Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 58
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58: Capítulo 57 58: Capítulo 57 La carretera volvió a devorarlos.
Después de salir del pequeño supermercado, el grupo regresó a la furgoneta con bolsas de provisiones, combustible y un silencio incómodo que ninguno quiso comentar.
La nevada había amainado, pero el mundo seguía siendo un paisaje blanco interminable, iluminado apenas por los faros del vehículo que cortaban la oscuridad como cuchillas.
Annelise se acomodó en el asiento trasero con una manta gruesa sobre las piernas.
El calor del interior debería haberla relajado.
Pero no lo hizo.
El malestar seguía allí.
No era solo el mareo.
Era una sensación más profunda, más pesada… como si su cuerpo estuviera aprendiendo a ser otro cuerpo.
Cerró los ojos.
Intentó dormir.
Pero el sueño nunca llegó del todo.
Horas más tarde, decidieron detenerse para descansar a la orilla de la carretera y evitar que Annelise continuara vomitando.
Cuando la furgoneta se había sumido en el silencio de la madrugada y la mayoría de los hombres dormían encorvados sobre sus asientos, Annelise abrió los ojos de golpe.
La náusea volvió como una ola.
Brusca.
Implacable.
Se llevó la mano a la boca y se inclinó hacia adelante con un suspiro contenido.
No quería despertar a nadie.
Pero su respiración agitada bastó para que alguien lo notara.
Volker.
Él no estaba dormido.
Nunca dormía profundamente cuando viajaba.
Sus ojos verdes se abrieron en la penumbra, atentos.
La vio doblarse sobre sí misma.
La manta cayendo al suelo.
El temblor leve de sus hombros.
Volker se levantó sin hacer ruido.
Se acercó a ella y se agachó frente a su asiento.
—¿Otra vez?
—murmuró en voz baja.
Annelise asintió apenas.
—Maldición… Volker abrió la puerta lateral de la furgoneta con cuidado.
El aire helado entró de inmediato.
—Ven.
Ella salió tambaleándose.
La nieve crujió bajo sus botas cuando se inclinó cerca del vehículo y dejó que su cuerpo expulsara el poco té que había logrado beber horas antes.
El viento nocturno era brutal.
Frío.Cortante.
Volker se mantuvo a su lado.
Una mano firme en su espalda.
No dijo nada mientras ella se recuperaba.
Solo esperó.
Cuando finalmente Annelise pudo respirar de nuevo, se limpió los labios con el dorso de la mano.
—Esto es miserable —susurró.
—Sí.
—Si esto es el comienzo, quiero saltarme los próximos nueve meses.
Volker soltó un pequeño resoplido.
—No creo que el embarazo funcione así.
Ella lo miró de reojo.
—Gracias por la brillante aclaración científica.
—Estoy aquí para servir.
Annelise apoyó una mano contra la furgoneta para recuperar el equilibrio.
La nieve seguía cayendo en pequeñas partículas que brillaban bajo la luz débil del vehículo.
—No se lo digas a nadie todavía —murmuró ella.
Volker la miró.
—¿A nadie?
Pero Drogo ya lo sabe.
—Pídele que guarde el secreto.
Y tampoco quiero que se lo digan a mi padre.
Ni a… No terminó la frase.
Pero el nombre estaba ahí.
Aleksei.
Volker lo sintió como una espina bajo la piel.
Su mandíbula se tensó ligeramente.
—¿Piensas decírselo?
—preguntó con voz baja.
Annelise tardó un momento en responder.
—Eventualmente.
Volker apartó la mirada hacia el horizonte oscuro.
—Claro.
El silencio cayó entre ellos.
Denso.
Pesado.
Annelise se cruzó de brazos dentro del abrigo.
—No pongas esa cara otra vez.
—¿Qué cara?
—La de que estás imaginando maneras creativas de matar a Aleksei Reznikov.
Volker soltó una risa seca.
—¿Creativas?
—Sí.
—No necesito ser creativo.
Ella suspiró.
—Volker… —Lo sedujiste, Annelise.
—Lo sé.
—Te acercaste a él para cumplir una misión.
—Lo sé.
—Y terminaste embarazada de él.
Annelise levantó la mirada hacia él.
Había cansancio en sus ojos color caramelo.
Pero también una chispa desafiante.
—¿Quieres que me disculpe?
Volker no respondió.
Solo la observó.
En ese momento, bajo la luz fría de la nieve, ella parecía más vulnerable de lo que jamás la había visto.
Y al mismo tiempo… más peligrosa.
Su mirada descendió sin querer hacia su abdomen.
Todavía plano.
Pero ahora sabía lo que había ahí.
Cinco o seis semanas.
Un pensamiento oscuro cruzó su mente antes de que pudiera detenerlo.
Ese hijo… era de otro hombre.
Aleksei Reznikov.
La palabra ardió dentro de su cabeza.
Algo en su pecho se contrajo con violencia.
Una emoción que no quería nombrar.
Porque era absurda.
Irracional.
Peligrosa.
Pero estaba ahí.
Posesión.
Volker dio un paso hacia ella sin darse cuenta.
