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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 50

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50: Capítulo 49 50: Capítulo 49 Aleksei abrió los ojos con dificultad al percibir calor y el delicioso aroma de café.

Lo último que recordaba fue haber visto a Annelise siendo llevada por la fuerza por un sujeto rubio en pleno enfrentamiento y cuando quiso seguirlos, fue interceptado por militares y perdió el rastro, y al lograr derrotarlos, a ciegas corrió al interior del bosque nevado, con la esperanza de encontrarla.

Sin embargo, patéticamente se perdió y tuvo que detenerse, sin dejar de gritar su nombre, pero el congelamiento hizo de las suyas en su cuerpo y tropezó, quedando enterrado en la nieve.

Y acto seguido, perdió el conocimiento.

—Joven Reznikov—.

Pavel se inclinó a él con preocupación.

A través de las pestañas, advirtió la presencia del pelirrojo, que sostenía un termo de café en sus manos y había una extraña iluminación junto a ellos.

—¿En dónde estoy?

—Murmuró, aturdido—.

¿Dónde está Annelise?

En su intento de levantarse, todo le dio vueltas y Pavel lo tomó del pecho, empujándolo a recostarse nuevamente.

—Tranquilícese, por favor, no debe moverse bruscamente o lo lamentará.

Aleksei cerró los ojos, abatido.

—Por favor, dime que lograste rescatar a Annelise… El silencio que el pelirrojo le otorgó, le dio la respuesta que él no quería escuchar y apretó los puños.

—Entiendo.

¿Alguna pista?

—Moderó el tono de su voz para que no pudiera notar la desesperación que sentía.

—Solo un encendedor, joven Reznikov—.

Respondió Pavel—.

La gente de su padre vino por ella.

—¡¿Qué?!

Quiso volver a levantarse, pero el pelirrojo fue más audaz en evitarlo.

—Si mi deducción es correcta, ellos deben dirigirse a Rügen, Alemania.

—¿Crees que podamos alcanzarlos?

—Carraspeó.

—Tiene casi dos días desde que fue el ataque, joven Reznikov y no estoy seguro de que continúen el camino por tierra o hayan apresurado el viaje en algún avión privado.

—¿Estuve inconsciente dos días?

—Murmuró, decepcionado, colocando su brazo sobre sus ojos.

—No fue su culpa, nadie estaba preparado para esa emboscada.

—¿Los militares estaban de su lado?

—No lo sé, pero fue una buena estrategia llevársela en ese momento donde teníamos la guardia baja, joven Reznikov.

Aleksei no dijo nada más.

Esperó unos minutos más antes de sentarse lentamente y darse cuenta de que se hallaban en una cabaña abandonada con una chimenea casi rota, pero en funcionamiento a unos pasos de distancia.

—¿En dónde estamos?

—preguntó, mareado.

—En una cabaña vacía que encontré cerca de la carretera.

Tuve que repararla rápidamente porque tenía agujeros en el techo y en las paredes—, le explicó, señalando los parches hechos de tablas raídas y plásticos sucios—.

Y cómo usted no despertaba, recurrí a medidas drásticas para que usted no pereciera.

Aleksei se llevó la mano a la cabeza y notó que tenía la cabeza vendada, y el cuerpo muy abrigado, debajo de muchos abrigos.

El pelirrojo le ofreció un vaso térmico con café para calmarse y él lo aceptó a regañadientes.

El fuego de la chimenea emitía un destello cálido color naranja, mezclándose con la oscuridad de afuera, dándole un aspecto espectral a ambos, quienes estaban solos en medio de aquel bosque nevado sin rumbo alguno.

Después de que se bebiera el café, Pavel le ofreció sopa instantánea en un cuenco térmico para que comiera, aunque al principio se negó, terminó aceptándolo porque tenía que recuperarse y buscar a Annelise.

Mientras cenaba, el sabor de la sopa le resultó muy salada y sintió las mejillas húmedas, pero cuando se tocó la cara, se dio cuenta que eran lágrimas rodando hasta su cuello, deslizándose por sus labios.

Sorbió por la nariz y continuó comiendo en silencio, dándole igual si el pelirrojo se daba cuenta de esa vulnerabilidad.

Pavel se levantó discretamente y con su vaso de café, se acercó a la ventana a echar un vistazo a la nieve que continuaba cayendo por todo el bosque para darle cierta privacidad a Aleksei para llorar todo lo que quisiera.

—Mi padre—dijo el heredero ruso, un poco más tranquilo—, ¿no ha dado señales de vida?

—Me temo que no tengo idea.

La camioneta quedó en aquella zona en donde aún hay militares merodeando y me fue imposible rescatarla porque la confiscaron—le informó el pelirrojo—.

Los dispositivos quedaron ahí.

—Muy bien, eso es algo bueno.

Mi padre no sabrá en donde estoy durante algún tiempo y eso nos da la libertad de ir por Annelise.

—Hay un doble filo en eso, joven Reznikov—titubeó Pavel—.

Al no saber nada de usted, hay libertad de hacer lo que usted desea, pero si en caso se ve en un problema mayor, ¿cómo podría él a rescatarlo si no sabrá en dónde está?

—Eres un buen estratega, Artem, por eso mi padre confiaba mucho en ti y yo también—replicó Aleksei con una media sonrisa—, y sé que vas a idear un buen plan para rescatar a Annelise sin ser detectados por Erich Falkenheim y continuar con nuestro viaje a Moscú.

