Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 57
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57: Capítulo 56 57: Capítulo 56 El viaje continuó durante horas.
La tormenta había disminuido un poco, pero el cielo seguía siendo una masa gris pesada que parecía aplastar el horizonte.
La carretera apenas era visible entre la nieve acumulada.
Dentro de la furgoneta el ambiente se había vuelto extraño.
Annelise apenas había probado un bocado cuando se detuvieron al mediodía para comer algo rápido.
Un pequeño paquete de galletas saladas y un sorbo de té caliente habían sido todo lo que su estómago había tolerado antes de que el mareo regresara con fuerza.
—Señorita Falkenheim, ¿está segura de que no quiere algo más?
—le preguntó Drogo desde el asiento del chofer.
—No, estoy bien, gracias.
Volker lo había notado.
Lo notaba todo.
Cada vez que ella se llevaba la mano al abdomen.
Cada vez que cerraba los ojos demasiado tiempo.
Cada vez que tragaba saliva con dificultad.
Pero no dijo nada porque Annelise todo le cuestionaba y se convertía en pequeñas peleas que solo empeoraba las cosas, así que solo la observaba.
Desde el asiento frente a ella porque estar a su lado era incómodo.
Como un centinela silencioso.
Cuando volvieron a ponerse en marcha, el cielo comenzó a oscurecer lentamente.
La luz del día desapareció detrás de las montañas cubiertas de nieve.
Y para cuando las primeras luces aparecieron en la distancia, ya era completamente de noche.
—Pueblo adelante —anunció Drogo desde el volante.
Las luces amarillas de algunas casas aparecieron entre los árboles.
No era un lugar grande.
Pero comparado con los asentamientos anteriores, parecía casi una ciudad.
Había más calles.
Más edificios.
Y, lo más importante, varias tiendas aún abiertas.
Drogo estacionó la furgoneta cerca de una pequeña avenida principal.
—Quince minutos —dijo mirando al grupo—.
Necesitamos combustible y provisiones.
Annelise ya estaba intentando abrir la puerta.
Volker la sujetó del brazo antes de que pudiera bajar.
—Espera.
Ella lo miró con irritación.
—¿Ahora qué?
—¿Estás segura de que puedes caminar?
—No soy inválida.
—Pero tampoco estás bien.
Annelise frunció el ceño.
—Necesito esa prueba.
Volker sostuvo su mirada unos segundos.
Luego suspiró.
—Vamos, iré contigo.
Bajaron del vehículo.
El aire frío golpeó sus rostros de inmediato.
La calle estaba cubierta por una capa de nieve compacta que crujía bajo las botas.
Drogo y los otros hombres se dispersaron para comprar comida y combustible.
Volker caminó junto a Annelise.
A una distancia mínima.
Lo suficiente para sujetarla si volvía a resbalar.
Ella lo notó.
Pero esta vez no dijo nada.
No quería pelear.
La tienda que encontraron estaba iluminada con luces blancas frías.
Un pequeño supermercado con farmacia incluida.
Exactamente lo que necesitaban.
El interior estaba casi vacío.
Una mujer mayor atendía la caja mientras escuchaba música baja en ruso.
Annelise caminó directamente hacia el pasillo de la farmacia.
Volker la siguió sin hablar.
Ella tomó una caja.
Luego otra.
Las examinó.
—Estas son más precisas —murmuró.
Volker miró el empaque.
—¿Qué tienen de diferente?
—Calculan semanas aproximadas.
—¿Semanas desde la concepción?
—Desde el embarazo.
Volker tragó saliva.
—Compra dos.
Ella levantó una ceja.
—¿Tan paranoico?
—Soy precavido, además, no quiero que en cada pueblo o ciudad vayas haciéndote las pruebas para salir de dudas.
Hazte dos de una vez y sabremos con exactitud.
Annelise tomó dos cajas y caminó hacia la caja registradora.
La mujer mayor apenas levantó la vista mientras cobraba.
Pero cuando vio los productos, su expresión cambió ligeramente.
Una sonrisa cómplice apareció en su rostro, mirando a ambos jóvenes.
Annelise fingió no notarlo.
Pagó.
Tomó la bolsa.
