Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 54

  1. Inicio
  2. Hija del Enemigo: Linaje Prohibido
  3. Capítulo 54 - 54 Capítulo 53
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

54: Capítulo 53 54: Capítulo 53 El edificio de la pequeña clínica parecía demasiado frágil para existir en medio de ese pueblo congelado.

Una casa antigua adaptada a consultorio, con pintura blanca descascarada y una luz amarillenta filtrándose por las ventanas empañadas.

El letrero metálico colgaba torcido, golpeando suavemente contra la pared cada vez que el viento soplaba.

Drogo fue el primero en abrir la puerta.

El olor a desinfectante y calefacción vieja los envolvió de inmediato.

Dentro, el lugar estaba casi vacío.

Solo una mujer de mediana edad detrás de un mostrador levantó la mirada con evidente sorpresa al ver entrar a cinco hombres armados y una joven envuelta en un grueso abrigo oscuro.

Annelise se quitó el gorro lentamente, dejando caer su cabello café dorado sobre los hombros.

—Necesito una prueba de embarazo —dijo sin rodeos.

La mujer parpadeó un par de veces, procesando la escena.

Luego asintió.

—Claro… sí… pase conmigo.

Annelise avanzó hacia el pequeño pasillo, pero antes de desaparecer por la puerta del consultorio, sintió la mirada de Volker clavada en su espalda.

No se giró.

Pero sabía que él estaba observándola.

Siempre lo hacía.

La puerta se cerró.

Y el silencio cayó sobre la pequeña sala de espera.

Drogo y los otros hombres se dispersaron cerca de la entrada, vigilando las ventanas con naturalidad militar.

Volker, en cambio, no se sentó.

Se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos.

Sus ojos verdes se quedaron fijos en la puerta cerrada del consultorio.

No se movió.

No habló.

Pero el músculo de su mandíbula se tensaba cada cierto tiempo.

Drogo lo notó.

—Relájate, Adler.

Volker ni siquiera lo miró.

—Falkenheim—le corrigió.

Drogo arqueó una ceja.

—Todavía no me acostumbro.

Volker tampoco respondió a eso.

Su atención seguía en la puerta.

Y, para su propia irritación, su mente estaba lejos de la vigilancia del lugar.

Estaba en ella.

En la forma en que casi había resbalado minutos antes.

En la forma en que se había quedado frente a él, con los ojos brillando de rabia.

En el calor momentáneo que había sentido cuando sus manos la sostuvieron.

Volker exhaló lentamente.

Maldita sea.

La recordaba como una niña insoportablemente orgullosa.

Fría.

Arrogante.

Pero ahora… Ahora había algo más.

Algo que lo incomodaba profundamente.

Y no tenía nada que ver con el hecho de que pudiera estar esperando el hijo de Aleksei Reznikov.

La puerta del consultorio se abrió.

Volker levantó la cabeza de inmediato.

Pero no era Annelise.

Era la enfermera.

—Necesitamos unos minutos más.

Volker asintió apenas.

Volvió a mirar la puerta cerrada.

Y sin darse cuenta, sacó un cigarrillo del bolsillo de su abrigo.

Drogo lo miró.

—No creo que te dejen fumar aquí.

Y se dio cuenta de que había perdido su encendedor.

—¿Traes fuego?

Drogo resopló y de sus bolsillos sacó un encendedor.

—¿Y el tuyo?

—le preguntó, dándole el suyo.

—Lo perdí.

—Igual y deberías hacerlo afuera, no aquí.

Volker se encogió de hombros y lo encendió ahí mismo.

—No pienso quedarme mucho.

El humo se elevó lentamente hacia el techo.

Dentro del consultorio, mientras tanto, Annelise estaba sentada en una pequeña silla metálica.

Sus manos descansaban sobre sus rodillas.

La enfermera dejó la pequeña prueba sobre la mesa.

—Tardará unos minutos.

Annelise asintió, pero en realidad no estaba escuchando.

Su mente estaba lejos.

En Yakutsk.

En la cueva.

En el calor del cuerpo de Aleksei contra el suyo.

En la forma en que él había pronunciado su nombre cuando todo se volvió demasiado intenso para detenerse.

Cerró los ojos por un segundo.

No.

No era momento de pensar en eso.

