Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 27
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27: Capítulo 26 27: Capítulo 26 De alguna manera haberse sincerado con Aleksei le sirvió para poder dormir tranquila por primera vez en semanas y a pesar de que aún no lo perdonaba del todo por lo que él le había hecho, percibió que hubo honestidad en la conversación y si él no le contaba nada a su padre acerca de su identidad en cuanto lo viera en el hospital, probablemente iba a sopesar la idea de perdonarlo, pero tenía que cerciorarse de que la cuidaría de verdad y no solo fuesen mentiras para meterse en sus bragas nuevamente.
De pronto, llamaron a la puerta doble hoja y ella dio un respingo.
—Soy yo, señora Reznikov, el capitán Pavel.
—Entra.
Las puertas se abrieron y entró el pelirrojo con cierta inquietud en su mirada.
—Te comento que el joven Aleksei acaba de marcharse a ver a su padre y fue acompañado de mi escuadrón, para que no estés preocupada.
—Pensé que lo acompañarías.
Él negó con la cabeza.
—De ninguna manera voy a dejarte sola.
—Gracias—.
Le agradeció con una sonrisa cansada.
—¿Puedo sentarme?
No quiero quitarte el sueño, pero necesito preguntarte algo.
Ella asintió, señalándole el sitio donde podía sentarse, a su lado.
—Quiero pensar que arreglaron las cosas, ¿no?
—sus ojos oscuros escudriñaron su rostro en busca de alguna señal negativa, pero se encontró con una mirada adormilada y tranquila.
—Me pidió perdón por haberme hecho daño aquella noche—, le informó.
—¿Y lo perdonaste?
—No.
Su respuesta lo hizo sonreír genuinamente.
—Deja que le cueste conseguir ese perdón—.
Le aconsejó.
—De hecho, le dejé en claro muchas cosas, especialmente que no puede confundir deseo con derecho, ya que, aunque sea su esposa, no soy de su propiedad.
Con un gesto afirmativo en la cabeza, el pelirrojo estuvo muy de acuerdo.
—En lo personal, pensé que otra vez iban a discutir sin poder evitarlo.
—Después de que interviniste cuando los demás me apuntaron con sus rifles al verme sacar un arma del abrigo, fue que a Aleksei se le ocurrió venir a buscarme y fue extraño, ¿le dijiste algo?
—Simplemente le dejé claro que debía pedirte perdón y que él sabía la razón.
—¿Y no es peligroso que le hables de esa manera?
Es decir, ¿no puede enviarte a ejecutar?
—se estremeció de miedo con tan solo pensarlo—.
Porque no quiero que te hagan daño por mi culpa y quedarme sola en este lugar.
Eres la única persona en quien puedo confiar ciegamente.
Pavel se pasó una mano sobre su cabello color zanahoria y apretó los labios antes de mirarla a los ojos con cierta compasión.
—El joven Reznikov puede ser inmaduro, idiota y lo peor que tú quieras, pero se ha dado cuenta de que ahora soy alguien importante para ti y no sería capaz de matarme porque supondría un golpe bajo en su ego, porque no estarías feliz por ello y lo odiarías, ¿o me equivoco?
—Tienes razón, pero también vi que no le tiembla la mano al asesinar, eso hizo cuando le disparó a una criada al no recibir respuesta a su interrogatorio al pétalo que encontré en mi almohada y resultó ser su padre quien me lo puso para probarnos a ambos.
—Exacto, pero él no actúa como su padre.
Son distintos—.
Le informó—.
Aunque cuando pierde los estribos gracias a sus emociones, es otra cosa.
Primero ejecuta y luego pregunta.
—No quiero que nada te suceda, Pavel.
Ya no le menciones nada porque alguien más puede escucharlos y darle queja al señor Reznikov de que te estás metiendo con su hijo.
Verlo sonreír más de una vez en un mismo día le provocaba nerviosismo a Annelise.
Pavel había esbozado una sonrisa muy amable con una pizca de malicia, especialmente cuando le puso la palma de su mano sobre la cabeza de ella para despeinarla juguetonamente.
