Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 68
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68: Capítulo 67 68: Capítulo 67 Annelise se mordió el pulgar, dubitativa.
—A estas alturas no creo que Alek piense en buscarme, especialmente porque no sabe en dónde estoy y si lo supiera, nunca podría entrar a esta fortaleza sin antes ser ejecutado por los hombres de nuestro padre.
—Solo responde, Annelise—.
Insistió Saskia, riéndose.
Parecía que le encantaba verla en aprietos.
—Me alegra que te divierta mi angustia.
—Oh, vamos, acabas de entrar en una especie de comedia romántica en donde tienes que elegir a uno de los dos hombres que serían capaces de recibir una bala por ti.
—De comedia no tiene nada.
Saskia se encogió de hombros y lanzó otro cuchillo a la pared.
—Deberías elegir a Volker—.
Le aconsejó con tranquilidad—.
Porque tendremos protegido nuestro patrimonio, tu hijo tendrá un padre y no vas a tener que lidiar con un suegro que querrá verte muerta cada cinco segundos al saber que su nieto también tiene sangre de su peor enemigo, Erich Falkenheim.
Odiaba tener que darle la razón en todo a su hermana menor, pero su punto era demasiado acertado.
Si Aleksei Reznikov jamás se enteraba de que había quedado embarazada de él, no tendría ningún derecho de reclamarla, claro, si es que se enteraba en donde estaba y si podía tener la osadía de atravesar el palacio de hielo para llegar a ella sin antes ser asesinado a tiros por los hombres que salvaguardaba la mansión.
—Apenas tengo un mes más o menos.
Tengo algo de tiempo para pensar.
—Un embarazo no es cualquier cosa—.
Le advirtió Saskia, deteniéndose a mirar su abdomen bajo—.
En cuestión de poco tiempo, tendrás el estómago del tamaño de dos sandías fusionadas y si no tienes una respuesta, ten por seguro que el heredero de Mikhail Reznikov estará aquí; y por tu bien, espero que estés con Volker para cuando eso ocurra y puedas deslindarte de esos rusos.
Annelise se rascó el cuero cabelludo con nerviosismo.
—No eres de mucha ayuda, pero al menos me hiciste aterrizar a la tierra con un golpe de realidad, Saskia.
Tras decir eso, Annelise abandonó la recámara de su hermana menor y se dirigió a la suya.
No quería nada.
No quería pensar en el futuro, en el bebé o en Aleksei o Volker.
Simplemente deseaba dormir y olvidarse de todo ese caos aunque fuese por unas horas, no pedía más; además, aún faltaba enfrentar a su padre que había salido justamente cuando ella llegó.
Era más que obvio que Erich se había largado para no verla, puesto que les envió el jet privado para agilizar el viaje y fue muy astuto al marcharse antes de su llegada para no tener que lidiar con ninguna charla incómoda.
Se encerró en su habitación y se recostó en la cama, mirando el techo con desasosiego.
De pronto, sintió claramente como el vómito había vuelto y ella incluso había pensado que la comida hogareña sería su aliada, pero se equivocó.
El bebé de Aleksei Reznikov resultó ser demasiado delicado.
Abrumada, se levantó y corrió al baño a devolver absolutamente toda la cena.
Se arrodilló frente al inodoro y se agarró el vientre.
Sintió un fuerte dolor inexplicable que la hizo contorsionarse, pero no sabía si colocar su atención en su vómito o en las punzadas de su abdomen; al final de cuentas, escuchó la puerta de su recámara abrirse precipitadamente y los pasos apresurados de alguien entrar hasta donde ella estaba.
De pronto, las manos masculinas y gentiles de Volker se cernieron a su alrededor cuando ella dejó de vomitar y perdió el equilibrio.
El rubio la sujetó justo a tiempo y tapó el inodoro con la tapa antes de jalar la cadena.
—Annelise, ¿estás bien?
—le susurró en la oreja.
Ella había recargado la espalda en el pecho de él sin dejar de respirar entrecortadamente por el esfuerzo.
