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IMPERIUS - Capítulo 30

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Capítulo 30: CAPÍTULO 29: EL PESO DE AZH’KARETH

Ubicación: Azh’Kareth, Núcleo Táctico del Bastión de Hierro.

La atmósfera en el núcleo táctico de Azh’Kareth era asfixiante, saturada por el zumbido de los servidores y el frío artificial que mantenía la estabilidad de los procesadores. No había chimeneas ni antorchas; solo paneles de control que proyectaban una luz azulada sobre los rostros endurecidos de quienes rodeaban la mesa de mando.

Kassandros Varethia observaba los flujos de datos con una fijeza casi dolorosa. Los últimos informes de inteligencia indicaban un cambio de marea: el flujo de iridio desde Vharyon estaba siendo reactivado. Orión había cedido ante las demandas de Kyros, transfiriendo fondos masivos para asegurar el suministro.

—El bloqueo se está levantando —comentó Lord Voran, cruzando sus brazos sobre el peto de su armadura—. Las rutas comerciales hacia la capital vuelven a latir. Kyros ha obtenido su oro y, con ello, el León ha recuperado sus garras. La Flota Imperial ya no está varada, Kassandros. Si nos movemos ahora, nos enfrentaremos a un enjambre de destructores con los depósitos llenos.

Zeykron Valdrakir, situado al otro lado de la mesa, soltó un gruñido sordo.

—Orión está fortaleciendo sus líneas mientras nosotros discutimos la semántica del honor —espetó Zeykron—. Cada gramo de iridio que llega a Varethia es un clavo más en el ataúd de nuestra libertad. ¿Hasta cuándo vamos a esperar, yerno? Azh’Kareth no necesita permiso para ser soberana.

Kassandros no respondió de inmediato. En su mente se repetía, como una grabación corrupta, la imagen de Apolonio en el Senado. Recordaba la voz del muchacho al que había enseñado a montar y a disparar, desgarrando su reputación frente a los lores para ganarse el favor de su padre. La traición del “Cachorro Carmesí” era una astilla clavada en su juicio, una que le impedía confiar en cualquier movimiento que viniera de la rama principal de los Stormhaven.

—No se trata de permiso, Zeykron. Se trata de cálculo —respondió Kassandros. Su voz sonó ronca, cargada de una fatiga que el café no podía disipar—. Una declaración de independencia impulsiva bajo una flota operativa es un suicidio. Necesitamos saber qué piezas siguen en el tablero.

En ese momento, una señal de prioridad parpadeó en el centro de la mesa. Un pequeño orbe holográfico, sellado con un cifrado privado de Vharyon, comenzó a emitir un pulso rítmico.

Kassandros vaciló. La procedencia era clara: Apolonio.

—No lo abras —advirtió Zeykron—. Es el veneno del heredero.

Naerys, que había permanecido en silencio observando la dinámica del consejo, se adelantó. Sus dedos rozaron el panel de activación.

—Necesitamos información, no orgullo —sentenció ella—. Veamos qué tiene que decir el muchacho.

El orbe se activó. La figura de Apolonio Stormhaven se materializó sobre la mesa. No vestía las galas del Senado, sino un uniforme de vuelo sencillo. Su rostro, iluminado por la luz del holograma, se veía demacrado, con ojeras profundas que no lograban ocultar una mirada de extraña resolución.

—Tío —comenzó Apolonio. Su voz no era la del político ambicioso del Senado; era una voz contenida, casi privada—. Sé que mi silencio y mis palabras en Varethia son una herida que no tienes razones para cerrar. He venido a pedirte perdón. Lo que hice… la forma en que te ataqué para complacer a mi padre… no tiene excusa.

Kassandros apretó la mandíbula. El subtexto era evidente: Apolonio estaba intentando construir un puente, pero la desconfianza de Kassandros era un muro demasiado alto.

