Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 26
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26: Capítulo 25 26: Capítulo 25 Annelise no respondió de inmediato.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque cualquier palabra en ese instante habría sido una traición a sí misma.
Se levantó de la cama con movimientos pausados, casi ceremoniales, y caminó hasta la ventana sin mirarlo.
Afuera, la nieve seguía cayendo con una calma obscena, indiferente al desastre silencioso que acababa de instalarse entre ellos.
Aleksei permaneció sentado, inmóvil, con las manos entrelazadas como si temiera que cualquier gesto brusco terminara de romper lo poco que aún los sostenía compartiendo el mismo aire.
No intentó tocarla.
No se lo permitió.
—Si estás enamorado de mí —dijo ella al fin, con la voz firme, sin girarse—, tendrás que aprender algo que nunca te enseñaron.
Él alzó la vista, atento, tenso.
—No me toques si no te lo pido.
No me beses si no te lo permito.
Y no vuelvas a confundir deseo con derecho —continuó—.
Porque yo no soy un error que puedas compensar con palabras bonitas ni con culpa.
Aleksei tragó saliva.
Aquellas reglas, simples y devastadoras, lo desarmaron más que cualquier insulto.
Asintió despacio, aceptándolas como quien acepta una sentencia… o una oportunidad.
—No te pido que me ames —dijo entonces, con voz baja—.
Solo que no me mires como si ya estuviera muerto.
Annelise cerró los ojos un segundo.
El pecho le dolía de una forma extraña, incómoda, como si algo en ella estuviera cediendo sin haber dado permiso.
Se giró apenas, lo suficiente para observarlo de reojo: arrodillado frente a ella no por sumisión, sino por miedo a perderla.
—No estás muerto —susurró—.
Pero tampoco estás a salvo conmigo.
El silencio volvió a caer, espeso, cargado.
No hubo caricias.
No hubo besos.
Sin embargo, algo se tensó en el ambiente, algo invisible y eléctrico.
Annelise sintió cómo su propio cuerpo reaccionaba antes que su razón, odiándose un poco por ello… y deseándolo aún más por saberla viva.
Aleksei lo notó.
Siempre había sido bueno leyendo los cuerpos, incluso cuando fallaba miserablemente con las emociones.
Se levantó despacio, manteniendo la distancia, como si acercarse sin permiso fuera ahora el peor de los pecados.
—Esta noche no voy a tocarte —dijo—.
Pero tampoco voy a irme.
Ella sostuvo su mirada.
No lo echó.
No lo invitó.
Solo asintió.
Y en ese gesto mínimo, frágil, se selló algo mucho más peligroso que el deseo: la promesa de que, cuando finalmente se tocaran, ya no habría vuelta atrás.
Aleksei fue el primero en moverse.
No hacia ella, sino hacia la puerta.
Cerró con cuidado, sin hacer ruido, como si sellara el mundo exterior lejos de lo que estaba a punto de quebrarse entre ambos.
El sonido seco del pestillo resonó en la habitación con una intimidad peligrosa.
—Si en algún momento quieres que me vaya —dijo sin mirarla—, dímelo.
No discutiré.
Annelise se apoyó en el marco de la ventana.
El frío del vidrio atravesó la tela de su pijama, pero no logró apagar el calor que comenzaba a instalarse en su vientre.
Lo observó por encima del hombro.
—¿Y si te digo que te quedes?
Aleksei giró lentamente.
Sus ojos grises se oscurecieron, no de deseo brutal, sino de algo más hondo… contenido.
—Entonces me quedaré —respondió—.
Pero sin tocarte.
Ella sonrió apenas.
Una sonrisa torcida, peligrosa.
—Eso dijiste antes… y míranos ahora.
Él se acercó un paso.
Solo uno.
La distancia entre ambos seguía siendo prudente, pero el aire ya no lo era.
Annelise sintió su presencia como una presión invisible contra su piel.
—Esta vez es diferente —dijo Aleksei—.
Porque ahora sé que tocarte sin tu permiso sería perderte para siempre.
El silencio volvió a tensarse.
Ella se separó de la ventana y caminó hasta la cama, sentándose en el borde con lentitud deliberada.
Cada movimiento era una provocación silenciosa, una pregunta sin palabras.
—Ven —le dijo.
Aleksei obedeció, pero se sentó a su lado, no frente a ella.
Sus hombros casi se rozaban.
Casi.
El calor de su cuerpo la envolvió como una advertencia.
—No te acerques más —añadió ella en voz baja.
—No lo haré.
Pero entonces Annelise apoyó la mano sobre la cama, apenas a centímetros de la suya.
No lo tocó.
Solo estuvo ahí.
Esperándolo.
Retándolo.
—Dime algo —murmuró—.
Algo honesto.
Algo que no tenga que ver con culpa ni con redención.
