Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 28
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28: Capítulo 27 28: Capítulo 27 La madrugada se había instalado sobre la mansión como una bestia paciente.
No había nieve cayendo ahora, solo el silencio espeso que quedaba después de que el mundo decidía dormir.
Las luces exteriores seguían encendidas, proyectando sombras largas sobre el mármol del vestíbulo cuando la puerta principal se abrió al fin.
Aleksei entró sin prisa, quitándose el segundo abrigo con un movimiento cansado.
El hospital aún le pesaba en el cuerpo: el olor a desinfectante, la voz debilitada de su padre exigiendo respuestas, la mirada calculadora que no había perdido filo ni siquiera al despertar.
Mikhail Reznikov estaba vivo y mejor que nunca, a nada de volver a la mansión.
Y eso lo cambiaba todo.
Dejó el abrigo sobre una silla y se pasó una mano por el rostro.
No había dormido.
No pensaba hacerlo.
—Pensé que tardaría más, joven Reznikov.
La voz surgió desde las sombras del pasillo lateral.
Aleksei alzó la vista de inmediato.
El capitán Artem Pavelovich estaba recargado contra la pared, con los brazos cruzados y el gesto serio.
No vestía el uniforme completo, solo la camisa oscura debajo de su abrigo y el arma visible en su espalda.
No parecía un subordinado esperando órdenes, sino un hombre aguardando una conversación inevitable.
—¿Por qué no estás descansando o montando guardia en la habitación de mi esposa?
—preguntó Aleksei, sin dureza, pero con cautela.
—Porque sabía que volvería así —respondió—.
Con demasiadas cosas en la cabeza… y una en particular que no le va a permitir dormir.
Aleksei se tensó apenas.
Dio dos pasos hacia él, deteniéndose a una distancia prudente.
—Di lo que tengas que decir.
Pavel lo observó unos segundos antes de hacerlo.
Como si midiera exactamente cuánto podía revelar sin provocar una explosión.
—La señora Reznikov ya me dijo la verdad sobre ella.
El aire cambió.
No fue un impacto violento, sino una quietud peligrosa, absoluta.
—¿Toda la verdad?
—preguntó Aleksei al fin.
—Sí, joven Reznikov, toda.
Aleksei exhaló despacio, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que salió del hospital.
—Entonces ya sabes quién es… y de dónde viene.
—Lo sé.
No hubo reproche en la voz de Pavel.
Tampoco sorpresa.
Solo certeza.
—¿Y aun así seguirás dispuesto a cuidar de ella, tal como te lo he ordenado?
—preguntó Aleksei, clavando los ojos en él.
Pavel se irguió.
—Lo haré porque no es ella a quien detesto.
Eso fue suficiente para que Aleksei lo mirara con atención renovada.
—Mi padre está consciente y tal vez en dos días regrese a la mansión—añadió Aleksei—.
No sospecha nada de Anne.
No aún.
—Con el debido respeto, joven Aleksei—replicó Pavel—, su padre, el señor Mikhail Reznikov siempre huele la sangre antes de que caiga.
—Me temo que sí… El silencio se asentó entre ambos.
—Si llega a descubrir la identidad de su esposa —continuó Pavel—, no le importará que sea su nuera y la futura madre de su nieto.
Aleksei apretó la mandíbula.
—No voy a permitir que la toque.
—No me refiero únicamente a él —aclaró Pavel—.
Cuando la verdad salga a la luz, no habrá un solo lugar seguro dentro de esta casa.
—Entonces la sacaré de aquí si es necesario.
Pavel sostuvo su mirada.
—¿Y su padre?
—Que arda.
Ya no me importa lo que piense de mis actos.
Pavel asintió, sin gesto alguno.
—Entonces permítame ser claro—dijo—.
Desde este momento, no soy únicamente el hombre encargado de vigilarla.
—¿Qué eres entonces?
—Soy el hombre que va a mentir, disparar o desaparecer a quien haga falta para que la señora Reznikov siga con vida.
Aleksei lo observó largo rato.
Luego extendió la mano.
—No te lo voy a pedir —dijo—.
Pero te lo agradezco.
Pavel estrechó su mano con firmeza.
—No lo hago por usted, joven Reznikov.
Hubo un breve silencio en el que Aleksei le concedió la pauta para seguir hablando porque ya sabía la respuesta.
—Lo hago por ella.
Aleksei asintió, complacido por la determinación de su subordinado.
Al menos ya tenía un aliado por si las cosas se volvían en su contra.
Desde el piso superior, una luz se encendió tenuemente.
Ambos alzaron la vista al mismo tiempo.
Annelise estaba despierta.
Y sin saberlo aún, acababa de convertirse en el secreto mejor protegido de la casa… y en el más peligroso.
—Subiré con ella—anunció Aleksei, tomando su segundo abrigo—.