—Los Reznikov no solamente me deben la vida, créeme, me deben más que eso y no les conviene deshacerse de mí tan fácilmente, así que no te preocupes, ¿de acuerdo?
—Pero tampoco los pongas a prueba, la gente poderosa es más brutal de lo que te imaginas.
—Hablas como si conocieras bien este asunto—apartó la mano y enarcó una ceja, cauteloso—.
Y algo me dice que no eres lo que aparentas y eres más fuerte de lo que dejas ver a los demás, e incluso sabes manejar un arma y tu acento es diferente… Annelise se mordió el labio.
Confiaba en Pavel, pero no sabía si revelarle la verdad de su identidad le ayudaría a seguir cosechando su amistad o la terminaría de tajo porque cuando fueron a rescatar a Aleksei y a su padre, cuando recién conoció al pelirrojo y lo vio actuar, comprendió que le tenía muchísima lealtad a los Reznikov y odio profundo a los Falkenheim.
—¿Conoces a los Falkenheim?
Tras escuchar ese apellido, Pavel dejó de sonreír y adoptó una expresión fría, como cuando recién lo conoció.
—La pregunta no es si los conozco, sino ¿cómo los conoces tú?
Ellos son alemanes y compiten por territorio contra los Reznikov.
Annelise enderezó la espalda y él la imitó.
—¿Los odias?
—repuso ella.
Pavel frunció el ceño.
—¿A dónde quieres llegar con estas preguntas?
—Solo respóndeme, es importante.
—¿Por qué?
—Porque eso decidirá si seguiremos siendo amigos o no.
La mirada del pelirrojo se endureció, como el resto de su rostro, y se puso de pie.
—¿De qué estás hablando?
—Respóndeme.
¿Odias a los Falkenheim?
Y me refiero a ti, como persona, no como súbdito de Mikhail Reznikov.
Pavel no respondió de inmediato.
Se quedó de pie, con los brazos relajados a los costados, pero el cuerpo rígido, como si una parte de él se hubiera puesto en guardia sin pedir permiso.
—No los odio como se odia a un enemigo —dijo al fin—.
Eso sería fácil.
Annelise contuvo la respiración.
—Los odio porque entendí demasiado tarde que hay hombres que no buscan ganar territorios… buscan probar hasta dónde pueden llegar sin que nadie los detenga.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Pavel giró el rostro apenas, lo suficiente para no mirarla de frente.
—He visto gente suplicar por su vida.
He visto ejecuciones rápidas, necesarias incluso.
Eso es guerra —hizo una pausa—.
Pero ese hombre… —escupió las palabras— no hace guerra.
Hace ejemplos.
Annelise sintió un nudo formarse en su estómago.
—¿Ejemplos de qué?
—De poder —respondió sin titubear—.
De que puede quitarte todo sin matarte.
Dejarte volver a casa sin manos.
Sin voz.
Sin dignidad.
O matarte frente a quienes amas y dejar que los demás vivan con ese recuerdo clavado en la cabeza.
Apretó la mandíbula.
—Lo vi ordenar que una mujer fuera retenida solo porque su vientre aún “servía”.
Y cuando alguien cuestionó eso… —negó con la cabeza—.
Aprendí que, para él, el cuerpo humano es un recurso.
Nada más.
Annelise sintió frío.
No del ambiente.
De dentro.
—Entonces… sí —continuó Pavel, ahora mirándola—.
Lo odio.
Odio a Erich Falkenheim y no porque sea enemigo de los Reznikov.
Sino porque entendí que, si me quedaba un segundo más cerca de ese hombre… iba a convertirme en algo que desprecio.
El silencio cayó como una losa.
—Y no —añadió con voz más baja—.
No importa de qué lado estés.
Gente así no distingue aliados de víctimas.
Solo distingue lo que puede usar… y lo que puede romper.
Annelise sintió que el pecho le ardía.
Cada palabra de Pavel había ido arrancándole capas de negación que llevaba años sosteniendo para sobrevivir.
