Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 31
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31: Capítulo 30 31: Capítulo 30 Y antes de que Annelise pudiera reaccionar por el shock de la situación, Aleksei y Pavel ya habían desenfundado sus armas y se hallaban apuntando entre sí con ella en medio.
—¡Bajen esas armas, por Dios!
—exclamó, alarmada.
Pavel se acercó lentamente sin despegar la mirada de encima a Aleksei y tiró con suavidad del brazo de ella para apartarla del medio.
—Creí que habías dicho que querías proteger a mi esposa de quien sea—dijo Aleksei, deslizando el dedo peligrosamente cerca del gatillo de la pistola que le había quitado a Annelise y Pavel sostenía su rifle con firmeza, manteniendo el dedo lejos del gatillo por seguridad, aunque listo para defenderse en cualquier segundo.
—Y lo sostengo.
Esa es la razón por la que estoy en esta situación, joven Reznikov—masculló el pelirrojo—.
Voy a protegerla de todo aquel que quiera causarle el más mínimo daño y no me importa que sea usted o el señor Reznikov—le advirtió—.
No dudaré en dispararle si intenta enviarla a esa tormenta.
—Pavel, basta—interpuso Annelise, moviéndose justo en medio de ambas armas para que los dos le pusieran atención—.
Alek, por favor.
—Él comenzó—espetó Aleksei, furioso—.
Me faltó el respeto y no voy a tolerar que quieran pasar por encima de mí cuando mi padre no está.
—Nunca quise faltarle el respeto, joven Reznikov—.
Pavel fue el primero en bajar el rifle, pero sin dejar de mirarlo por encima del hombro de Annelise—.
Lo único que quiero es que su esposa no enferme o colapse por el frío glaciar de la ciudad.
Ella no está acostumbrada a estas bajas temperaturas.
—No va a pasarme nada—protestó la chica y se cruzó de brazos—.
Yo quiero ir, Pavel y no vas a impedirlo.
Alek no me está obligando a nada, así que no te pongas como un loco.
—Mi condición es que me dejen acompañarlos para cuidar de ambos, especialmente de ti—puntualizó el pelirrojo.
Annelise volteó a ver a Aleksei.
—Nos acompañará—.
Fue más una orden que una petición.
El desprecio en la mirada de Aleksei hacia Pavel incrementó y dejó escapar un bufido de fastidio, y solo así, dejó de apuntarle con el arma al pelirrojo, guardándola nuevamente en el interior de su ropa.
—Prepara la otra moto de nieve y una maleta más con provisiones—le ordenó a Pavel a regañadientes.
Ella le sonrió al pelirrojo en cuanto este asintió y bajó corriendo la escalera para preparar lo necesario.
—Más le vale a Artem que en serio te vea como su hermana menor y no comience a sentirse atraído hacia ti, Anne, porque tú eres mía—bramó Aleksei, claramente celoso.
—No soy de nadie—.
Le recordó, aguantando la risa ante su expresión seria—.
Ni siquiera mi padre puede disponer de mí.
—Pues lo hizo al enviarte a esta misión suicida.
Aquel comentario había sido un golpe bajo para ella, pero al ver la mirada preocupada de Aleksei, se dio cuenta que él lo había dicho sin la intención de ofenderla.
—A pesar de que mi padre nunca ha sido amoroso conmigo, nunca imaginé que pudiera ser una rata inmunda al momento de ejecutar su trabajo—dijo Annelise, sacando a Aleksei de sus pensamientos—.
Por lo que me contaste de Pavel, debió haber sido torturado por él.
Aleksei asintió.
—Incluso Pavel me dejó claro que mi padre es más despiadado que el tuyo al momento de torturar… —Te equivocas.
Son iguales, pero Pavel no ha visto lo que mi padre es capaz de hacer cuando lo traicionan o logra capturar a sus enemigos—le contradijo—.
¿Por qué crees que, a pesar de que yo sea su hijo, jamás lo he enfrentado cómo debería?
Ganas no me faltan.
—No quiero que jamás lo hagas, ni siquiera por mí.
—¿Estás loca?
Por ti lo haré si es necesario—afirmó con fiereza—.
No mereces permanecer en este lugar ni con tu padre, Annelise.
Has sido una sobreviviente como yo, y merecemos alejarnos de esta mierda en cuanto podamos.
—Si sigues diciendo eso, voy a perdonarte más fácil, pero debo asegurarme de que no solo sean palabras vacías—sentenció, con la barbilla en alto.
Aleksei parpadeó.
Y en eso, su estómago emitió un gorjeo de hambre que no pudo disimular y ella rio.
—No hemos desayunado y no quiero ir con el estómago vacío, vamos por algo a la cocina—le propuso y antes de que él respondiera, lo agarró de la mano y se encaminaron a la escalera.
Algunas sirvientas que estaban preparando el desayuno y eligiendo las provisiones de la segunda maleta, dejaron de moverse cuando los vieron entrar y enseguida cuadraron los hombros, listas para obedecer cualquier orden, pero Aleksei y Annelise pasaron de largo, rumbo a la nevera.
Él sacó un bote de leche y ella señaló una caja de cereal para que se la bajase.