Esta noche no es necesario que vigiles, descansa ¿está bien?
Espero que ella me permita dormir a su lado y yo mismo cuidarla.
El pelirrojo asintió, acomodándose el abrigo y quitándose el rifle de la espalda.
—Buenas noches, joven Reznikov.
Aleksei movió la cabeza ligeramente, dándole permiso de marcharse y observó al pelirrojo caminar por el pasillo, rumbo a las habitaciones que compartía con el resto de sus compañeros.
Le pareció muy extraño que de verdad Annelise hubiese formado algún tipo de vínculo con ese hombre que, hasta apenas unas semanas, había demostrado ser un bloque de hielo, sin expresión, ni sentimientos y mucho menos emociones, pero se llevó la sorpresa de que podía ser un ser humano verdad con las personas correctas y su esposa era una de ellas.
En cuanto Aleksei se aproximó a la recámara nupcial, encontró a Annelise recargada y esperándolo en la puerta doble hoja con los ojos enrojecidos por el sueño y su cabello desordenado viéndose muy tierna.
—¿Qué haces despierta?
Pensé que ibas a dormirte.
—Eso hice, pero por alguna razón desperté y como no vi a Pavel aquí, me asomé y escuché que ya estabas aquí y hablabas con él—.
Ahogó un bostezo.
Entonces él se acercó un poco más y se detuvo a una distancia prudente, recordando las reglas que ella le impuso para conseguir su perdón.
—¿Me permites entrar a la habitación y dormir contigo, en el sentido más inocente de la palabra?
Porque envié a Pavel a descansar y quisiera cuidar de ti esta noche.
—Solo dormir—.
Afirmó.
—Solo dormir—, repitió él, sonriendo.
—De acuerdo.
Entra.
Él dejó su abrigo en el tocador y se quitó el segundo mientras Annelise buscaba un pijama para él en el ropero.
—Hace mucho frío esta noche y eso que no está nevando—le dijo Aleksei al desvestirse bajo la mirada de ella desde el otro extremo de la cama.
—Menos mal ustedes tienen calefacción adentro porque afuera es un congelador.
Hubo un silencio de unos diez segundos en los cuales solamente se escuchaba como Aleksei se ponía la ropa y algunos pasos lejanos de algún sirviente o guardia.
—Mi padre será dado de alta en dos días aproximadamente.
Ella asintió, pálida como la nieve de afuera y él se acercó a cerrar con pestillo las puertas.
—Él no va a hacerte daño, Anne—, determinó con dureza—.
No vamos a dejar que te toque ni un cabello, ni siquiera tu propio padre.
—¿Por qué hablas en plural?
—Porque de eso estaba hablando con Artem hace unos minutos.
Él está decidido a protegerte de quien sea al igual que yo.
—¿Tu padre ha enviado a Pavel a operativos en los que se tuvo que enfrentar a mi padre?
—tragó saliva.
—Por supuesto.
Pavel sobrevivió a muchos intentos de captura por parte de tu padre, muñeca y bueno, cada que volvía, su semblante se endurecía más y más, pero luego de conocerte, probablemente le devolviste parte de sus ganas de vivir o disfrutar la vida—se encogió de hombros, pensativo—.
Y quiero que sepas que ese pelirrojo nunca se había atrevido a hablar más de una frase conmigo y mucho menos para ponerse a la orden sin que se lo pida.
—¿Te has cerciorado de que nadie más sospeche quien soy yo?
—Cuando te escuché hablar con ese hombre en aquel edificio, recuerdo que no había nadie más conmigo, a excepción de Artem, pero él estaba en la plata alta.
Annelise se sentó en la cama.
—¿Y si mi padre decide venir por mí cuando sepa que fueron aniquilados los hombres que dejó para vigilarme en esos edificios?
—Ha pasado semanas de eso—dijo Aleksei—, y no creo que todavía no lo sepa.
—Eso quiere decir que es posible que ya esté armando un plan, pero no porque me quiera a salvo—repuso ella—, sino porque no desea que me asesinen antes de quedar embarazar y arruinar su plan.
—Sé que ese hombre es un maldito, pero no pensé que también contigo.
—Bueno, tampoco es que Mikhail te demuestre mucho amor.
—Lo sé.
Nuestros padres nos trajeron al mundo como piezas de ajedrez, pero si se dan cuenta que no somos útiles, querrán desecharnos—, añadió, con los dientes apretados.
—Entonces debemos demostrarles que no somos simples piezas en su tablero, Alek—espetó ella, con arrogancia—.
Creo que puedo averiguar cual es el talón de Aquiles de mi padre y te sugiero que descubras cual es el de tu padre para poder meternos a jugar también y derrotarlos bajo nuestras propias reglas y trucos bajo la manga, ¿no crees?
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