—¿Y cómo sabes todo eso?
—le preguntó, temblando.
—Estuve en diversos operativos en los que casi fui atrapado por él y logré escapar de milagro, pero ese breve lapso que lo tuve muy de cerca me bastó para saber que es una escoria —masculló, irritado—.
Mikhail no se queda atrás —bajó mucho la voz—, pero es menos mierda que Erich Falkenheim y logra diferenciar a sus aliados de sus víctimas.
Ese nombre cayó como una sentencia.
Annelise, que se había puesto de pie, dio un paso atrás.
Luego otro.
Sintió que las piernas ya no le respondían.
—Pavel… —susurró.
Él se giró hacia ella, confundido por el cambio abrupto en su tono.
—¿Qué ocurre?
Ella abrió la boca… y no salió nada.
Las palabras se le atoraron en la garganta como fragmentos de vidrio.
—Dime algo —pidió él, ahora más serio—.
¿Por qué me preguntas todo esto?
Annelise apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas.
Alzó la vista.
Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba.
—Porque no hablas de un desconocido —dijo al fin, con voz rota pero firme—.
Hablas de mi padre.
El mundo se detuvo.
Pavel no reaccionó de inmediato.
No gritó.
No negó.
No se movió.
—No… —murmuró—.
No es posible.
—Mi nombre real no es Nadia Zaytsev—continuó ella, tragando saliva—.
Soy Annelise Falkenheim, hija del capo alemán, Erich Falkenheim.
El silencio que siguió fue brutal.
Pavel sintió que el aire le abandonaba los pulmones.
Dio un paso atrás, como si alguien lo hubiera empujado.
Sus ojos, normalmente tan controlados, estaban abiertos de par en par.
—Eso… —negó con la cabeza—.
Eso no tiene sentido.
—Fui enviada aquí por él —confesó—.
No para matarlos.
No para traicionarlos de inmediato.
Para usar mi cuerpo.
Para quedar embarazada de Aleksei y robarle a su primogénito.
Cada palabra era una bala.
Pavel se llevó una mano a la boca, incrédulo.
La imagen de ella —cansada, herida, intentando dormir en una mansión que no era su hogar— chocó violentamente con todo lo que sabía de los Falkenheim.
—Tú… —su voz salió ronca—.
Tú eres su hija.
—Y aun así —susurró ella—, me aterra tanto como a ti.
Las rodillas de Annelise finalmente cedieron.
Se sentó en la cama, temblando.
—No elegí nacer de él —continuó—.
No elegí esta misión.
Y tampoco elegí enamorarme del hombre equivocado en el peor lugar posible.
Pavel se quedó inmóvil durante varios segundos.
Cuando por fin habló, lo hizo con un hilo de voz cargado de algo peligroso… respeto.
—Entonces… —dijo lentamente— todo lo que dijiste antes… era verdad.
—Todo.
El pelirrojo cerró los ojos con fuerza.
Cuando los abrió, ya no había odio en su mirada hacia ella.
Solo una certeza devastadora.
—Si Mikhail o Aleksei llegan a saber esto por alguien que no seas tú… estás muerta.
Ella asintió.
—Lo sé, pero Aleksei ya lo sabe, fue por eso por lo que me violó aquella noche porque fue cuando se enteró de mi verdadera identidad—le confesó, abrumada—.
Y el que no tiene idea de nada es su padre, pero confío que ahora que hicimos las paces, me proteja de él.
Pavel se acercó despacio y, contra todo pronóstico, se arrodilló frente a ella para quedar a su altura.
—Entonces escucha bien —dijo—.
Desde este momento, lo que sé… me lo llevo a la tumba y voy a protegerte más de lo que ya lo hago, ¿de acuerdo?
Annelise lo miró, rota.
—¿Por qué?
—susurró—.
Soy hija del hombre que más odias.
Pavel sostuvo su mirada, firme.
—Precisamente por eso —respondió—.
Porque sobreviviste a él… y eso te hace más fuerte que todos nosotros y de aquellas víctimas que no lo lograron.
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