Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 59
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59: Capítulo 58 59: Capítulo 58 La furgoneta volvió a ponerse en marcha poco después.
Nadie preguntó por qué se habían bajado en la noche, puesto que algunos solo se cercioraron de que tanto Annelise y Volker estuvieran bien a la intemperie y continuaron durmiendo.
Drogo tomó el volante otra vez y el vehículo continuó atravesando la carretera cubierta de nieve como si nada hubiera pasado.
Pero algo sí había pasado.
Y ambos lo sabían.
Annelise se acomodó nuevamente en su asiento trasero, envolviéndose en la manta gruesa.
El cansancio le pesaba en los huesos y el malestar en el estómago no parecía dispuesto a desaparecer.
Cerró los ojos.
Intentó concentrarse en el ruido constante del motor.
Intentó ignorar la sensación extraña que todavía le recorría el cuerpo desde que Volker había apoyado la mano en su vientre.
Intentó ignorar la forma en que su respiración había cambiado en ese momento.
No lo logró.
Del otro lado del vehículo, Volker permanecía despierto.
Sentado junto a la puerta lateral.
Observando la oscuridad que corría detrás de las ventanas.
Pero cada pocos segundos… su mirada se desviaba hacia ella de manera inconsciente.
La manta se había deslizado un poco y parte de su abrigo se abría sobre su cuerpo, revelando la línea de su cintura.
Su abdomen seguía plano.
Nadie habría imaginado que allí dentro había algo creciendo.
Cinco o seis semanas.
La cifra volvió a su cabeza como un eco irritante.
Volker apartó la mirada con brusquedad.
Maldita sea.
No debería importarle.
No debería pensar en eso.
No debería pensar en el hecho de que el hijo que llevaba dentro era de Aleksei Reznikov.
Pero cada vez que lo intentaba… la idea volvía.
Y con ella una emoción desagradable.
Caliente.
Irracional.
Celos.
Volker cerró los ojos un momento y apoyó la cabeza contra la pared metálica de la furgoneta.
Ridículo.
Absolutamente ridículo.
Annelise Falkenheim era su hermanastra.
Legalmente.
Aunque no compartieran sangre.
Y además… estaba embarazada.
De otro hombre.
La lógica gritaba que todo aquello debía resultarle indiferente.
Pero la lógica no parecía tener demasiada influencia en su cuerpo esa noche.
Horas más tarde, cuando el cielo empezó a teñirse de un gris oscuro anunciando el amanecer, Drogo redujo la velocidad.
—Otro pueblo —anunció en voz baja.
La furgoneta entró lentamente en una pequeña calle rodeada de casas bajas y edificios de madera.
Algunas luces comenzaban a encenderse en las ventanas.
—Necesitamos estirar las piernas —dijo uno de los hombres—.
Y algo caliente para comer.
Annelise abrió los ojos lentamente.
El mareo regresó de inmediato, y también el recuerdo de los dos besos que intercambió con Volker, su hermanastro.
—Genial… —murmuró con voz ronca.
Volker fue el primero en notarlo, otra vez.
—Quédate sentada —dijo.
Ella lo miró con irritación y percibió que él continuaba siendo el mismo.
—No me des órdenes.
—No es una orden.
—Sonó como tal.
—Es una sugerencia inteligente.
Annelise rodó los ojos, pero no se movió.
Drogo estacionó frente a una pequeña tienda que tenía un cartel iluminado.
Algunos hombres bajaron primero.
Volker también lo hizo.
Pero antes de cerrar la puerta, se volvió hacia ella.
—¿Vas a venir?
Annelise dudó.
Su estómago seguía revuelto.
Pero también necesitaba moverse.
—Sí.
Salió con cuidado.
El frío de la mañana le golpeó el rostro de inmediato.
La nieve crujió bajo sus botas mientras caminaban hacia la tienda.
El interior estaba cálido.Y olía a café.
Annelise sintió una punzada de hambre mezclada con náusea.
Una combinación miserable.
Tomó una taza de té caliente mientras los demás buscaban provisiones.
Intentó beber.
Pero apenas logró dar dos sorbos antes de que el estómago se le revolviera nuevamente.
Volker estaba apoyado contra una estantería observándola.
—No puedes ni beber té —murmuró.
—Cállate.
—Vas a necesitar comer algo.
—Lo sé.
—Entonces hazlo.
Annelise dejó la taza con frustración.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que todo huele demasiado fuerte.
Volker levantó una ceja.
—Es una tienda.
—Sí, pero parece que mi nariz decidió multiplicar todo por diez.
Él soltó una pequeña risa.
—Eso también es parte del embarazo.
Annelise lo miró con fastidio.
