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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 61

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61: Capítulo 60 61: Capítulo 60 —En las últimas paradas que hemos hecho en los pueblos, logramos enviar el mensaje al señor Falkenheim y nos proporcionó la ubicación exacta de donde va a esperarnos su jet privado para agilizar el viaje—.

Anunció Drogo luego de abordar la furgoneta.

—Ya no aguanto estar un día más en este vehículo—se quejó Annelise.

—Ninguno quiere continuar en este viaje interminable—siseó Volker, sin apartar la vista de Annelise—, especialmente si solo te la pasas vomitando.

—Es porque estoy embarazada—le recordó y el rubio hizo una mueca de fastidio.

—¿Entonces ya es un hecho?

¿No hay ninguna duda?

—interrogó Drogo.

—¿Acaso no escuchaste cuando ella lo comentó en la primera tienda?

—repuso Volker de malhumor.

—Sí, pero a veces las pruebas fallan.

—No, me hice dos pruebas más y ambas dieron positivo—le informó Annelise—.

Y en todo caso—miró a todos los presentes—, necesito que guarden el secreto.

Yo misma se lo diré a mi padre, pero mientras tanto, quiero discreción.

Los hombres asintieron y no tanto porque quisieran obedecerle, sino que simplemente les daba igual, puesto que ellos estaban cumpliendo con una encomienda de Erich Falkenheim y lo que su hija hiciera o dejara de hacer, los tenía sin cuidado.

—En tres horas aproximadamente llegaremos al punto de encuentro—.

Anunció Drogo.

Seguían avanzando a toda velocidad.

La carretera seguía siendo resbalosa e inestable.

Técnicamente eran los únicos dementes que se les había ocurrido hacer un viaje tan largo y extenso vía terrestre, pero como Annelise no estaba en las mejores condiciones, tuvieron que acudir a la petición del Jet privado.

Durante las siguientes tres horas, ella comenzó a sentirse cohibida por Volker Adler, o mejor dicho Volver Falkenheim.

Sus ojos verdes no dejaban de observarla, como si quisiera descubrir algo en ella y no podía sentirse tranquila.

Además, el recuerdo de los besos que él le dio horas atrás, la estaban atormentando; aunque, de cierto modo, tenía que reconocer que ese idiota no besaba tan mal, y a pesar de haber sido brusco al principio, logró percibir algo delicadeza en esos gestos.

¿Acaso Volker siempre la vio atractiva o fue simplemente el impulso del momento porque ella estaba vulnerable?

Annelise había leído alguna vez que las mujeres embarazadas contaban con un brillo especial que las hacía lucir radiantes, pero no a todas les beneficiaba.

Optó por cambiarse de lugar e intentar dormir un poco en lo que llegaban; pero sintió la cercanía de alguien a su lado y abrió los ojos, encontrándose con los verdes del rubio, a una distancia muy corta.

—¿Qué sucede?

—le preguntó.

—¿Cómo te sientes?

—la voz de su hermanastro fue suave, raro en él, incluso percibió preocupación genuina.

—He estado mejor, pero no me quejo—.

Frunció el ceño.

—Muy bien, si te sientes mal o quieras vomitar, avísame.

Ella asintió, confundida.

—Por cierto, quiero preguntarte una cosa.

—Dime.

—Antes de venir a buscarte, investigué un poco a Aleksei Reznikov y lo que encontré no me gustó en absoluto.

—Ve al grano.

—Es un sujeto que suele perder la cordura y se deja llevar por la ira del momento, es decir, es muy agresivo a la menor provocación—.

Le informó y ella tragó saliva, ya que sabía a dónde quería llegar con ese tema—.

Y… —Solo dilo, Volker, no le des tantas vueltas.

—¿Él alguna vez te violentó, Annelise?

Y quiero la verdad.

En la oscuridad de la furgoneta, los ojos del rubio parecían negros.

—¿A qué viene esa pregunta estúpida, Volker?

—No lo sé, tengo la sensación de que sí lo hizo, pero quiero que seas tú la que me lo diga.

Annelise suspiró.

—No me hizo nada—mintió, mirando por la ventana—.

Además—volteó a verlo fugazmente— ¿qué ganarías tú con eso, si en caso me hubiera hecho daño?

—Tendría una razón más para matarlo.

—Te vas a quedar esperando, Volker, porque no sucederá.

A eso de las cinco de la mañana, llegaron al punto de encuentro, pero el Jet privado de Erich aún no estaba ahí, así que iban a tener que esperar.

Se tenía previsto que aterrizara sobre un claro en medio del bosque, entre la carretera y el poblado más próximo para no generar alboroto.

A pesar de que ellos eran alemanes, tenían cierta influencia con las autoridades rusas para que estos los dejaran entrar y salir del territorio sin problema, y se preguntó por qué su padre continuaba empeñado en destruir a Mikhail, si cada uno era de país diferente y podrían liderar a los suyos sin necesidad de entrometerse en el camino del otro.

—Pensé que el avión ya estaba esperándonos—le dijo Annelise a Drogo, quien se hallaba con ellos en la parte de atrás de la furgoneta, listo para salir y abordar el transporte aéreo en cuanto llegara.

—El mal clima ha hecho que se retrase—.

Explicó el hombre, apretando la mandíbula—.

Y mientras estemos dentro de la furgoneta, no nos vamos a congelar.

Volker asintió, pero su impaciencia no estaba en que si se iban a congelar o no, sino en lo que Annelise le había dicho.

Tal vez no conocía a esa tonta lo suficiente porque fue muy poco tiempo en el que coexistieron cuando eran pequeños, pero sabía identificar cuando estaba mintiendo y en efecto, le acababa de mentir con respecto a su pregunta.