No cuando su vida entera podría cambiar con una pequeña línea en un trozo de plástico.

Sus dedos se cerraron lentamente sobre la tela de su abrigo.

El silencio se alargó.

Demasiado.

Hasta que la enfermera volvió.

Miró el resultado sin ningún tipo de expresión en su rostro cansado.

Y levantó la vista hacia ella.

—Señorita… Annelise sostuvo su mirada.

—¿Sí?

La mujer dudó apenas un segundo.

Luego giró la prueba para que pudiera verla.

Dos líneas.

Claras.

Inequívocas.

Annelise sintió que el aire desaparecía de la habitación.

Durante unos segundos no dijo nada.

No podía.

No sabía si reír.

O gritar.

O simplemente quedarse ahí sentada para siempre.

Finalmente se puso de pie.

—Gracias.

Su voz salió más firme de lo que se sentía.

Abrió la puerta del consultorio.

Y salió al pasillo.

La sala de espera estaba exactamente igual.

Drogo vigilando la puerta.

Los otros hombres revisando sus armas.

Y Volker… de pie frente a la pared.

El cigarrillo aún estaba entre sus dedos.

Fue el primero en verla.

Sus ojos verdes recorrieron su rostro con rapidez.

Buscando algo.

Cualquier cosa.

—¿Y bien?

—preguntó.

Annelise no respondió de inmediato.

Caminó hacia él.

Cada paso parecía resonar demasiado fuerte en el pequeño espacio.

Se detuvo justo frente a él.

Volker apagó el cigarrillo en el suelo de madera con la suela de su bota.

—Annelise.

Ella levantó la mirada.

Y por primera vez desde que la conocía… parecía desarmada.

No asustada, pero sí vulnerable.

Le extendió la pequeña prueba.

Volker la tomó.

Sus ojos se deslizaron hacia el resultado.

Dos líneas.

El silencio que siguió fue pesado.

Muy pesado.

Drogo dejó de moverse.

Los demás hombres también.

Volker volvió a levantar la mirada lentamente.

Sus ojos verdes se clavaron en los de ella.

Durante un instante ninguno habló.

Hasta que él exhaló con suavidad.

—Mierda… —Murmuró, casi para sí mismo.

Luego volvió a mirarla, pero esta vez su expresión había cambiado.

Ya no era burla.

Ni sarcasmo.

Era algo más oscuro.

Más protector.

—Esto —dijo finalmente, bajando la voz— va a complicarlo todo.

Annelise dejó escapar una risa breve.

Sin humor.

—¿Más de lo que ya está?

Volker sostuvo su mirada unos segundos.

Y luego negó con la cabeza.

—No tienes idea.

Sus ojos descendieron por un instante hacia el vientre de ella.

Luego regresaron a su rostro.

—Aleksei Reznikov te va a buscar hasta el fin del mundo cuando se entere.

Annelise lo miró con una calma peligrosa.

—Entonces supongo que tendremos que ser más rápidos que él.

Volker entrecerró ligeramente los ojos.

Y una sonrisa torcida apareció en su boca.

—Eso suena exactamente como algo que diría una Falkenheim.

Pero esta vez… no había desprecio en su voz.

Solo una especie de respeto inquietante.

—Aunque nuestro padre estará feliz porque de eso trataba mi misión, ¿no?

Robarme al heredero de los Reznikov —intentó darse ánimos a sí misma.

—No sé qué me perturba más, si escucharte decir “nuestro padre” o que cumpliste muy bien esa misión tan ridícula y peligrosa —graznó Volker, enrojecido de coraje.

Ya no pudo evitar mantenerse al margen.

Estaba furioso.

Annelise alzó una ceja.

—¿Ridícula?

—repitió, ladeando la cabeza—.

Curioso, considerando que tú eres el primero en seguir cada una de sus órdenes como un perro bien entrenado.

Volker dio un paso hacia ella.

Solo uno, pero bastó para acortar la distancia entre ambos de una manera incómoda.

—Ten cuidado con lo que dices.

—¿Por qué?

—replicó ella con frialdad—.

¿Te incomoda que te recuerde de dónde vienes?

Los ojos verdes de Volker destellaron con algo oscuro.

Durante un instante pareció que iba a responder con otra de sus burlas habituales, pero no lo hizo.

Simplemente la observó.

Como si estuviera intentando entender algo.

