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INVENCIBLE: ESCAPA DE VILTRUM - Capítulo 47

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Capítulo 47: CAPITULO 47:

En su lugar, un destello mas entorpeció su visión, y la onda de calor que molestaba sus ahora sensibles heridas lo arropó.

Conquest irrumpió en la formación Lanther como un meteorito en tan solo una fracción de segundo terrestre.

A pesar de ser el viltrumita más longevo registrado, su figura era colosal. Medía por encima del promedio de su propia raza, superando con creces los 2 metros y medio.

Y aquel eterno, en sus ojos, solo había vacío y muerte.

El primer Lanther, quien había logrado estabilizarse, tras localizar al anciano, intentó disparar.

Pero en tan solo un parpadeo, Conquest desapareció de su posición, apareció a su lado y le arrancó el cinturón generador de luz de un tirón.

Sin la tecnología, el soldado se convirtió en simple carne ante sus ojos.

Conquest le agarró la mandíbula inferior con una mano, la superior con la otra, y tiró.

La cabeza se partió como una fruta podrida, la columna vertebral salió chorreando médula mientras el casco rodaba vacío.

Y todo había sido en tan solo una fracción de fracción de segundo que pareció extenderse una eternidad ante la presencia de todos.

El segundo y tercero vinieron juntos, enfurecidos, pero de la misma manera, a velocidades incomprensibles incluso para el propio Varnak-Sul, Conquest atravesó el pecho del primero con los dedos en formación de lanza.

Con la misma facilidad de sacar la maleza de la tierra, arrancó el esternón de una sacudida, y con el hueso aun goteando, se lo incrustó en la garganta al segundo.

La tráquea de este último explotó en un chorro de cartílago triturado.

El cuarto activó su Lanza, habiendo aprovechado la muerte de sus compañeros para asestar un ataque fatal, pero Conquest se había anticipado.

Este lo agarró por la punta mucho antes de apretar el botón, la giró en el aire como un molinete, y se la clavó al quinto por el ojo. La energía ámbar licuó el cerebro del Lanther, y atravesó su corteza y su cráneo en línea recta. Sus sesos escurrió burbujeando por la nariz.

Conquest arrancó el astil de la cuenca sanguinolenta del cadáver y lo usó como lanza improvisada para atravesar al sexto, séptimo y octavo enfilados. Los tres cuerpos quedaron ensartados como brochetas, pataleando y desconcertados. En ningún momento lo vieron moverse.

Los Lanther restantes activaron sus cinturones al máximo, dispuestos a sobrecargarse e inmolarse con el enemigo.

Sus trajes brillaron en un incandescente blanco suficiente para borrar grandes franjas de corteza planetaria. Las detonaciones nucleares florecieron en el vacío, ondas expansivas de calor y radiación que habrían incinerado una flota entera.

Pero Conquest avanzó entre las explosiones como quien camina bajo la lluvia.

Su piel ni siquiera sintió la sensación de carbonizarse en lo mas mínimo.

Emergió de la bola de fuego envuelto en plasma, y su mano izquierda agarró al noveno por el rostro, apretó hasta que los dedos perforaron el cráneo, y arrancó hacia arriba. La piel de la cara salió completa como una máscara sangrante, dejando los músculos faciales expuestos, temblando.

Luego mordió la tráquea del décimo en un bocado limpio que hizo silbar la respiración por el agujero, de hecho, saboreó su carne, comiéndolo tras sentir el regusto de la sangre en su paladar.

Una sonrisa risueña pareció florecer en el rostro del anciano, mostrando sus dientes manchados de sangre y codicia de más.

Del undécimo al decimoquinto intentaron dispersarse una vez más, abandonar el espacio, pero Conquest les persiguió en el vacío como un tiburón hambriento.

Al undécimo le agarró ambas piernas y las separó en direcciones opuestas, provocando que la pelvis del lanther crujiera.

Los fémures salieron de sus cavidades, muriendo por el shock.

