Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 51
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51: Capítulo 50 51: Capítulo 50 El pelirrojo frunció el ceño cuando escuchó a Aleksei afirmar un antiguo posible interés amoroso y negó con la cabeza.
—No creo que lo sea.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—preguntó Aleksei con amargura.
—Porque si ese fuese el caso, ella no se hubiese prestado a obedecer esa misión suicida y tampoco a intentar amarlo, joven Reznikov.
Annelise es una niña de buen corazón que solamente ha sufrido a manos de su padre y aunque haya tenido algún noviazgo antes, no siento que sea alguien que juegue con los sentimientos de los demás.
—Le tienes mucha fe a Annelise.
—Yo no confío fácilmente en nadie, pero ella es transparente—acotó Pavel con severidad—.
No heredó la malicia de su padre y eso es asombroso, aunque también una desdicha.
Es muy astuta e inteligente, pero la malicia es lo que le falta para poder ser igual a su progenitor, que es más un monstruo que un ser humano.
—¿Crees que si le pregunto quién es ese sujeto, me lo dirá sin pensarlo demasiado?
—Sí.
Y quizá se lleve una sorpresa y sea el supuesto hermanastro.
—Ojalá tus palabras sean proféticas.
El pelirrojo asintió, motivado.
—Muy bien, entonces… Es momento de volver a la mansión para llevar a cabo el plan de rescate de Annelise.
Necesito que seas tú quien explique lo que ocurrió para que mi padre nos crea.
Él confía mucho en ti, Artem.
—Lo sé, pero antes de partir, saldré a cazar para que tengamos reservas para comer porque ahora que ya no contamos con ningún vehículo, tardaremos más en regresar a la mansión.
—De acuerdo, ¿en qué puedo ayudarte?
Pavel se revolvió incómodo y lo quedó mirando con fijeza.
—No muera, joven Reznikov, usted no está acostumbrado a esto y le pido que se cuide y proteja.
Será difícil y complicado regresar sin un medio de transporte en estas circunstancias porque el clima desciende en cualquier momento.
—¡Ya no soy un niño, Artem!
El pelirrojo respiró hondo ante ese pequeño berrinche, recordando las rabietas de Aleksei cuando era un adolescente.
—Obviamente que no, joven Reznikov, pero jamás ha tenido que sobrevivir a esto.
Y si algo le llegase a ocurrir, no me lo perdonaría nunca y tampoco su padre y Annelise.
Aleksei miró sus manos, abatido.
Él tenía razón.
Continuaba siendo inútil para momentos críticos y eso le asqueaba, pero al menos ahora tendría una experiencia en carne propia para sobrevivir si se daba el caso de huir con Annelise a un sitio donde nadie pudiera encontrarlos.
—Estamos a unas horas del amanecer.
Descanse un poco y no se preocupe de nada, me acercaré a echar un vistazo al retén a ver si puedo conseguir ver si la Jeep está cerca y sacar los radios y la otra mochila con municiones porque solamente me queda un cartucho lleno de mi arma.
—¿Estás seguro de que no puedo acompañarte?
—No.
Hacer el trabajo sucio y duro es mío, usted descanse.
—Por favor, Artem, deja de hablarme de “usted”, y tutéame.
Ya hemos pasado por muchas cosas como para que te dirijas a mí con un respeto que no me merezco porque no me lo he ganado.
—No me parece apropiado—dijo Pavel, fisgoneando en sus bolsillos—, pero si ese es tu deseo, lo haré—alzó la mirada a él y sonrió—.
Aleksei.
El recién mencionado esbozó una sonrisa satisfactoria.
—Son las cuatro de la mañana en punto—dijo el pelirrojo, verificando el reloj en su muñeca—.
Saldré justo ahora y planeo volver antes de que el sol salga por completo.
Si no regreso cuando ya haya amanecido, huye de aquí porque probablemente estaré muerto.
Aleksei asintió, conflictuado.
—Creo que perdí mi arma en el enfrentamiento.
El pelirrojo bebió un poco más de café caliente del termo y le repartió una barra de chocolate al chico y una se la guardó en el bolsillo del abrigo.
Se cercioró de tener cargado su rifle antes de acercarse a la puerta.
—Logré quitarle una escopeta a uno de los militares inútiles que estaban dentro del convoy en donde pretendían llevarse a Annelise—le informó Pavel y señaló con el dedo un mueble a punto de hacerse polvo—.
Detrás de ese mueble está escondida junto con sus municiones, sabes usarla, ¿no?
—Por supuesto.
—Bien, entonces ten cuidado porque tiene doble detonación y recuerda que es de corto alcance.
Cuando yo regrese, voy a silbar y si escuchas que alguien se acerca sin un silbido de por medio, te pones detrás de la puerta con la escopeta lista y no dispares hasta que tu oponente esté lo suficientemente cerca para asesinarlo porque no funcionará si disparas antes ni lejos.
Aleksei asintió.
—Correcto—Pavel cuadró los hombros y se sacudió el polvo de los pantalones con determinación—.
Nos vemos en un par de horas, Aleksei.
—Ten cuidado, Artem.
—Dime Pavel.
Me siento más cómodo con el diminutivo de mi apellido.
—Pavel—repitió Aleksei, complacido—.
Ten cuidado y vuelve a salvo porque tenemos que ir por Annelise.
—Cuenta con ello.
Dicho eso, el pelirrojo abrió la resquebrajada puerta y sintió el horrible frío del exterior en todo su cuerpo.