—No te pido que te rindas, ni que ignores lo que Azh’Kareth merece —continuó el holograma—. Te pido que no abandones a mi padre. No dejes que esto escale hacia un punto sin retorno. El Imperio está en una cuerda floja, y el Decreto de Purificación es una mecha que nos consumirá a todos si no la apagamos juntos. Te propongo una negociación estratégica, tío. Frenemos esto antes de que la primera salva sea disparada. No busco una conspiración, sino un acuerdo que detenga la mano del Emperador. Por favor, no nos conviertas en enemigos.

La imagen parpadeó y se desvaneció, dejando un silencio gélido en la sala.

—Es una distracción —espetó Voran—. Quiere que bajemos la guardia mientras el iridio fluye hacia los motores de la Guardia Carmesí.

Kassandros se alejó de la mesa de mando. El mensaje de Apolonio, aunque teñido de sinceridad, solo servía para complicar un escenario que ya era crítico. El hecho de que Orión hubiera fortalecido a Kyros significaba que el tiempo de la diplomacia se estaba agotando, pero lanzarse a la independencia sin confrontar al hombre que una vez llamó hermano era un error que no pensaba cometer.

—No habrá declaración hoy —anunció Kassandros, y su autoridad detuvo cualquier intento de réplica de Zeykron—. No voy a ser el traidor que Orión imagina sin antes mirarlo a los ojos.

—¿Vas a viajar a la capital? —preguntó Zeykron, incrédulo.

—No —respondió Kassandros, volviéndose hacia la consola de comunicaciones—. Estableced un canal privado de emergencia con el Palacio Imperial. Código de Lord Protector. Quiero hablar con Orión. Cara a cara, por última vez. Antes de que Azh’Kareth tome su propio camino, el León tendrá que decirme qué queda de nosotros.

Kassandros sabía que estaba jugando su última carta. Con el iridio fluyendo y el mensaje de Apolonio pesando en su conciencia, la línea entre la negociación y la guerra civil nunca había sido tan delgada. El destino del Imperio ya no se decidía en los campos de batalla, sino en el espacio que quedaba entre la palabra de un sobrino herido y el silencio de un Emperador paranoico.

La estática del canal de emergencia zumbó en la sala, un sonido áspero que parecía rasgar el aire frío de Azh’Kareth. Tras un agónico segundo de distorsión, la imagen de Orión I se estabilizó en el centro del proyector. El Emperador estaba en su sala táctica de Varethia; las luces azuladas acentuaban las líneas de cansancio en su rostro, dándole el aspecto de un ídolo de piedra antigua que empezaba a resquebrajarse.

No hubo saludos. La mirada de Orión recorrió el núcleo táctico de Kassandros, deteniéndose apenas un instante en la silueta de Zeykron Valdrakir, quien permanecía en la sombra con los brazos cruzados.

—Has usado el código de Lord Protector, Kassandros —dijo Orión. Su voz sonó gélida, carente de la resonancia que solía imponer en el Senado—. Ese código es para tiempos de guerra externa. ¿Acaso los orcos han cruzado la frontera de Veyrahn?

—La guerra ya está dentro de casa, Orión, y tú has encendido la mecha —respondió Kassandros, dando un paso hacia el holograma—. El Decreto de Purificación es una mancha que Azh’Kareth no va a aceptar. Estás persiguiendo a hombres que han sangrado por tu trono solo porque su sangre no encaja en tus nuevos libros de pureza.

Orión soltó una risa seca, un sonido desprovisto de humor.

—La pureza es orden, primo. Y el orden es lo único que mantiene este Imperio unido mientras mis propios hijos deciden que su lealtad pertenece a sus esposas antes que a su Emperador. He fortalecido a Kyros, el iridio fluye y mi flota está lista. Si has llamado para pedir clemencia, llegais tarde.

—He llamado para pedirte que razones —espetó Kassandros, ignorando el veneno en las palabras de su primo—. Tus hijos no te han traicionado; han elegido la sensatez. Lucerio está protegiendo Ithorion de tu paranoia. Si lanzas a la Guardia Carmesí contra nosotros, estarás borrando el legado de Magnus IV. Estarás matando a tu propia estirpe.

