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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 41

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41: Capítulo 40 41: Capítulo 40 Salió con la misma lentitud con la que entró y en cuanto llegó a la escalinata, descendió a grandes zancadas hasta llegar a su dormitorio.

Sacó la pesada maleta y se dirigió hacia la recámara nupcial en donde Pavel montaba guardia con la mochila lista sobre sus hombros y con solo una mirada, el pelirrojo entendió que los planes se habían adelantado.

—Muñeca, ¿ya tienes todo listo?

—Aleksei asomó la cabeza al interior de la estancia y la encontró luchando contra la cremallera de la maleta.

—En un… segundo… —respondió, roja por el esfuerzo.

Él entró con una media sonrisa y con una facilidad ridícula, logró cerrarla.

—Gracias—le sonrió.

Pero Aleksei se puso serio nuevamente y miró hacia la puerta.

—Nos vamos a Moscú.

—¿Justo ahora?

—Annelise entornó los ojos.

—Justo ahora—.

Repitió él con firmeza—.

Es nuestra última oportunidad.

Mi padre está durmiendo.

Ella asintió.

—De acuerdo, vámonos.

Aleksei salió al pasillo y llamó a Pavel para que le ayudara a cargar la maleta de Annelise hasta el primer piso, justo donde la camioneta los esperaba.

Bajaron casi corriendo porque el tiempo era fundamental para llevar a cabo ese escape discreto.

Las miradas de los hombres armados los siguieron hasta la puerta principal, sin mover un solo músculo.

—Llévate a Anne al vehículo, yo daré la última orden—le dijo Aleksei al pelirrojo.

Enseguida Pavel se movilizó, llevándose a la chica hasta el exterior en donde la nieve caía con fuerza y el frío era desgarrador, pero la camioneta estaba encendida para que el motor no se congelara.

—Me voy de viaje con mi esposa—acotó Aleksei en voz alta para que todos lo escucharan.

Mantuvo su expresión seria y salvaje para que se dieran cuenta que hablaba en serio—.

Artem Pavelovich vendrá con nosotros, así que, si mi padre pregunta por mí, quiero que le digan que estaremos bien, ¿okey?

—Disculpe, señor Reznikov—dijo uno de ellos con timidez.

Él era tan solo un chico que acababa de entrar a la organización y todo era nuevo para él.

Debía tener unos veinte años más o menos, la edad de Annelise.

—¿Qué pasa, Yuri?

—inquirió Aleksei, comenzando a impacientarse porque el tiempo estaba avanzando y su padre podría despertar.

—Si su padre pregunta a dónde fueron, ¿qué vamos a decirle?

—Que necesitaba una luna de miel privada con mi esposa y que decidí irme por algunas semanas a un sitio más cálido.

El chico asintió, no muy convencido con la respuesta y Aleksei giró sobre sus talones hacia el exterior.

Cerró la puerta principal y se acercó con dificultad hasta la camioneta, que poco a poco estaba quedando enterrada en la nieve.

Abordó los asientos traseros en donde Annelise se encontraba y Pavel, sin esperar la orden, se puso en marcha.

—¿Revisaste que no hubiera algo inusual en la camioneta?

—le preguntó al pelirrojo mientras se quitaba la nieve de encima y se calentaba con la calefacción.

—Sí, joven Reznikov.

Siempre reviso si hay alguna anomalía, pero como tiene tiempo que no usa la camioneta, supongo que a su padre no se le ocurrió colocarle un rastreador.

—O cámara de vigilancia—terció Annelise, temblando.

Aleksei le pasó el brazo por encima de los hombros para reconfortarla y Pavel le envió una mirada desconcertada a través del espejo retrovisor sin entender.

—¿A dónde nos dirigimos, joven Reznikov?

—preguntó el pelirrojo, conduciendo en dirección a las afueras de Yakutsk.

Esa camioneta en específico era una Jeep Gladiator Rubicón color negra que era para todo tipo de terreno y como se trataba de la favorita de Aleksei, casi no la usaba, pero ahora que iban a hacer un viaje largo, era la indicada.

—A Moscú.

Annelise creyó que Pavel se mostraría sorprendido por la respuesta, pero el pelirrojo asintió y siguió conduciendo, pero se desvió hacia una gasolinera para cargar combustible.

—Hay otra gasolinera más adelante—dijo Aleksei—, me encantaría que nos alejáramos lo más posible de Yakutsk y luego le ponemos combustible.

—Perfecto, joven Reznikov—respondió Pavel, volviendo a incorporarse a la carretera.

El camino era de nieve y la visión en el parabrisas era difícil de controlar, pero no parecía ser la primera vez que conducía con ese clima.

Además, el espacio que de la camioneta era inmenso, tanto adentro como afuera, porque atrás tenía una góndola en donde cabía perfectamente más cosas.

—Pensé que nos iríamos en la noche—comentó Annelise.

—Sí, pero mi padre está dormido gracias a los medicamentos y dudo mucho que hubiéramos tenido la oportunidad perfecta más tarde—respondió Aleksei—, sin mencionar que nos tenía vigilados de una manera tan macabra… Pavel y Aleksei se enviaron miradas a través del espejo retrovisor.

—Sí, Artem, desde que Annelise puso un pie aquí, mi padre mandó a instalar cámaras de vigilancia en todas las habitaciones, incluyendo la mía y la nupcial—le informó al pelirrojo con dureza.

