadas para no quedarse hundida en la nieve, en dirección a la mansión, pero en cuanto puso un pie dentro, sintió la mano de Aleksei en su brazo, haciéndola parar con brusquedad.

—¿Qué es lo que pretendes?

—No, ¿qué es lo que pretendes tú en humillarme en cada ocasión que ves disponible?

—lo enfrentó, furiosa.

—¿Y qué me dices de haberme humillado desde el primer día que pusiste un pie en mi casa?

—No puedo creer que mi verdadera identidad te tenga tan enfadado o quizá… intimidado.

Aleksei esbozó una sonrisa torcida y cínica.

—Aún no he decidido qué hacer contigo.

Cuando mi padre se recupere, hablaré con él y decidirá tu destino—.

Sentenció, sintiendo como ella palidecía—.

A lo mejor, finalmente consigamos el heredero que estamos buscando, pero no será mi hijo, sino mi hermano.

—No vas a dejar que tu padre me pongas las manos encima, ¿verdad?

—tragó saliva, aterrorizada—.

Tú y yo estamos casados y… Él se inclinó lentamente hasta quedar a la altura de su oreja y a ella se le erizó la piel ante su cercanía, ya que sabía que le iba a decir algo macabro y negativo, y eso parecía gustarle para hacerla sentir peor.

—Te equivocas, muñeca—, volvió a repetirle el apodo que le impuso cuando la conoció—.

Me casé con Nadia Zaytsev, no con Annelise Falkenheim, así que legalmente nosotros no somos nada.

Un nudo enorme se le formó en la garganta.

Quiso responderle cruelmente, tal como estaba acostumbrada, pero no pudo.

Debía detestarlo, odiarlo hasta los huesos, especialmente porque le había mancillado el cuerpo y la dignidad, pero ese idiota tenía mucha suerte de que Annelise estuviera colapsando por su culpa.

Ni siquiera tuvo fuerzas para moverse y sacar el revólver de su abrigo, el que Pavel le había dado cuando fueron a rescatarlo.

Solamente lo sostuvo con fuerza, en dirección al ruso que estaba comenzando a ser importante para ella.

Estaba teniendo problemas con sus sentimientos y eso no le estaba gustando para nada.

Respiró hondo antes de dar un paso atrás y sostener su mirada.

—Tienes mucha suerte en este momento, Alek.

—¿En serio?

Supongo que te refieres a la mala suerte de haberme revolcado contigo sin saber que eras una perra alemana bajo órdenes del mayor enemigo de mi familia.

—Tienes suerte de que tu presencia haya influido en mi misión y mente, Aleksei Reznikov, porque en este momento ya tendrías un tiro en la cabeza.

Y cómo él no supo a qué se refería, Annelise sacó la mano del bolsillo, sosteniendo el arma en alto, justo a la altura de la frente de Aleksei.

—¿De dónde sacaste eso?

—retrocedió, alarmado.

Y enseguida Annelise tuvo a más de diez hombres armados apuntándole a la cabeza con sus rifles, pero detrás de Aleksei apareció Pavel, sosteniendo su arma y no en dirección a ella.

—Bajen todas sus armas—vociferó el pelirrojo—.

Aquí no queremos que nadie salga herido por accidente.

De inmediato todos obedecieron, pero Pavel fue el único que continuó apuntando a Aleksei por la espalda.

—Por favor, señora Reznikov—, le pidió suavemente Pavel.

A ella le empezó a temblar la mano y obedeció, ocultando las ganas de llorar.

Y cuando Aleksei se dio la vuelta para agradecer a Pavel, sintió la punta del rifle sobre su pecho y luego se encontró con la mirada oscura del pelirrojo, quien tenía la mandíbula apretada.

—¿Qué haces, Artem?

—siseó.

—De una cosa sí estoy seguro, joven Reznikov—verbalizó Pavel con vehemencia, sin bajar el arma aún—.

Y es que usted está tratando mal a una niña que no ha hecho nada malo en contra suya y solo quiere verlo bien.

Me consta que, sea lo que sea que haya ocurrido entre los dos, hay una razón poderosa.

Dese el tiempo de escucharla o podría arrepentirse.

Una mujer como ella no se encuentra dos veces en la vida y se lo digo por experiencia.

—Hablas como si la conocieras—repuso Aleksei, mirándolo con desconfianza.

—El tiempo que tiene usted de conocerla, es el tiempo que tengo yo de conocerla—, le contradijo y por fin bajó el rifle, colocándolo detrás de su espalda.

—Pero puedo apostar de que ella no busca su mal, al contrario, desea ayudarlo.

Aleksei se volvió hacia Annelise, pero ella yacía caminando en dirección a la escalera, rumbo a la recámara nupcial.

Las palabras de Pavel eran pesadas y le provocaron más dudas que respuestas al joven ruso.

—Hable con ella y pídale disculpas.

Aleksei lo miró con el ceño fruncido.

—¿Qué?

—Usted sabe la razón de esas disculpas—eludió el pelirrojo, encogiéndose de hombros y caminando de regreso al jardín lleno de nieve.

En cuanto él se marchó, el resto de los hombres armados volvió a su sitio, dejando solo a Aleksei en el recibidor como un completo idiota.

Por una fracción de segundo, Aleksei se perturbó ante la idea de que Annelise estaba usando a Artem como paño de lágrimas, contándole todos sus pesares y llorando sobre su hombro y la imagen de ese pelirrojo consolándola le provocó vértigo, incertidumbre y una oleada de celos inexplicables.

Nunca había sentido ese sentimiento, salvo cuando era estudiante y veía a los padres de sus compañeros ir por ellos a la escuela y los llevaban al parque.

Y las personas que llegaban por él eran los hombres armados de su padre y lo llevaban directo a la mansión sin dejarlo salir a jugar con nadie.

Comenzó a caminar hacia el dormitorio que estaba destinado para ambos y que solamente ella ocupaba.

No sabía exactamente qué decirle, pero tampoco podía controlar la ira que había en su interior.

Ella le había mentido sobre quién era en realidad y no sabía a qué había llegado a la mansión.

Pero lo peor de todo es que no estaba dolido tanto por la incertidumbre de no saber los planes de ella, sino porque, en el fondo, aunque no quisiera aceptarlo, se estaba enamorando de la hija de su enemigo y si su padre de enteraba de ello, la asesinaría sin miramientos, pero si mantenía oculta su identidad, estaría traicionando a su propia sangre y eso era traición.

Y en el mundo criminal, la traición se pagaba con la muerte.

Y sabía que su padre lo mataría también por haberlo traicionado, ya que, para él, antes que su propio hijo, estaba su dignidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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