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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 24

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24: Capítulo 23 24: Capítulo 23 Inhaló y exhaló tres veces antes de dignarse a llamar a la puerta doble hoja.

Ella se apresuró a abrir y a juzgar por la sonrisa congelada en sus labios, Aleksei dedujo que quizá la fémina había pensado que se trataba del pelirrojo.

—No, no soy Artem.

—¿Qué quieres, Alek?

—¿Desde cuándo pensaste que sería buena idea llamarme Alek en vez de Aleksei?

—le preguntó, para no cortar cualquier tipo de hilo que pudiera sostener una conversación antes de que ella lo echara de ahí con justa razón.

—Supongo que desde que supiste mi verdadera identidad—.

Se cruzó de brazos, a la defensiva.

Se había quitado el abrigo y el pijama le quedaba muy hermoso, pero ella hizo un gesto de molestia en los labios cuando descubrió a Aleksei mirándola de arriba abajo.

—Dime qué necesitas.

Con nerviosismo, se volvió hacia la puerta doble hoja y las cerró sin pestillo para no asustarla.

—Quiero hablar contigo.

—¿Ahora sí quieres hacerlo?

—Sí.

Ella hizo un mohín en los labios.

—¿Sobre qué quieres hablar?

—Todo, Anne.

No quiero que haya otro secreto entre nosotros.

Acortar también su nombre le resultó acogedor, pero a ella pareció tomarla desprevenida y aunque intentó ocultarlo, él percibió la sorpresa en su mirada.

—Define todo porque no estoy para juegos, Alek.

—¿Por qué me dijiste que tengo mucha suerte hace unos momentos, teniendo en cuenta que estabas apuntándome con un arma a través de tu abrigo?

¿Por qué mi presencia influyó tanto en ti para que no pudieras asesinarme cuando tuviste ese rato la oportunidad?

—fue directo al grano porque odiaba darle muchas vueltas al asunto—.

Te hice daño, Anne, tanto física como psicológicamente y quiero que me digas la verdad, ¿qué te detuvo de no asesinarme?

La chica humedeció sus labios, incapaz de poder responder sin que se le notara la mentira en la voz o en sus gestos, pero no deseaba ser sincera con él porque no confiaba para nada en lo que pudiera hacerle en cuanto lo supiera.

Y en vez de responderle, lo miró con dureza.

—No me mires así, por favor, Anne.

Respóndeme.

—Hablaste con Pavel, ¿no?

Porque de otra manera, no habrías venido a buscarme.

—¿Qué tanta confianza le tienes a Artem para que haya tenido el coraje de enfrentarme?

Lo conozco de toda la vida y jamás se dirigió a mí con esa valía, como si no le importara morir con tal de protegerte—arribó, confuso—.

¿Qué le has contado de ti que yo no sé?

Annelise comenzó a sacudir la cama para tener algo en qué poner su atención y no lanzarse a darle una patada en la cara.

—Él no sabe mi verdadera identidad—le informó—, y no le he contado nada de mí, simplemente nos hicimos amigos gracias a las circunstancias.

Alzó la mirada y notó que Aleksei en vez de haber entendido un poco, estaba más perdido que nunca.

—¿Nunca has tenido amigos, Alek?

Él negó con la cabeza, sintiéndose miserable.

—Eso explica tu falta de conocimiento en la convivencia humana.

A pesar de que también soy la hija del capo alemán más temido de mi país, tengo una hermana menor y ambas hemos tenido amigos, quizá no para siempre, pero conseguimos ser aceptadas cuando éramos estudiantes—le confesó.

—Y cuando decidí salirme de la universidad, mis amigos de la facultad me hicieron una despedida muy agradable, pero la razón por la cual ya no quise seguir estudiando fue porque era inútil fingir ser alguien normal cuando mi sangre me orillaba a seguir los pasos de mi padre sin que yo lo deseara.

—¿Tienes una hermana?

—le preguntó, sorprendido.

—Sí, se llama Saskia, tiene dieciséis años y ella ama más este mundo criminal que yo, pero si tengo la posibilidad de protegerla, lo hago.

Jamás he permitido que mi padre le quite el privilegio de no ser su primogénita—suspiró, colocando la almohada en su lugar—.

Y lo triste es que no sé si volveré a verla, ya que, si eso ocurre, mi padre me dará por muerta y por fin la usará para sus demás fines ilícitos que había preparado para mí.

—Temes que ella usurpe tu lugar.

—No, temo que a mi hermana le arrebaten la humanidad.

Ella es propensa a dejarse llevar por la locura de mi padre de tener mucho poder a costa de todo, sin remordimiento alguno—se mordió el labio inferior, dándose cuenta que había hablado de más ante su enemigo y se quedó en silencio.

—Ahora comprendo porque eres así—objetó Aleksei y por primera vez en semanas, volvió a sonreírle de manera amable y preciosa, aunque con una pizca de tristeza, robándole el aliento—.

