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Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 178

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Capítulo 178: Capítulo 178: Momento de Partida

El cielo sobre la Academia se teñía de un azul profundo. Las primeras estrellas comenzaban a brillar suavemente mientras una brisa fresca recorría el patio trasero del edificio de la sede Paladins.

Entre los árboles y los arbustos florecidos, una figura se hallaba sentada en un banco de piedra:

Era Ryu.

Sus ojos cafés, serenos pero enfocados, recorrían el paisaje con una calma inusual.

El jardín había cambiado bastante desde su llegada. Las flores ahora crecían con orden, los caminos de piedra estaban bien delineados y los setos estaban esculpidos de forma precisa.

Ryu se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre sus muslos mientras exhalaba con suavidad.

—Este lugar… ya no parece el mismo —murmuró para sí—. De no ser por Nayeli, dudo que siquiera tuviéramos un sitio como este. Bueno, si lo pienso, todos han hecho su parte… hasta yo, supongo.

El murmullo de las hojas y el canto de los grillos acompañaban su momento de reflexión. Entonces, pensó en alguien más.

—Kiro…

Su mirada bajó lentamente. Se llevó una mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó un cuaderno pequeño: su diario. Entre sus hojas, había espacios en blanco reservados para anotaciones, pero también para momentos especiales.

—Ya no me da tiempo de despedirme de él —dijo mientras buscaba una hoja limpia—. Quizá una carta sea suficiente…

Se acomodó mejor en el banco, sacó una pluma que llevaba siempre consigo y comenzó a escribir con calma.

“Kiro,

Cuando leas esto, probablemente ya me habré ido con el equipo de Paladins a una misión especial.

No sé exactamente cuándo volveremos, pero sí sé que quiero entrenar contigo cuando regrese.

Estoy seguro de que ambos habremos crecido un poco más. Tal vez podamos medir nuestras fuerzas como en los viejos tiempos.

Entrena duro, y no desaparezcas sin avisar,

No olvides nuestra promesa.

—Ryu.”

Cerró el cuaderno con un pequeño golpecito, dejando la carta entre sus páginas. Se levantó del banco y se quedó observando el cielo. La luna aún no estaba en lo alto, pero se asomaba entre los árboles como un centinela silencioso.

—No creo poder dormir —dijo con una media sonrisa—. Todavía hay algo de tiempo antes de partir… Creo que entrenaré un poco más.

Se alejó con paso firme, perdiéndose entre los árboles del patio, rumbo a la zona de entrenamiento.

Mientras tanto, afuera de la Academia, un carruaje avanzaba por un camino adoquinado rodeado de árboles. Los caballos trotaban, guiados por un conductor experto. Era un carruaje especialmente diseñado para misiones largas.

Allí dentro se encontraban los tres miembros seleccionados por la maestra Lyra para la misión especial del emblema Stella.

Chris Mercy iba recostado contra la ventana, con los ojos cerrados y los brazos cruzados, como si el mundo no mereciera su atención. Parecía dormido, aunque en realidad, solo descansaba… o se hacía el dormido.

A su lado estaba Sanha Zaehara. Mantenía una expresión serena, observando por la ventana contraria cómo el paisaje avanzaba.

En el otro extremo, acurrucada contra el rincón del asiento, Silfy sujetaba su mochila como si fuera su escudo. Sus ojos saltaban de un lugar a otro, inseguros. El vaivén del carruaje no ayudaba a calmar sus nervios.

Frente a ellos, sentada con postura relajada pero con ojos brillantes, iba la maestra Lyra. Tenía una capa oscura y elegante, decorada con pequeños bordes plateados que acompañaban a su elegante vestido. A su lado estaba la ventanilla del conductor, donde iba el conocido conductor de Stella.

—Gracias nuevamente por transportarnos, Hans —dijo Lyra, apoyando una mano sobre el borde del asiento mientras se giraba ligeramente hacia él.

El conductor sonrió, sin apartar la vista del camino.

—Al contrario, maestra Lyra. Hace tiempo que no la veía en una misión de campo ¿Cuánto ha pasado?

—Hmm… más del que debería —respondió ella con una ligera risa—. Pero no se preocupe, aún no me he oxidado.

