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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 33

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33: Capítulo 32 33: Capítulo 32 Annelise no tenía ni la menor idea de cómo aportar a esa excursión y lo único que hizo fue quedarse sentada junto al fuego a observar al par de hombres hacerse cargo de preparar el almuerzo de manera salvaje, como si vivieran en aquel lugar.

Y al parecer, no estaba tan mal si le agarrabas el ritmo porque era emocionante.

Pavel preparó café mientras Aleksei se encargó de calentar la comida enlatada y pollo que había llevado para comer.

—Asumo que vienen a menudo aquí, ¿verdad?

—observó Annelise, deleitándose con el café y entrando en calor, ya que a varios metros de distancia había comenzado a nevar y las motos las tuvieron que meter a la cueva.

Se sentía en la época de los cavernícolas, especialmente como la película de los Croods, solo que por decisión propia y no por necesidad de supervivencia.

—Solamente el joven Reznikov—, respondió Pavel, dándole un sorbo a su café sin apartarle la mirada a Aleksei—.

Evita siempre que lo acompañemos.

—Es el único lugar en donde puedo estar solo y no bajo el escrutinio de mi padre—.

Repuso Aleksei con desdén, del otro lado de la fogata—.

Y ahora parece que del que tengo que cuidar mi privacidad es de ti, Artem.

—Mi deber es cuidarlos a los dos—le aclaró Pavel con serenidad.

—Eso no te lo discuto, para eso trabajas para mí, pero no olvides tu lugar—inquirió Aleksei, señalándolo con un tenedor—, porque yo soy tu jefe, no tu amigo o compañero de trabajo al que puedas confrontar o amenazar.

Annelise se abrazó a sí misma, temiendo que volvieran a pelear y no pudiera detenerlos.

—Cuando pasas la noche aquí, Alek, ¿cómo sobrevives al frío?

—cambió el tema rápidamente para que se centraran en algo banal y no entre ellos.

—Tengo mi tienda de acampar que es lo suficientemente espaciosa y térmica para soportar el frío—respondió el joven heredero, muy animado por la pregunta—.

Y la he traído por si sigue nevando y no podamos volver antes del anochecer.

Annelise sonrió.

—¿Podemos quedarnos aquí esta noche?

—Dependiendo del clima—interrumpió Pavel con seriedad—.

Si vuelve a haber una tormenta de nieve, podemos quedar atrapados en la cueva y sería muy peligroso.

—Y también regresar bajo la tormenta nos puede dejar sepultados en alguna parte del bosque—siseó Aleksei.

—En ese caso, es mejor quedarnos en la cueva—dijo Annelise para calmar el ambiente nuevamente—, porque se me hace emocionante, es como vivir en la época prehistórica.

—Sin tiendas de campaña ni café ni fuego—bromeó Pavel, pero en vez de reír, solamente esbozó una sonrisa torcida en dirección a Annelise.

—Por eso esas personas morían a la brevedad—musitó ella, estremecida por la idea de morir por congelamiento o por bestias salvajes en la oscuridad.

Sirvieron el almuerzo en pequeños cuencos y se sentaron lo más cerca del fuego para calentarse y disfrutar de aquella delicia enlatada con el café.

Durante veinte minutos degustaron en silencio, solo escuchando el sonido del crepitar de las llamas y el claxon de algún coche lejano.

—¿Entonces quieres quedarte a dormir aquí, muñeca?

Ella volteó a ver a Aleksei cuando habló de repente.

—Honestamente, sí—sonrió.

La mirada del joven heredero se desvió a Pavel y el pelirrojo cuadró los hombros.

—Artem, tu labor será recolectar más leña para que la fogata no se extinga y quede encendida el resto del día y toda la noche—.

Le ordenó sin una pizca de amabilidad—.

Y revisa nuevamente el perímetro, cuando vuelvas, tal vez ya habremos preparado la comida.

El pelirrojo terminó de masticar su almuerzo y asintió sin mirarlo.

—¿Qué clase de animales salvajes hay en este bosque?

—preguntó ella.

Era más que obvio que tenía que intervenir cada vez que el ambiente se ponía tenso entre ese par de hombres.

—Abundan mucho los renos, jabalíes e incluso osos polares, pero no suelen acercarse demasiado a la ciudad—contestó Artem antes que Aleksei—, y más de doscientas especies de aves que son capaces de resistir las bajas temperaturas.

—Impresionante—acotó ella, interesada, mirando a ambos chicos para que ninguno se sintiera desplazado—, tengo entendido que aquí no viven únicamente rusos, ¿no es así?

Habitan personas de etnias diferentes.

—De los 378 549 habitantes que componen Yakutsk, el 59,2 % son yakutos, el 26,4 % son rusos, el 3,4 % son kirguises, el 1,9 % son evenkis y el 9 % restante son de otras etnias, como tayikos, armenios o ucranianos—respondió Aleksei, mirando hacia el techo de la cueva, recordando los datos exactos.

—¿Eso quiere decir que esta ciudad es una mezcla de todo un poco de razas?

—inquirió, impresionada.

Los dos asintieron.

—Yo soy cien por ciento ruso—le informó Pavel a Annelise.