—Agradezco sus palabras y la confianza en mí, pero… —el pelirrojo se encogió en su sitio con nervios, e incluso le tembló la mano con la que sostenía el vaso de café—, no estoy seguro de poder hacerlo.

—¿Por qué no?

Dijiste que protegerías a Annelise ante cualquier cosa—le recordó.

—Y lo sostengo, pero ahora nos hallamos en un dilema.

No solo estamos huyendo del señor Reznikov, sino que, si intentamos enfrentarnos a los Falkenheim, lo tendremos detrás a él también y tener a dos bestias sangrientas atrás de nosotros, es como haber provocado al diablo y a su ejército.

—¿Qué tanto miedo les tienes al padre de Annelise y al mío?

Son simples humanos con poder a base de amenazas, Artem, y pueden morir con una maldita bala en la cabeza.

—Y no lo niego, joven Reznikov, pero… Pavel apretó el vaso térmico a tal punto de romperlo y derramar el café en su mano, pero pareció no notarlo.

—Pero ¿qué?

—Pero es poco probable lograr tener esa oportunidad de pegarles un tiro a ambos en la cabeza y terminar con su mierda.

—Puedo hacerme cargo de mi padre, pero de Erich Falkenheim no estoy tan seguro porque no lo conozco, así como tú.

Los ojos oscuros del pelirrojo se postraron en Aleksei con fiereza.

—Conozco su nivel de psicopatía, joven Reznikov, sé muy bien cómo es su manera de volver loco a alguien usando la tortura física y psicológica, más no su talón de Aquiles y dudo mucho que Annelise lo sea porque de ser así, no la habría enviado a su enemigo en bandeja de plata.

—¿Sabes en dónde está ubicada su casa en Rügen?

Pavel asintió.

—Es una fortaleza similar a la mansión del señor Mikhail—le advirtió—, pero más frívola y amurallada por todos lados y con el triple de guardias armados hasta los dientes.

Difícil de penetrar si no sabes el sitio adecuado.

Aleksei apretó la mandíbula, furioso.

—Escapé en varias ocasiones de ese lugar, pero siento que es porque Erich así lo deseaba para marcarme psicológicamente, porque él no es el tipo de hombre que le encanta dejar cabos sueltos.

—Tal vez podríamos volver a la mansión y fingir que raptaron a Annelise, haciendo que mi padre nos dé el apoyo de sus hombres para ir a rescatarla—objetó Aleksei con desdén—.

Aunque debemos ser persuasivos para que nos crea y caiga en la trampa.

—¿Y cómo le va a explicar usted sobre esta escapada?

—Le diré la verdad: Planeaba pasar unos días libres con mi esposa en mi departamento de Moscú y por eso te pedí venir con nosotros, pero nos emboscaron los militares y la mafia alemana secuestró a Annelise—dijo Aleksei con seriedad—.

Si te das cuenta, es toda la verdad.

No inventamos nada, solamente omitimos ciertos detalles para que todo concuerde con la versión real.

—¿Y si pregunta cómo sabemos si eran los Falkenheim?

—Le mostraremos el encendedor que encontraste.

Esa es la prueba suficiente, Artem.

—Podría funcionar—murmuró el pelirrojo, sopesando la idea.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

El pelirrojo asintió.

—¿Reconociste al sujeto que se llevó a Annelise?

Era un chico rubio de más o menos la edad de ella.

Ambos discutían cuando los advertí y al momento de correr a ellos, él se la colocó al hombro y salió corriendo con ella hacia el bosque.

—No estoy seguro, la verdad—reconoció Pavel, dubitativo.

—Dime todo lo que sepas.

—Es que fueron rumores que escuché las veces que fui capturado por Erich—masculló, irritado.

—Dime todo lo que sepas—repitió, Aleksei, frustrado.

Pavel suspiró y tiró el vaso térmico al suelo.

—Los rumores que escuché de esa gente, es que el padre de Annelise tenía otro hijo no reconocido que cuidaba en las sombras—repuso Pavel con frialdad—, porque no tenía en mente dejarle su legado a ninguna de sus dos hijas legítimas sólo por el simple hecho de ser mujeres.

Aleksei entornó los ojos.

—¿Te refieres a que Annelise no es la primogénita de ese idiota?

—Sí, es decir, ella sí es la hija primera de Erich Falkenheim, pero ese chico rubio no.

—Son hermanos—afirmó Aleksei.

—Tampoco.

—¿Qué?

—Son hermanastros, joven Reznikov.

No comparten consanguinidad.

—No entiendo… ¿entonces por qué ella no me lo contó?

—Tal vez ella no tenía idea de que su padre tenía contemplado a ese chico como su reemplazo.

—Pero yo los vi hablando con mucha seguridad y reconocimiento hace unos días, e incluso Annelise le estaba gritando muy furiosa, como si ya se conocieran.

—Todo es muy confuso, joven Reznikov.

A lo mejor él ni siquiera es el hermanastro y es algún viejo amigo de ella que su padre envió a rescatarla, no lo sé—.

El pelirrojo se agarró las sienes, desesperado.

—O su exnovio—.

Siseó con amargura y celos desbordados.

Pavel dejó de agarrarse la cabeza para mirarlo con el ceño fruncido.

—Sí, Artem, ella no fue un bicho raro como yo de no involucrarse con nadie por ser hijo de un mafioso.

Annelise trató por todos los medios ser normal y conoció gente externa y no dudo que ese rubio fuese su antiguo interés romántico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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