Annelise levantó la vista.
—¿Qué haces?
Él no respondió.
Su mano se movió sola.
Como si perteneciera a alguien más.
Se detuvo frente a ella.
Apenas un segundo de duda.
Y luego… sus dedos se apoyaron suavemente sobre el vientre de Annelise.
A través del abrigo.
El contacto fue breve.
Pero suficiente para congelar el aire entre ellos.
Annelise se quedó inmóvil.
Sus ojos se abrieron apenas.
Volker pareció darse cuenta de lo que había hecho en ese mismo instante.
Retiró la mano de golpe.
Como si hubiera tocado algo que no debía.
El silencio se volvió insoportable.
—No hagas eso —murmuró Annelise finalmente.
No había ira en su voz.
Pero sí algo más.
Algo frágil.
Volker pasó una mano por su cabello rubio, frustrado.
—No fue intencional.
—Claro que lo fue.
—No.
Ella lo observó durante unos segundos.
—Estás enfadado.
—No.
—Sí lo estás.
—Estoy… Volker se detuvo.
No sabía cómo terminar esa frase.
Annelise ladeó la cabeza.
—¿Celoso?
Volker soltó una carcajada incrédula.
—¿De Aleksei?
—Tal vez.
—No seas ridícula.
—Entonces deja de comportarte como si quisieras arrancarle la garganta con los dientes.
La mirada de Volker se volvió peligrosa.
—Tal vez quiera hacerlo.
Annelise lo sostuvo sin apartarse.
—¿Por qué te molesta que me haya acostado con él?
Era mi misión y a parte, yo deseaba hacerlo… Volker dio un paso más cerca, perturbado por sus palabras.
—Me molesta que hayas confiado en él.
—No confié en él.
—Te acostaste con él.
—Eso no es lo mismo.
—Para mí lo es.
El frío parecía más intenso ahora.
La respiración de ambos formaba pequeñas nubes en el aire.
Annelise cruzó los brazos.
—Aleksei no es su padre.
—Es un Reznikov.
—Y yo soy una Falkenheim.
Volker la miró con una intensidad peligrosa.
—No somos nuestros padres.
—Exactamente.
—Entonces no lo defiendas.
Annelise soltó un suspiro cansado.
—No lo estoy defendiendo.
—Lo estás protegiendo.
—Estoy protegiendo al padre de mi hijo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Volker sintió un golpe seco en el pecho.
Padre.
De su hijo.
Algo dentro de él reaccionó con violencia.
Una parte primitiva que no quería aceptar esa realidad.
Su mirada volvió a bajar hacia su vientre.
Luego regresó a sus ojos.
—No me gusta —dijo finalmente.
Annelise arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Que estés embarazada de él.
—No te pedí opinión.
—Lo sé.
Volker se inclinó un poco hacia ella.
Lo suficiente para que su voz fuera apenas un murmullo grave.
—Pero aun así la tengo.
Annelise sostuvo su mirada.
El silencio volvió a envolverlos.
Cargado.
Peligroso.
Y por un segundo demasiado largo… ninguno de los dos se movió.
—Perfecto —masculló con sarcasmo—.
Justo lo que necesitábamos.
Annelise frunció el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Significa —replicó él con frialdad— que ahora llevas dentro al heredero de los Reznikov mientras te diriges directamente a la casa del hombre que más odia a esa familia.
Ella cruzó los brazos.
—Nuestro padre estará encantado.
La forma en que lo dijo fue ligera, casi burlona.
Pero Volker sintió algo tensarse dentro de su pecho.
—No digas eso —gruñó.
—¿Qué cosa?
—Eso de nuestro padre.
La palabra salió de su boca con un filo casi desagradable.
Annelise levantó una ceja.
—Lo es, Volker.
Legalmente hablando.
Él soltó una risa seca.
—No me recuerdes la ironía.
Ella lo observó unos segundos.
Luego inclinó la cabeza ligeramente.
—Aunque supongo que estará feliz —añadió con una media sonrisa—.
Después de todo, de eso trataba mi misión, ¿no?
Robarme al heredero de los Reznikov.
Volker se quedó inmóvil.
Por un instante, pareció que no iba a reaccionar.
Pero luego algo se quebró.
—No sé qué me perturba más —dijo con voz baja, peligrosa—.
Si escucharte decir “nuestro padre” … o que cumpliste muy bien esa misión tan ridícula y peligrosa.
Annelise entrecerró los ojos.
—No empieces.
—¿Empezar qué?
—Esa actitud.
—¿Qué actitud?
—La de actuar como si esto fuera asunto tuyo.
La mandíbula de Volker se tensó.
—Lo es.
—No.
—Sí.
Ella soltó una risa incrédula.
—¿Desde cuándo?
—Desde que te sacamos de un maldito campo militar en medio de Rusia —replicó él—.
Desde que llevo días asegurándome de que no te mates resbalando en la nieve.
Desde que… Se detuvo.
Annelise lo miró fijamente.
—¿Desde que qué?
Volker dio un paso hacia ella.
—Desde que decidiste enredarte con ese Reznikov.