—Jamás lo dudaría —respondió Hans con tono respetuoso.

Lyra se acomodó y se volvió hacia los tres jóvenes que la acompañaban. Su expresión se suavizó, pero mantenía la autoridad en sus ojos.

—Bien, escuchen —dijo con voz clara—. El viaje será largo, así que les recomiendo que descansen por ahora. Donde vamos no será un paseo, y necesitaré sus habilidades en plena forma.

Sanha sonrió con decisión, apoyando los codos en las rodillas.

—Estoy listo para lo que sea, maestra. Si hay problemas, los resolveremos.

Silfy, aún abrazando su mochila, bajó ligeramente la mirada.

—H-haré lo que pueda… —murmuró casi en un susurro.

Lyra le lanzó una mirada tranquilizadora.

—Sé que lo harás bien, Silfy. Tú también fuiste elegida por algo.

Chris no respondió. No abrió los ojos ni cambió de posición. Pero Lyra, como siempre, no parecía necesitar una confirmación verbal.

El carruaje continuó su avance bajo la tenue luz del cielo nocturno, mientras las ruedas chirriaban suavemente sobre los adoquines.

Lyra echó un último vistazo a sus alumnos antes de mirar por la ventana.

—Que la luz esté con nosotros —susurró para sí, mientras una estrella fugaz cruzaba el cielo sin ser notada por nadie más.

…

Pero entonces… en algún rincón del mundo, más allá del alcance de la luz, bajo una caverna creada por el mismísimo caos, una oscuridad profunda lo cubría todo.

El aire era denso, podrido por el olor de sangre vieja, tierra húmeda y restos de carne. En las paredes, casi imperceptibles, las marcas de garras profundas cruzaban la roca como cicatrices.

De pronto, como si respondieran a una presencia, cientos de ojos rojos comenzaron a abrirse en la penumbra. Algunos eran grandes y redondos, otros alargados y múltiples, reflejando la escasa luz que titilaba desde lo alto. Los gruñidos se alzaron con fuerza, unos eran bajos y sofocantes, otros agudos y chirriantes. Las garras raspaban el suelo rocoso, un sonido que evocaba desesperación, hambre… y violencia.

En el centro de esa colmena de pesadilla, dos figuras se enfrentaban.

A un lado, como un tótem viviente del horror, se alzaba un Nox especial, un ser que desbordaba poder físico y ancestral.

Medía más de tres metros de altura, y su cuerpo estaba cubierto de placas óseas de un tono rojo sangre, como si se hubiese bañado en la esencia de sus víctimas. Las placas estaban unidas por músculos tensos y oscuros, repletos de venas palpitantes. Su rostro era una fusión de monstruosidad e inteligencia brutal, allí tres ojos completamente rojos, sin pupilas, vibraban con energía negativa, y su boca, alargada, mostraba colmillos del tamaño de dagas. Sus brazos colgaban, terminaban en garras negras curvas como hoces, capaces de destrozar acero.

Frente a él, desentonando con el entorno como si la muerte vistiera de elegancia, se encontraba, un Nox H —uno de aquellos que parecían más humanos que bestias, pero con una esencia igual de peligrosa. Su porte era sereno, casi elegante. Llevaba una chaqueta larga de color rojo oscuro, abierta, dejando ver una camisa blanca impecable debajo, sin una sola mancha. Su pantalón era entallado y de un negro opaco, acompañado por botas firmes. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una media máscara de Oni negra contrastando con su cabello blanco. De su cintura colgaba una katana carmesí, cuyo mango estaba envuelto en tela roja, y cuya funda llevaba un símbolo grabado que parecía arder débilmente en la penumbra.

El aire entre ambos vibraba con gran tensión.

El Nox especial dio un paso adelante. Cada movimiento suyo hacía temblar el suelo, como si su cuerpo pesara más de lo que la lógica permitía.

—¿Quién… te crees que eres? —gruñó con una voz que parecía un trueno seco—. ¿Cómo te atreves a entrar en mi colmena, incompleto?

Su respiración pesada agitaba el aire como si cada exhalación fuese capaz de apagar la vida. Desde las sombras, otros Nox se asomaban, expectantes. Algunos parecían animales, otros estaban más deformes, otros humanoides, pero todos marcados por la hostilidad.

