Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 55
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55: Capítulo 54 55: Capítulo 54 El viento había comenzado a soplar con más fuerza cuando salieron de la tienda.
La nieve caía ahora con una densidad mayor, formando pequeñas espirales blancas que el aire arrastraba por la calle silenciosa del pueblo.
Drogo caminaba delante con la bolsa de comida, mientras los otros dos hombres vigilaban los alrededores con naturalidad entrenada.
Volker se quedó un momento en la puerta, observando el cielo gris.
—La tormenta va a empeorar —murmuró.
—Entonces deberíamos apresurarnos —repuso Annelise, acomodándose el gorro de lana.
Dio un paso.
Y el mundo se inclinó ligeramente.
No fue una caída.
No exactamente, pero el mareo regresó con más fuerza que antes.
Una náusea agria le subió por la garganta.
Se llevó la mano al estómago.
Maldita sea.
Volker lo notó de inmediato.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Annelise.
—Dije que nada—insistió, irritada.
Ella reanudó la marcha, obligando a sus piernas a seguir avanzando.
Pero apenas habían recorrido unos metros cuando tuvo que detenerse otra vez.
Esta vez apoyó una mano contra el tronco helado de un árbol.
Respiró hondo.
Una vez.
Dos.Tres.
Volker se acercó con el ceño fruncido.
—¿Te vas a desmayar?
—No.
—Te ves como si fueras a hacerlo.
—Solo estoy mareada.
Volker observó su rostro pálido.
El color se había drenado de sus mejillas.
—¿Es por…?
No terminó la frase, pero ambos sabían a qué se refería.
Annelise apretó los labios.
—No lo sé todavía.
Volker no dijo nada más.
Solo extendió la mano hacia ella.
—¿Qué haces?
—Evitar que te rompas el cráneo otra vez.
—No necesito… —Cállate y camina.
Su tono no dejaba espacio para discusión.
Annelise resopló con irritación, pero aceptó su brazo.
No porque quisiera.
Sino porque el suelo estaba cada vez más resbaloso.
Y porque el mareo no había desaparecido del todo.
Caminaron así durante el resto del trayecto.
El brazo de Volker ligeramente detrás de ella.
Listo para sostenerla si volvía a resbalar.
Cuando llegaron a la furgoneta, Drogo ya había abierto la puerta lateral.
—Entren rápido.
El interior estaba apenas más cálido que el exterior.
Los hombres comenzaron a acomodarse en los asientos.
Volker empujó suavemente a Annelise hacia dentro.
—Siéntate.
—No soy inválida.
—No.
Pero sí torpe.
—Eres insoportable.
—Y tú estás mareada por el embarazo.
Annelise se dejó caer en uno de los asientos.
La furgoneta comenzó a avanzar otra vez por el camino cubierto de nieve.
El motor gruñía bajo el esfuerzo.
Drogo ahora era el que conducía y con más cuidado.
La tormenta empezaba a cerrar el paisaje.
Volker se sentó frente a ella, pero tras unos segundos frunció el ceño.
—No.
Se levantó.
Y se sentó a su lado.
Annelise lo miró con irritación.
—¿Qué haces?
—Si te desmayas, prefiero que no te caigas al suelo.
—No me voy a desmayar.
—Lo dijiste hace diez minutos.
Ella abrió la boca para replicar, pero una nueva oleada de náuseas la golpeó.
Se inclinó hacia adelante.
—Mierda… Volker reaccionó rápido.
Tomó una de las botellas de agua de la bolsa.
—Toma.
Annelise bebió un poco.
Respiró hondo.
El mareo cedió lentamente.
—Esto es ridículo —murmuró.
Volker la observó de reojo.
—¿Qué cosa?
—Todo.
—Define “todo”.
Ella apoyó la cabeza contra la ventana de la furgoneta.
—Estar aquí.
Huir.
Estar embarazada.
Ser escoltada por un grupo de hombres armados.
Y tener que soportarte.
Volker soltó una pequeña risa nasal.
—Ese último punto sí suena realmente trágico para ti, ¿eh?.
Annelise cerró los ojos.
—Deberías estar feliz.
—¿Por qué?
—Porque cumplí la misión de Erich.
Volker se tensó.
—No lo menciones.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero hablar de él ahora.
—Curioso.
—¿Qué?
—Pensé que vivías para obedecerlo.
Volker la miró.
Una mirada larga.
—No tienes idea de lo que hablas.
Annelise abrió los ojos.
—Entonces explícame.
Silencio.
El sonido del motor llenaba el interior del vehículo.
Volker apoyó los codos sobre las rodillas.