Y caminó hacia el pequeño baño del establecimiento.
Antes de entrar se detuvo frente a Volker.
—Espera aquí.
—Claro.
—Y no entres.
—No tenía pensado hacerlo.
Ella lo miró con suspicacia.
—Solo digo.
Volker apoyó la espalda contra la pared del pasillo.
Y sacó un cigarrillo del bolsillo de su abrigo.
No estaba permitido fumar ahí.
Pero no le importó demasiado.
Encendió el cigarrillo.
La primera bocanada fue profunda.
Lenta.
Intentaba calmar el nudo en su pecho.
El humo salía lentamente de su boca.
El tiempo comenzó a alargarse.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Volker miró la puerta del baño.
Nada.
Otra calada.
Maldita sea.
No debería importarle tanto.
No debería importarle en absoluto.
Pero la imagen seguía apareciendo en su mente.
Aleksei Reznikov.
Sus manos sobre ella.
Su voz.
Su cercanía.
Volker apretó los dientes.
El cigarrillo se consumía entre sus dedos.
Otra bocanada.
Otra.
Diez minutos.
La puerta finalmente se abrió.
Annelise salió.
Pero no dijo nada.
Solo sostenía algo en la mano.
El pequeño dispositivo blanco.
Volker dejó caer el cigarrillo al suelo.
—¿Y?
Ella lo miró.
Había algo distinto en su expresión.
No miedo.
No exactamente.
Más bien… realidad.
—¿Cuántas semanas?
—preguntó él.
Annelise bajó la mirada hacia el dispositivo.
—Entre cinco y seis.
El silencio cayó como una losa.
Cinco o seis semanas.
Volker sintió cómo su mandíbula se tensaba involuntariamente.
No había duda.
No podía haberla.
Aleksei Reznikov.
Annelise volvió a guardar la prueba en la caja.
—Al menos ahora lo sabemos.
Volker no respondió de inmediato.
Sus ojos bajaron instintivamente hacia el vientre de ella.
Todavía plano.
Pero ahora… ya no era solo una posibilidad.
Era real.
Algo se movió dentro de él otra vez.
Ese sentimiento extraño.
Oscuro.
Primario.Irracional.
Annelise lo percibió.
—No hagas esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de que quieres matar a alguien.
Volker soltó una exhalación lenta.
—Tal vez quiera hacerlo.
—Pues tendrás que hacer fila.
—Fue casi cuando recién llegaste a esa mansión cuando quedaste embarazada.
—Tenía un deber por hacer, Volker.
—Y vaya que no te resististe, ¿no?
—La verdad es que quería largarme pronto a casa y por eso cedí.
Ella intentó sonreír para darle a entender que no era importante.
Pero la sonrisa se desvaneció rápido tanto porque recordó la noche exacta en el que ocurrió la concepción y fue cuando Aleksei y ya tuvieron sexo por primera vez, pero también fue violada por él a las pocas horas, y también porque otra oleada de náusea la golpeó de pronto.
Se llevó la mano a la boca.
—Mierda… Volker reaccionó al instante.
La sujetó por la cintura antes de que se doblara completamente.
—Respira.
Ella cerró los ojos.
—Odio esto… —Lo sé.
—Ni siquiera puedo comer.
—Lo sé.
Annelise se apoyó ligeramente contra él para recuperar el equilibrio.
El contacto fue breve.
Pero suficiente para que Volker sintiera su cuerpo cerca.
Demasiado cerca.
Su mano seguía en la cintura de ella.
Firme.
Protectora.
Instintiva.
Annelise abrió los ojos lentamente.
Y notó su mano.
Sus miradas se encontraron.
Por un segundo demasiado largo.
—Volker… —murmuró ella.
Él no la soltó de inmediato.
Sus ojos verdes estaban oscuros.
Más intensos de lo normal.
Como si estuviera luchando contra algo dentro de sí mismo.
Algo que no quería reconocer.
Algo peligroso.
Finalmente retiró la mano.
Pero su voz salió más grave de lo habitual.
—Volvamos a la furgoneta.
Annelise asintió.
Pero mientras caminaban hacia la salida… ambos sabían que algo entre ellos estaba cambiando a una velocidad excesiva.
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