Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 29
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29: Capítulo 28 29: Capítulo 28 Pavel no durmió: cayó en cuanto su cabeza rozó la almohada.
El sueño lo arrastró como lo hacía el pasado, sin pedir permiso, sin avisar.
No había rostros al principio.
Solo metal, sangre seca y el olor inconfundible del miedo viejo, ese que se queda pegado a la piel incluso cuando uno sobrevive.
Estaba de nuevo en el suelo.
No importaba cuántos años hubieran pasado, su cuerpo recordaba antes que su mente.
La piedra fría bajo la mejilla.
Las manos atadas.
El pulso acelerado no por el dolor, sino por la espera.
Porque con hombres como Erich Falkenheim, el terror verdadero nunca era el golpe… era el intervalo.
Escuchó pasos.
Lentos.
Medidos.
Disfrutados.
—Míralo bien —decía una voz que no necesitaba gritar—.
Aprende cómo se rompe a un hombre sin matarlo.
Pavel intentó moverse.
No pudo.
Intentó gritar.
No salió nada.
Entonces lo vio.
No completo.
Nunca completo.
En sus sueños, Falkenheim siempre era fragmentos: las manos limpias mientras todo alrededor se desmoronaba, la sonrisa leve, casi aburrida, la forma en que observaba el sufrimiento como quien evalúa un mecanismo defectuoso.
Y lo peor no fue el dolor.
Lo peor fue entender que no era personal.
Para Falkenheim, Pavel no era un enemigo, ni siquiera una víctima.
Era material.
El sueño cambió.
Ahora había gritos distintos.
Más jóvenes.
Desordenados.
Voces que no deberían haber estado ahí.
Pavel sintió el terror subirle por la garganta cuando comprendió lo que su mente estaba haciendo.
—No—susurró, aunque sabía que no serviría—.
No la pongas aquí.
Pero el sueño no obedecía.
No vio a Annelise… y aun así la reconoció.
Porque el miedo tenía la misma forma.
Porque la indefensión era idéntica.
Porque el silencio posterior era el mismo silencio que había cargado él durante años.
Entonces la voz volvió, más cercana.
—Algunos sobreviven —decía Falkenheim—.
Eso no los hace fuertes.
Solo los hace útiles más tiempo.
Algo dentro de Pavel se quebró.
No como antes.
Esto fue distinto.
Porque esta vez no era él en el suelo.
Era ella.
Y Pavel despertó de golpe, empapado en sudor, con la mano crispada como si aún intentara soltarse de unas ataduras invisibles.
Tardó varios segundos en recordar dónde estaba.
Quién era.
Cuando era.
Respiró hondo.
Una vez.
Dos.
Annelise estaba a salvo.
Ahora lo estaba.
Y por primera vez desde que había sobrevivido a Erich Falkenheim, Pavel no sintió solo miedo… sintió algo más peligroso.
Determinación.
Porque si ese monstruo había dejado una herida viva en el mundo… entonces esa herida no volvería a sangrar mientras él siguiera respirando.
Ni a ella.
Jamás.
Y a raíz de esa pesadilla, no volvió a dormirse.
Se quedó sentado en el borde de la cama, con los antebrazos apoyados en las rodillas y la mirada fija en un punto inexistente del suelo.
La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la luz mortecina que entraba desde el pasillo.
El silencio no era paz; era vigilia.
Durante años había creído entender lo que era la lealtad.
Primero fue supervivencia.
Luego gratitud.
Después costumbre.
Mikhail Reznikov le había dado un arma, un propósito, un lugar donde el hambre y el frío no lo alcanzarían.
En ese entonces, eso había sido suficiente.
Pavel nunca se engañó pensando que era familia; era estructura, y para alguien que venía de la nada, eso bastaba.
Hasta esa noche.
Hasta que un apellido despertó fantasmas que jamás se habían ido.
Hasta que una mujer, sentada frente a él, con la voz temblorosa y los ojos llenos de una verdad demasiado grande, le confesó algo que no debía existir.
Soy su hija.
No lo había dicho con orgullo.
Ni con arrogancia.
Lo había dicho como quien entrega un arma cargada y espera que el otro decida si dispara.
Pavel cerró los ojos.
Erich Falkenheim.
El nombre volvió a caerle encima con todo su peso, pero esta vez no venía solo con recuerdos de sangre y metal.
Venía con ella.
Con su voz.
Con su miedo contenido.
Con esa forma suya de mantenerse erguida incluso cuando todo la empujaba a romperse.
Y entonces lo entendió.
No fue una revelación heroica.
No hubo épica ni juramentos grandilocuentes.
Fue algo más simple… y más definitivo.
Mikhail Reznikov podía ordenar.
Podía castigar.
Podía matarlo.
Pero ella… Ella no le había pedido nada.
Y, aun así, había confiado.
Pavel apretó los puños.
—No otra vez —murmuró para sí mismo—.
No voy a mirar a otro lado.
Porque eso era lo que había hecho todos esos años atrás: sobrevivir mirando al suelo, aceptando que algunos monstruos no se enfrentaban, solo se esquivaban.
Pero Annelise no era alguien que pudiera esquivarse.
Era una línea.
Y Falkenheim ya la había cruzado al traerla al mundo como pieza de sacrificio.
