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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 56

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56: Capítulo 55 56: Capítulo 55 La furgoneta siguió avanzando lentamente entre la tormenta.

El parabrisas era una guerra constante entre la nieve que caía y los limpiaparabrisas que intentaban despejarla.

Dentro, el aire era denso.

Demasiadas personas.

Demasiado silencio.

Demasiadas cosas que ninguno estaba dispuesto a decir en voz alta.

Annelise volvió a cerrar los ojos.

Intentaba ignorar el mareo que regresaba poco a poco, pero su cuerpo no parecía dispuesto a cooperar.

El olor del interior del vehículo —gasolina, cuero húmedo, metal frío y tabaco— empezó a revolverle el estómago.

Se llevó una mano a la frente.

Respira.

Solo respira.

Pero el malestar no cedía.

Volker lo notó.

Por supuesto que lo notó.

Había estado observándola desde hacía varios minutos, aunque fingía mirar hacia la ventana.

El color de su piel había cambiado otra vez.

Demasiado pálida.

Y su respiración era ligeramente irregular.

—¿Otra vez?

—murmuró él.

Annelise abrió un ojo.

—¿Qué?

—Te estás poniendo verde.

—No digas estupideces.

Volker no respondió.

Solo sacó otra botella de agua de la bolsa.

Se la puso en la mano.

—Bebe.

—No soy una niña.

—Bebe—repitió en un gruñido.

El tono fue lo suficientemente firme para que no discutiera.

Annelise bebió un poco.

Pero apenas el líquido tocó su estómago, una náusea más fuerte la golpeó.

Se inclinó hacia adelante.

—Mierda, no… Volker reaccionó antes que nadie.

Tomó una bolsa de papel del suelo y se la puso frente a la boca.

Annelise apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Cuando terminó, respiró con dificultad.

El interior de la furgoneta quedó en silencio.

Uno de los hombres del fondo murmuró algo en ruso.

Drogo miró por el espejo retrovisor.

—¿Todo bien?

—Sigue conduciendo —respondió Volker con sequedad.

Los ojos verdes del rubio volvieron a posarse en ella.

Ahora con una atención distinta.

Más aguda.

Más seria.

Annelise se recostó contra el respaldo, agotada.

—Esto es ridículo… Volker tomó la bolsa con cuidado y la dejó a un lado.

—¿Te pasa seguido?

—No lo sé.

—¿Desde cuándo?

—Desde esta mañana.

Volker frunció el ceño.

—Eso no es normal.

—Ah, ¿ahora también eres médico?

—se burló.

—No.

Pero tampoco soy idiota.

Annelise cerró los ojos otra vez.

—No empieces.

Volker la observó en silencio durante unos segundos.

Luego hizo algo inesperado.

Se inclinó ligeramente hacia ella.

Y puso la palma de su mano contra su frente.

Annelise abrió los ojos de golpe.

—¿Qué demonios haces?

—Comprobando si tienes fiebre.

—¡No me toques!

Intentó apartarse.

Pero el espacio dentro del vehículo era demasiado reducido.

La mano de Volker permaneció ahí unos segundos más.

Su piel estaba fría.

Pero no tenía fiebre.

Volker retiró la mano lentamente.

—No estás enferma.

—Gracias por el diagnóstico, doctor.

—Pero algo te está afectando.

Annelise soltó una risa débil.

—No me digas.

Volker no sonrió.

Sus ojos se deslizaron hacia el vientre de ella otra vez.

Ese gesto breve.

Ese gesto que ella ya había notado antes.

—No empieces con eso —murmuró ella.

—No dije nada.

—Lo estás pensando.

—Claro que lo estoy pensando, ¿o acaso lees mentes?

—le espetó.

Annelise suspiró con irritación.

—Escucha, esa prueba que compramos puede estar mal.

Volker la miró.

—¿Mal?

—Era vieja.

—Funcionó.

—Eso no significa que sea precisa.

Volker cruzó los brazos.

—¿Qué propones?

—Cuando lleguemos a un lugar más grande quiero hacerme otra.

—¿Otra?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque esas pruebas también dicen cuántas semanas tienes.

Volker se quedó quieto.

—¿Semanas?

—Sí.

Annelise se encogió ligeramente de hombros.

—Si estoy embarazada… quiero saber desde cuándo.

Un silencio pesado cayó entre ellos.

Volker apretó la mandíbula.

Desde cuándo.

La frase resonó en su cabeza más de lo que debería.

Porque ambos sabían lo que significaba.

Aleksei Reznikov.

