Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 183
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Capítulo 183: Capítulo 183: Investigando la Cueva
La luna brillaba en lo alto, filtrando su luz entre las copas de los árboles, mientras el viento nocturno movía suavemente las ramas.
El camino hacia el norte estaba cubierto por raíces, arbustos y piedras húmedas, a cada paso, el farol que cargaba Hug proyectaba sombras alargadas que se deformaban entre la maleza.
Ivar Leonhardt caminaba un par de pasos detrás de él, con el ceño fruncido, la mirada fija y una expresión de fastidio que parecía haberse vuelto natural en él.
—Ya no falta mucho para llegar… —comentó Hug con voz tranquila, aunque sin bajar la guardia—. Pero mantente alerta, la noche es el mejor momento para que algo intente sorprendernos.
Ivar no respondió, solo apretó los labios y siguió andando, las botas marcando su paso firme sobre la tierra húmeda.
Hug, sin perder su tono amigable, volvió a hablar:
—La forma en la que usas tu energía es sublime, muchacho. Estoy seguro de que cuando termines en la Academia tendrás un lugar asegurado en el gremio.
Silencio.
Hug lo miró de reojo y dejó escapar un suspiro.
—Eres difícil de leer, ¿eh? Bueno, no pasa nada. Te contaré algo. ¿Sabías que casi nadie recuerda el verdadero nombre del gremio?
Ivar arqueó una ceja, aunque no dijo nada.
—Su nombre oficial es El Gremio de Exploración y Protección Exterior. —Hug levantó el farol con una sonrisa nostálgica—. Bastante largo y formal, ¿no lo crees? Pero con el tiempo la gente nos empezó a llamar simplemente “aventureros”. Nos gustó tanto el apodo que lo adoptamos nosotros mismos. Y desde entonces, nadie volvió a usar el nombre completo.
Al fin, Ivar habló, con un tono frío y tajante:
—No tengo interés en unirme a ningún gremio. De lo que sea.
Hug ladeó la cabeza.
—¿Ah, no?
—Me convertiré en el capitán de la guardia real de Alfhaim —declaró Ivar con determinación, sus ojos brillando en la penumbra—. Y después crearé mi propio Clan. No pienso conformarme con menos.
El silencio de la noche acompañó esas palabras, hasta que Hug rió suavemente.
—Eso es un objetivo ambicioso… y lo digo en serio, muchacho. Con tu energía será más sencillo lograrlo. Yo en cambio… —levantó una mano enguantada, con una sonrisa un poco cansada— Yo no puedo usar energía como ustedes. Pero aún así, no me quedo atrás.
Su risa resonó entre los árboles, rompiendo por un momento la tensión.
Fue entonces cuando ambos se detuvieron al mismo tiempo.
Un escalofrío recorrió el aire.
Una sensación pesada que parecía emanar del norte, más allá de los matorrales.
—…Lo sientes, ¿verdad? —murmuró Hug, bajando el farol.
—Sí —respondió Ivar, su mirada endureciéndose—. Está frente a nosotros.
Hug asintió despacio.
—La entrada a la cueva debería estar justo allí, pero esta presencia… es nueva.
Ivar dio un paso al frente, decidido:
—Lo mejor será ver de qué se trata. Enséñame la cueva de una vez.
Hug dudó, pero terminó avanzando.
Empujaron los últimos arbustos y ramas, y entonces apareció ante ellos la entrada de la cueva sagrada: un enorme arco natural de piedra cubierto de musgo, con raíces que caían como cortinas. De su interior emanaba un aire gélido, y se escuchaba un murmullo casi acuático, como si algo goteara en lo profundo.
Ivar se adelantó, pero Hug lo detuvo colocando un brazo frente a él.
—Alto. A partir de aquí comienzan las trampas.
El joven frunció el ceño.
—Puedo sentirlas. —Su voz era firme, pero había un matiz de impaciencia—. No solo las trampas… también algo más, dentro de la cueva.
Hug negó con la cabeza.
—Créeme, muchacho. No sabrás dónde aparecerán hasta que ya sea tarde. Si das un paso más, podría desatarse un caos… y la aldea no resistiría otra desgracia.
Ivar apretó los dientes, visiblemente frustrado.
—Tsk…
Hug lo observó con calma y concluyó:
—Lo mejor será comenzar mañana. Ven con nosotros y estudiaremos la entrada juntos. No hay razón para arriesgarlo todo esta noche. Lo importante es que ahora conoces el camino.
Ivar guardó silencio unos segundos, antes de girarse con fastidio.
—Está bien. —Sus ojos aún miraban hacia la oscuridad de la cueva con desconfianza—. Pero mañana no perderé tiempo.
Hug sonrió con cierta satisfacción.
—Así me gusta.
Los dos dieron marcha atrás, caminando bajo la luz de la luna.
El farol volvió a iluminar el sendero entre los árboles, mientras el aire frío parecía cerrar tras ellos la entrada de la cueva.