Subió el cierre de su abrigo hasta la boca y comenzó a andar por el bosque oscuro, sintiendo como la nieve que caía sobre su cuerpo se congelaba en trocitos de hielo.
Iba con ambas manos aferradas al rifle, mirando a todos lados y ubicándose para poder llegar al punto exacto.
En todo el tiempo que llevaba trabajando a manos de los Reznikov, jamás imaginó hacerse amigo del hijo de su jefe y de la esposa de este.
¿Cómo había sido eso posible?
Annelise Falkenheim lo había hecho posible.
Solo ella y su encanto.
Pavel aferró el encendedor que había hallado en el último sitio donde había visto ser llevada a Annelise y apretó la mandíbula.
Deseaba con todas sus fuerzas que ella estuviera bien, ya que no iba a perdonarse si le hacían algún tipo de daño por parte de su propio padre.
Pronto estuvo a unos cuantos metros de la carretera, justo donde había sido el enfrentamiento y advirtió que aún había algunos militares merodeando la zona.
Contó aproximadamente seis hombres uniformados que habían llegado a supervisar porque, por lo que él recordaba, habían logrado asesinar a casi todos los militares, pero llegaron refuerzos y todo se fue al carajo.
Y no sabía si los del ejército se habían puesto de acuerdo con los hombres de Erich Falkenheim para la sustracción de Annelise, pero lo dudaba.
Los rusos eran hombres leales y jamás habrían sucumbido a la traición con otra mafia, y mucho menos de otro país.
Se escondió detrás de varios árboles copados de nieve y moderó su respiración para poder acomodarse y apuntar a los hombres más cercanos justo en la cara porque estaban protegidos desde los pies hasta la cabeza, y solo sus rostros estaban al descubierto.
Cuatro de ellos eran solo unos niños idiotas jugando a los soldaditos.
Tuvo lástima por ellos porque eran su blanco elegido.
En el mundo de la mafia y la milicia, tenías que estar consciente de que tu vida no era de ningún valor, a menos que la dieras por alguien de alto rango en esa estúpida jerarquía y que no merecía.
Se arrodilló y colocó el rifle sobre una de las ramas para poder apuntarles mejor.
A él nunca le había gustado el papel de francotirador porque era lo más cobarde que podía existir, matar a la distancia y en silencio.
A Pavel le encantaba ver morir a sus enemigos frente a él, que vieran su rostro antes de abandonar el mundo.
Cerró el ojo para enfocar bien la cara del primero a través de la mirilla, cuando de repente, una mano temblorosa se posó sobre su hombro, sobresaltándolo.
Inmediatamente giró sobre su propio eje y le apuntó a la persona que se había atrevido a tocarlo.
Su dedo quedó peligrosamente encima del gatillo y enseguida se echó a temblar completamente al ver a la persona, pálida por el miedo de ser apuntado por un rifle a escasos diez centímetros de su corazón.
—¿Qué demonios haces aquí, Yuri?
—Siseó Pavel, con la respiración agitada y los nervios de punta.
Era uno de los nuevos reclutas que había entrado a trabajar en la mansión Reznikov hacía poco tiempo y tenía unos veinte años y una mirada tan dulce que no parecía ser miembro de la mafia rusa más temida del mundo.
Él estaba siendo entrenado para ser el nuevo guardaespaldas personal de Mikhail porque tenía mucho potencial a pesar de su apariencia gentil e inocente.
—Lo siento—, se disculpó, bajando la mirada.
Sus ojos eran color mieles, pero estaban tan dilatados que parecían negros.
Tenía la cara sonrojada por el frío y debajo de su gorro negro, sobresalía su cabello color arena.
—¿Qué haces aquí?
—repitió Pavel, menos histérico y tiró de él para que se ocultara en el árbol.
—Los seguí en silencio porque pensé que podrían necesitar ayuda.
—¿Qué?
—entornó los ojos—.
¿Te envió el señor Reznikov?
—No.
Vine por mi cuenta porque justamente pedí mis dos semanas de vacaciones y como no tengo familia, decidí usarlas para venir a ayudarte—sonrió dulcemente, provocando que Pavel quisiera darse un tiro ahí mismo.
—¡Eres un niño, por Dios, Yuri!
Has estado entrenando duramente por mucho tiempo y sin vacaciones, no debiste usarlas en nosotros.
Tengo la situación controlada.
—Pues yo les ayudé a la distancia cuando se enfrentaron a los militares, pero luego les pedí la pista cuando vi a la esposa del joven Reznikov ser secuestrada por otras personas.
Intenté ayudarlos a todos y terminé perdido—bajó la mirada, decepcionado.
Pavel negó con la cabeza, consternado.
—¿El señor Mikhail no dijo nada de la ausencia de su hijo?
—Le di el recado que el joven Reznikov me dejó.
—¿Y cómo reaccionó?
—Normal.
Simplemente asintió y regresó a su dormitorio—se encogió de hombros.
El pelirrojo se mordió el labio inferior, pensando en lo que haría a continuación porque su plan de asesinar a los menores de los militares se vio frustrado por Yuri, pero ahora con su presencia, podría idear un mejor plan.
—Eres bueno con el rifle, ¿no?
—Me encanta ser francotirador, pero también pelear frente a frente.
—Bien, porque vas a ayudarme.
El chico sonrió, animado y entusiasmado de estar en una verdadera misión, puesto que, desde que fue reclutado a los diecisiete, solamente había estado en entrenamiento arduo y no en una encomienda real.
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