—El vómito volvió y me duele muchísimo el abdomen—se quejó ella, jadeando—.
Llama al doctor de mi padre, por favor.
—Tranquila, eso haré, pero primero… Volker la levantó con facilidad y se quedó de piedra al ver como debajo de Annelise, se estaba formando un charco rojo.
Sangre.
Sangre escurriendo desde sus piernas.
—Mierda.
El rubio la cargó hasta su cama y la arropó, haciendo lo posible para que ella no se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo.
Con manos temblorosas, sacó su teléfono y buscó un número.
Se lo puso en la oreja sin dejar de observar lo pálida que ella se estaba poniendo y maldijo entre dientes.
—No responde.
Yo te llevaré al hospital—.
Acotó.
Volker la cargó nuevamente y salió casi corriendo con ella en brazos.
No hubo escándalo, pero el sonido de los pasos de él corriendo por el pasillo, llamó la atención de Saskia, quien se asomó por la puerta y entornó los ojos, horrorizada.
—Llevaré a Annelise al doctor—la miró Volker mientras bajaba corriendo la escalinata—.
Si Erich vuelve y pregunta por nosotros, no le digas nada.
Manda a limpiar el sanitario de Annelise, por favor.
Pide discreción.
Luego te cuento, Saskia.
Confío en ti.
A pesar de haber hablado atropelladamente, la fémina comprendió y se dio media vuelta hacia la habitación de su hermana mayor, mientras que el rubio se abría paso hacia el exterior.
Annelise sentía que todo le daba vueltas y no comprendía qué estaba pasando, pero extrañamente confiaba en Volker.
En ese momento no había nadie en quien podía confiar, más que en ese rubio idiota de ojos verdes.
Ni siquiera recordó que ocurrió después de salir en brazos de él de la mansión, porque perdió la noción de la realidad, puesto que, cuando recuperó la conciencia, se hallaba en una habitación de hospital de lujo.
No había nadie más, solo ella en una enorme estancia lujosa en donde había incluso un comedor, sillones, TV, sanitario y una pequeña cocineta.
¿Tan grave había sido ese episodio de vómito?
Intentó levantarse, pero la aguja en su brazo se lo impidió.
Tenía un suero intravenoso y se sentía mareada.
¿En dónde estaba Volker y su hermana?
Sin embargo, a los cinco minutos, se abrió la puerta y entró una enfermera con cara de pocos amigos.
—Hola, disculpe, ¿dónde están mis familiares?
—le preguntó y sintió su garganta seca.
La mujer no le hizo caso y se encargó de verificar el suero y hacer anotaciones.
Luego de varios minutos, la miró por primera vez.
—Están afuera.
En unos treinta minutos vendrá el doctor y tus familiares podrán pasar después a verte—.
Respondió por fin y se marchó.
Annelise suspiró.
¿Cómo era posible que se haya vuelto más enfermiza?
Definitivamente tener un hijo no era lo suyo.
Esperó largo rato y los treinta minutos de espera, se volvieron dos horas y el sueño estaba volviendo a seducirla cuando entró el doctor.
Era un hombre entrado en los cuarenta años, lucía nervioso y cansado, pero al verla, le regaló una leve sonrisa.
—Hola, usted debe ser la señorita Annelise Falkenheim, ¿no es así?
—le palmeó el pie por encima de la sábana y la tablilla que tenía bajo el brazo la sostuvo entre sus manos para hacer anotaciones.
—¿Qué me ha pasado, doctor?
De repente vomité demasiado y me dolió el abdomen… —titubeó, avergonzada—.
Estoy embarazada y vomitar es espantoso.
El hombre de bata blanca evitó rotundamente mirarla a los ojos.
—Escucha, sobre tu embarazo… No obstante, la puerta volvió a abrirse, pero esta vez de manera brusca y Annelise frunció el ceño ante el recién llegado, que con solo poner un pie en el interior, provocó que el doctor retrocediera y bajara la mirada rápidamente.
Annelise entornó los ojos al reconocerlo.
—¿P-Padre?
—balbuceó, perpleja.
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