—La sangre se ha vuelto agua —sentenció Orión, repitiendo las palabras que le había dicho a Alexión—. Si Azh’Kareth no se somete al censo de Crassus antes del próximo ciclo, el Norte dejará de ser una provincia protegida para convertirse en un territorio de conquista. La decisión es tuya, Lord Protector. O sirves al León, o mueres con los traidores.

La comunicación se cortó abruptamente. El holograma desapareció, dejando la sala sumida en un silencio sepulcral. Zeykron dio un paso adelante, con una sonrisa amarga curvando sus labios.

—Ya tienes tu respuesta —dijo Zeykron—. El León no busca paz, busca obediencia total. No hay negociación posible con un hombre que ya ha decidido que somos sus enemigos.

Kassandros apretó los puños sobre la mesa de mando. El vacío que dejó la imagen de Orión se llenó con una determinación sombría. Miró el orbe holográfico donde aún residía el mensaje de disculpa de Apolonio. La herida de la traición en el Senado seguía abierta, pero las palabras de su sobrino —”no quiero verte como un enemigo”— resonaban ahora con una urgencia diferente.

Si Orión estaba perdido en su paranoia, quizás el heredero era la última pieza capaz de detener la caída. Pero Kassandros necesitaba saber si esa disculpa era un puente real o una trampa de seda tejida por Alexión.

—Naerys —dijo Kassandros, sin levantar la vista—. Envía una respuesta al canal privado de Apolonio.

Zeykron se tensó. —¿Vas a confiar en el muchacho que te escupió ante el Senado?

—Voy a poner a prueba su palabra —respondió Kassandros. Miró a Lord Voran y a los demás consejeros—. Dile que he recibido su mensaje. Dile que si su deseo de frenar este conflicto es sincero, debe demostrarlo. Lo invito a Azh’Kareth. Que venga al Bastión de Hierro, sin escolta de la Guardia Carmesí, para hablar como hombres de honor, no como piezas de un tablero.

—Es un riesgo suicida —advirtió Voran—. Si Alexión intercepta el mensaje, enviarán a la flota creyendo que Apolonio está desertando.

—Es el único riesgo que nos queda antes de que el acero empiece a hablar —sentenció Kassandros—. Si Apolonio viene, tendremos una oportunidad de evitar la masacre. Si se niega o informa a su padre, entonces sabremos que Azh’Kareth no tiene más opción que la independencia total.

Kassandros se giró hacia el ventanal, observando los cielos perpetuamente grises de su mundo. El iridio ya corría por las venas del Imperio, y la sombra de Orión se alargaba sobre el Norte. La invitación estaba enviada. Ahora, el destino de Azh’Kareth dependía de si el “Cachorro Carmesí” tenía el valor de entrar en la guarida del lobo para enmendar su pecado.

“Sobre las Nubes, Más Allá del Honor”

PRIMERA PARTE: LOS FUNDAMENTOS AÉREOS

De la Fundación a la Conquista Stormhaven

I. DEL ORIGEN Y LA PRIMERA ASCENSIÓN

En los tiempos antes de que Stormhaven erigiera su primer bastión de piedra y metal, cuando los pueblos del continente aún caminaban con los pies sobre la tierra como bestias sin visión, surgió entre las tormentas eternas del Macizo Vharyon una dinastía que desafiaría la gravedad misma.

Evander I Vharyos, llamado por los bardos posteriores El Primer Vuelo, no fue un conquistador en el sentido terrenal. No levantó ejércitos ni derramó sangre por territorios que, desde su perspectiva elevada, parecían insignificantes manchas de barro. En cambío, hizo algo que ningún mortal había osado: construyó ciudades que flotaban.

Las Crónicas Antiguas, conservadas en los Scriptorios de Nubecorona, hablan de Siete Ciudades Suspendidas, cada una anclada a picos inaccesibles mediante cadenas de un metal que brillaba como plata, pero resistía como el corazón de una montaña. Evander no gobernó desde un trono, sino desde el Trono del Viento — una plataforma abierta a los cuatro puntos cardinales donde, se dice, aprendió a hablar con las tormentas.

“No somos superiores porque estemos arriba”, proclamó Evander a sus arquitectos. “Estamos arriba porque debemos recordar que el mundo es más grande que nuestras disputas terrenales.”