Volker no apartó la vista de ella ni un segundo más… pero tampoco dijo nada.

Y eso fue peor.

Porque el silencio, viniendo de él, no era indiferencia… era contención.

Una peligrosa.

—Estás mintiendo—murmuró finalmente, lo suficientemente bajo como para que solo ella pudiera escucharlo.

Annelise apretó los labios, sin mirarlo.

—Ya te dije que no.

—No me interesa lo que dijiste—la interrumpió, girándose ligeramente hacia ella—.

Me interesa lo que ocultas.

—Siempre tan paranoico—.

Ella soltó una risa breve, seca.

—Y tú siempre tan mala para mentir.

Esa vez sí lo miró.

Y durante un segundo… solo uno… algo en sus ojos vaciló.

Pero se recompuso demasiado rápido.

—No es asunto tuyo, Volker.

Él ladeó apenas la cabeza, estudiándola como si fuera un problema que aún no terminaba de resolver.

—Todo lo que tenga que ver contigo es asunto mío.

La frase quedó suspendida en el aire.

Pesada.

Inoportuna.

Peligrosamente sincera.

—No digas tonterías—.

Annelise frunció el ceño, incómoda.

Volker no respondió de inmediato.

Su mirada descendió, casi sin quererlo, hacia el vientre de ella… aún plano, aún sin cambios visibles, pero lo suficientemente presente como para incomodar.

Algo en su expresión se tensó.

—Ese hijo…—empezó, pero se detuvo, como si las palabras le quemaran—…no debería existir y lo sabes.

El aire se volvió denso.

Annelise se quedó completamente quieta.

—No vuelvas a decir eso—su voz fue baja, pero firme.

—¿Por qué?—replicó él, sin suavizar el tono—.

¿Porque te duele o porque sabes que tengo razón?

—Porque no tienes derecho—lo miró directamente, esta vez sin esquivar—.

No sabes nada.

—Sé lo suficiente.

—No, Volker.

No sabes absolutamente nada.

Hubo un silencio.

Uno largo.

De esos que no se rompen… se desgarran.

Volker apretó la mandíbula, conteniéndose.

Sus manos se cerraron en puños sobre sus propias piernas.

—Entonces dímelo—insistió, más bajo, más controlado—.

Dime qué fue lo que pasó realmente.

Annelise sintió un nudo en la garganta.

Y por un momento… solo por un momento… estuvo a punto de hacerlo.

Pero no.

No ahí.

No frente a él.

Giró el rostro hacia la ventana.

—Ya te dije que no pasó nada.

Volker soltó una risa sin humor.

—Claro.

El tono… ese tono… la hizo estremecer.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que puedes mentirle a ellos—hizo un gesto vago hacia los demás—, pero no a mí.

Ella volvió a mirarlo, molesta.

—¿Y por qué demonios crees que te debo la verdad?

Esa pregunta… Lo hizo quedarse en silencio.

Pero no porque no tuviera respuesta, sino porque tenía demasiadas.

Porque la verdad era incómoda.

Porque no quería decir en voz alta que la observaba más de lo que debería, que la había pensado más de lo que era prudente, y que ese maldito beso… no había sido un error, al menos no para él.

Volker se inclinó apenas hacia ella, invadiendo su espacio otra vez.

—Porque lo que te haya hecho ese hombre…—su voz bajó, áspera—…no se va a quedar así.

El corazón de Annelise dio un golpe seco.

—No necesito que me salves—repitió ella, más firme esta vez.

Los ojos verdes de Volker se endurecieron.

—No—murmuró—.

Pero parece que lo necesitas.

Antes de que pudiera responder, el sonido lejano de un motor rompió la tensión.

Todos en la furgoneta se tensaron al mismo tiempo.

Drogo fue el primero en reaccionar.

—Es el jet.

Volker se apartó de ella casi de inmediato, como si alguien hubiera cortado el hilo invisible que los mantenía en ese momento incómodo.

Pero la tensión no desapareció.

Se quedó ahí.

Pegada.

Entre ellos.

Annelise exhaló lentamente, intentando calmar el ligero mareo que comenzaba a subirle por el estómago.

Mala idea.

Muy mala.

Se llevó una mano a la boca, cerrando los ojos con fuerza.

—Mierda…—susurró.

Volker la miró al instante.

—¿Otra vez?

Ella no respondió.

No pudo.

Se inclinó hacia adelante, respirando con dificultad, sintiendo cómo el cuerpo le traicionaba una vez más.

Antes de que pudiera reaccionar, Volker ya estaba a su lado.

—Drogo, abre la puerta—ordenó con sequedad.

—Aún no aterriza… —¡Ábrela!

El tono no admitía discusión.

La puerta se deslizó y el aire helado entró de golpe, cortante, brutal.

Volker prácticamente la sostuvo cuando ella bajó, guiándola hacia un costado, lejos del vehículo.

Annelise se apoyó en un árbol, temblando, mientras las náuseas finalmente la vencían.

Él no se apartó.

Ni un centímetro, en cambio, se quedó en silencio a su lado.

No hizo comentarios.

Solo estuvo ahí.

Sosteniéndola cuando su cuerpo cedía, apartándole el cabello del rostro, ignorando el frío que comenzaba a calarle los huesos.

Cuando todo terminó, ella respiró con dificultad, agotada.

—Te dije…—murmuró entre dientes—…que no necesitaba ayuda.

Volker no respondió de inmediato.

La observó, más de lo que debería.

Como si estuviera viendo algo que no encajaba.

Algo que no le gustaba.

—Sí la necesitas—.

Susurró entre dientes, pero no sonó como burla.

Sonó como una promesa.

Y eso… fue mucho peor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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