—Tu padre me dio algo que nadie más me dio.
—¿Dinero?
—Una oportunidad.
Annelise lo observó con frialdad.
—También le dio sufrimiento a tu madre.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué lo defiendes.
Volker no respondió de inmediato.
Sus dedos jugueteaban con el encendedor plateado de Drogo porque el que siempre llevaba lo había extraviado y era su favorito porque incluso tenía grabado el apellido Falkenheim.
—No lo defiendo.
—Entonces ¿qué haces?
Volker giró el encendedor entre sus dedos.
—Estoy pagando una deuda.
Annelise lo miró en silencio.
Luego apartó la vista hacia la ventana cubierta de nieve.
—Las deudas con los demonios siempre terminan mal.
Volker soltó un pequeño resoplido.
—Tú deberías saberlo.
—¿Por Aleksei?
—Por Aleksei.
El nombre quedó flotando en el aire.
Pesado.
Annelise volvió a sentir esa incomodidad.
No culpa.
No exactamente.
Pero algo cercano.
Volker se inclinó ligeramente hacia atrás.
Su brazo quedó apoyado detrás del asiento de ella.
Demasiado cerca.
El espacio reducido de la furgoneta no ayudaba.
Annelise podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
Y el olor leve a tabaco y nieve en su abrigo.
—¿Por qué estás tan callado?
—preguntó ella.
—Estoy pensando.
—Eso nunca trae nada bueno.
Volker la miró.
—Estoy pensando en lo absurdo de esta situación.
—Ilumíname.
—Estás embarazada del hijo de nuestro mayor enemigo.
—No es “nuestro”.
—Lo es si Erich lo dice.
Annelise soltó una risa seca.
—Claro.
Volker bajó la mirada hacia su vientre.
El gesto fue breve, pero no pasó desapercibido.
—¿Qué?
—Nada.
—Deja de decir “nada”.
Volker volvió a mirarla.
Sus ojos verdes parecían más oscuros en la penumbra del vehículo.
—Solo estoy preguntándome si es verdad.
—¿Qué cosa?
—Si realmente estás embarazada.
Annelise sostuvo su mirada.
—¿Te preocupa?
—Me preocupa el desastre que eso causará.
—Siempre tan pragmático.
Volker ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Sabes qué es lo que realmente me preocupa?
—Sorpréndeme.
—Que no pareces entender en lo que te metiste.
—Oh, lo entiendo perfectamente.
—Ah ¿sí?
—Sí.
Volker se inclinó un poco más hacia ella.
—Entonces dime.
La voz de él había bajado.
—¿Qué pasará cuando Erich descubra que te enamoraste del hijo de Reznikov?
El corazón de Annelise dio un pequeño salto, pero no apartó la mirada.
—No me enamoré.
Volker alzó una ceja con escepticismo.
—Claro.
—Lo digo en serio—mintió, aunque ya no estaba segura de nada.
—Claro.
—¡Volker!
Él sonrió, pero no era una sonrisa amable.
—Te conozco desde que tenías diez años.
—Y me odiabas.
—Sigo haciéndolo.
—Entonces deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
Annelise dudó.
—Como si estuvieras… analizando algo.
Volker la observó un segundo más.
Luego apoyó la cabeza contra el respaldo.
—Tal vez lo estoy.
—¿Qué?
—Intentando entender cómo terminamos aquí.
La furgoneta dio un pequeño salto al pasar sobre una parte congelada del camino.
Annelise perdió el equilibrio.
Y sin pensarlo, apoyó la mano en el pecho de Volker.
Solo por un instante, pero fue suficiente.
Ambos se quedaron quietos.
El contacto era mínimo.
La tela gruesa del abrigo entre ellos, pero el calor de su cuerpo se filtraba igual.
Annelise retiró la mano lentamente.
—Lo siento.
Volker no respondió.
Sus ojos estaban clavados en ella.
Y por primera vez desde que se habían reencontrado… no había burla en su expresión.
Solo algo extraño.
Algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar.
Drogo habló desde el asiento delantero.
—La tormenta está empeorando.
Vamos a tardar más de lo previsto.
Volker apartó la mirada.
—Perfecto.
Annelise suspiró.
—Genial.
La furgoneta siguió avanzando entre la nieve.
El silencio regresó, pero ahora era diferente.
Más denso.
Más cargado.
Y aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta… ambos sabían que algo había cambiado dentro de ese vehículo.
Algo pequeño.
Algo peligroso.
Algo que no tenía absolutamente nada que ver con la misión de Erich Falkenheim.
Y todo que ver con ellos.
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