La dinastía Vharyos estableció así el principio fundamental que regiría el Principado por siglos: la separación elevada. No eran reyes de la tierra, sino guardianes de la perspectiva. Mientras los reinos del suelo se desangraban en guerras por fronteras que cambiaban con cada generación, los Vharyos observaban desde las nubes, interviniendo solo cuando el equilibrio general del continente peligraba.

II. LA PRIMERA GRAN CAÍDA

La desaparición de Evander I constituye el misterio fundacional de Vharyon. Veintitrés años después de la culminación de la Séptima Ciudad, una tormenta de proporciones bíblicas —la Tempestad de los Mil Truenos— se abatió sobre el Macizo. Evander subió solo a la plataforma más alta, la Aguja de los Cielos, para “negociar con el cielo”, según sus últimas palabras registradas.

Nunca descendió.

Los cronistas de la época describen cómo la tormenta duró exactamente cuarenta días, y cómo al finalizar, la Aguja de los Cielos apareció vacía, sin rastro de su ocupante. No hubo cuerpo. No hubo despedida. Solo una corona de metal etéreo —la Corona de Nubes— que flotaba a tres palmos del suelo de obsidiana, girando lentamente sobre su eje.

Desde entonces, cada Alto Príncipe de Vharyon ha sido coronado no con la Corona de Nubes sobre la cabeza, sino con ella suspendida sobre sus cabellos, sostenida por campos de fuerza que los maestros ingenieros de Vharyon han mantenido operativos durante siglos. Es un recordatorio permanente: el fundador nunca murió, solo ascendió.

III. LAS EDADES DE LA DISCRECIÓN

Los siglos posteriores a Evander vieron a Vharyon perfeccionar el arte de la influencia sin dominación. Mientras otros reinos construían imperios de sangre y hierro, el Principado cultivaba algo más valioso: información.

Las Ciudades Flotantes se convirtieron en el nexo neutral del continente. Embajadores de reinos en guerra se encontraban en los Salones de Viento de Vharyon, donde la ley sagrada del Principado garantizaba seguridad mientras duraran las negociaciones. Los Vharyos no cobraban en oro, sino en conocimiento. Cada tratado firmado bajo sus techos elevados añadía un volumen a la Biblioteca de las Corrientes, el archivo más completo de la historia política del mundo conocido.

La dinastía se ramificó en dos líneas principales:

La Rama Principal: Descendientes directos de Evander I, portadores de su sangre y, según la tradición, de su capacidad para “escuchar el viento”. Estos eran los candidatos naturales al título de Alto Príncipe, aunque no siempre lo alcanzaban.

La Rama Secundaria: Parientes colaterales, asimismo nobles, igualmente educados en las artes de la estrategia y la diplomacia, pero sin la carga mítica de la descendencia directa. De esta rama surgirían, con el tiempo, muchos de los administradores más capaces del Principado.

Durante quinientos años, esta estructura mantuvo a Vharyon como potencia silenciosa. No tenían la mayor armada terrestre, pero controlaban las rutas aéreas. No poseían las minas más ricas, pero sus bancos flotantes determinaban el valor de las monedas de diez reinos. No eran temidos, pero eran indispensables.

SEGUNDA PARTE: LA SOMBRA DE LA ÁGUILA

La Llegada de Stormhaven y la Gran Alianza

IV. EL ASCENSO DEL TITÁN

La fundación del Imperio Stormhaven en el año – 672 (según el calendario imperial posterior) marcó el fin de la independencia absoluta de Vharyon, aunque no de su esencia.

Magnus I Stormhaven, el Titan Fundador, no fue como los conquistadores anteriores. No deseaba saquear las Ciudades Flotantes; deseaba incorporarlas. Reconoció lo que otros habían ignorado: que Vharyon no podía ser tomado por asalto sin destruir su valor, pero podía ser absorbido por la excelencia.

