Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 53
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53: Capítulo 52 53: Capítulo 52 En el pueblo próximo, donde había más casas y lugares en donde conseguir atención médica, comida y una prueba de embarazo, decidieron hacer una parada ahí, porque la nevada era densa y no habían podido comunicarse con Erich Falkenheim para que enviase el avión privado y acelerar el viaje.
—No tienes por qué bajar también, Condesa del fastidio perpetuo, nos haremos cargo nosotros.
Annelise volteó a ver a Volker y le envió una mirada de desprecio.
—Necesito estirar las piernas—repuso ella—.
Y también tengo que respirar algo que no sean los alientos de todos en la furgoneta.
—¿Y si llegas a estar embarazada y te resbalas?
—inquirió el rubio con desdén—.
No quiero tener que lidiar con esa responsabilidad de haberte dejado perder a ese bastardo.
—¡No asumas nada que no es verdad, idiota!
—le gritó, enfurecida.
Volker se encogió de hombros.
—Cómo quieras—masculló y le abrió la puerta del vehículo.
Drogo fue el primero en bajar y después ella, en compañía de tres más, todos armados, excepto Annelise.
—¿No vendrás, Volker?
—la chica volteó a verlo con el ceño fruncido.
—¿No puedes apañártelas sola?
—De hecho, sí, pero necesito un arma y sé que no me la darás a menos que vayas de metiche.
El rubio resopló, exasperado.
—Ni siquiera yendo contigo te daré un arma, no seas boba—espetó y saltó fuera de la furgoneta, cerrando la puerta con fuerza—.
Vamos.
A pesar de que ya había amanecido, las personas todavía no empezaban su día, así que decidieron ir más lento, además de que el camino estaba congelado y difícilmente podían acceder sin resbalarse.
Annelise fue la que encabezó el grupo porque continuaba estando mareada y con ganas de vomitar y le urgía demasiado saber la razón.
—Ve con cuidado o resbalarás—le advirtió Volker.
—¡Cállate…!
Pero en cuanto le replicó, resbaló y estuvo a punto de caer de bruces a la fría nieve congelada, y de pronto sintió las manos de alguien sosteniéndola de los hombros con agilidad.
—¿Lo ves?
Si no estoy contigo cuidándote, fácilmente irás a tu muerte accidental, Lady del desastre asegurado—.
Le ladró, molesto, pero debajo de su semblante irritado, había preocupación genuina.
—¡No te pedí ayuda!
—le espetó.
—¿Por qué sigues actuando como idiota?
—añadió, sin soltarla.
Pero Annelise no le respondió y a pesar de que deseó alejarse, sabía que Volker tenía razón.
Su torpeza la hacía caerse, y ahora que estaban caminando sobre la nieve congelada, con mayor razón estaba a la tentativa de resbalar sin miramientos.
Tal vez en otras circunstancias, ella lo habría aceptado como su hermanastro, pero no podía asimilar lo que su padre había hecho: reconocerlo legalmente como su hijo, dejando a un lado tanto a su hermana Saskia y a ella de cualquier herencia.
Y no le preocupaba mucho que viera en Volker a su hijo ideal, sino que, si en caso, quisiera huir, no tendría nada de dinero en su cuenta bancaria porque todo le pertenecería legalmente a ese rubio.
Tanto Volker y Annelise se adelantaron más que el resto.
Él, cuidándola para que no cayera y ella simplemente porque quería hablar sin que nadie más escuchara.
—¿Por qué aceptaste el apellido Falkenheim?
—le preguntó—.
Recuerdo que odiabas a mi padre porque trataba mal a tu madre y esa fue la razón por la que se marcharon de casa.
Transcurrieron algunos minutos en los que el rubio no respondió y ella pensó que no lo haría, pero se sorprendió cuando por fin habló.
—No sé hasta qué punto sabías de nuestra vida—respondió—, pero mi madre y yo éramos muy pobre, especialmente después de alejarnos de ustedes porque no nos llevamos ni un solo euro de ustedes por la dignidad, lo cual fue un error, ya que, no teníamos ni en qué caernos muertos y cómo yo necesitaba trabajar, y al mismo tiempo estudiar, no podía quedarme de brazos cruzados—hizo una pausa para mirarla.
Su brazo estaba casi extendido a ella, todavía cuidándola por si en caso resbalaba—.
Erich me buscó poco después para hacerse cargo de mí, tanto en mis estudios como en mi entrenamiento y nuestra manutención.
—¿Tu madre lo supo?
—No.
Jamás.
—Porque ella se habría negado, ¿no?
Volker asintió.
—Mi madre nunca va a dejar de estar resentida por los maltratos de tu padre.
Ella simplemente quiso amarlo, pero él se negó a ese amor.
—Erich Falkenheim solo se ama a sí mismo—repuso ella—.
Ni a Saskia ni a mí, nos ama, y eso que somos sus hijas.
—¿Qué hay de tu madre?
Annelise se encogió de hombros.
—No tengo idea—bufó—, a pesar de que Saskia y yo somos hijas del mismo padre y madre, yo no la recuerdo para nada.
