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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 43

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43: Capítulo 42 43: Capítulo 42 Luego de contemplarla por un largo rato, decidió cerrar los ojos para descansar y estar en perfecto estado para cuando le tocase relevar a Artem.

En algún punto logró conciliar el sueño, pero el movimiento brusco de la camioneta le hizo abrir los ojos.

El reloj del tablero anunciaba las tres de la mañana en punto y volteó a ver al pelirrojo, que lejos de estar cabeceando de sueño, estaba muy alerta, con los puños apretados al volante y la mirada huraña en los tres espejos.

Ya no estaban en la carretera, sino en un camino de terreno irregular con nieve dura y enormes agujeros en donde los neumáticos de la Todoterreno caían con fiereza.

—¿Te has salido del camino?

—le preguntó, ahogando un bostezo.

—Joven Reznikov, no quise despertarlo, pero según mis cálculos, hay un retén a pocos kilómetros de aquí y no quiero que tengamos problemas, por eso encendí el GPS para conseguir un atajo, pero lo apagaré en cuanto estemos afuera del radar de los militares.

—¿Cómo sabes que hay un retén más adelante?

El pelirrojo lo miró a través del espejo retrovisor.

—Porque hemos venido a misiones por estos lugares y ese retén fue colocado ahí gracias a su padre, joven Reznikov.

Hace un par de años tuvimos un enfrentamiento con un convoy militar cuando nos interceptaron y desde entonces, optaron por montar guardia y así evitar que volvamos a causarles problemas.

—¿Te refieres que colocaron una base militar especial?

—alzó las cejas.

Pavel asintió—.

Vaya.

No tenía idea de eso.

Mi padre es tan hermético como idiota.

—Lo que me tiene muy nervioso es que no logro encontrar la salida para incorporarnos a la carretera.

En el GPS me marca que está por aquí, pero me temo que solo estoy dando vueltas en círculos.

Aleksei acomodó delicadamente la cabeza de Annelise sobre la mochila de snacks para moverse al asiento del copiloto y poder hablar con el pelirrojo con más soltura y sin molestarla en lo absoluto, ya que estaba durmiendo tranquilamente.

—Cálmate.

A ver, dime, ¿aproximadamente a qué distancia está ese operativo y cuanto llevas en este camino?

—comenzó a manipular el GPS de la pantalla del tablero.

—Llevo casi media hora aquí, joven Reznikov—se lamentó—, y tengo un mal presentimiento.

Aleksei humedeció sus labios y asintió.

—Trajiste armas y municiones, ¿verdad, Artem?

El pelirrojo asintió, con los ojos entornados.

—Están justo debajo del asiento trasero, en el compartimiento secreto—.

Le informó.

—Tenemos dos ventajas, si en caso los militares decidieron moverse de lugar para sorprendernos—dijo Aleksei—.

El primero y más importante: la camioneta está blindada, y segundo, que sabemos defendernos.

Pavel estuvo de acuerdo con sus palabras, pero le inquietaba que, si se daba un enfrentamiento, Annelise podría salir herida, por más que la camioneta estuviera blindada, ya que siempre había un punto débil, como el área donde se encontraba el tanque de gasolina, que estaba a la altura de la cabeza de ella en el asiento trasero.

—¿Traes una pistola cargada a la mano?

—le preguntó.

—Justo en mi pantalón, escondida entre ropa, pero fácil de sacarla, joven Reznikov.

—Perfecto.

Yo también.

Continuaron avanzando por el camino irregular y Aleksei le fue indicando por donde moverse, llegando poco a poco a un claro y posteriormente, lograron divisar la carretera nuevamente.

El alivio en ambos jóvenes fue palpable.

Se habían preocupado por nada, pero al menos sabían que estaban listos para arremeter con cualquier que quisiera interponerse en su camino.

Sin embargo, en cuanto se incorporaron a la carretera, el desasosiego volvió, tanto para Pavel como para Aleksei.

Tanta tranquilidad no era normal y eso que desde hacía horas había venido conduciendo en silencio y sin ningún otro coche haciéndoles compañía.

Ambos se enviaron miradas preocupadas, pero se mantuvieron en silencio.

Por su parte, Aleksei apagó el GPS y se abrochó el cinturón de seguridad, no sin antes echarle un vistazo a Annelise, que seguía dormida atrás, ajena a todo lo que estaba sucediendo en aquel momento.

Pavel aceleró un poco más sin dejar de mirar a su alrededor, cambió el método de conducción de estándar a automático para poder tener una mano libre y colocarla sobre el arma, por encima de su ropa.

—También percibes que algo no anda bien, ¿verdad?

—Susurró Aleksei.

—No me gusta ser paranoico, joven Reznikov, pero tengo la sensación de que nos están observando en alguna parte.

Toda la carretera estaba oscura, salvo por las luces de la camioneta alumbrando el camino, haciendo que los árboles llenos de nieve se miraran tétricos y la oscuridad que iban dejando atrás quisiera perseguirlos para tragárselos.

De pronto, Pavel sintió como perdía el control de la camioneta sin miramientos, yéndose de un lado a otro con violencia y el sonido de aire escapándose los puso alertas.

—¡Le han disparado a un neumático!

—gritó Aleksei.

Pavel se aferró al volante para intentar controlar el vehículo y derrapó bruscamente por la nieve.

Pisó el freno y alzó el freno de mano para maniobrar con agilidad, porque se estaban acercando peligrosamente a un precipicio, justo en una curva de alto riesgo.

