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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 32

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32: Capítulo 31 32: Capítulo 31 Annelise sintió la tensión en el aire cuando Pavel y Aleksei se miraron el uno al otro justo en la entrada principal, donde a unos pasos afuera de la mansión, yacían las dos motos de nieve con las maletas, esperándolos.

La claridad del día estaba opacada por las nubes, anunciando otra futura nevada que caería muy pronto sobre ellos, congelando más la ciudad.

—¿Está seguro de que quiere salir con este mal tiempo, joven Reznikov?

—le preguntó uno de los hombres armados que estaba vigilando la entrada.

—He salido a esquiar en peores condiciones—ladró Aleksei, verificando su abrigo y después el de Annelise—.

Vamos.

La agarró de la mano y salieron a la intemperie donde ella sintió que sus huesos se iban a quebrar por tanto frío y sus mejillas fueron víctimas de pequeñas agujas causadas por el aire helado, enrojeciéndolas.

Aleksei se montó en la primera moto y Annelise se acomodó detrás de él, ya que el segundo vehículo de nieve en el que Pavel iba a ir, llevaba las dos pesadas maletas como segundo acompañante.

—¿Podrás seguirme el ritmo?

—le preguntó a Pavel en tono burlón.

—Le aseguro que sí, joven Reznikov—respondió el pelirrojo, encendiendo primero el motor.

Annelise no estaba segura de cuál era el plan de Aleksei, pero estaba ansiosa por descubrirlo.

Había deseado tanto salir de esa mansión y cualquier salida a cualquier parte le resultaba emocionante, ni siquiera le importaba que la ciudad fuera un congelador gigante.

Y antes de arrancar, los tres se pusieron unos visores especiales para poder ver a través de la nieve y se ajustaron bien los gorros y guantes.

Aleksei deslizó ambas manos en busca de las de ella y se las colocó alrededor de su cintura.

—Agárrate bien, muñeca, no quiero perderte en el camino—.

Bromeó.

—No te vas a deshacer de mí tan fácilmente—replicó ella, riéndose.

El joven heredero encendió el motor y arrancó, puesto que minutos atrás, sus hombres lo habían calentado para que no hubiera ningún problema al momento de echarlas a andar, ya que en esa ciudad tenían que preparar el motor con anticipación o de lo contrario, estaría completamente congelado.

Tardaron unos cinco minutos en salir del jardín delantero de la mansión, atravesaron la enorme verja y se perdieron en la blancura de la nieve, sintiendo el aire como diminutas navajas rasgando sus mejillas.

Annelise se aferró al cuerpo de Aleksei porque el movimiento era peligroso y al mismo tiempo excitante.

Ella vislumbró las casas más cercanas a la mansión pasando de manera borrosa, dejando a su paso una lluvia de nieve gracias a la moto.

Una que otra persona con mucho valor y resistencia, andaban caminando por ahí, siendo testigos de la locura de Aleksei Reznikov.

Detrás de ellos, Pavel les seguía el paso muy de cerca con una agilidad impresionante.

De pronto, Aleksei giró bruscamente en una vereda con más nieve y se internaron en lo que parecía ser el final de la ciudad para dirigirse al bosque, en donde los árboles estaban cubiertos de un manto blanco muy grueso, que se alcanzaba a notar a lo lejos.

Aceleró lo suficiente para llegar al principio del bosque y se internaron un poco más hasta llegar a una zona rocosa, en donde había una cueva grande, que, por lo que Annelise observó, había algunas pertenencias de Aleksei ahí.

Detuvieron las motos en la entrada de la cueva y mantuvieron el motor encendido.

—Prepara la fogata, yo le mostraré a mi esposa los alrededores—le ordenó Aleksei a Pavel.

—Por supuesto, joven Reznikov—asintió el pelirrojo, apagando el motor y desmontando.

Aleksei hizo girar la moto y aceleró, haciendo que Annelise se agarrara con más fuerza a su firme espalda.

A medida que se acercaban, la nieve en el suelo iba siendo más difícil de atravesar, hasta que él fue disminuyendo la velocidad hasta detenerse por completo sin apagar el motor.

—¿Qué opinas?

¿Acaso no es alucinante?

—giró sobre el asiento hasta quedar cara a cara con ella, colocando las piernas de Annelise encima de las suyas y atraerla más a él.

—No pensé que podría haber más frío, pero me equivoqué—dijo ella, frotando sus manos entre sí para conseguir algo de calor.

Él asintió y tomó sus manos entre las suyas para darle calidez con su aliento, y ella se estremeció, especialmente porque Aleksei la miró con detenimiento a los ojos, con un brillo anhelante que Annelise supo perfectamente a qué se debía, pero esperó a que se lo pidiera.