El nombre cayó entre ellos como una piedra.
Annelise sintió un destello de irritación.
—No te atrevas a hablar así de él.
Los ojos verdes de Volker se oscurecieron.
—¿Lo estás defendiendo?
—Sí.
—Increíble.
—¿Por qué?
—Porque ese hombre te utilizó.
Ella dio un paso hacia él también.
—No sabes nada de lo que pasó.
—Sé lo suficiente.
—No —replicó ella con firmeza—.
No sabes nada.
El viento sopló entre los árboles.
Volker estaba demasiado cerca ahora.
Demasiado.
Annelise podía ver cada detalle de su rostro: la tensión en su mandíbula, el brillo furioso de sus ojos, la forma en que sus hombros se habían endurecido.
—No lo defiendas delante de mí —dijo él.
Ella levantó el mentón.
—¿Y qué vas a hacer si lo hago?
Silencio.
Un silencio tenso.
Volker la observó como si estuviera tratando de descifrar algo.
O de contenerse.
—El hijo que llevas —murmuró finalmente— es suyo.
—Sí.
—De ese hombre.
—Sí.
—Del heredero de los Reznikov.
—Sí, Volker —replicó ella con exasperación—.
Ya entendí el punto.
Él dio otro paso.
Ahora estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban en el aire frío.
—¿Y eso no te parece un problema?
—No más que tener a un Falkenheim legal como escolta —respondió ella.
Algo ardió en su mirada.
—No compares.
—¿Por qué no?
—Porque yo no te toqué.
Las palabras salieron antes de que él pudiera detenerlas.
Y el silencio que siguió fue brutal.
Annelise lo miró con sorpresa.
Algo distinto había aparecido en sus ojos.
—¿Eso es lo que te molesta?
—susurró.
Volker no respondió.
—¿Que él sí?
La chispa de burla en su voz fue suficiente.
Él la agarró del brazo.
No con violencia.
Pero con firmeza.
—No juegues conmigo, Annelise.
Ella intentó soltarse.
—Suéltame.
—No.
—Volker.
—No.
El aire entre ellos parecía cargado de electricidad.
—¿Qué demonios te pasa?
—exigió ella.
Él no respondió.
Solo la miró.
Y entonces la besó.
No fue suave.
No fue romántico.
Fue un beso brusco, cargado de rabia y frustración, como si estuviera intentando demostrar algo que ni siquiera él entendía.
Annelise reaccionó de inmediato.
Lo empujó con fuerza.
—¡¿Qué demonios te pasa?!
Volker respiraba con dificultad.
—No lo defiendas delante de mí —repitió.
Ella lo miró como si acabara de perder la cabeza.
—Estás loco.
—Probablemente.
—¡Acabas de besarme!
—Lo sé.
—¡Somos hermanos!
—No lo somos.
—Legalmente sí.
—Biológicamente no.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Annelise sintió un extraño temblor recorrerle el cuerpo.
—Esto es ridículo —dijo finalmente.
Intentó alejarse.
Pero Volker volvió a sujetarla.
Esta vez con más cuidado.
—No —murmuró.
—Suéltame.
—No todavía.
Ella levantó la mirada.
—¿Por qué?
La respuesta tardó unos segundos.
—Porque si te suelto —dijo él con voz baja—, vas a volver a hablar de él.
El nombre no fue necesario.
Aleksei estaba presente igual.
En el silencio.
En el embarazo.
En todo.
Annelise sostuvo su mirada.
—Es el padre de mi hijo.
Volker cerró los ojos un segundo, como si esa frase le hubiera atravesado algo.
—Lo sé.
—Entonces acostúmbrate.
—No.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No voy a acostumbrarme.
—No tienes elección.
—Tal vez no.
Sus dedos todavía rodeaban su muñeca.
Más firmes ahora.
—Pero tampoco voy a fingir que me gusta.
El corazón de Annelise latía más rápido de lo que quería admitir.
—Esto es absurdo —murmuró.
—Sí.
—No debería haber pasado.
—No.
El silencio volvió.
Pesado.
Inquietante.
Ella bajó la mirada.
Luego la volvió a levantar.
—Volker… Él estaba mirándola de una forma distinta ahora.
Más peligrosa.
Más honesta.
—¿Qué?
—Esto no debió pasar.
—Probablemente no.
Pero no retrocedió.
No la soltó.
Y por un instante que ninguno de los dos pudo explicar después… Annelise fue quien cerró la distancia.
El segundo beso fue distinto.
Más corto.
Más confuso.
Pero esta vez… ella no lo detuvo.
Y cuando finalmente se separaron, el aire entre ellos se volvió insoportablemente silencioso.
Cerca de ellos, se alcanzó a escuchar movimiento en la furgoneta.
Pero ninguno de los dos se movió.
Ni un centímetro.
—Esto va a ser un desastre —murmuró Annelise.
Volker la observó durante unos segundos.
Luego respondió con una calma inquietante.
—Ya lo es.
Y por primera vez desde que comenzó el viaje… ambos entendieron que acababan de cruzar una línea de la que no sería fácil regresar.
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