—¡Detén la camioneta!

—vociferó Aleksei, aferrándose al asiento.

Annelise se levantó asustada por el zarandeo de la camioneta y ahogó un grito al darse cuenta de lo que estaba pasando.

—¡¿Qué está pasando?!

—chilló, desconcertada.

—¡Ponte el cinturón!

—le ordenó Aleksei a la chica.

Ella, adormilada, buscó como una loca el cinturón y como pudo, se lo abrochó.

El pelirrojo, al escuchar el grito de Annelise, rechinó los dientes, moviendo con rapidez el volante al lado contrario de la curva para poder incrustarse en un montículo de nieve que caer al abismo.

—¡Agárrense!

—gritó Pavel y a continuación, dio un último volantazo hasta quedar a escasos centímetros de un enorme árbol.

—¡Dios mío!

¿Qué pasó?

—titubeó Annelise, lívida.

—Cálmate, muñeca, creo que se ha pinchado un neumático—respondió Aleksei para tranquilizarla y miró a Pavel—, oye, Artem, ¿estás bien, amigo?

Lo agarró del hombro cuando lo vio respirar agitadamente y con la cara estampada en el volante, intentando recuperar el aliento.

—Se lo dije, algo estaba mal—logró decir, casi sin poder respirar—.

Nos están acechando y si no cambiamos el neumático, vendrán en cuestión de minutos.

—¿Qué?

¿Quiénes?

—balbuceó la chica.

—Bajemos con cuidado y cambiémosla—objetó Aleksei y luego miró a Annelise—.

Muñeca, quiero que por ningún motivo vayas a bajarte de la camioneta, ¿de acuerdo?

Si escuchas o miras algo, no quiero que salgas de aquí.

—Pero… —Mírame, Annelise.

Ella obedeció y los ojos grises de Aleksei estaban ensombrecidos.

—Quiero que me obedezcas sin protestar.

Esto es grave.

Finalmente, en contra de su voluntad, asintió.

Los observó quitarse el cinturón de seguridad y sacar sus armas de entre sus abrigos para luego deslizarse fuera de la seguridad de la Jeep, quedando expuestos a la oscuridad de la carretera y de aquellos que los estaban acechando en la lejanía.

Ellos aseguraron las puertas y Annelise los observó con atención mientras quitaban el neumático y con las herramientas necesarias colocaban el nuevo que había estado incrustado en la parte trasera de la Jeep.

Tardaron diez dolorosos minutos cambiando el neumático, tiempo en el que el corazón de ella palpitó erráticamente por el horror de ser emboscados.

Aleksei fue el primero en subir y después Pavel, los dos muy tensos y a la defensiva.

—Ahora sí, Artem, métele toda la velocidad que puedas porque ya deben venir cerca—le ordenó.

El subordinado asintió, completamente tranquilo a minutos atrás.

Echó reversa y luego aceleró como alma que lleva el diablo, alejándose lo más rápido posible de esa zona boscosa donde alguien los había cazado y por poco consiguieron su objetivo, pero si volvían a pinchar otro neumático, ahora sí iban a estar en aprietos.

Ya no había otro repuesto.

—¿Alguien puede ser tan amable de explicarme qué ha pasado?

—masculló Annelise.

Aleksei no entró mucho en detalles para no asustarla y ella se estremeció.

—¿O sea que a la distancia nos dispararon?

—Sí.

El neumático tenía dos balas incrustadas y fueron francotiradores porque fue con una precisión monstruosa—terció Pavel.

—Por eso es que debemos abandonar esta zona de inmediato.

—¿Por qué piensan que son militares?

¿Y si son los mismos hombres de Mikhail que vienen por nosotros?

—Annelise, de solo pensarlo, le dieron náuseas.

Pero cuando Pavel se volvió brevemente hacia atrás para responder, Aleksei y Annelise entornaron los ojos al ver una escena espeluznante a unos diez metros de distancia.

—¡Detente!

—le gritaron al pelirrojo al unísono.

Pavel pisó el freno de golpe, impulsando la camioneta hacia adelante y haciendo que rechinaran los neumáticos en el asfalto con nieve.

Derrapó unos metros antes de lograr estabilizar el vehículo.

Frente a ellos se hallaban dos convoyes militares con aproximadamente veinte hombres armados, apuntándoles directamente.

Aleksei tragó saliva.

Pavel apretó las manos que se aferraban al volante.

Y Annelise se dio cuenta que habría sido mejor caer en manos de Mikhail Reznikov, que del ejército ruso.

En cuestión de segundos, más hombres aparecieron, bloqueando el paso tanto de adelante como de atrás.

Los habían acorralado como ratas.

La mano de Pavel se deslizó discretamente hacia su arma, pero Aleksei le indicó con la mirada de que no era buena idea.

El que parecía ser el jefe de los convoyes, se abrió paso entre los demás, siendo escoltado por cuatro de ellos hasta quedar a una distancia prudente de la Jeep.

Era el único que aparentemente no estaba armado, pero tenía la mirada mezquina y gélida, igual o peor que la del capo ruso, su suegro de mentira.

Annelise supo que el peligro era más delicado de lo que parecía cuando ese hombre en cuestión esbozó una sonrisa oscura y le dio una palmada amigable al cofre de la camioneta, movilizando sin decir una palabra a alrededor de veinte militares alrededor de ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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