Pero antes de que se alejaran demasiado, Ivar murmuró casi para sí mismo, con el ceño aún fruncido:
—…Sea lo que sea lo que se esconde allí dentro, no escaparás de mí.
Pasaron las horas y el amanecer bañaba la aldea con tonos dorados.
Dentro de la casa más grande, Ryu dormía profundamente en una pequeña habitación compartida con Ethan. La cama era dura y el viento entraba por las rendijas de la madera, pero el cansancio lo había vencido.
Un aroma agradable, tibio y reconfortante lo despertó. Frunció el ceño, olfateando.
—¿Qué… es ese olor? —murmuró mientras se incorporaba con torpeza.
Se vistió deprisa y salió de la habitación.
Al frente, la sala servía como comedor y cocina, ambos unidos en un mismo ambiente. Una larga mesa ocupaba el centro y alrededor estaban sentados Ethan, Nayeli, Lielle… y los aventureros.
—¡Al fin despiertas, dormilón! —le saludó Ethan con su tono siempre amable—. Ven, siéntate, alcanza justo para ti.
Ryu caminó hacia la mesa y Hug le dedicó una sonrisa amplia, con un gesto de la mano.
—Aprovecha, chico. Hoy es un día especial, Bell nos cocinó. Créeme, siempre que prepara algo le queda estupendo.
Junto al fogón, Bell revolvía una gran olla. Sus mejillas se sonrojaron ligeramente cuando todos lo miraron.
—No exageres, Hug… —murmuró con timidez—. No es nada extraordinario.
—¡¿Cómo que no?! —rió Hug con entusiasmo—. Te lo he dicho mil veces: no existe nada mejor que tu sopa por las mañanas.
Ryu sonrió un poco, dejándose llevar por el ambiente cálido. Se sentó y Bell, aún algo cohibido, le sirvió un cuenco humeante. La sopa desprendía un aroma delicioso a especias, verduras frescas y un fondo de carne suave.
—Gracias —dijo Ryu, mirando el plato con una sonrisa más sincera.
—De nada… espero que te guste —respondió Bell en voz baja.
Cuando Ryu llevó la cuchara hacia su boca para dar el primer bocado, la puerta se abrió de golpe con un estruendo.
Todos voltearon de inmediato.
Ivar Leonhardt apareció en el umbral, con su rostro severo y sus ojos fríos como acero.
—Ryu. —Su voz cortó el ambiente cálido—. Tenemos que ir a explorar. Ahora.
Ryu parpadeó, sorprendido, con la cuchara aún en el aire.
—¿Tan temprano? —preguntó, algo molesto.
—Es parte de nuestra misión. —Ivar lo miró con dureza—. Tú irás primero.
Un silencio incómodo se extendió en la sala. Ryu sintió el peso de todas las miradas, pero no podía negarse.
Soltó la cuchara con un suspiro y se puso de pie.
—Lo siento, Bell. Prometo que volveré pronto para terminarla.
Bell lo miró un poco sorprendido, pero asintió con una sonrisa tímida.
—La sopa te estará esperando.
Ryu tomó su lanza y la aseguró en su espalda antes de salir.
El aire fresco de la mañana lo recibió. Afuera, Ivar lo esperaba con los brazos cruzados.
—Necesito comprobar algo. Sígueme. Y no digas nada.
Ryu lo miró de reojo, con una chispa de desconfianza.
—Está bien.
“¿Qué querrá Ivar?” —pensó para sí mismo.
El líder de la misión echó a andar sin más y Ryu no tuvo más opción que seguirlo.
Atravesaron el bosque, el canto lejano de los pájaros acompañándolos, hasta que finalmente se alzó ante ellos la entrada de la cueva sagrada.
A diferencia de la noche, la luz del día iluminaba el arco de piedra cubierto de raíces. El aire que emanaba era fresco, casi majestuoso, aunque cargado de un misterio inquietante.
Ryu dio un paso al frente, observando la penumbra.
—¿Esta es la cueva? —preguntó con cautela.
—Sí —respondió Ivar con tono seco—. Y ahora, deberás ir hasta allá.
Ryu entrecerró los ojos.
—¿Solo?
Ivar no contestó enseguida. Su silencio era más pesado que sus palabras.
Ryu tragó saliva, avanzando con cautela, aunque en su mente pensaba:
“Qué raro… todavía no me ha insultado ni me ha lanzado ninguna de sus frases arrogantes. Esto no parece normal.”
Se puso frente a la entrada, su mano rozando la lanza.
Dio un paso hacia adelante, cuidando de no activar ninguna trampa.
El ambiente era tenso y demasiado silencioso.
De pronto, lo sintió—
Una presencia asesina a su espalda. Intentó girar la cabeza, pero fue demasiado tarde.
Un golpe seco, como una sombra, lo impactó en el centro de la espalda.
—¡Gh! —Ryu jadeó, el aire escapando de sus pulmones mientras su cuerpo era lanzado por los aires hasta chocar en la entrada de la cueva.
