Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 42
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42: Capítulo 41 42: Capítulo 41 Ella se quedó de piedra ante aquella confesión.
Miró de reojo al pelirrojo, pero él no se inmutó y después volvió a mirar a Aleksei, quien, en medio de esa confesión, le otorgó el placer de saber su segundo nombre.
Zoran.
Un nombre igual de lindo que el primero.
Annelise no respondió enseguida.
Se quedó contemplando la belleza masculina de Aleksei por varios segundos, sonriéndole levemente y poniéndolo más nervioso ante su silencio.
—¿Cuál es tu respuesta?
—insistió él.
—En esa hermosa vida que me propones, quiero saber si también podremos añadir a mi hermana menor—dijo por fin, con suavidad—.
Ella no merece continuar más tiempo en manos de mi padre, y por más que a Saskia le guste esa mierda de la mafia, su lugar no está allí.
Aleksei sonrió y le acunó el rostro amablemente, apartándole algunos cabellos rebeldes que amenazaban con provocar cosquillas en su nariz y suspiró.
—Si ella acepta ser rescatada, haré lo posible por sacarla de las garras de tu padre, muñeca.
—Es que ese es el problema, Alek, ella no sabe diferenciar que, en el trabajo de mi padre, todo es malo.
Saskia piensa que haber nacido en esa familia fue una bendición porque ha tenido absolutamente todo lo que ha deseado sin esforzarse y admira lo que conlleva esa escoria—.
Se abrazó a sí misma.
Aleksei ladeó la cabeza sin soltarle el rostro.
—¿Te refieres que, aunque sepa que tu padre es un asesino a sangre fría y torturador de personas inocentes, la adolescente lo admira por eso?
Annelise asintió, con pesar.
—¿Y por qué quieres sacarla de ese infierno que ella ama y ve como su hogar?
—él frunció el ceño—.
Logra vivir en el fuego con el mismo diablo y no le afecta ni le quema, ¿no crees que es mejor dejarla con su decisión?
—No entiendes… ¡Ella solo tiene dieciséis años!
—exclamó.
—Claro que entiendo.
Saskia no es una niña, Annelise, ya es una adolescente que tiene raciocinio.
Sabe diferenciar lo bueno y lo malo, lo que se debe y no debe hacerse y aún así, adora ser hija de Erich Falkenheim y por lo visto, tal vez comience a seguir sus pasos.
—¿Por qué crees que acepté venir a esta misión?
—lo encaró, molesta y se apartó de su tacto—.
Porque no deseaba exponerla.
Si ella hubiese sido mayor de edad o mayor que yo, mi padre le habría confiado esta encomienda, e incluso planeaba hacerlo por petición de Saskia porque sabía que me opondría a esos deseos, pero el tener esa edad hizo que mi padre desechara la idea por ser tan joven, ya que la chica que Mikhail había elegido para ti no era adolescente, tenía mi edad.
—De acuerdo, vamos a intentarlo—, prometió—.
Pero debes tener en cuenta que, si no funciona, no habrá sido tu culpa, ¿sí?
Ella asintió.
—Incluso si ella no quiere, la voy a obligar—sentenció—.
No voy a permitir que se siga contaminando.
—Entonces ya está decidido—dijo él, complacido.
—¿El qué?
—ella sonrió.
—Nuestra boda.
Se hará oficial muy pronto—añadió Aleksei, emocionado y tomando su mano izquierda, le besó el dorso con cariño y luego volteó a ver al pelirrojo—.
Serás nuestro invitado de honor, Artem.
—Será un placer, joven Reznikov—combinó Pavel, asintiendo con una media sonrisa.
Poco a poco, el tiempo fue transcurriendo hasta que de pronto, oscureció y aunque ya habían dejado atrás Yakutsk, la nieve seguía haciendo de las suyas, pero con menor intensidad.
Ellos eran los únicos de la carretera porque los escasos coches o tráileres con cargamento de madera, pasaban a toda velocidad, rebasándolos sin ningún tipo de precaución.
No obstante, ni Annelise ni Aleksei previó que en la noche les podría dar hambre y comenzaron a sentir calambres por la falta de alimento.
El gorjeo de sus estómagos era difícil de disimular.
—¡Debimos saquear la nevera!
—se quejó Aleksei.
—Tal vez en la ciudad próxima haya alguna tienda en donde podamos abastecernos—dijo ella, dándole ánimos—.
O antes de llegar.
—Aquí no hay esa clase de tiendas que nos enseñan en las películas de Hollywood, muñeca, porque el frío es tan insoportable como para que haya gente que quiera congelarse de a gratis en las carreteras desérticas—explicó Aleksei—.
Y tendremos suerte si en la siguiente gasolinera tengan algo para comer.
—Faltan aproximadamente dos horas de camino para la gasolinera más próxima—les informó Pavel de repente—, pero sabía que algo así sucedería, así que me vi en la necesidad de saquear algunas provisiones de la cocina, joven Reznikov, y llenar una mochila entera de comida y otra más pequeña para mis cosas personales.