Según él, ella murió después de tener a mi hermana, pero al menos, creo que debería tener algún recuerdo de cuando aún vivía, ¿no crees?
—Erich es un hombre de muchos secretos.
—Es un demonio personificado, al igual que Mikhail Reznikov.
—También el hijo, ¿no?
—aguijoneó.
Annelise lo miró con una sonrisa maliciosa y notó que Volker tenía esbozada una sonrisa torcida.
—Escucha, Volker, quiero que conozcas a Aleksei Reznikov—dijo ella—.
Estoy segura que podrían ser buenos amigos.
—¿Nunca has escuchado el dicho “¿De tal palo, tal astilla?”?
Ella puso los ojos en blanco.
—Tanto Aleksei y yo, no somos iguales a nuestros padres, Volker.
Volker soltó una risa baja, seca, que se perdió entre el crujido de la nieve bajo sus botas.
—Eso es exactamente lo que diría alguien enamorado del enemigo.
Annelise se detuvo de golpe.
La nieve crujió con fuerza cuando giró hacia él.
Sus ojos caramelo brillaban con una mezcla peligrosa de orgullo herido y desafío.
—No estoy enamorada de nadie.
—Claro —replicó Volker con calma irritante—.
Por eso estás embarazada de él.
El comentario fue como una chispa sobre la gasolina.
—¡No sabes si estoy embarazada!
—escupió ella.
—Lo suficiente para saber que existe la posibilidad.
Ella avanzó un paso hacia él, ignorando el hielo bajo sus botas.
—Te encanta insinuarlo, ¿verdad?
Volker no retrocedió.
De hecho, hizo algo peor.
Se inclinó apenas hacia adelante, lo suficiente para que su altura y su presencia invadieran el pequeño espacio entre ellos.
—No —murmuró—.
Lo que me encanta es ver cómo te enfureces.
Por un segundo, el viento pareció detenerse entre los árboles cubiertos de nieve.
Annelise sostuvo su mirada.
Y lo odió por algo que no quería admitir: Volker no era el niño irritante que recordaba.
Era más alto.
Mucho más ancho de hombros.
Su abrigo apenas ocultaba la forma atlética de su cuerpo, y el frío había pintado de rojo leve la punta de su nariz y sus pómulos, dándole un aire salvaje que contrastaba con la calma peligrosa de sus ojos verdes.
Esos ojos que, ahora que lo pensaba, nunca dejaban de observarla.
—Eres insoportable —dijo ella.
—Y aun así sigues hablándome.
—Porque eres un problema.
—Porque soy la única persona aquí que no te trata como una princesa rota —corrigió él.
Eso la hizo callar.
La frase había sido demasiado precisa.
Demasiado honesta.
Volker lo notó.
Siempre lo notaba.
—Además —continuó con voz más baja—, si realmente no te importara lo que pienso… no seguirías discutiendo conmigo desde hace quince minutos.
Annelise sintió el calor subirle por el cuello, aunque el aire helado le cortaba la piel.
—Solo estoy esperando que te calles.
Volker ladeó la cabeza, estudiándola con una atención que resultaba incómodamente intensa.
—Eso no es verdad.
—¿Ah, no?
—No.
Se acercó medio paso más.
Ahora estaban demasiado cerca.
Podía oler el humo tenue de cigarrillo en su abrigo, mezclado con el aroma metálico del frío.
—Estás intentando averiguar de qué lado estoy —añadió él en voz baja.
El corazón de Annelise dio un golpe fuerte contra sus costillas.
Porque tenía razón.
Otra vez.
—¿Y de qué lado estás?
—preguntó ella finalmente.
Volker no respondió de inmediato.
Sus ojos verdes descendieron por un segundo hacia los labios de Annelise antes de volver a su mirada.
Fue un movimiento pequeño, pero imposible de ignorar.
—Ese es el problema contigo, Annelise —dijo finalmente.
—¿Cuál?
Él se inclinó apenas más cerca.
Lo suficiente para que su voz llegara solo a ella.
—Que todavía no decides si quieres que esté de tu lado… o si preferirías que fuera tu enemigo.
El silencio entre ellos se volvió espeso.
Peligroso.
Y en ese instante, uno de los hombres, detrás de ellos gritó desde la calle principal.
—¡Encontramos una clínica abierta!
Volker se apartó primero.
Como si el momento nunca hubiera existido.
Pero cuando Annelise empezó a caminar otra vez, él volvió a colocarse a su lado… demasiado cerca.
Su mano rozó brevemente el brazo de ella, listo para sostenerla si volvía a resbalar.
—Intenta no caerte otra vez —murmuró.
—No me caí —replicó ella.
—Casi.
—Eso no cuenta.
Volker sonrió de lado.
Una sonrisa peligrosa.
—Para alguien que podría estar embarazada del heredero de los Reznikov… —La miró de reojo, —…eres sorprendentemente imprudente.
Annelise apretó la mandíbula.
—Y tú eres sorprendentemente entrometido.
—Es mi trabajo ahora.
—¿Ser insoportable?
—Cuidarte.
Ella bufó, pero esta vez no se alejó de él.
Y Volker lo notó.
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