La imagen del ruso apareció en su mente con una claridad irritante.

Los ojos fríos.

La forma en que la miraba.

Volker sintió algo desagradable subirle por el pecho.

Algo caliente.

Algo irracional.

Apretó los dedos contra su rodilla.

Maldita sea.

Annelise lo observó.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás haciendo esa cara otra vez.

—¿Qué cara?

—La cara de asesino silencioso.

Volker soltó una pequeña exhalación.

—Solo estoy pensando.

—Eso nunca termina bien.

Él giró la cabeza hacia ella lentamente.

—¿Sabes qué no termina bien?

—¿Qué?

—Que lleves dentro al hijo de ese bastardo.

El tono fue bajo.

Pero había algo oscuro en él.

Annelise se tensó.

—No lo llames así.

Volker se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿Por qué?

—Porque no sabes nada de él.

—Sé lo suficiente.

—No.

Volker la miró fijamente.

—Es el hijo de Mikhail Reznikov.

—Y yo soy la hija de Erich Falkenheim.

Volker no respondió.

Pero sus ojos brillaron ligeramente.

Annelise sostuvo su mirada.

—¿Ves?

—dijo ella—.

Exactamente mi punto.

El silencio volvió a llenar el vehículo.

Pero algo dentro de Volker seguía moviéndose.

Algo incómodo.

Algo que no le gustaba reconocer.

Volvió a mirar hacia el vientre de ella.

Pequeño.

Plano aún.

Nada había cambiado físicamente.

Pero la idea ya estaba ahí.

La posibilidad.

El hijo de otro hombre.

El hijo de Aleksei Reznikov.

Volker apretó la mandíbula.

Una sensación inesperada le atravesó el pecho.

No era ira.

No exactamente.

Era algo más primitivo.

Más oscuro.

Algo peligrosamente parecido a… posesión.

Lo odió en el mismo instante en que lo reconoció.

Ridículo.

Absolutamente ridículo.

No tenía derecho a sentir eso.

Ninguno.

Annelise notó su silencio prolongado.

—¿En qué piensas?

Volker tardó un segundo en responder.

—En que deberías tener cuidado.

—¿Con qué?

—Con caerte otra vez.

Ella rodó los ojos.

—Eso ya lo dijiste.

—Lo repito porque parece necesario.

Annelise intentó acomodarse en el asiento.

Pero el movimiento volvió a revolverle el estómago.

Se inclinó hacia adelante otra vez.

—Maldita sea… Volker ya estaba preparado.

Le sostuvo el cabello para que no cayera sobre su rostro.

El gesto fue automático.

Natural.

Como si lo hubiera hecho toda la vida.

Annelise tardó unos segundos en darse cuenta.

Cuando terminó, respiró con dificultad.

Y entonces notó su mano.

Sosteniendo su cabello.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Volker también lo notó.

Pero no se apartó de inmediato.

Sus dedos seguían entre los mechones dorados.

La suavidad del cabello entre su mano.

Por un segundo demasiado largo.

Sus ojos se encontraron.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

El ruido del motor parecía haberse apagado.

Annelise fue la primera en hablar.

—Puedes soltarme.

Volker parpadeó.

Y retiró la mano lentamente.

—Solo evitaba que te ahogaras.

—Qué noble.

—No te acostumbres.

Annelise apoyó la cabeza contra el asiento.

Cerró los ojos.

—Cuando lleguemos al próximo pueblo… —murmuró.

—¿Sí?

—Voy a hacerme otra prueba.

Volker la observó en silencio.

—Bien.

—Y cuando sepamos las semanas exactas… Ella abrió los ojos.

—Ya no habrá dudas.

Volker sostuvo su mirada.

Un segundo.

Dos.

Luego apartó la vista hacia la ventana cubierta de nieve.

—Sí —dijo finalmente.

Pero su voz sonó más tensa de lo que esperaba.

Porque, aunque no lo dijera… había una parte de él que no estaba segura de querer saber la respuesta.

¿Por qué actuaba de esa manera?

Le asustaba más verlo preocupado por ella que molestándola.

De hecho, llegó a pensar en que estaba celoso de Aleksei, pero eso era incluso más ridículo.

Técnicamente eran hermanos, legalmente, aunque no de sangre.

Y siempre sería así.

Además, a ella nunca le gustó en el pasado y mucho menos ahora.

Aunque tenía que aceptar que Volker era muy atractivo, y si se ponía al lado de Aleksei, ambos eclipsarían al resto de los hombres de Alemania y Rusia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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