—¿Puedo pedirte algo, Anne?

—Depende de lo que pidas, Alek.

—Muero de ganas de besarte… Annelise irguió la espalda sin despegarle la mirada de encima.

—¿En serio?

—alzó la barbilla.

Él asintió—.

En una escala del uno al diez, ¿cuántas ganas tienes de hacerlo?

—Cien.

Pero su voz sonó más baja, trémula y ronca.

Sus manos soltaron las de Annelise y se quedaron estáticas en el aire, deseando poder tomarla del cuello y besarla.

Logró contenerse porque le había prometido respetar sus decisiones y no hacer lo que él deseaba sin su consentimiento.

—Baja las manos—le ordenó.

Aleksei obedeció, con la respiración acelerándose—.

No te muevas y deja que me haga cargo de esto.

Annelise se inclinó hacia adelante y descubrió parte del rostro de Aleksei que estaba metido en su abrigo y ella se aventuró a acariciarle la mejilla, el contorno de su mandíbula perfectamente marcada y después su barbilla.

Toda esa intimidad por parte de ella, lo volvió loco, pero se contuvo de lanzarse a besarla ahí mismo.

—¿Qué sientes si toco aquí?

—le preguntó con maliciosa, colocando su mano en su abdomen bajo, una zona peligrosamente prohibida.

Él cerró los ojos un momento y cuando los abrió, sus pupilas se habían dilatado demasiado.

—¿Quieres que sea sincero o educado?

—gruñó.

—Sincero—respondió ella sin retirar la mano.

Aleksei dejó escapar una risa breve, áspera, que se perdió en el vapor de su aliento contra el aire helado.

—Siento que estás jugando con fuego —dijo al fin, con la voz baja, cargada—.

Y que soy yo el que va a terminar quemándose… otra vez.

Annelise inclinó un poco la cabeza, estudiándolo, disfrutando demasiado de cómo él luchaba contra cada impulso.

—No te estoy tocando para provocarte —mintió suavemente—.

Te estoy tocando para saber si puedes controlarte.

Eso lo desarmó.

Aleksei apretó la mandíbula, los músculos tensándose bajo la ropa térmica.

Sus manos seguían abajo, obedientes, pero el cuerpo entero lo traicionaba.

—No soy un santo, Anne —advirtió—.

Y si sigues… —Si sigo —lo interrumpió ella—, ¿qué?

Deslizó los dedos apenas.

Un roce.

Nada más.

Pero fue suficiente.

Aleksei inhaló con fuerza, como si el frío ya no existiera.

—Voy a querer más —respondió con honestidad brutal—.

Voy a querer olvidarme de todo lo que prometí… y eso es lo que más me asusta.

Annelise sonrió, no con burla, sino con una calma peligrosa.

Retiró la mano lentamente y apoyó la frente contra la suya.

—Entonces mírame —susurró—.

No mires lo que deseas.

Mírame a mí.

Él obedeció.

Y en ese gesto simple, algo cambió.

—No te quiero solo por esto —dijo Aleksei, con la voz rota, contenida—.

Lo que me pasa contigo no se queda en el cuerpo… y eso es nuevo para mí.

Ella tragó saliva.

El viento les golpeaba el rostro, pero ninguno se movió.

—Por eso te dejo acercarte —admitió—.

Porque estás aprendiendo a detenerte.

Aleksei levantó una mano despacio, sin tocarla, pidiendo permiso sin palabras.

Annelise asintió.

Él apoyó los nudillos contra su mejilla, apenas rozándola, como si el contacto total fuera demasiado.

—Cuando me beses —murmuró—, no quiero que sea aquí, ni así.

—Ah, ¿no?

—preguntó ella, divertida.

—No.

Quiero que sea cuando no tengamos que huir del frío… ni de nosotros.

Ella sonrió, auténtica esta vez.

—Entonces guarda esas ganas —dijo, acomodándose en el asiento para que él se girara y le diera la espalda—.

Las vamos a necesitar.

Aleksei soltó una carcajada baja, incrédula, y volvió a girarse para encarar el camino.

—Eres peligrosa, Anne.

—Tú me elegiste —replicó ella, rodeándole la cintura con los brazos—.

Ahora conduce.

El motor rugió de nuevo.

Y mientras regresaban hacia la cueva, con la nieve cerrándose sobre ellos como un secreto compartido, Aleksei supo una cosa con absoluta certeza: El verdadero peligro no era desearla.

Era aprender a esperar… y querer hacerlo.

El trayecto de regreso fue distinto.