Pavel se puso de pie y caminó hasta la ventana.
Afuera, la madrugada era azul oscuro, inmóvil.
El mundo parecía ignorar que algo había cambiado.
—Desde hoy —pensó—, mi lealtad no es a un apellido.
Ni Reznikov.
Ni Falkenheim.
Ni ningún trono construido con cadáveres.
Su lealtad era horizontal, no vertical.
Era hacia la persona que estaba atrapada entre dos imperios podridos, pagando culpas que no le pertenecían.
Si Mikhail decidía usarla, Pavel se interpondría.
Si Falkenheim intentaba reclamarla, Pavel lo mataría sin dudarlo.
Y si Aleksei fallaba —porque incluso él podía fallar—, Pavel estaría ahí para sostener lo que quedara.
No por órdenes.
No por deuda.
Sino porque algunas personas merecían protección no por lo que representaban, sino por lo que resistían.
Y Annelise resistía.
—No te va a pasar nada —susurró al vacío, como si ella pudiera escucharlo—.
No mientras yo siga respirando.
Por primera vez en su vida, Pavel no se sentía al servicio de nadie.
Se sentía en guardia.
Y esa decisión, silenciosa e irreversible, lo colocó exactamente donde siempre había tenido que estar: entre el monstruo y la chica que el mundo había intentado romper.
El amanecer se asomó luego de algunas horas de tanto pensar.
Le pareció irritante ver a sus compañeros durmiendo plácidamente mientras él lidiaba con una tormenta en su interior, que ellos jamás comprenderían, quizá porque habían decidido dejar de sentir o realmente les valía una mierda las víctimas de Reznikov y de todos los capos del mundo para poder labrarse un nombre y ser temido entre las personas.
—Artem, ¿qué carajos haces aquí?
¿no se supone que a ti te toca dormir por las mañanas y en la noche cuidar a la esposa del joven Reznikov?
El pelirrojo alzó la vista hacia uno de sus compañeros que acababa de levantarse.
—El joven Aleksei me dejó venir a descansar, pero roncan como un oso salvaje y fue imposible—respondió y parte de ello era verdad, aun se escuchaban algunos ronquidos de quienes seguían durmiendo.
—¿Y no me dirás ni siquiera a mí lo que te traes entre manos?
—bostezó.
Su tono era malicioso y Pavel frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—Ya sabes de qué hablo—susurró, sonriendo con malicia.
Pero Pavel se mantuvo serio y con el ceño fruncido ante aquella acusación extraña.
—Oh, vamos, Artem, ¿acaso crees que estamos ciegos?
Todos nos hemos dado cuenta, pero parece que te empeñas en mostrarte inocente y no te queda, amigo.
Él siempre había sido visto como alguien duro de roer, pero por alguna descabellada razón, pensaban que su fachada solo era eso, y que en el fondo era una persona amable.
Pavel no era una mala persona, pero tampoco buena y mucho menos se prestaba a malentendidos que después pudieran afectarle y ahora más que nunca necesitaba estar en un perfil bajo y lejos del radar de Mikhail.
—Sabes perfectamente que a mí no me gusta que me vinculen con sucesos que no me corresponden—advirtió en un gruñido.
Pero el sujeto cometió su peor error del día al acercarse a él y abrazarlo como si fueran mejores amigos.
Llevaban de conocerse cinco años, pero de trabajar hombro a hombro en el mismo escuadrón solamente un año y de ninguna manera Pavel lo sentía cercano, de hecho, a nadie.
—Y sigues fingiendo, la verdad me sorprendes, eh, Artem… —bromeó, moviéndolo divertidamente de los hombros—.
Ir detrás de la esposa del joven Aleksei es de barbaros y no te culpo, la chiquilla está preciosa y de alguna manera te corresponde, eso es un plus… El pelirrojo respiró hondo antes de propiciarle un golpe directo en la tráquea a su compañero, no lo suficientemente fuerte para matarlo, pero sí para apartarlo de su cuerpo con rapidez, haciéndolo toser y contorsionarse de dolor en silencio porque no tenían permitido hacer ruido mientras los demás descansaban.
—Jamás en tu vida vuelvas a tocarme, imbécil y mucho menos a insinuar estupideces—.
Carraspeó, asqueado—.
A la señora Reznikov la respetas o me veré obligado a comentarle al joven Aleksei lo que acabas de decir de su esposa.
—Yo creí que… —tosió, histérico—, que tenían algo… lo siento… yo… —Ahora sabes que no y por dos razones—siseó entre dientes, dando un paso a él, pero el sujeto retrocedió con miedo mientras Pavel enumeraba con sus dedos—, la primera: es la esposa de mi jefe y segunda—le enseñó los dientes con odio—, ella es una niña que no merece estar metida en esta maldita mansión.
—No es una niña—logró contradecirle.
—Tiene veinte años, apenas acaba de pasar la adolescencia.
Su compañero hizo el ademán de hablar, pero la mirada iracunda de Pavel le hizo cerrar la boca.
—Cuando yo decida enamorarme, será de una mujer de mi edad, no de una niña pequeña que, en vez de estar casada y con obligaciones innecesarias, debería continuar estudiando y vivir alejada de esta mierda.
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