El Nox H no se movió ni un centímetro. Su voz, en cambio, fue calma, firme y con una cortesía irónica que contrastaba con su entorno.

—No vine a ofenderte. Solo quiero conversar —levantó una mano abierta, con la palma hacia el frente—. Mi nombre es Soka… y vengo en representación del Gran Maestro.

El Nox especial se quedó quieto, pero su aura oscura aumentaba como una marea. Soka continuó:

—Sé lo que eres. Eres uno de los Nox antiguos, nacidos del caos primigenio. Puro, salvaje, imponente e inteligente. Eres un rey aquí… y, como tal, supuse que estarías interesado en la evolución de nuestra especie.

—¿Evolución? —bufó la bestia—. Yo soy la cúspide de la evolución. Tú, semi-Nox, eres una burla deforme. Eres un disfraz humano. Tus palabras me dan náuseas.

Soka bajó lentamente la mano, sin alterarse.

—No hay necesidad de violencia. Venimos a ofrecer un trato. Si tú y tu colmena se unen a nosotros, recibirán humanos… tantos como quieran. Acceso a rutas que ni los exorcistas conocen, y protección de estos mismos. El Gran Maestro tiene poder, sabiduría… y un plan. Todo lo que pedimos es tu lealtad. Solo eso.

El Nox entrecerró sus tres ojos con lentitud, evaluando a Soka como un depredador antes de desgarrar a su presa.

—¿Lealtad? —gruñó con desprecio—. ¿A ti? ¿A ese Gran Maestro al que nunca he visto? Yo no sigo órdenes. Yo las impongo. Esta colmena es mi trono. Mis garras son mi ley. Mis Nox son míos. No necesitamos su protección ni sus migajas de poder.

Soka suspiró, bajando la mirada un segundo.

—Sabía que te costaría entender. A veces… los fósiles no quieren aceptar el cambio.

—¡¿FÓSIL?! —rugió el Nox, dejando escapar un estruendo que hizo eco por toda la colmena—. ¡YO SOY VIDA PURA! ¡YO SOY LA CÚSPIDE DE LOS NOXS! ¡LOS TUYOS SON UN ERROR QUE MERECE SER CORREGIDO!

El Nox dio un paso más, y su aura oscura se volvió una masa tangible, como una marea de sombras con ecos vivos que chillaban de forma inhumana. Su cuerpo creció ligeramente, las placas de hueso se endurecieron con un crujido brutal y sus garras se alzaron con ansias de sangre.

Soka observó todo en silencio. Un leve reflejo rojo cruzó su katana aún envainada. Sus ojos rojos brillaron con intensidad demoníaca mientras retrocedía apenas medio paso.

—Así que eliges la extinción… —susurró—. Y por eso, los Nox como tú desaparecerán. Todavía son simples bestias salvajes.

El Nox rugió con furia y se lanzó hacia adelante.

En ese instante exacto, todas las criaturas de la colmena chillaron al unísono, y el aire estalló en presión oscura.

Los ojos de Soka brillaron con un fulgor carmesí mientras su mano se cerraba con firmeza sobre el mango de su katana.

—Desenvainé: Cinco Cortes.

La hoja carmesí de su katana trazó líneas en el aire que destellaron como relámpagos escarlata.

En un solo segundo, cinco destellos atravesaron la oscuridad. Una onda de choque surcó el aire, invisible pero aterradora. La sangre brotó como un chorro.

El Nox especial apenas había comenzado a cargar contra él cuando su brazo derecho, el que usaba para atacar, fue cortado desde la muñeca, el antebrazo rebanado limpiamente, y la carne desde el hombro hasta el cuello desgarrada en una curva ascendente. La criatura soltó un rugido de dolor brutal que hizo temblar el suelo, y un hilillo de vapor se alzó de las heridas abiertas.

Soka apareció detrás de él, con la misma calma letal, deslizándose en silencio como una sombra sentenciante. Con elegancia, envainó su katana con un solo y suave movimiento, como si lo que acababa de hacer fuese tan fácil como respirar.

