Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 35
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35: Capítulo 34 35: Capítulo 34 Los ojos color caramelo de Annelise parecían amarillos con el reflejo del fuego y parpadeó al escuchar la confesión de Aleksei.
—¿Tan pronto has logrado desarrollar sentimientos por mí?
El noventa por ciento del tiempo que hemos pasado juntos, ha sido en medio de peleas, desprecios, desplantes, amenazas y… abuso—consiguió decir ella.
Él bajó la cabeza, aceptando que todo lo que ella había dicho era cierto—.
¿Y sabes lo que más me impresiona y me enfada por sobre manera?
Aleksei negó con la cabeza, intimidado por sus palabras y mirándola brevemente.
—Que siento exactamente lo mismo por ti, Aleksei Reznikov.
No debería siquiera soportar tu presencia, pero a estas alturas, me resulta imposible mantenerme alejada de ti y no entiendo por qué.
Me hiciste daño físicamente y aun así… —Sé que no me alcanzará la vida jamás para que me perdones y también para que sepas que estoy muy arrepentido por haber sido un imbécil contigo desde que llegaste a mi mansión, especialmente aquella noche cuando… —, murmuró, abatido, incapaz de terminar de hablar.
Lanzó los restos de la carne de las liebres en el recipiente y sacó un pañuelo de la maleta para limpiarse las manos—.
Yo no quiero separarme de ti jamás, Annelise, pero si se da el caso de que tengas que huir sin mí, puedes estar tranquila, muñeca, porque me enfrentaré a mi padre para que no pueda hacerte daño.
—¿Eso es parte de lo que sientes por mí?
—titubeó.
Aleksei se encogió de hombros.
—Si supiera expresarme mejor, hubieras tenido una confesión espectacular, pero solo soy el hijo de Mikhail Reznikov, un simple idiota fracasado que tuvo la mala suerte de nacer bajo la miseria emocional y en una jaula de oro, sin el afecto paternal necesario y sin hermanos o una madre como consuelo.
Ella no era muy sentimental, por la misma razón de Aleksei, pero conocía el amor de hermana, y la amistad de sus amigos que tuvo a lo largo de su época escolar, pero las palabras de ese ruso le conmovieron a tal punto que sintió compasión en su corazón.
Aleksei Reznikov solo fue el reflejo de la vida tan escalofriante que le tocó vivir sin elegirlo.
Ambos eran el reflejo de la maldita avaricia y demencia de sus propios progenitores, o tal vez, las sobras.
—Para ser alguien que le ha faltado interactuar y sentir lo sentimos reales, no lo hiciste nada mal—dijo ella con suavidad—.
A mí me habría encantado que alguien me confesara sus sentimientos de esa manera, no lo habría elegido diferente.
—Pues ya lo he hecho, me confesé contigo, solo falta saber qué es lo que harás con ello porque no voy a retractarme.
Annelise se acercó un poco, poniéndolo alerta porque sus manos aun estaban sucias por la carne de liebre y no movió ni un músculo cuando ella le acarició el rostro con ternura antes de darle un suave beso en la comisura de sus labios, dejándolo desconcertado.
Aleksei se quedó completamente inmóvil.
No por sorpresa, aunque la hubo, sino porque ese gesto tan pequeño había sido devastador.
No fue un beso para provocar, ni para tentar, ni para empujarlo a perder el control.
Fue un beso cuidadoso, casi reverente.
Y eso lo desarmó más que cualquier caricia previa.
El calor del fuego contrastaba con el frío que de pronto le recorrió la espalda.
—Anne… —susurró, sin atreverse aún a mirarla de frente.
Ella no retiró la mano de su mejilla, pero tampoco avanzó.
Permaneció ahí, cerca, dejando que el momento respirara por sí solo.
—No te besé para que hagas algo —dijo con suavidad—.
Te besé porque quería hacerlo.
Aleksei tragó saliva.
Alzó la vista despacio y sus ojos grises se encontraron con los de ella, encendidos por el reflejo de las llamas.
—Eso lo hace más difícil —admitió, con una sonrisa apenas torcida—.
Porque ahora sé que no fue un impulso… fue una elección.
Annelise asintió.
—Como todo lo que quiero que exista entre nosotros de ahora en adelante.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue denso.
Vivo.
Aleksei se levantó con cuidado y dejó la carne de liebre a un lado.
Se quitó el abrigo lentamente y lo colocó sobre los hombros de ella sin tocarla directamente, como si incluso ese gesto necesitara permiso.
—Hace frío —dijo—.
Y no quiero que tiembles por algo que puedo evitar.
Annelise aceptó el abrigo sin protestar.
El olor de él, a humo, cuero y nieve, la envolvió de inmediato.
—¿Eso también entra en tus nuevas reglas?
—preguntó, con una sonrisa tenue—.
¿Cuidarme sin invadirme?
—Especialmente eso.
Se sentaron frente al fuego, más cerca ahora, lo suficiente para que sus rodillas casi se tocaran.
Afuera, la tormenta arreció, y el viento golpeó la entrada de la cueva con un lamento grave.
El reno se acomodó más adentro, resoplando con tranquilidad.
El mundo entero parecía reducido a ese círculo de luz.
—No quiero que esta noche se convierta en algo que luego lamentes —dijo Aleksei en voz baja—.
Ni para ti… ni para mí.
Annelise lo observó unos segundos antes de responder.
—No voy a lamentar compartir calor contigo —dijo—.
Ni silencio.
Ni quedarme aquí… contigo.
Él extendió la mano lentamente, deteniéndose a medio camino.
—¿Puedo…?
Ella no respondió con palabras.
Simplemente apoyó su mano sobre la de él.
El contacto fue firme.
Real.
Consentido.
Aleksei cerró los ojos un segundo, como si ese simple gesto hubiera sido una victoria personal contra todo lo que había aprendido mal.
Se acercaron apenas más, lo suficiente para compartir el calor del cuerpo, sin besos, sin urgencia, sin posesión.
Solo presencia.
La noche cayó por completo afuera.
Y por primera vez, Annelise pensó que tal vez, solo tal vez, no todo lo que había nacido del odio estaba condenado a terminar en destrucción.
Aleksei se movió primero, como si el cuerpo le pidiera hacer algo sencillo para no quedarse flotando en todo lo que acababa de sentir.
—Si vamos a dormir aquí —dijo, rompiendo el silencio—, más vale hacerlo con el estómago lleno.
Annelise sonrió.
—Suena a una promesa civilizada.
Él soltó una breve risa nasal y se arrodilló frente al fuego.
Con movimientos seguros, terminó de asar la carne de liebre, girándola con paciencia, dejando que la grasa chisporroteara suavemente.
Sacó de su maleta un pequeño recipiente con sal gruesa, pan duro envuelto en tela y un trozo de queso que había sobrevivido milagrosamente al viaje.
—No es un banquete—advirtió.
—Después de los días que he tenido en tu mansión, esto cuenta como lujo —respondió ella con honestidad.
Aleksei cortó la carne en trozos iguales, cuidando que ninguno quedara mejor que otro, y le tendió primero el plato improvisado a ella.
Annelise lo aceptó como si fuera algo solemne.
—Gracias.
Comieron en silencio al principio.
No un silencio incómodo, sino uno cómodo, de esos que solo existen cuando nadie necesita fingir nada.
El fuego crepitaba, el viento golpeaba la entrada de la cueva y, de vez en cuando, el reno resoplaba, recordándoles que no estaban completamente solos.
—Hace mucho que no comía así —dijo Annelise tras un rato—.
Sin prisa.
Sin miedo inmediato y sin miradas cotillas en cada esquina.
Aleksei levantó la vista.
—Yo tampoco.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Ni siquiera en tu casa?
Él negó despacio.
—En mi casa siempre había algo pendiente.
Una conversación que no debía escucharse.
Una orden que podía llegar.
Comer era… funcional.
No esto.
Además, siempre están vigilando los hombres de mi padre.
Annelise partió un pedazo de pan y se lo ofreció.
Sus dedos se rozaron apenas al entregárselo, y ninguno de los dos se apartó de inmediato.
—Entonces brindemos por esto —dijo ella, suave—.
Por una comida sin agendas.
—Por una noche que no nos deba nada —añadió él.
Terminaron de comer despacio.
Aleksei limpió los restos con cuidado, como si incluso ese gesto mereciera respeto, y luego avivó un poco el fuego antes de acomodar unas mantas gruesas sobre el suelo de piedra.
—Hace frío por la madrugada —explicó—.
Dormiremos aquí, cerca del fuego para mantenernos cálidos o si quieres, puedes entrar a la tienda.
No dijo juntos.
No dijo separados.
Dejó la decisión suspendida entre ambos.
Annelise se quitó las botas y el abrigo con movimientos tranquilos.
Se acomodó primero, sentándose sobre la manta.
—Ven —dijo simplemente.
Aleksei dudó apenas un segundo, antes de hacerlo.
Se sentó a su lado, dejando un pequeño espacio entre ambos.
El fuego proyectaba sombras largas sobre las paredes de la cueva, envolviéndolos en una intimidad que no pedía más.
—¿Puedo…?
—preguntó él, señalando la manta.
Ella asintió.
Se recostaron con cuidado, primero de lado, luego espalda con espalda.
No se tocaban del todo, pero el calor del otro estaba ahí, innegable.
Después de unos segundos, Annelise se movió un poco más cerca, hasta que sus hombros se rozaron.
Aleksei inhaló hondo.
—Si en algún momento quieres que me aparte… —Te lo diré —respondió ella—.
Y tú también puedes hacerlo.
El acuerdo quedó sellado sin más palabras.
La respiración de ambos fue encontrando un ritmo común.
Afuera, la tormenta siguió su curso, pero dentro de la cueva el mundo se volvió pequeño, manejable.
Al cabo de unos minutos, Annelise habló en voz baja: —Aleksei… —Aquí estoy.
Ella giró apenas la cabeza, apoyando la frente contra su espalda.
—Gracias por no empujar esta noche.
Él cerró los ojos.
—Gracias por quedarte.
No se besaron.
No se buscaron más.
Solo durmieron así: espalda con espalda, respirando el mismo aire, compartiendo el calor, como si el simple acto de existir juntos en ese momento ya fuera una forma de resistencia.
Y por primera vez en mucho tiempo, el sueño los encontró sin violencia.
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