Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 64
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64: Capítulo 63 64: Capítulo 63 De alguna manera, Pavel se las ingenió para regresar a Aleksei Reznikov hasta su mansión en menos tiempo que les había tocado alejarse de ahí.
Cuando llegaron hasta ahí, faltaban como una hora para el amanecer y enseguida todos los hombres armados apuntaron hacia la Jeep, otra señal clara que el mensaje encriptado que Aleksei había enviado a su progenitor no fue recibido, puesto que no hubo respuesta y ahora estaban en la mira de docenas de idiotas, dispuestos a disparar y aunque la camioneta era blindada, podría estallar por las balas.
Y como el vehículo estaba sucio de nieve con lodo, era irreconocible.
El pelirrojo no tuvo más opción que abrir la puerta y descender con las palmas arriba de la cabeza.
—¡Soy el capitán Artem Pavelovich!
—dijo a gritos— ¡Bajen sus malditas armas y abran, traigo al joven Reznikov conmigo!
—¡Prueba que eres tú, Artem!
—gritó uno de ellos en respuesta.
El recién mencionado apretó los dientes y miró con desprecio al imbécil.
Hacía demasiado frío y se estaba congelando mientras que Aleksei dormía en el interior junto al cadáver de Yuri porque deseaba sepultarlo junto a los rosales.
—Si no abren esa maldita puerta en dos segundos, les juro que cuando tenga la oportunidad, les sacaré los ojos con una cuchara y se los haré comer, para después meterles un… —¡Es el capitán Artem!
¡Abran!
—ordenó el mismo idiota, y todos se echaron a reír porque sabían que el pelirrojo no bromeaba.
En cuanto tuvo acceso, se deslizó nuevamente a la camioneta y arrancó a toda velocidad.
—Ya estamos en tu casa—le susurró Pavel con suavidad, aminorando para que pudiera tener tiempo de despertarlo—.
Recuerda que vamos a enterrar a Yuri en los rosales.
—¿Eh?
—balbuceó Aleksei, despertando.
—Despierta—repitió el pelirrojo.
Aleksei se espabiló muy rápido y bostezó.
Volteó a ver el cuerpo de Yuri en el asiento trasero y se estremeció.
—Cuando bajemos, pide que traigan palas y que ayuden a cavar un agujero de tres metros de profundidad y dos de ancho.
—¿Y si preguntan?
—Yo me voy a hacer cargo, no te preocupes.
Y en efecto, cuando empezaron a cavar ese agujero bajo la nieve intensa, Aleksei solamente podía pensar en lo valiente que había sido ese chico en enfrentarse a esos militares y aun así, no temer por su vida.
Era tan solo un niño que la vida no le dio las oportunidades que merecía, ni el amor.
¿Por qué la humanidad había caído tan baja?
¿Y por qué su padre en vez de entrenarlo para matar, no le ayudó a seguir sus estudios y adoptarlo, o al menos darle empleo en algo menos brutal?
Lamentablemente Mikhail Reznikov era peor que una bestia porque no tenía corazón latiendo de amor en su interior, solo maldad, sed de sangre y avaricia.
Y Yuri había cargado con las consecuencias.
Tardaron aproximadamente veinte minutos en terminar de enterrar al chico a los pies de los rosales bajo la densa nieve que no hacía más que calarles los huesos a los dos, pero no importaba.
Nada podía ser peor que haber corrido con la trágica suerte de Yuri.
Cuando terminaron, entraron a la mansión bajo el escrutinio del resto de hombres armados que parecía desconocerlos porque tenían sus armas aferradas al pecho, listos para disparar si les daban la orden.
—Parece que ninguno de ustedes nos reconoce—dijo Aleksei de malhumor—.
Si no cambian su estúpido semblante, voy a ejecutar a cada uno.
Tras decir eso, los hombres desviaron la mirada a otra parte, enfurruñados.
—¿Quieres que te acompañe a buscar a tu padre?
—se ofreció Pavel.
—No.
Iré yo solo.
Necesito confrontarlo como es debido.
El pelirrojo asintió y al inicio de la escalera se separaron.
Aleksei sentía muchísimo miedo.
Había huido de ahí con Annelise porque no quería enfrentarse a su padre y quería mantenerla a salvo de él, pero no pensó que los emboscarían y se la llevarían a ella en esa revuelta.
Olía fatal, pero era más importante hablar con su padre y contar con su apoyo para ir a rescatarla que ir a bañarse primero, además, no es que pudiera ser de gran hostigamiento para nadie, si en la mansión solía apestar cuando se encargaban de deshacer cadáveres.
Y a pesar de que estaba amaneciendo, sabía que su padre estaría despierto, puesto que él era muy exigente para su rutina diaria, especialmente si ya se encontraba mejor de salud.
Cuadró los hombros cuando se colocó frente a la puerta de la habitación de su padre.