—¿Qué?

—Pavel entornó los ojos y rápidamente buscó la mirada de Annelise en el reflejo, pero ella enterró el rostro en el pecho de Aleksei, avergonzada.

—Lo que escuchaste—afirmó Aleksei con la mandíbula apretada—.

¿Jamás te diste cuenta de eso?

Pavel negó con la cabeza.

—Los únicos que reciben órdenes de ese tipo son los hombres que custodian la habitación del señor Reznikov, los demás solo servimos para cuando hay enfrentamientos cuerpo a cuerpo—le explicó—.

Si yo hubiera sabido sobre eso, créame que le habría avisado.

El silencio posterior a esa conversación fue menos incómodo.

Annelise se hundió en los asientos con Aleksei abrazándola cariñosamente.

Ambos observaban la nieve caer afuera y la tranquilidad de no tener a ningún tipo armado encima de ellos todo el rato.

Después de treinta minutos de camino, se dieron cuenta que ya estaban saliendo de Yakutsk y eso animó a los tres jóvenes.

—El viaje es de aproximadamente cinco días, Artem, ¿crees que podrás hacerlo?

—bromeó Aleksei cuando se dispuso a poner música de Jazz desde los asientos traseros.

En la pantalla aprovechó a apagar el GPS para que no hubiera problemas en ser rastreados.

—Usualmente cuando hacemos las misiones que son largas, nos turnamos cada veinticuatro horas con otros compañeros, pero haré mi mayor esfuerzo, joven Reznikov.

—¿Sabes qué?

A partir de ahora, quiero que me digas mi nombre.

El pelirrojo lo miró fugazmente por encima del hombro.

—Imposible.

Es una falta de respeto a usted.

—Falta de respeto sería que me dijeras mi segundo nombre—gruñó Aleksei.

Annelise se enderezó un poco para mirarlo, interesada.

—¿Tienes un segundo nombre?

—preguntó con curiosidad, haciendo que Aleksei se ruborizara y Pavel esbozara una sonrisita.

—Sí, pero es horrible.

Mi padre lo usaba para regañarme y aun lo usa cuando quiere fastidiarme.

—¿Cuál es?

—repuso ella, sonriendo de oreja a oreja.

—No voy a decírtelo porque sé que después me vas a molestar con ello.

—¿Ni siquiera a tu esposa y futura madre de tu hijo?

—bromeó.

Aleksei parpadeó, sorprendido y ella se quedó perpleja por lo que acababa de decir.

—Eh… —se rascó el cuello con incomodidad y guardó su distancia de él.

—¿Entonces ya has aceptado completamente ese rol en mi vida?

—susurró Aleksei, mirando de soslayo al pelirrojo, quien, sin decir una palabra, comprendió que esa conversación ahora era privada y centró su atención en la carretera.

—Mi perdón todavía no lo tienes.

Aleksei asintió.

—Pero el rol de querer ser de verdad la madre de mi hijo sí, ¿verdad?

O, al menos eso fue lo que entendí con lo que acabas de decir, muñeca.

—Te responderé si me compartes tu segundo nombre o se lo pido a Pavel, tú decides—.

Nuevamente la sonrisa maliciosa de ella se plasmó en sus labios y él se contagió de su entusiasmó e inmadurez.

—¿Qué te hace pensar que Artem se sabe mi segundo nombre?

—enarcó una ceja.

—Joven Reznikov, lo siento, pero todos los que trabajamos para usted lo sabemos—opinó Pavel, aguantando la risa.

—¡Oye, tú conduce, Artem!

—lo reprendió el joven heredero, ruborizado.

Annelise rompió a reír y el pelirrojo le secundó, muy divertido por haber hecho sonrojar a Aleksei Reznikov.

—¿Ves?

Pavel puede decírmelo en cualquier momento.

Tú eliges, Alek.

—¿Qué ganó con decírtelo?

Porque no solamente quiero que seas la madre de mi hijo, Annelise.

La mirada de Aleksei se centró en la de ella.

Sus ojos no eran los mismos a cuando se conocieron en aquella noche fría en el balcón de la mansión, en donde querían destrozarse el uno al otro para demostrar el poder que ambos tenían.

En cambio, en ese momento, a Annelise le parecía impresionante que esos ojos tan cálidos, soñadores, llenos de una ilusión infantil y suplicantes, fueran los mismos que la miraron con odio muchas veces en el pasado.

Aunque con anterioridad, a pesar del daño que él le causó, su corazón ya había comenzado a latir por él, pero en ese preciso instante, sintió su corazón derretirse por ese joven ruso de ojos grises que la miraba con expectación y fascinación.

—¿Qué es lo que quieres además de eso?

—le preguntó en un susurro, perdida en su mirada.

—Que te cases conmigo de verdad—, contestó con rigidez, especialmente porque no se sentía cómodo expresando sus sentimientos si había alguien más que Annelise presente, pero Pavel continuó conduciendo sin prestarle atención—.

Quiero que tú, Annelise Falkenheim se case legalmente conmigo, Aleksei Zoran Reznikov, no con mentiras ni por obligación, sino por el simple placer de hacerlo y formar una familia de verdad, sin nuestras familias al acecho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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