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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 37

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37: Capítulo 36 37: Capítulo 36 —¿Pavel aún no ha vuelto?

—preguntó Annelise cuando terminaron de desayunar.

—Estuvo aquí hace un rato, fue a revisar el perímetro otra vez—, respondió Aleksei mientras comenzaba a meter las cosas en las maletas—.

Mi padre no llegó a la mansión ayer porque la tormenta estuvo peligrosa para viajar, pero llegará hoy antes del mediodía, así que debemos darnos prisa en regresar.

Annelise se tensó.

—Tranquila, no tienes por qué preocuparte, ¿de acuerdo?

El joven ruso esbozó una sonrisa conciliadora y ella le devolvió el gesto.

—Es que no estoy preocupada, sino que cuando por fin tú y yo habíamos comenzado a entendernos mejor, a tu padre se le ocurre regresar a la mansión.

—Lamento tanto haber desperdiciado ese tiempo… —susurró Aleksei, con decepción—, en vez de hablar contigo y arreglar todo, me la pasé siendo un imbécil.

—Tus méritos están rindiendo frutos, no te des por vencido—, bromeó ella.

Aquel comentario hizo sentir mejor a Aleksei y entre los dos se apresuraron a guardar las cosas, incluida la tienda de acampar y borrar todo rastro de la fogata.

Una hora y media después, colocaron las maletas en la segunda moto de nieve, listos para marcharse.

Encendió los motores de ambos vehículos para mantenerlo caliente.

—Artem no debe tardar.

Esperaremos unos minutos más.

Ella asintió, acomodándose detrás de él en la moto, sin salir de la cueva.

Recargó su mejilla en la espalda de Aleksei, rodeando su cintura con fuerza, sintiendo una calidez acogedora y familiar que jamás había sentido en su vida.

¿Cuál era esa sensación o ese sentimiento que le infundía Aleksei Reznikov con solo tocarlo o sentir su delicioso perfume?

Definitivamente estaba comenzando a quererlo… no.

Más que eso.

Y le asustaba.

Permanecieron unos diez minutos más, esperándolo.

Unos pasos apresurados se fueron acercando y ella sintió cierta tensión en su espalda, pero luego se alivió cuando Pavel se asomó a la cueva con bastante nieve encima y el rifle en las manos.

Su respiración estaba agitada, como si hubiera corrido para llegar a tiempo.

—Ya estoy aquí, joven Reznikov—, dijo, mirando fugazmente a Annelise y montando la otra moto de nieve que estaba atrás.

En cuanto Aleksei se cercioró de que ya todo estaba listo, arrancó.

Se impulsaron bruscamente hacia adelante, adentrándose a la nieve, la cual, con la tormenta, había incrementado de altura y grosor.

Estaba completamente dura.

Como ahora iban de regreso, se deslizaron muy rápido a través del bosque, siendo cuidadosos de no estamparse con algún árbol o persona paseando por esos lares, aunque era imposible porque nadie solía salir a esas horas de la mañana y menos después de una tormenta.

Annelise sintió como la ventisca que le azotaba la cara, le estaba dejando congeladas las pestañas, e impidiéndole tener una excelente visión, así que enterró la cara en la firme espalda de Aleksei, sintiéndose segura.

—¡Abran la verja!

Se escuchó un grito y Annelise alzó la vista, dándose cuenta que ya estaban entrando en el territorio de los Reznikov.

Las motos no se detuvieron hasta que estuvieron en el jardín, justo delante de la puerta principal.

Pavel fue el primero en desmontar y empezar a dar órdenes al resto de hombres armados, que enseguida se acercaron a ellos para ayudarlos.

—Me encargaré de mi esposa, ustedes metan las cosas—carraspeó Aleksei, desmontando también y no dejó que ella bajara por sus propios pies.

—Puedo caminar—dijo ella.

—Pero prefiero cargarte, ¿o no puedo?

—bromeó.

La fémina asintió, con el ceño fruncido y una leve sonrisa divertida; dejando que él la cargara hasta la recámara nupcial, como si estuvieran comenzando su matrimonio en ese momento, aunque fuese solamente una farsa, porque realmente no estaban unidos de manera legal.

En cuanto llegaron al dormitorio, Aleksei lanzó a Annelise a la cama porque tropezó con uno de las botas de ella que habían quedado justo en la entrada y luego él aterrizó sobre ella tras perder por completo el equilibrio de manera cómica.

Ambos riéndose por su torpeza infantil.

—Qué romántico—se burló Annelise y bajó la mirada a Aleksei, que había quedado su rostro justo a la altura de su busto.

Y se encontró con la mirada de él, mirándola con una atracción palpable y ella lo percibió rápidamente por el cambio de posición en cuerpo de Aleksei que ya no se mantuvo sosteniendo su propio peso con los codos, sino que lentamente fue dejándose caer sobre ella sin aplastarla, solo con la única intención de rozar su cuerpo con el suyo sutilmente.

Él tragó saliva, mirando sus labios con deseo y anhelo.

—Acércate—le susurró ella—, necesito decirte algo.

Aleksei humedeció sus labios y se impulsó más arriba, sin despegar su cuerpo del suyo, sintiendo la suavidad de sus curvas por encima de la ropa hasta llegar a su rostro.

Ella le movió la cabeza a un costado para hablarle al oído.

—Cierra la puerta, Alek, asegúrala bien para que nadie más entre.

Ni siquiera terminó de escucharla cuando se incorporó y se apresuró a obedecer a cerrar la habitación.

