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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 40

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40: Capítulo 39 40: Capítulo 39 El rostro de Annelise perdió nuevamente el color y Aleksei se sintió devastado.

Si hubiera sido más listo, habría ayudado a Annelise a regresar con su padre, no, eso jamás.

La habría ayudado a escapar lejos de Rusia y de Alemania, a un sitio donde nadie, ni siquiera él mismo pudiera encontrarla ni tocarla.

Pero estaba loco por ella.

Le costaba admitirlo, y esa era la única verdad.

No solo le enloqueció su cabello café dorado ni sus ojos color caramelo, ni sus estupendas curvas, sino su personalidad altanera, y desafiante, que solamente a ella le permitía serlo con él, porque Aleksei siempre estuvo acostumbrado a que nadie, excepto su padre, le diera órdenes, lo desafiara, gritara o castigara.

Pero Annelise Falkenheim había nacido en el mismo ambiente que él y por gracia divina había logrado sobrevivir a ese infierno.

Y cuando se encontró con los ojos caramelos de ella, la abrazó deliberadamente, estrechándola entre sus brazos y mirando con fiereza al lugar donde estaba la cámara, sabiendo que su padre seguramente los estaba espiando.

La fémina, ignorante de ese detalle, dejó que Aleksei la abrazara y se estremeció en su pecho.

Él se inclinó lo suficiente para que el cabello de ella cubriera sus labios y poder susurrarle en la oreja.

—Mi padre tiene cámaras ocultas en todas las habitaciones de la mansión, comenzando por esta y la mía—le informó y ella se tensó, e hizo el ademán de apartarse, pero Aleksei se lo impidió—.

Justo en este momento, es posible que nos esté mirando y aunque no tiene audio las cámaras, mira absolutamente todo e incluso tengo el presentimiento de que puede leer los labios.

El cuerpo de Annelise quedó paralizado en sus brazos y sintió la respiración de ella acelerarse y Aleksei cerró los ojos, porque le estaba haciendo demasiado daño; pero el que más la había herido era Erich Falkenheim al haberla enviado al  peor lugar del mundo: a manos de su enemigo.

—No hagas ningún movimiento extraño, actúa normal, como si no supieras nada de las cámaras y que solamente te di un abrazo porque quería estar contigo—le suplicó sobre su cabello.

Ella asintió disimuladamente y se fue apartando lentamente hasta mirarlo a los ojos con miedo.

—¿Qué tienes en mente?

—susurró la chica, casi de manera inaudible.

Aleksei desvió la mirada a la puerta y después volvió a mirarla.

—Artem tendrá que ayudarnos—le respondió en voz baja.

—No podemos exponerlo en esto.

Él es ajeno a nuestros problemas—.

Interpuso, elevando la voz, pero Aleksei le hizo una mueca y Annelise sacudió la cabeza, tensa.

—Él es el único aliado que ambos tenemos aquí—le recordó entre dientes y le acomodó el cabello detrás de las orejas, un gesto discreto por si su padre los estaba espiando en aquel momento—.

Si Artem no colabora con nosotros, estaremos muertos en cuestión de segundos.

Tras decir eso, Aleksei sonrió forzadamente y Annelise tragó saliva.

Si el hijo de Mikhail Reznikov estaba casi temblando de miedo por lo que su padre podría ser capaz de hacerle, no quería imaginar cómo debían sentirse el resto de los hombres que trabajaban para él.

—Vamos a comer algo al comedor—.

Le propuso él.

Ella asintió y algo aturdida, salieron de la recámara.

Afuera, yacía Pavel montando guardia.

—¿Ya comiste, Artem?

—le preguntó Aleksei con Annelise a su lado.

Ella estaba aferrada a su brazo, mirando a todas partes con cautela.

El pelirrojo asintió.

—De acuerdo, mi esposa y yo iremos al comedor por algo de comer, quiero que en un par de horas, prepares mi camioneta porque voy a salir—le ordenó.

—Por supuesto, joven Reznikov—respondió y miró a Annelise—.

¿La señora Reznikov irá también con usted?

Aleksei arqueó una ceja.

—Sí.

Y antes de que Pavel volviera a hablar, Aleksei lo interrumpió.

—Y sí, Artem, puedes acompañarnos.

Annelise le sonrió al pelirrojo y echó a andar junto al joven ruso en dirección al comedor.

Ella no sabía lo que Aleksei tenía en mente, pero confiaba en que fuese una buena idea porque incluso había invitado a Pavel a ir con ellos, señal de que lo necesitaría mucho o el lugar a donde irían era peligroso.

Afortunadamente, cuando bajaron, la servidumbre se estaba preparando para comer en la cocina, aparte de la comida para los Reznikov.

—¿Esperamos que nos sirvan?

—preguntó Annelise.

—No.

Sirvamos nuestras raciones nosotros mismos, ¿te parece?

En cuanto aparecieron en la cocina, todos se quedaron petrificados porque no era normal que nadie de ellos bajara a intervenir en esa zona, a menos que fuese necesario, o como cuando se sirvieron cereal antes de ir a acampar.

—Joven Reznikov… —balbuceó una mujer, que era la cocinera principal.

—Sigan con lo suyo.

Nosotros comeremos por aparte—eludió Aleksei, buscando los trastes y utensilios.