—¿Y los platos hondos y cucharas?
—les preguntó Aleksei a las dos sirvientas que parecían no estar respirando.
—Aquí tiene, joven Reznikov—.
Respondió una de ellas, dándole lo que él había pedido.
—Gracias—, les sonrió a ambas y tomó los platos y cucharas, instando a Annelise a seguirlo al comedor.
El par de féminas se miraron entre sí ante la actitud del joven heredero porque era la primera vez que les agradecía por algo y les sonreía amablemente.
En el comedor, Annelise sirvió el cereal y la leche mientras Aleksei revisaba la correspondencia que estaba sobre un mueble cercano.
Casi nunca enviaban cartas a su mansión y frunció el ceño al leer los remitentes.
Eran estados de cuentas bancarias e invitaciones a eventos a diferentes partes del país, a los que solamente personas como ellos eran invitados de honor, ya que eran los únicos que podían colaborar con increíbles sumas de dinero y recolectar fondos para instituciones fantasmas que se usaban para lavado de dinero.
En pocas palabras, era para invertir y fingir hacer obras de caridad.
—Alek, ya están los cereales.
—Voy, solo dame un momento… “Estimado y respetable señor Reznikov, queda cordialmente invitado como todos los años, al festival de carrera de caballos para la recaudación anual a la fundación de niños con cáncer en San Petersburgo…” Por alguna razón, toda esa farsa ahora le provocaba asco y desprecio hacia su padre.
Engañaban a las personas para duplicar el dinero invertido en una mentira y la fecha del supuesto festival era dentro de una semana.
—¿Qué ocurre?
—ella se acercó a él y leyó aquellas líneas con el ceño fruncido—.
¿De verdad donan a la caridad todos los años?
—No.
Aleksei tenía la mandíbula apretada y la carta a escasos segundos de convertirse en una pelota de papel, pero no podía deshacerse de ella porque su padre iba a castigarlo si no conseguía ver la invitación.
Con las manos temblorosas, dejó nuevamente la correspondencia en el mueble y la miró.
—Vamos, no tiene importancia.
Annelise obedeció, pero sin dejar de observar su actitud evasiva.
El cereal estaba delicioso y aunque el estómago de Aleksei fue el que exigió comer algo, apenas y lo probó.
Se quedó pensativo durante diez minutos, dejando que el cereal se volviera una pasta húmeda en el cuenco.
—¿Qué ocurre?
—repitió y esta vez lo agarró de la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—En una semana es ese evento en San Petersburgo y nunca hemos faltado—explicó, llevándose una cucharada a la boca de aquella masa húmeda que minutos atrás había sido cereal crocante con leche—.
Y cuando mi padre vuelva, nos obligará a ir.
—¿Y cuál es el problema?
Es un evento de caridad—dijo con inocencia.
Aleksei sonrió con suavidad cuando tragó el bocado y ella parpadeó, perpleja.
—Es una farsa, muñeca—le informó, revolviendo la cucharada en el cuenco—.
Ese dinero que mi padre dona es más bien una inversión.
No hay ninguna fundación de niños con cáncer para ayudarlos, todo es obra de inversionistas que trabajan para mi padre y el gobierno ruso.
—¿Y cómo logran engañar a las personas que asisten a los eventos, que no son miembros de la mafia rusa?
—Tengo entendido que cada persona que está involucrada en el evento, tiene todo muy bien planeado para que parezca legítimo, e incluso el alcalde se presta para ello y así la gente de la ciudad que asiste no duda ni por un momento de la autenticidad.
—¿Y nunca te ha gustado ir?
—ladeó la cabeza, sin soltarle la barbilla.
—De hecho, jamás me había importado asistir y aburrirme como ostra, pero por alguna razón, ahora encuentro este festival repugnante e injusto.
—¿Por qué?
—frunció el ceño.
—Porque hay niños con cáncer que merecen ese dinero y no mi padre y sus socios, que gozan de millones de rublos que gastan en armería ilegal para sus negocios turbios o en propiedades extravagantes como esta mansión—señaló el techo con el dedo pulgar y suspiró—.
Solamente habitamos este lugar nosotros dos, y contigo ya somos tres.
—¿Qué hay de los hombres armados?
—Ellos duermen en el subsuelo, así que no podemos contarlos como tal.
—¿Y la servidumbre?
—También tienen su propio espacio, pero me refiero a que, como dueños de esta mansión, somos prácticamente nada y con una casa normal bastaría.
Annelise lo observó unos segundos antes de retirar la mano de su barbilla, pero él la atrapó y le besó la parte inferior de la muñeca con deleite.
—Estás actuando fuera de ti… —murmuró ella, hipnotizada por aquel gesto íntimo.
—Tal vez conocer tu verdadera identidad me hizo recapacitar en algunas cosas y despreciar a mi yo de hace unas semanas—inhaló el aroma de su piel con placer, sintiendo como el pulso de ella se aceleraba a través de sus labios sobre su piel.
—La segunda moto de nieve y la maleta extra ya están listas, joven Reznikov—la voz de Pavel los hizo separarse rápidamente.
Aleksei asintió, frunciendo el ceño y apretando levemente la mandíbula.
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