—¿En serio?
—el joven heredero se enderezó y se colocó en medio de ambos asientos delanteros.
—Sí—asintió el pelirrojo, inclinándose un poco al suelo del asiento del copiloto de dónde sacó la mochila más grande y se la entregó, sin dejar de ver el camino—.
Aquí tiene.
—¿En qué momento lo hiciste?
No nos dimos cuenta—interrogó Annelise.
—Antes de preparar la camioneta—contestó—, pensé que llevar algo de comida, sin saber exactamente a dónde irían, sería buena idea.
Annelise fue la primera en echar un vistazo a la mochila y ahogó una exclamación cuando encontró snacks de todo tipo, desde barras de chocolate hasta jugos, galletas, y delicias enlatadas.
Durante veinte minutos, los tres se encargaron de degustar aquel manjar sin detenerse.
No era comida como tal, pero era lo bastante delicioso para sustentarlos.
—Espera, ¿saqueaste mi escondite secreto de snacks en la cocina?
—preguntó Aleksei cuando comprendió que todos esos dulces los había comprado para comérselos cuando tuviera antojo.
—No podía traer comida como tal, joven Reznikov.
—Solo por esta vez, te agradezco que supieras mi sitio secreto, la próxima seré más discreto—bromeó Aleksei, llevándose a la boca una bolsita de M&M’s.
Después de avanzar más y de ya no sentir que sus estómagos demandaban comida, por fin llegaron a la gasolinera en donde, por gracia divina, advirtieron una pequeña tienda de comestibles, muy abandonada, pero en servicio.
—Llena el tanque—le ordenó Aleksei al pelirrojo, dándole un fajo de billetes y luego miró a Annelise—.
¿Quieres venir conmigo o me esperas en la camioneta?
—Quiero ver que venden ahí.
Él asintió y la ayudó a bajar, mientras Pavel también descendía de la Todoterreno para cargarla de combustible.
La tenue nieve que continuaba cayendo y el aire helado nocturno, era la peor combinación.
Aleksei abrazó a la fémina por encima de los hombros para que no sintiera tanto frío y no resbalara por el hielo adherido al pavimento para poder llegar sanos y salvos a la tienda.
Tras abrir, se escuchó el sonido de una campana y enseguida el dueño de la tienda dio un respingo.
Era un anciano y les regaló una sonrisa cansada.
Apenas su abrigo le cubría del gélido frío y su gorro estaba tan deteriorado que se le alcanzaba a ver el cabello canoso a través de las costuras abiertas, provocando que Annelise sintiera pena por él; además, parecía estar en los huesos porque ese lugar estaba desértico y se preguntó cómo es que se abastecía de suministros sin perecer.
—Hola—.
Saludó Annelise.
En Rusia normalmente era extraño sonreírle a quienes no conocías, pero ese anciano era, hasta cierto punto, adorable y no podía ser maleducada.
—Hola, ¿buscando algo en particular?
Tenemos todo tipo de alimentos, tanto perecederos y no perecederos—repuso el anciano, señalando una caja de frutas que no estaban en mal estado y luego una estantería de comida enlatada, y más al fondo, una nevera con bebidas frías, y hasta el final, una cafetera y un pequeño estante de snacks dulces y salados.
—De todo un poco—dijo Aleksei.
Annelise se apresuró a ir a verificar los snacks primero que nada y Aleksei la cafetera porque se le antojaba una deliciosa taza.
Finalmente, compraron más snacks, algunas frutas y tres cafés estilo americano en vasos térmicos.
En cuanto Aleksei le pagó al anciano, no esperó a que le devolviera el cambio y ambos se despidieron de él al salir.
Pavel ya los esperaba dentro de la camioneta.
Se deslizaron al interior con mucho entusiasmo para reanudar la marcha con destino a Moscú.
—¿Hay sanitario aquí?
—preguntó ella antes de que el pelirrojo arrancara.
—Sí.
—Necesito ir… —Yo también—terció Aleksei.
—Está justo al lado de la tienda de comestibles—, les indicó Pavel.
Tardaron más en ir que en regresar.
Cuando se incorporaron a la carretera, ya era pasada las diez de la noche y comenzaban a adormecerse, en especial Annelise.
—Artem, cuando te sientas muy cansado, dímelo, ¿de acuerdo?
Para que te releve.
—No se preocupe, joven Reznikov, por el momento me siento despejado.
—Solo promete que me lo dirás—sentenció el joven heredero.
—Lo prometo.
Annelise se fue acomodando entre los asientos traseros y Aleksei le instó a que su cabeza descansara sobre su regazo para ir más cómoda, y en cuestión de minutos, quedó profundamente dormida, tiempo en el que él aprovechó para contemplarla en la tenue oscuridad.
Se miraba tan delicada, femenina y preciosa, especialmente dormida, en donde no tenía el ceño fruncido ni intentaba defenderse de todos.
¿Por qué no se había dado cuenta desde el principio de su belleza tan extraordinaria, tanto por dentro como por fuera?
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