Aleksei cerró los ojos un instante, como si buscara dentro de sí algo que nunca había sabido nombrar.
—Cuando te miro —dijo—, no pienso en poseerte.
Pienso en cómo suenas cuando respiras dormida… y en lo fácil que sería arruinarlo todo si cedo.
Aquello le recorrió la espalda como un escalofrío lento.
Annelise apretó los labios.
Su mano se deslizó apenas… hasta rozar la suya.
Fue un contacto mínimo.
Un accidente delicioso.
Aleksei se tensó al instante.
No se movió.
No la tocó de vuelta.
Pero su respiración cambió, profunda, controlada a la fuerza.
—Si sigues —advirtió—, no sé cuánto más pueda resistir sin romper mis propias reglas.
Ella lo miró por primera vez de frente.
Sus rodillas casi tocaban las de él ahora.
—No quiero que resistas —susurró—.
Quiero que elijas.
Aleksei abrió los ojos.
La miró como si ella fuera un incendio al que se acercaba voluntariamente.
—Entonces elijo esto —dijo.
Se inclinó… y apoyó la frente contra la de ella.
Nada más.
Pero ese gesto fue más íntimo que cualquier caricia.
La respiración de ambos se mezcló.
El mundo se redujo a ese punto exacto donde ya no eran enemigos, ni víctimas, ni piezas de ajedrez… solo dos personas al borde de algo que podía salvarlos o destruirlos.
—Si te beso —murmuró él—, no será por deber.
Será porque no quiero detenerme.
Annelise cerró los ojos.
—Entonces no me beses aún.
Y ese aún quedó suspendido entre ellos, latiendo.
La penumbra terminó de asentarse en la habitación cuando los pasos apresurados se escucharon en el pasillo.
La puerta doble hoja fue aporreada con urgencia.
—Joven Reznikov—dijo en voz baja, pero urgente.
Era Pavel—.
Perdone que interrumpa.
Aleksei, que aún estaba de pie junto a la cama, se giró de inmediato, aunque sabía que no podía verlo.
—¿Qué pasa?
—se levantó y abrió precipitadamente porque conocía aquel tono de voz que usaba el pelirrojo para darle noticias importantes o delicadas.
El capitán Pavel entró y cerró las puertas tras de sí con cuidado, como si no quisiera que nadie más escuchara.
—Acaban de llamar del hospital.
El aire cambió.
Annelise sintió cómo el estómago se le contraía.
—¿Mi padre?
—preguntó Aleksei, tenso.
—Está consciente ahora mismo—respondió Pavel—.
Preguntó por usted.
Quiere verlo ahora mismo.
El silencio que siguió fue denso, casi físico.
Aleksei cerró los ojos un segundo, como si estuviera reuniendo fuerzas.
Cuando los abrió, ya no quedaba rastro del hombre vulnerable de hace unos minutos; el heredero de los Reznikov volvía a ocupar su lugar.
—Gracias —dijo con firmeza—.
Diles que voy en camino.
Pavel asintió, pero antes de salir, miró a Annelise.
No con sospecha, sino con esa mezcla extraña de respeto y cuidado que ella ya había notado antes y percibía que nunca se iría porque eran amigos e incluso casi hermanos.
—No te preocupes —le dijo el pelirrojo—.
Aquí nadie entra sin que yo lo sepa.
Ella le devolvió una leve sonrisa, agradecida.
Cuando Pavel salió, Aleksei se pasó una mano por el rostro, claramente dividido entre dos frentes.
—Esto… llega en el peor momento posible —murmuró.
Annelise se acercó despacio.
—Ve —le dijo—.
No tienes que elegir ahora.
Él la miró, conflictuado.
—Justamente eso es lo que más me aterra —confesó—.
Que por primera vez en mi vida sí quiera elegir.
La tomó de las manos, apretándolas apenas, como si necesitara anclarse a algo real antes de irse.
—Cuando vuelva —añadió—, seguiremos esta conversación.
No pienso huir de lo que dije y siento.
—No lo hagas —respondió ella con suavidad—.
Yo tampoco voy a huir.
Aleksei sonrió de lado, una sonrisa cansada, pero honesta.
Luego tomó abrió el closet compartido y sacó otro abrigo, se lo puso encima y se dirigió a la puerta.
—Descansa, Anne.
Esta noche ya fue suficiente para los dos.
Antes de salir, se detuvo un segundo más.
—Y… gracias por no romperme cuando pudiste hacerlo, muñeca.
La puerta se cerró tras él.
Annelise quedó sola, sentada en el borde de la cama, escuchando cómo la mansión retomaba su ritmo nocturno.
Afuera, las luces del jardín brillaban con calma engañosa.
Nada estaba resuelto.
Pero algo había cambiado.
Y ahora, con el padre de Aleksei casi recuperado… el tablero acababa de moverse y no sabía si a favor o en su contra.
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