Con dificultad, se puso de pie, apoyando la lanza como bastón.
—¿Qué… intentas hacer, Ivar?
El joven de cabellos oscuros lo observaba con sus ojos fríos, cruzando la lanza sobre su hombro.
—No me caes bien. —Su tono era glacial—. Pero eso no significa que no pueda usarte.
—¿Usarme? —Ryu frunció el ceño.
—Sí. —Ivar alzó la voz con un filo de ira—. ¡Ahora, con tu energía, regresa volando hasta aquí!
Ryu lo miró incrédulo.
—No tengo mucho control sobre eso aún…
—¡Hazlo! —rugió Ivar, su voz retumbando como un látigo—. ¡Si no lo logras, te mataré yo mismo!
Ryu tragó saliva.
“¿De verdad está dispuesto a hacerme esto?”
Con el corazón latiéndole con fuerza, concentró su energía en los pies. El viento comenzó a arremolinarse a su alrededor, formando pequeños torbellinos bajo sus botas.
—Vamos… —murmuró con esfuerzo, sudor cayendo por su frente—. ¡Vamos…!
Por un instante, sus pies se elevaron del suelo, apenas unos centímetros. El aire vibraba con el intento desesperado de volar. Comenzó a avanzar lentamente, luchando por mantener el equilibrio.
Pero su concentración flaqueó. El torbellino se rompió y estuvo a punto de desplomarse contra el suelo.
—¡Inútil! —bramó Ivar, cargando su lanza.
De un golpe seco, lo empujó con el asta hacia un lado, apartándolo de las trampas invisibles que parecían moverse con su presencia. Ryu rodó por el suelo, jadeando y con dolor en el costado.
—¡¿Acaso piensas activar a los espectros de agua y que arrasen con la aldea?! —Ivar le gritó, con la furia en su voz retumbando entre los árboles.
Ryu se quedó tendido un rato en el suelo, apretando los dientes..
—…Maldición… —susurró entre jadeos, intentando recuperarse.
Con el cuerpo adolorido, se obligó a levantarse. Se sacudió la tierra y las hojas secas que se le habían quedado pegadas en la ropa. Respiraba agitado, pero su mirada firme estaba clavada en Ivar.
El capitán del grupo estaba de pie frente a la entrada oscura de la cueva. Flexionaba las piernas, como un depredador a punto de saltar.
—Ivar… —Ryu se alarmó—. ¿No pensarás… entrar así como así?
Ivar giró levemente el rostro, con una media sonrisa arrogante.
—Es fácil esquivar a los espectros de agua. Solo necesito no tocar el suelo.
—¿¡Qué!? —Ryu abrió los ojos con incredulidad—. ¡Eso es una locura! Deberíamos esperar a los aventureros, ellos conocen mejor el terreno.
—No los necesito —gruñó Ivar, girándose por completo hacia la cueva—. Si quieres que algo salga bien, hazlo tú mismo. Ya descubrí cómo sortear las trampas.
El corazón de Ryu dio un brinco.
—¡No! —avanzó con paso decidido, cerrando los puños con fuerza—. No puedes hacer lo que te plazca. Si te topas con algo peligroso dentro, ¿Qué harás? ¡Somos un equipo! Voy a avisar a los demás.
La frente de Ivar se marcó con una gruesa vena de furia. Gruñó, los dientes apretados.
—Cállate… —susurró en un tono glacial que erizó el aire a su alrededor.
Ryu no retrocedió.
—¡No puedes hacerlo solo!
Ivar estalló.
—¡CÁLLATE DE UNA MALDITA VEZ, MALDITO ENGENDRO!
En un segundo, giró sobre sus talones y avanzó hacia Ryu como una sombra. Con brutal fuerza, lo tomó de la cabeza con una sola mano, los dedos clavándose en su cabello y su cráneo.
—¿Quieres avisar? —espetó con odio en los ojos—. ¡Entonces vete con ellos!
Con un rugido, lo lanzó con una fuerza descomunal.
El cuerpo de Ryu salió disparado como una piedra de honda, partiendo ramas y quebrando árboles en su trayectoria. Cada golpe contra la naturaleza lo hacía perder más y más el aliento, hasta que su consciencia se fue apagando.
Su cuerpo finalmente chocó contra una de las murallas de la aldea con un sonido seco y estremecedor.
—¡AAAAHH! —gritó una aldeana cercana, dejando caer una canasta de frutas.
—¡Es el muchacho! —exclamó un hombre mientras corría hacia él.
—¡Alguien avise a los aventureros! —dijo otro, con el rostro lleno de pánico.
Varias personas se agruparon alrededor del cuerpo inerte de Ryu, que yacía tendido sobre la tierra con sangre escurriendo por su frente.
—¡Todavía respira! —dijo una anciana, palpando su pecho con desesperación.
—¡Rápido, traigan vendas, agua! ¡CORRAN! —gritó un joven con lágrimas en los ojos.
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