—Gracias por el recordatorio.
Volker se encogió de hombros.
Pero su mirada descendió brevemente hacia su abdomen otra vez.
El gesto fue casi involuntario.
Y Annelise lo notó.
—Deja de mirar ahí.
Volker levantó la vista.
—No lo estaba haciendo.
—Sí lo estabas.
—Solo estaba pensando.
—¿En qué?
Él dudó un segundo.
—En lo absurdo que es todo esto.
Annelise cruzó los brazos.
—¿Mi embarazo?
—El hecho de quién es el padre.
Ahí estaba.
Otra vez ese nombre invisible entre ellos.
Aleksei.
Annelise lo sostuvo con la mirada.
—Vas a tener que superarlo.
Volker soltó una risa seca.
—No lo creo.
—No tienes opción.
—Siempre hay opciones.
—No en esta.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Tenso.
Volker dio un paso hacia ella.
—Dime algo, Annelise.
—¿Qué?
—¿Lo amas?
La pregunta cayó entre ellos como un disparo.
Annelise parpadeó.
—¿A Aleksei?
—Sí.
Ella apartó la mirada hacia la ventana cubierta de escarcha.
—No lo sé.
La respuesta fue honesta.
Demasiado honesta.
Volker sintió que algo en su pecho se aflojaba ligeramente.
Pero no lo suficiente.
—Te acostaste con él.
—Lo sé.
—Y ahora estás embarazada.
—También lo sé.
Volker se inclinó un poco hacia ella.
—Entonces dime… Su voz bajó.
Más grave.
—¿Por qué me molesta tanto?
Annelise lo miró.
—Tal vez porque eres un idiota.
—Es posible.
—O tal vez… Ella se acercó un poco también.
Lo suficiente para que sus rostros quedaran peligrosamente cerca.
—Porque estás celoso.
Volker se quedó inmóvil.
—¿Celoso?
—Sí.
—De un Reznikov.
—De un hombre que se acostó conmigo.
El aire entre ellos se volvió más pesado.
Volker la miró fijamente.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque me dan ganas de romper algo.
—¿Aleksei, por ejemplo?
—Entre otras cosas.
Annelise levantó una ceja.
—¿Cómo qué?
Volker no respondió.
Pero dio otro paso.
Ahora estaban demasiado cerca.
Annelise podía sentir el calor de su cuerpo a pesar del frío.
—Volker… —¿Sí?
—Esto es una mala idea.
—Lo sé.
—Somos hermanastros.
—Legalmente.
—Y estoy embarazada.
—También lo sé.
El silencio vibró entre ellos.
—Entonces aléjate —murmuró ella.
Pero Volker no se movió.
Su mirada descendió lentamente hacia sus labios.
Y algo en el pecho de Annelise se tensó.
—No deberíamos hacer esto —dijo ella otra vez.
—Probablemente no.
—Volker… Pero no terminó la frase.
Porque él la besó.
Esta vez no fue brusco.
Fue lento.
Casi dubitativo al principio, como si estuviera probando nuevamente algo que llevaba demasiado tiempo evitando.
Annelise reaccionó de inmediato.
Sus manos se apoyaron contra su pecho.
—No, otra vez no… Intentó apartarlo, pero el beso no se rompió del todo.
Volker la sostuvo por los hombros.
Su respiración se volvió más pesada.
—Dime que lo odias —murmuró contra sus labios.
—¿A quién?
—A ese ruso.
Annelise lo miró con incredulidad.
—Estás loco.
—Probablemente.
—Volker… Pero entonces él volvió a besarla y tal como la noche anterior, a la segunda vez, Annelise no lo apartó de inmediato.
El beso fue más profundo.
Más cargado.
Más delirante.
No se comparaba a los besos de Aleksei.
Algo eléctrico recorrió su cuerpo.
Algo que no tenía nada que ver con lógica ni con prudencia.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad.
Annelise lo miró como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho.
—Esto no puede volver a pasar.
Volker la observó en silencio unos segundos.
Luego dijo algo que hizo que el aire volviera a tensarse.
—Eso depende de ti.
A lo lejos, uno de los hombres llamó desde la puerta de la tienda.
—¡Nos vamos!
El momento se rompió.
Annelise retrocedió un paso.
Volker también.
Pero cuando regresaron a la furgoneta… ninguno de los dos volvió a mirar al otro.
Porque ahora ambos sabían algo peligroso.
La tensión que había entre ellos… ya no podía fingirse inexistente.
Annelise no comprendía por qué lo había hecho.
¿Acaso no solamente quería estar con Aleksei Reznikov?
¿Qué le ocurría?
¿O eran las hormonas las que estaban decidiendo por ella?
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