—Yo soy mitad ruso y mitad ucraniano por parte de mi madre—dijo Aleksei—, o al menos eso me contó mi padre.

—Y yo soy cien por ciento alemana—canturreó ella.

—Una raza más agregada a la ciudad—, bromeó Aleksei y Pavel no pudo evitar sonreír.

—Siempre y cuando permanezca por mucho tiempo aquí—le aclaró en tono juguetón—, pero si tú te vas conmigo a Alemania, serás bien acogido allá.

—De preferencia, váyanse a otro país en donde ninguno de sus padres tenga conocimiento ni personas a su disposición que puedan molestarlos o causarles problemas—.

Opinó Pavel.

—¿Y vendrías con nosotros si se da la oportunidad de huir?

—le planteó Annelise al pelirrojo, tomándolo por sorpresa, al igual que Aleksei.

—¿Por qué habría de venir con nosotros?

Artem es uno de los mejores hombres que tiene mi padre—espetó el joven heredero con alto grado de celos imposibles de controlar.

—Alek—le cortó Annelise con frialdad.

Él volteó a verla—, Pavel es mi amigo ahora y no creo que sea conveniente que se quede a la merced de tu padre cuando huyamos nosotros.

—¿Por qué?

—siseó.

—Porque correría peligro, no solo tendría a tu padre detrás de él, sino también al mío y por lo que me contó, parece ser que es peor de lo que imaginé.

El pelirrojo apretó los puños, como si el recuerdo de aquellas atrocidades estuviese por volverse reales de sólo evocarlas.

—¿En serio Erich Falkenheim es peor que mi padre, Artem?

—le espetó Aleksei—.

Porque estoy seguro de que sabes el ritual que suele hacer cuando gana territorio después de asesinar a sus oponentes—aguijoneó, poniendo en aprietos al pelirrojo porque Annelise tenía su atención puesta en él—.

Y tú has sido de sus mejores ayudantes al ejecutarlo.

—El ritual se lo copió a Erich Falkenheim cuando fui raptado por primera vez—respondió Pavel con amargura, mirando el fuego con desprecio—.

Vi con mis propios ojos como tu padre—alzó la vista a ella y Annelise tragó saliva—, lo ordenaba sin ninguna pizca de remordimiento.

—¿De qué se trata el ritual, Pavel?

Dilo ya, por favor, sin rodeos—exigió la fémina con voz temblorosa.

—No sé si tengas conocimiento, pero Erich tiene un lugar cerca de nuestro territorio al que llama “La Granja”, en donde se dedica a raptar niñas de entre diez y doce años que viven por la zona más deplorable, que estén lo suficientemente crecidas para poder abusar de ellas sexualmente para embarazarlas y quitarles a sus bebés recién nacidos—confesó Pavel, con cólera, mientras que Annelise tuvo que sujetarse de la pared rocosa para no perder el equilibrio tras haberse levantado.

—¿Qué hacen con los bebés?

—susurró, deseando no acertar con la respuesta.

Y fue entonces cuando Pavel se puso de pie y pateó una enorme roca que salió despedida hacia la nieve endurecida de afuera.

—Ordenan que las propias madres de esos bebés, abran a esas pobres criaturas en canal para extraerles los órganos aun estando vivos porque segregan una sustancia en sus cuerpos que supuestamente es muy benéfica para sus intereses—añadió con voz gélida, incapaz de contener el desprecio e impotencia—, para después cocinar y comer sus cerebros y corazones, porque según, tiene la extraña y estúpida creencia adoptada por la élite inglesa y estadounidense, que ingerir órganos de un recién nacido que murió lleno de miedo, les dará longevidad, pero realmente es algo completamente demencial e inhumano.

Aleksei se acercó a Annelise con preocupación porque de un segundo a otro, ella tenía el rostro pálido y verdoso.

—Y para rematar, la sangre de los bebés es acumulada en contenedores para beberla y bañarse en ella con el mismo retorcido propósito—concluyó el pelirrojo y escupió con asco cerca de la entrada de la cueva.

—Es imposible… mi padre no puede ser capaz de hacer algo tan macabro, él no… —balbuceó Annelise, sintiendo que todo le daba vueltas y le faltaba el aire.

—Y lamentablemente, Mikhail Reznikov, al enterarse de ese ritual, copió exactamente todo, pero con la diferencia de que él no rapta niñas, sino adolescentes de quince a diecisiete años porque no quiere verse tan desalmado.

—Ya es suficiente, Artem, cállate—ladró Aleksei, sosteniendo con fuerza a Annelise que había perdido equilibrio en sus rodillas y gracias a él no se desplomó y logró mantenerse de pie.

Sin embargo, el shock de aquella información acerca de lo que su padre hacía a sus espaldas, le hizo perder la cabeza y desmayarse por la impresión.

La presión se le bajó y Aleksei la sujetó a tiempo para recostarla sobre sus piernas.

—Muchas gracias por traumarla, Artem—siseó.

—Usted me pidió que le contara sobre el ritual, joven Reznikov—se excusó Pavel.

El joven heredero ignoró al pelirrojo y buscó en la primera maleta otro abrigo para arroparla en lo que volvía en sí.

—Prepara la tienda porque nos quedaremos esta noche—le ordenó.

Pavel asintió sin decir una sola palabra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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