—Tu regeneración es rápida… —dijo Soka sin girarse, con una voz fría como el acero—. Pero no te servirá de nada si no sabes lo que estás enfrentando.

El Nox especial rugió con furia, y el sonido fue seguido por el grotesco crujir de huesos regenerándose. Su brazo comenzó a reconstruirse ante sus ojos, carne y tendones volviendo a trenzarse como si estuvieran vivos. Sus heridas se cerraron en cuestión de segundos, aunque quedaban marcas sangrantes que aún humeaban por el filo maldito.

Con una velocidad que no correspondía a su tamaño, el Nox saltó hacia adelante y lanzó un zarpazo directo a Soka, quien desenfundó una vez más, bloqueando el ataque con una reverberación chispeante.

Las placas óseas del Nox repelían la katana como si fueran armaduras hechas de mineral viviente. El filo de Soka apenas rozaba la superficie antes de ser empujado hacia atrás por la fuerza bruta del monstruo.

El combate se volvió un festival de choques brutales.

Soka se desplazaba con precisión, sus pasos eran silenciosos, sus cortes limpios. Su katana se movía danzando en círculos carmesíes que dejaban marcas en el aire.

Pero el Nox era un coloso: cada vez que Soka atacaba, las placas rojizas bloqueaban el corte, y sus garras intentaban desgarrarlo con golpes que hacían vibrar todo el terreno.

—¡TOMA ESTO! —gruñó el Nox, mientras lanzaba una andanada de zarpazos a alta velocidad.

Soka apenas lograba esquivar, parando algunos ataques con el lomo de su espada. Cada choque era un trueno, cada golpe un rugido contenido. Finalmente, Soka retrocedió con un salto elegante y colocó su katana frente a él, esta vez bañándola en su propia energía.

—No puedo seguir conteniéndome con armaduras tan densas como esa… —murmuró con serenidad—. Muy bien.

Una llamarada carmesí comenzó a envolver la hoja.

La energía chisporroteaba como un fuego que respiraba con hambre. Era una llama extraña, densa, pesada… más cercana al aura de una maldición que al calor natural.

—Séptimo Caos del Fuego: Fraha. —declamó con solemnidad.

El suelo se quebró bajo sus pies cuando Soka desapareció en una ráfaga carmesí hacia el frente, dejando un surco en el aire. Su figura era una flecha ardiente de fuego carmesí que giraba como una espiral abrasadora, lista para romper cualquier defensa.

El Nox, viendo la amenaza, soltó un rugido y acumuló una gran cantidad de energía oscura en su garra regenerada, formando una esfera del tamaño de su torso. La energía temblaba con odio, como un núcleo de pura corrupción y hambre.

—¡MUERE, SEMI-NOX! —gritó el monstruo, lanzando la esfera oscura directo hacia Soka.

Ambas fuerzas colisionaron.

El fuego carmesí se tragó la esfera oscura como un huracán que succiona la noche.

El impacto generó una explosión roja de luz y sombras que destrozó parte de la caverna, dejando grietas en las paredes y arrojando a los Nox menores que observaban varios metros hacia atrás. El estruendo fue tal que por un momento el mundo pareció quedarse mudo.

Cuando el polvo bajó…

El Nox especial yacía en el suelo.

Su cuerpo, casi por completo calcinado, estaba roto, mutilado, derrotado. Solo su cabeza permanecía viva, con los tres ojos entreabiertos, aún brillando con odio pero incapaces de moverse.

Soka estaba unos pasos más adelante, limpiando su katana lentamente con un pañuelo blanco, que se volvió rojo de inmediato. La envainó con un gesto de quien termina una ceremonia.

—Así es como se doma a las bestias —dijo con una voz gélida, sin emociones—. Si no pueden adaptarse… entonces solo sirven como ejemplos.

El silencio era absoluto.

Todos los Nox menores que miraban desde las sombras se mantuvieron quietos, sin emitir ni un solo gruñido, como si el miedo les hubiese congelado la sangre.

Soka se giró apenas, y susurró para sí mismo:

—Ahora, ¿quién quiere continuar?…

Sus ojos se alzaron, buscando su siguiente presa, hacia lo profundo del túnel.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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