No porque el paisaje hubiera cambiado, la nieve seguía cayendo con la misma obstinación, los árboles permanecían inmóviles, solemnes, sino porque el aire entre ellos estaba cargado de algo que no se había dicho.

Annelise no volvió a provocarlo.

Aleksei no se lo pidió.

Ambos se limitaron a existir demasiado cerca.

Cuando llegaron a la entrada de la cueva, Pavel ya había terminado de acomodar la fogata.

Las llamas danzaban con prudencia, contenidas, proyectando sombras largas contra la roca húmeda.

Al escuchar el motor, levantó la vista de inmediato.

No preguntó nada.

Solo observó.

Vio cómo Aleksei ayudaba a Annelise a bajar de la moto con cuidado excesivo.

Cómo no la tocó más de lo necesario.

Cómo ella no se apartó… pero tampoco se apoyó en él.

Ese equilibrio extraño no pasó desapercibido.

—Llegaron justo a tiempo —dijo Pavel con neutralidad—.

La temperatura va a bajar más esta noche, aunque ya empieza hacerlo y eso que aún es de mañana.

—Lo sé —respondió Aleksei, quitándose el visor—.

No tardaremos.

Pavel asintió.

Sus ojos, sin embargo, se desviaron apenas hacia Annelise.

No con desconfianza.

Con algo más complejo.

Lealtad silenciosa.

Ella sostuvo su mirada un segundo.

Y fue suficiente.

Dentro de la cueva, el fuego crepitaba con un sonido bajo, casi íntimo.

El contraste con el exterior era brutal: afuera, el mundo era hielo; adentro, el calor se abría paso con timidez.

Aleksei dejó su abrigo en una roca cercana y se sentó frente al fuego.

Annelise hizo lo mismo, pero a una distancia medida.

Pavel permaneció de pie, apoyado contra la pared, como una sombra vigilante que fingía no estar presente.

El silencio no era incómodo.

Era expectante.

Annelise extendió las manos hacia las llamas.

El calor le devolvió sensibilidad a los dedos… y también la conciencia de su propio cuerpo.

—Siempre vienes aquí —dijo, rompiendo la quietud—.

Cuando necesitas pensar.

Aleksei la miró de reojo.

—Aquí nadie me exige nada —respondió—.

Ni siquiera yo.

A veces me he quedado a dormir en la cueva más de una noche y cuando vuelvo a la mansión, comprendo que mi padre ignora siempre el hecho de que no estoy ahí.

Pavel bajó la vista, como si esa frase no le correspondiera escucharla.

Las llamas iluminaron el perfil de Aleksei: la mandíbula tensa, los ojos cansados, la boca que parecía contener palabras que no se atrevían a salir.

Annelise cruzó las piernas despacio.

El movimiento fue mínimo, pero no pasó desapercibido.

Aleksei se removió apenas.

—No te acerques más al fuego —le dijo, casi en un murmullo—.

Te vas a quemar.

—No me quemo tan fácil —respondió ella.

Pero no se movió.

Otra regla respetada.

Pavel carraspeó suavemente.

—Voy a revisar el perímetro —anunció—.

No tardaré.

No era necesario.

Lo sabía.

Pero les dio espacio.

Cuando salió, el silencio volvió a cerrarse como un pacto.

—No voy a tocarte —dijo Aleksei de pronto—.

Lo repito para no olvidarlo.

Annelise sonrió apenas.

—No quiero que lo olvides —respondió—.

Quiero que lo elijas.

El fuego chisporroteó, lanzando una pequeña lluvia de chispas.

La luz tembló.

Los límites también.

Aleksei apoyó los antebrazos sobre las rodillas, inclinándose hacia adelante, como si acercarse al calor fuera una excusa.

—Esto es peor que antes —admitió—.

Porque ahora sé exactamente lo que estoy conteniendo.

—Y aun así lo haces —dijo ella—.

Eso dice mucho de ti.

Él la miró entonces.

De verdad.

Sin máscaras.

—No quiero ser como él —confesó en voz baja—.

Me niego rotundamente.

Annelise no preguntó a quién se refería.

—Entonces no lo seas —respondió—.

Empieza aquí.

No hubo beso.

No hubo caricia.

Solo el fuego, el silencio… y dos voluntades tensándose, conscientes de que lo más peligroso no era cruzar el límite, sino saber que podían hacerlo y decidir no hacerlo aún.

Afuera, la nieve comenzó a caer con más fuerza.

Y Pavel, vigilando desde la entrada, supo que algo había cambiado para siempre entre ellos dos y no estaba seguro si era para bien o para mal, pero mientras Annelise estuviera a salvo, no le importaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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