Tienes una hermana y yo soy hijo único.

He tenido que soportar solo toda la mierda de mi padre y ni siquiera sé lo que es tener un amigo y mucho menos relacionarme con las personas con normalidad.

A mí me enseñaron que puedo tomar todo sin pedir permiso ni sentirme culpable.

Los ojos color caramelo de Annelise se postraron en los suyos, que eran similares al acero, pero vulnerables.

—Si tú me lo permites, Alek, puedo enseñarte lo que es la amistad.

Pero él negó con la cabeza, atreviéndose a cortar la distancia entre ellos.

Rodeó la cama hasta quedar a un paso de ella, temeroso por su reacción, porque sabía que el haberla violentado sexualmente había creado una barrera enorme entre ellos, que difícilmente podría derribar para intentar ganar su confianza.

Annelise tuvo que regular su respiración para que Aleksei no se diera cuenta que se había acelerado en cuanto se acercó.

Entonces él alargó la mano con nerviosismo, esperando que ella se apartara o lo rechazara.

Tragó saliva sin detenerse y cuando sintió la cálida textura del pijama de Annelise, se estremeció.

No lo había rechazado ni empujado ni agredido.

Pero estaba tensa.

Podía sentir la tensión a través de su ropa.

—No quiero que seas tú quien me enseñe lo que significa tener un amigo, Anne.

Se acercó hasta quedar frente a ella, mirándola hacia abajo porque esa chica era menuda y muy hermosa.

Parecía una muñeca de cabello café dorado, ojos color caramelo y piel pálida con pecas, pero muy frágil como el cristal y peligrosa como la dinamita.

Y él, Aleksei Reznikov, comprendió que había perdido la cabeza por ella.

Estaba rindiéndose ante la hija del enemigo de su familia y no podía hacer nada para evitarlo.

—¿Y qué es lo que quieres de mí, Alek?

—alzó la barbilla, orgullosa y sintió los dedos de él acariciarle la mejilla, estremeciéndola.

Aleksei no respondió de inmediato.

Su pulgar seguía trazando un camino lento sobre la mejilla de Annelise, como si memorizar su piel fuera una forma de anclarse a la realidad y no caer de cabeza en el abismo que ella representaba.

—No lo sé —admitió al fin, con una honestidad que le raspó la garganta—.

Y eso es lo que me asusta.

Ella no se apartó.

Tampoco se inclinó hacia él.

Permaneció allí, firme, orgullosa, vulnerable de una forma que solo alguien que ha sobrevivido demasiado puede serlo.

—Entonces no me toques como si ya lo supieras —dijo en voz baja.

Aleksei retiró la mano al instante, como si el contacto quemara.

El silencio que cayó entre ambos no fue incómodo; fue pesado.

Lleno de todo lo que no podían decirse sin destruir algo.

—Quiero dejar de verte como mi enemiga —continuó él—.

Quiero dejar de pensar en ti como el error que no debí cometer… y no puedo.

Annelise soltó una risa breve, sin humor.

—Bienvenido al infierno —murmuró—.

Llevo ahí desde que me di cuenta de que no te odiaba tanto como debería.

Sus miradas se engancharon, teniendo esa cercanía peligrosa, ese punto exacto donde una decisión podía cambiarlo todo.

—Si te permites bajar la guardia un poco—dijo ella—, no será para salvarme ni para poseerme.

Aleksei asintió despacio.

—Entonces me quedaré para aprender a no destruirte.

—¿Estás seguro que no prefieres aprender a ser un buen amigo?

—Es que lo que yo más deseo es rebobinar el tiempo y evitar hacerte daño hace algunas semanas—admitió, conflictuado.

Annelise parpadeó.

—¿Qué estás diciendo?

Él alzó la vista a ella, puesto que la había mantenido puesta en el vacío, recordando cuando fue un poco hombre, cegado por el odio y la rabia que le causó enterarse de que Annelise pertenecía a los Falkenheim y arremetió sexualmente contra ella, como si eso pudiera cambiar la realidad.

Y, cómo si la tormenta del perdón hubiera llegado a sus ojos, y muy tarde, Aleksei Reznikov, fue arrodillándose lentamente sin apartarle la mirada de encima hasta quedar frente a ella.

Sus rodillas en el suelo y su atención en ella.

—Perdón.

Ella abrió los ojos tanto como pudo por la impresión.

—¿Qué?

—balbuceó.

—Perdón por haberte hecho daño aquella noche.

Mikhail le había enseñado que él jamás debía doblegarse ante nadie, ni siquiera cuando tuviera la culpa porque era signo de debilidad y por mucho tiempo estuvo de acuerdo, hasta que Annelise Falkenheim se cruzó en su camino y le hizo entender que cada acción trae consecuencia y el karma no perdona a nadie.

Y que lo que hagas estando bajo el control de tus emociones, podría costarte muy caro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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