Las negociaciones entre Magnus I y el entonces Alto Príncipe Damian III Vharyos (de la Rama Secundaria) duraron tres años. No fueron conquistados; fueron vinculados. El tratado, conocido como los Pactos de Altura, estableció que:

Vharyon mantendría su gobierno interno, sus leyes y su dinastía.El Alto Príncipe reconocería la soberanía del Emperador Stormhaven en asuntos de guerra exterior y comercio interestatal.A cambio, Vharyon recibiría protección militar absoluta y acceso preferencial a los recursos del Imperio en expansión.La familia imperial Stormhaven podría contraer matrimonios con la Casa Vharyos para “cementar la alianza entre cielo y tierra”.

Este último punto pareció, durante siglos, una cláusula ceremonial. Hasta que no lo fue.

V. CASSIOPEIA: LA PRINCESA ENTRE DOS MUNDOS

En la generación anterior a la caída de Magnus IV, la Casa Vharyon produjo una figura cuya sombra se extendería sobre el destino del Imperio entero: Cassiopeia Vharyon.

Nacida de la Rama Secundaria —hija de un príncipe menor de Nubecorona—, Cassiopeia no poseía derecho al trono flotante, pero sí algo más valioso: una inteligencia que asustaba a sus tutores. Desde niña, demostró una aptitud preternatural para la estrategia política, memorizando tratados de tres siglos de edad y detectando patrones en las alianzas diplomáticas que los ancianos del Consejo de Viento habían pasado por alto.

A los dieciséis años, ya asesoraba a su tío, el Alto Príncipe Theron V Vharyos, en negociaciones comerciales con el Imperio. A los dieciocho, había rediseñado el sistema de comunicaciones aéreas del Principado, reduciendo el tiempo de mensajes entre las Siete Ciudades de días a horas.

Fue en una de estas misiones diplomáticas a la capital Stormhaven, Varethia, donde Cassiopeia conoció a Hadrian Stormhaven, hermano menor del entonces príncipe heredero Magnus. Hadrian no era el guerrero que su hermano, ni el político que su padre. Era un hombre de libros y observación, un erudito de la historia militar que pasaba más tiempo en archivos que en campos de batalla.

El matrimonio fue, evidentemente, arreglado. Magnus III —el emperador reinante— necesitaba unir firmemente a Vharyon al Imperio, y qué mejor manera que mediante una unión con una de sus mentes más brillantes. Pero lo inesperado fue que Cassiopeia y Hadrian desarrollaron genuino afecto, basado en el respeto intelectual mutuo y en la comprensión compartida de lo que significaba vivir a la sombra de hermanos más brillantes.

“Ella me enseñó que la paciencia es una forma de velocidad”, escribiría Hadrian en sus memorias privadas. “Que esperar el momento correcto para actuar requiere más coraje que cargar contra una lanza.”

VI. EL NACIMIENTO DE ORIÓN Y LA EDUCACIÓN EN LAS ALTURAS

Orión Stormhaven nació en el Palacio de los Vientos de Vharyon, no en Varethia. Fue una decisión deliberada de Cassiopeia: quería que su hijo respirara primero el aire de las alturas, que su primera visión del mundo fuera desde la perspectiva que ella consideraba verdadera.

Durante los primeros catorce años de vida de Orión, Cassiopeia dividió su tiempo entre las obligaciones imperiales en Varethia y la educación de su hijo en Nubecorona. Fue ella quien le enseñó a leer no solo palabras, sino intenciones. Quien le mostró que un mapa político es un organismo vivo, donde cada alianza es un latido y cada traición una gangrena.

“La serenidad no es ausencia de emoción, Orión”, le dijo una vez, observando una tormenta desde la balaustrada de la Séptima Ciudad. “Es emoción dirigida con propósito. El viento más destructivo es el que sopla sin dirección.”

Estas lecciones quedarían grabadas en el carácter del futuro emperador. Orión no sería el guerrero descontrolado que su tío Magnus IV, ni el erudito pasivo de su padre. Sería algo nuevo: un estratega emocional, capaz de mantener la calma mientras otros perdían la cabeza, de ver cinco movimientos adelante en un tablero donde sus oponentes apenas percibían el presente.

Pero la educación de Orión en Vharyon terminó abruptamente. Cuando él contaba catorce años, Cassiopeia murió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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