Y cuando él se dio la vuelta, encontró a Annelise quitándose la ropa con una leve sonrisa maliciosa.

—¿Estás segura…?

Ella extendió su mano hacia él.

—Ven.

Por un breve instante, Aleksei Reznikov dudó, pero al escudriñar la expresión de la chica, dejó atrás la inseguridad y tomó su delicada mano, atrayéndola a él.

Deslizó su mano hacia la muñeca de ella para darle un beso suave y profundo justo donde el pulso de Annelise estaba acelerándose a medida que sentía las caricias de ese joven ruso con sus labios.

La piel de Annelise hacía un contraste con la de Aleksei porque él tenía muchos tatuajes, especialmente cuando se despojó del abrigo y del suéter, dejando al descubierto el torso bien definido que ella anhelaba volver a ver desde hacía algunas semanas.

—¿Puedo…?

—preguntó él, con las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada.

Ella asintió, dándole permiso de tocarla y besarla.

—Te doy mi consentimiento de hacerme lo que desees, Alek.

Él esbozó una sonrisa y atacó sus labios sin miramientos, pegando su cuerpo al suyo, haciendo que Annelise sintiera la dureza de su miembro frotándose en su abdomen, ansioso por deslizarse en su interior.

Mientras Aleksei la besaba con desesperación, sus manos se encargaron de desnudarla por completo, llevándola hacia la cama hasta recostarla y colocándose sobre ella, dándole mordiscos y lamiendo no solo su cuello, sino también su mandíbula, que era una de las zonas más erógenas que a Annelise la volvía loca.

Le arrancó la ropa interior y la chica rio sobre sus labios cuando lo escuchó gruñir de placer al tener nuevamente a su merced y sin ningún tipo de violencia o castigo de por medio.

Entonces Aleksei dejó de besarla para enfrentar su mirada cegada de deseo.

—¿Por qué has parado?

—preguntó ella entre jadeos.

Pero él no le respondió, sino que se llevó dos dedos a la boca para humedecerlos con su propia saliva y luego los deslizó por sus pechos y abdomen, hasta llegar a su entrepierna, en donde, con toda la confianza y seguridad del mundo, y sin dejar de mirarla a los ojos, se los introdujo, haciendo que ella ahogara un gemido.

Él sonrió, victorioso por ver como Annelise aceptaba y disfrutaba de aquellas caricias en su interior, y aventuró a usar su dedo pulgar para presionar el botón femenino que era la cúspide para alcanzar un orgasmo efectivo en el cuerpo de una mujer.

—Espera… —gimió Annelise, sintiendo los dedos de Aleksei moverse en su entrepierna con mucha experiencia y comenzó a sentir una sensación de calor, envuelta con un deseo placentero que solo una vez sintió cuando era más joven y usó un vibrador que compró a hurtadillas de su padre en el que alcanzó las estrellas sin penetración de por medio.

Aleksei continuó introduciendo sus dedos y dándole movimientos circulares a su clítoris con el pulgar, hasta que la sintió temblar y contorsionarse de placer, provocando que su entrepierna expulsara por fin el líquido femenino más delicioso que una joven pudiera experimentar.

Ella ahogó una exclamación que fue suprimida por la boca de él sobre sus labios y Annelise se aferró a él con locura; cuando Aleksei retiró los dedos, sintió un vacío que sabía que pronto llenaría con algo más grande, pero por el momento, su cuerpo continuaba sufriendo espasmos, secuelas del orgasmo que acababa de pasar.

Annelise se acomodó a horcajadas de él, sintiendo en su abdomen la masculinidad erecta de su esposo, esperando su turno con paciencia.

Él, por su parte, le acarició la espalda y besó su hombro con ternura, dejando que se relajara en sus brazos.

Suspirando, poco a poco fue recuperándose del exquisito momento y alzó la mirada a él, aun respirando agitadamente.

—Eso fue increíble—reconoció, ruborizada.

—Me encanta que hayas sentido el placer que mereces, muñeca.

—Ahora es mi turno… Deslizó su mano al miembro que descansaba sobre su abdomen y este palpitó cuando sintió el tacto.

Aleksei comenzó a respirar con rapidez, sin dejar de observar la mano de ella en su entrepierna.

—Espera… Pero ella le colocó el dedo índice de la otra mano sobre sus labios, sorprendiéndolo.

Annelise se levantó lo suficiente solo para colocarse la punta del centro de su deseo en su cavidad femenina y fue deslizándose hacia abajo, sintiendo como se abría paso hasta lo más profundo de su interior.

Su respiración cambió cuando su cuerpo reaccionó antes que su razón.

Le echó los brazos al cuello en el instante que Aleksei la tomó de la cintura y comenzó a moverse dentro de ella, cegado por el inevitable deseo.

Por alguna razón, el joven ruso tenía una extraña adicción a los pechos de Annelise, porque solamente se apartó de ella para llevarse a la boca el seno izquierdo de ella, haciéndola gemir.

—Echaba de menos ver ese delicioso lunar que tienes bajo el pezón izquierdo, muñeca, te lo… juro… —logró decir entre jadeos.

Ella no tenía la menor idea que tener sexo en esa posición lograría sentir más profundas las embestidas, casi llegando a sentirlo hasta el inicio del cérvix, lo cual era imposible, pero aquello era muy delirante.

Las estocadas fueron aumentando el ritmo, señal de que Aleksei estaba por terminar y no se equivocó.

Él le dio un mordisco en el pezón cuando el temblor recorrió su cuerpo en el instante que él llegó al límite, liberando su simiente y derramando lo que había estado conteniendo por semanas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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