Enseguida el resto de los sirvientes los ayudaron a servirse y llevarles las bandejas al comedor principal.

—Gracias.

Ahora retírense.

En cuanto se alejaron, Annelise escudriñó a su alrededor, temerosa.

—¿A dónde iremos?

—preguntó ella, como quien no quiere la cosa y sonrió de manera tensa.

Aleksei se revolvió nervioso.

—A la capital.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—A Moscú.

—Eso lo sé, pero ¿por qué ahí?

—Resulta que hace algún tiempo, compré un departamento ahí cuando fui de viaje con mi padre para algunos negocios, pero jamás se lo compartí porque deseaba mantenerlo en secreto y tener un sitio a donde huir si era necesario—respondió, entre dientes.

Annelise apenas lo escuchó porque su voz era apenas un susurro—.

Y bueno, es el momento.

—¿Tu padre estará de acuerdo?

Aleksei se encogió de hombros.

—Yo me haré cargo, no te preocupes.

La comida fue en total silencio, solo se escuchaba el rumor del aire helado afuera, golpeando las ventanas y llenando de más nieve en Yakutsk.

Mientras comían, Annelise hizo cálculos sobre el viaje y se quedó perpleja al darse cuenta que si iban a ir en coche hasta Moscú; tardarían cinco días en llegar, eso si lograban irse esa misma tarde y que Mikhail Reznikov no intervenía.

Sin embargo, a pesar de que sabía deliciosa la comida, a Annelise le supo amarga e insípida porque no podía concebir que había estado siendo observada a través de cámara ocultas por ese hombre demente.

—Alek… Él volteó a verla mientras bebía un sorbo de su bebida.

—Si las cámaras estuvieron en nuestras habitaciones, eso quiere decir que también quedaron grabados los momentos íntimos entre los dos… ¿no es así?

—inquirió ella, con los puños apretados sobre sus piernas—.

También cuando… Aleksei golpeó el puño contra la mesa para hacerla callar.

Ella se estremeció de rabia y vergüenza.

—Por eso nos iremos de aquí.

Annelise sintió como la cólera le recorría en todo el cuerpo y la impotencia de no poder ir a matar a Mikhail Reznikov por haber violado su privacidad, porque a pesar de que no estuvo manteniendo relaciones sexuales con Aleksei, le gustaba a veces salir desnuda de la ducha antes de cambiarse.

—Es un maldito depravado… —siseó, fastidiada.

La fémina sintió como Aleksei deslizó su mano sobre la suya para tranquilizarla.

—Estoy igual o más enfadado que tú, muñeca, créeme.

Annelise se negó a continuar comiendo y ambos se retiraron del comedor para comenzar a arreglar las cosas para marcharse.

Pavel ya estaba nuevamente afuera del dormitorio, esperando.

—Joven Reznikov, todo está listo.

—Muy bien, prepara una maleta, Artem—le ordenó—.

Regresa en cuanto ya la tengas.

El pelirrojo asintió y ellos entraron a la recámara.

—Supuestamente mi padre iba a dormir una siesta, pero no estoy seguro que sea verdad, así que guarda lo indispensable—le informó él—, voy a mi habitación y te veo en un rato.

En cuanto Aleksei se marchó, ella se apresuró a sacar una maleta que había en el ropero y metió la ropa que él le había comprado, y otras cosas de higiene.

Le habría gustado mantener aún el dispositivo auditivo que Uwe, uno de los hombres de su padre, le había dado antes de morir a manos de la mafia rusa; pero era probable que Aleksei se hubiera deshecho del aparato cuando se dejó llevar por la ira de enterarse de su verdadera identidad.

Abrumada, barrió la habitación con la mirada, en busca de la cámara de vigilancia y negó con la cabeza.

Tenía que actuar normal.

Del otro lado del pasillo, Aleksei parecía hecho un loco, guardando tantas cosas como sus manos le permitían, dando la espalda en donde tal vez estaba la cámara de vigilancia y discretamente dejó caer una prenda al suelo para agacharse por debajo de la cama.

Metió la mano y sacó el dispositivo auditivo de Annelise, para que, en el peor de los casos, llamaran a la mafia alemana para que la llevaran a un sitio a salvo, lejos de Rusia y de él.

Guardó el aparato en su bolsillo y se levantó a continuar guardando las cosas.

Suspiró y salió de la recámara para echar un vistazo a su padre, que estaba un piso más arriba y cerciorarse de que en serio estaba durmiendo y no únicamente recostado.

Subió a regañadientes, a sabiendas de que los guaruras no lo dejarían entrar, pero se llevó la sorpresa de verlos moverse sin ningún orden de por medio y Aleksei sospechó que tal vez se debía a que no habían podido olvidar lo que había sucedido hacía una hora con la revisión de los vídeos.

Aleksei asomó la cabeza para ver a Mikhail Reznikov y lo encontró dormido; pero eso no bastaba para quedar tranquilo.

Apretó los puños y se aventuró a entrar a pasos silenciosos.

Rodeó la cama de su padre y lo vio respirar demasiado relajado como para estar fingiendo y cuando dejó escapar un ronquido, se alivió.

Todo estaba listo.

No podían irse más tarde.

Ese era el momento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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