—Vamos —interrumpió Drogo desde la puerta—.

Si quieren discutir sobre traumas familiares, háganlo después.

Necesitamos comida.

El momento se rompió.

Volker apartó la mirada primero.

—Muévete —gruñó, pasando a su lado.

Annelise rodó los ojos, pero lo siguió.

El pequeño pueblo seguía medio dormido.

La nieve crujía bajo sus botas mientras avanzaban por la calle principal.

Un par de tiendas tenían las luces encendidas.

Una de ellas parecía una pequeña tienda de abarrotes.

Drogo y los otros se adelantaron.

—Compren lo que puedan —ordenó—.

No sabemos cuánto tardará Erich en enviar el avión.

Volker se detuvo frente a la puerta.

—Quédate aquí —le dijo a Annelise.

Ella lo miró con irritación.

—No.

—El suelo sigue congelado.

—Puedo caminar sola.

—Ya lo intentaste hace diez minutos y casi te rompes la cara.

Annelise lo fulminó con la mirada.

—Eres insoportable.

—Y tú eres un desastre con piernas.

Antes de que pudiera responder, Volker abrió la puerta y la dejó pasar primero.

El interior del local estaba cálido.

Olía a pan recién hecho y café.

La mujer detrás del mostrador levantó la vista con curiosidad cuando entraron.

Drogo empezó a pedir comida en ruso.

Mientras tanto, Annelise caminó hacia uno de los estantes con lentitud.

El mareo seguía ahí, pero ahora había algo más.

Una sensación extraña en el estómago.

No sabía si era el embarazo… o la presencia de Volker demasiado cerca.

Porque él no se había alejado.

Estaba justo detrás de ella.

Observándola, como un halcón.

—¿Qué?

—espetó ella sin girarse.

—Nada.

—Entonces deja de mirarme como si fueras a diseccionarme.

—Solo estoy evaluando el nivel de desastre en el que nos metiste, Señora de las meteduras de pata legendarias.

Annelise giró finalmente.

Quedaron frente a frente.

Demasiado cerca.

Más cerca de lo necesario para una simple conversación.

—No recuerdo que te pidiera que vinieras a rescatarme —dijo ella.

—No lo hiciste.

—Entonces deja de actuar como si fueras responsable de mí.

Volker inclinó ligeramente la cabeza.

—Lamentablemente lo soy.

—No.

—Sí.

Su voz había bajado.

Lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo.

—Porque si algo te pasa —continuó él—, Erich me arrancará la cabeza.

Annelise soltó una risa seca.

—Oh, claro.

Todo es por él.

Volker no respondió de inmediato.

Sus ojos se deslizaron por el rostro de ella.

Por su cabello húmedo por la nieve.

Por el leve rubor en sus mejillas.

Por la forma en que sus labios se tensaban cada vez que estaba irritada.

Y algo en su expresión cambió.

Apenas.

Pero lo suficiente para que Annelise lo notara.

—¿Qué?

—preguntó ella otra vez.

Volker dio un paso más.

Ahora la distancia entre ellos era mínima.

—Nada —repitió.

Pero su mirada descendió brevemente hacia el vientre de ella.

Y luego volvió a sus ojos.

—Solo estoy pensando.

—Eso suele ser peligroso en tu caso.

Una sonrisa torcida apareció en la boca de Volker.

—Probablemente.

Annelise sintió un extraño calor subirle por la nuca.

Lo cual era ridículo.

Volker Adler, ahora Falkenheim, siempre le había parecido insoportable.

Arrogante.

Insufrible.

Y sin embargo… ahora que estaba tan cerca… podía sentir el calor de su cuerpo incluso a través del abrigo.

Drogo apareció con una bolsa de comida.

—Tenemos lo necesario.

El momento volvió a romperse.

Volker se apartó.

Como si nada hubiera pasado.

—Bien —dijo—.

Volvamos antes de que la tormenta empeore.

Annelise tardó un segundo en reaccionar.

Pero lo siguió.

Y mientras caminaban de regreso hacia la furgoneta… no pudo evitar sentir que algo había cambiado.

Algo pequeño, pero peligroso.

Porque por primera vez desde que lo había vuelto a ver… Volker ya no parecía mirarla sólo con desprecio.

Y eso… era muchísimo más problemático.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo