Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 36
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36: Capítulo 35 36: Capítulo 35 Aleksei despertó antes de que el cielo se aclarara del todo.
No fue un sobresalto, ni una pesadilla.
Fue ese instinto antiguo que se le activaba siempre que el mundo estaba a punto de moverse sin avisar.
Abrió los ojos despacio, sin cambiar de posición, dejando que el fuego ya casi extinto respirara en brasas.
Annelise dormía.
Dormía de verdad.
El frío estaba más denso y comenzaba a ser imposible continuar afuera de la tienda de acampar y decidió meter a Annelise a la calidez del refugio entre las sábanas térmicas.
La tomó con suavidad entre sus brazos y la cargó con cuidado de no despertarla.
El cabello café dorado de ella quedó desparramado sobre la manta, con su respiración lenta, los labios apenas entreabiertos como si aún estuviera diciendo algo en sueños, viéndose como una mujer irreal.
Aleksei se quedó inmóvil, conteniendo incluso el impulso de acomodarle el mechón que le caía sobre la mejilla.
Así se ve alguien cuando no está huyendo, pensó.
Y se recostó a su lado, dándole la espalda para que siguieran compartiendo la calidez de sus cuerpos.
El calor de ella seguía ahí, tibio, real, apoyado contra su espalda.
No se habían movido en toda la noche, a excepción de ese momento.
Ninguno había cruzado esa línea invisible que ambos habían dibujado con cuidado, y aun así… se sentía más íntimo que muchas otras cosas que había vivido.
Cerró los ojos un segundo.
Protegerla, fue lo único que quedó claro.
No como orden.
No como deuda.
Sino como decisión.
Un sonido leve, casi imperceptible, le tensó los músculos de inmediato.
Aleksei abrió los ojos.
Pasos.
No dentro de la cueva.
Afuera.
Calculados.
Conocidos.
Sin moverse aún, estiró la mano hacia el arma que tenía cerca.
No la tomó.
Esperó.
—Joven Reznikov —dijo una voz baja desde la entrada—.
Ya es casi de día.
Aleksei exhaló despacio.
—Entra, Artem.
El pelirrojo apareció entre las sombras con cuidado, quitándose el gorro y sacudiendo la nieve de los hombros al deslizarse al interior de la tienda.
Sus ojos recorrieron la escena en un segundo: el fuego moribundo de afuera, las mantas, y la cercanía entre ambos cuerpos dentro de la tienda.
No dijo nada.
Pero lo vio todo.
—La tormenta amainó —informó—.
Tenemos una ventaja corta para movernos si así lo desea.
Su padre no volvió por la noche porque con la tormenta fue imposible trasladarse, pero al mediodía es probable que esté de vuelta a la mansión.
Aleksei asintió, sin despegar la vista de Annelise.
—Despiértame en una hora si no me levanto antes.
Pavel dudó.
Solo un instante.
—¿Y ella?
Aleksei giró la cabeza por primera vez, mirándolo fijamente.
—Ella duerme.
El mensaje fue claro.
Pavel inclinó la cabeza con respeto.
—Entendido.
Antes de retirarse, se detuvo.
—Joven Reznikov… —bajó aún más la voz—.
Anoche, cuando regresé a vigilar el perímetro… pensé en algo.
Aleksei alzó una ceja, alerta.
—Dime.
Pavel sostuvo su mirada, serio.
—Si alguien llega a preguntar, esta cueva no existe.
Yo no la vi.
Y usted no estuvo aquí.
Silencio.
Luego, Aleksei asintió una sola vez.
—Gracias.
Pavel no respondió.
Se dio la vuelta y salió de la cueva, perdiéndose entre la nieve con la misma discreción con la que había llegado.
Minutos después, Annelise se movió.
Aleksei sintió cómo ella se desperezaba lentamente, cómo su espalda se arqueaba apenas contra la suya.
Se quedó quieto, dejándola despertar a su ritmo.
—¿Ya es de día?
—murmuró ella, con la voz aún dormida.
—Casi —respondió él—.
Aún tenemos un poco de noche prestada.
Ella sonrió sin abrir los ojos y apoyó la frente contra su espalda.
—Entonces quedémonos un momento más.
Aleksei cerró los ojos otra vez.
—Sí —dijo—.
Un momento más.
Y afuera, mientras la nieve seguía cayendo con paciencia infinita, Pavel montaba guardia.
No como hombre de Mikhail Reznikov.
Sino como alguien que ya había elegido de qué lado del tablero iba a jugar.
Aleksei no consiguió retomar el sueño y decidió salir a hablar con Pavel, dejando dormir un poco más a Annelise.
Se colocó el abrigo, gorro y guantes antes de enfrentarse al gélido frío del exterior y se llevó el arma consigo.
Encontró al pelirrojo justo en donde el reno había estado la noche anterior.
—Cuando viniste, ¿de casualidad no viste a un reno aquí dentro?
—le preguntó Aleksei, bostezando y buscando el termo en la maleta para servir café.
—¿Un reno?
—Pavel se volvió a él con el ceño fruncido.
—Sí, un reno.
Ahí, sobre la nieve, está el cuenco con comida que le dio Anne anoche—le explicó, sirviendo café en un vaso térmico—.
Después de que te fuiste a la mansión, salí a cazar liebres y cuando volví, ella ya había despertado y estaba alimentando a un enorme reno ahí donde estás.
—Esto es muy extraño—admitió el pelirrojo—, pero supongo que se marchó en algún momento de la madrugada.
Esos animales suelen sentirse hostigados por la nieve y se refugian en cuevas, y fue interesante que decidiera quedarse aun con personas aquí.
—Annelise logró darle de comer y se quedó—Aleksei se encogió de hombros y caminó hasta él para entregarle café en el vaso térmico.
—Gracias, joven Reznikov—recibió aquella bebida caliente y le dio un sorbo.
Aleksei se sentó junto a él para admirar el amanecer blanquecino, viendo como caían algunos copos de nieve después de una tormenta.
—Artem.
—¿Sí, joven Reznikov?
—volteó a verlo.
—¿Me puedes repetir cuán dispuesto estás para proteger a mi esposa?
De pronto el café le supo más amargo al pelirrojo cuando lo escuchó hablar.
—Sabe perfectamente que soy capaz de todo—respondió sin dudarlo.
—¿Incluso morir?
—Incluso morir—afirmó Pavel.
Entonces Aleksei sacó el arma que había mantenido oculta dentro de su abrigo y le apuntó directamente al pelirrojo, sin darle tiempo a reaccionar.
El joven heredero apretó el gatillo sin miramientos y Pavel entornó los ojos, tirando su vaso con café a la nieve, formándose un charco café bajo sus pies.
La detonación no tuvo ruido alguno porque la pistola en concreto, tenía silenciador.
Apenas se escuchó un ligero ruido cortando el aire cuando la bala pasó rozándole la oreja derecha al pelirrojo y atravesarle el pecho a uno de los hombres de su padre que, al parecer, había seguido a Pavel hasta la cueva y no se dio cuenta de su presencia.
Por primera vez, Aleksei observó como ese pelirrojo había comenzado a temblar al no haberse dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, siendo que siempre había sido muy meticuloso y listo.
—Debiste haber sido más listo, Artem—dijo Aleksei, señalando con la barbilla hacia atrás.
Pavel se levantó precipitadamente y giró sobre sus talones solo para ver a uno de los hombres de Mikhail, y compañero suyo, con una mancha roja haciéndose cada vez más grande justo en el pecho.
—¡Oleg!
—gritó Pavel, desconcertado.
El sujeto escupió sangre antes de caer de bruces sobre la nieve.
Un enorme charco rojo fue haciéndose cada vez más grande a su alrededor.
—Te siguió y no te diste cuenta—continuó diciendo Aleksei, guardando el arma en el abrigo—.
Conocía bien a ese gusano, es uno de los que se arrastra y besa los pies de mi padre con tal de obtener reconocimiento, y el haberte seguido, le habría servido para reemplazarte en confianza, ¿acaso querías que eso ocurriera?
—De ninguna manera, joven Reznikov—titubeó, abatido.
—Entonces ten más cuidado, Artem, porque si te descuidas nuevamente y Annelise sale herida, te mataré sin pensarlo dos veces.
El pelirrojo asintió, dándose cuenta de que Aleksei estaba más decidido que nunca a defender a Annelise y aunque no comprendía la razón, le aliviaba porque eso quería decir que ella no iba a estar en peligro tan fácilmente.
Aleksei Reznikov finalmente había dejado de ser un joven patético adinerado.
Ahora parecía ser un hombre defendiendo a su esposa como era debido.
—Me temo que, por este acontecimiento, me veo en la obligación de volver a revisar el perímetro, joven Reznikov y le pido una disculpa de antemano.
No creí que Oleg había logrado seguirme sin darme cuenta.
—Añadió, pálido como la misma nieve de afuera y se colocó el rifle sobre el pecho, listo para atacar de ser necesario.
—Antes de eso, deshazte del cuerpo.
No quiero que Anne se dé cuenta de lo que ocurrió—.
Ordenó Aleksei con severidad.
—Si llego a encontrar a alguien más, ¿tengo el permiso de ejecutarlo?
—Tienes mi autorización total, Artem—repuso Aleksei—, siempre y cuando sea para evitar que descubran que estoy aquí.
Planeo regresar antes de que mi padre vuelva y no sepa donde estuve con mi esposa.
En el interior de la tienda, alcanzaron a escuchar el bostezo de Annelise, que estaba levantándose.
—Llévate el cuerpo y márchate ya.
Pavel asintió y corrió en dirección al cadáver.
Lo tomó de las piernas y empezó a arrastrarlo al interior del bosque, bajo el escrutinio de Aleksei, quien, dadas las circunstancias, debía ayudar a cubrir la sangre de la nieve usando más nieve para que Annelise no se diera cuenta.
Aunque fue difícil, logró disimular la mancha sangrienta justo cuando, a través del rabillo del ojo, divisó a Annelise saliendo de la tienda de acampar, tallándose los ojos, adormilada y ahogando un bostezo.
—¿Gustas un poco de café, muñeca?
—le preguntó, acercándose a ella con pasos tranquilos hasta donde estaba la fogata que estaba por apagarse.
—Pensé que habíamos dormido afuera—murmuró.
—Comenzó a hacer más frío y te llevé dentro, ¿dormiste bien?
—se arrodilló a servirle café.
—Eso creo… —parpadeó, mirando a todas partes— ¿y el reno?
—No tengo idea, cuando desperté, el animal ya no estaba—se encogió de hombros y le ofreció el vaso térmico.
Ella lo aceptó y tras darle un sorbo, se estremeció.
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