Había transcurrido cerca de una semana entera desde que huyó de ahí y jamás pensó en regresar y menos de esa manera.
Los hombres que escoltaban la puerta apenas y le hicieron caso.
Levantó la mano y golpeó levemente sobre la superficie de cedro.
Pero no hubo respuesta.
—¿En dónde está mi padre?
—les preguntó a los sujetos armados.
—Está ocupado—.
Respondió uno de ellos.
—¿Pero está en su habitación?
—insistió Aleksei.
—Sí.
Y tiene compañía.
El joven Reznikov frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
¿Tan temprano?
—Joven Reznikov, no está en nuestras manos brindarle esa información.
Si quiere hablar con el señor Mikhail, deberá esperar a que él mande a buscarlo después.
Aleksei hizo una mueca.
En todo caso, tal vez presentarse ante su padre oliendo mal no era una buena idea y probablemente había llevado a alguna mujerzuela para satisfacerlo y por ende, no estaba disponible en ese momento.
—Muy bien, cuando se desocupe, díganle que he vuelto y quiero hablar con él—.
Ordenó y se dio la media vuelta para dirigirse a su dormitorio.
Su pieza seguía estando igual a como la había dejado, incluso en la recámara nupcial, pero no quiso quedarse en donde sabía estaba en dulce aroma de Annelise Falkenheim porque sabía que iba a ponerse muy deprimido, así que decidió darse una ducha rápida y cambiarse de ropa.
Aún no lograba asimilar la muerte de ese adolescente y la barbarie que conllevaría rescatar a Annelise.
Dos horas más tarde, bajó a la cocina en donde algunos cocineros le dieron la bienvenida y le preguntaron sobre Anne.
—Ella… yo… —balbuceó, sin saber exactamente qué decir.
—Tuvimos un percance en el camino, pero pronto la traeremos de vuelta—.
Interrumpió Pavel justo a tiempo y los cocineros asintieron, puesto que la presencia del pelirrojo les desconcertaba.
—Gracias—.
Bufó Aleksei, abatido.
Ambos se encaminaron hasta el comedor, pero el pelirrojo se quedó a su lado, comiendo una manzana.
Él también ya se había duchado y arreglado, y sus ojos oscuros estaban muy cansados.
—¿Lograste hablar con tu padre?
Aleksei negó con la cabeza.
—Sus hombres me comentaron que estaba ocupado—respondió y Pavel frunció el ceño, dejando de masticar—.
Lo sé, muy raro.
A lo mejor está con alguna mujerzuela desde anoche y por eso no estaba en condiciones de recibirme y mucho menos tan temprano.
—No creo.
Él aún sigue delicado de salud.
—Recuerda que estamos hablando de Mikhail Reznikov—musitó Aleksei—.
Mi padre es peor que el diablo.
Ese comentario estremeció al pelirrojo, quedándose unos segundos en silencio.
—¿Ya comiste algo que no sea una manzana?
—No tengo hambre.
—Ve a la cocina y sírvete algo, es una orden, Pavel—.
Gruñó Aleksei.
El pelirrojo asintió y obedeció, dejándolo solo nuevamente.
La mirada del joven heredero viajó de su plato al largo pasillo que conectaba con la escalinata y después volvió a posarse en su desayuno.
De alguna manera, todo le resultó insípido.
Sin embargo, escuchó unos pasos muy escandalosos bajar la escalera, como si fueran tacones.
Aleksei frunció el ceño y se encontró con Pavel a mitad de camino al comedor con su desayuno y ambos se enviaron miradas perplejas al escuchar esos pasos extraños y fuera de lugar dentro de la mansión.
El par de chicos se aventuraron a acercarse para echar un vistazo.
Era más que obvio que se trataba de la invitada de Mikhail, pero tenían que verla para estar seguros.
Aleksei se colocó detrás de una columna, cerca de la escalinata, en un punto donde no podía ser visto fácilmente y Pavel lo secundó en silencio.
Y en efecto, sí era una mujer.
Una mujer madura y… sumamente bella, elegante y con un porte exquisito.
Bajaba cada escalón con tal elegancia que dejó anonadado al par de jóvenes, especialmente a Aleksei.
La mujer tenía una larga cabellera color café dorado que le llegaba a la altura de la cintura, peinado perfectamente con una diadema de rubíes, que contrastaba con su piel armoniosamente blanca.
Su cuerpo era delgado, pero con perfectos atributos cubiertos por un largo negro con un abrigo de piel encima.
Sus tacones eran rojos y lo que más le impactó a Aleksei fue su rostro.
Tenía los ojos color caramelo y aunque eran bellísimos, detonaban una inmensa tristeza.
Pero lo que más le impacientó fue que extrañamente su cara le pareció familiar.
—Se parece a… Annelise, pero una versión madura—-murmuró Pavel detrás de Aleksei.
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