El duodécimo recibió un puñetazo que le colapsó el tórax; las costillas perforaron ambos pulmones y salieron por la espalda.

Al decimotercero le agarró el brazo derecho, lo retorció hasta sacarlo de su articulación, y con el hueso aún chorreando, se lo clavó en el abdomen.

El decimocuarto intentó huir completamente aterrorizado.

Conquest le alcanzó, le agarró la cabeza desde atrás, y tiró ligeramente. El cuello se estiró como chicle, las vértebras cervicales salieron una a una, la médula brilló al vacío. El decimoquinto vio todo y se orinó dentro del traje por lo bizarro de su situación, el deshonor y la manera tan salvaje de morir.

Conquest, ignorando la parálisis del mismo, le metió el puño por la boca atravesando su paladar, cráneo, y su mano salió por la coronilla goteando masa encefálica.

Los Lanther restantes, diecisiete perturbados, activaron sus Lanzas en formación de volea. Treinta y cuatro rayos ámbar convergieron en el pecho de Conquest, pero este simplemente se hizo a un lado, de una manera tan perezosa que casi pareció como si nunca estuvo allí.

Lo más perturbador era que el anciano aun sonreía. Sus dedos sangrantes señalaron a los diecisiete restantes.

“bonitos juguetes tienen allí, criaturas de brillitos. ¿Eso es todo lo que hace? ¿Por qué no soy capaz de usarlo? ¿acaso esta diseñado para que solo reconozcan sus firmas?”, de repente preguntó a través de un pensamiento. Su pensamiento, igual de gruesa e insidiosa que su voz, estremeció a los lanthers.

Al no recibir respuesta, el anciano se encogió de hombros, pero continuó con la masacre.

Al decimosexto le agarró por la cintura y apretó. La columna se partió con un ruido de rama seca.

El decimoséptimo recibió una patada que le arrancó ambas piernas de cuajo dejándolo flotar en el vacío con los muñones chorreando.

Al decimoctavo le agarró la cabeza con ambas manos, la izquierda solo sujetó, pero la derecha apretó, y el cráneo reventó como uva, sesos salpicando el casco del decimonoveno, que apenas pudo gritar antes de que Conquest le arrancara los brazos de una sacudida, dejándolo como un tronco humanoide.

Del vigésimo al vigésimo quinto no hubo resistencia alguna. Conquest los embistió como un ariete, su cuerpo atravesando los tórax de cada Lanther hasta destrozarlos.

Sus cabezas fueron separadas de sus cuellos por el mero impacto.

Uno quedó partido a la mitad, la columna expuesta como una rama partida, mientras que otro fue decapitado por el filo del antebrazo de Conquest.

El vigésimo sexto intentó disparar su Lanza a quemarropa, pero Conquest, haciendo algunas esquivas, le atrapó el cañón con la palma de la mano, destrozando hasta hacer pasta su muñón.

El astil se dobló, y la punta estalló en fragmentos que se incrustaron en la cara del Lanther.

Conquest le agarró la mandíbula, la desencajó hacia abajo como si abriera una lata, y luego introdujo los dedos en la cavidad bucal hasta arrancar la lengua de cuajo, seguida de la laringe entera.

Del vigésimo séptimo al trigésimo, el berserker se limitó a desmembrar. Un brazo, dos piernas, algún pulmón o una cabeza.

El trigésimo primero y trigésimo segundo fueron los últimos. Conquest les agarró a ambos por la nuca, juntó sus cráneos y los aplastó. Los cascos se hundieron, y los huesos del cráneo se fragmentaron en esquirlas que perforaron los cerebros desde dentro.

Sangre, líquido cefalorraquídeo y masa encefálica formaron una nebulosa roja alrededor de los tres.

Conquest soltó los cuerpos. Flotaron en el vacío, treinta y dos cadáveres destrozados, desmembrados, irreconocibles a la vista.

Tomó con normalidad una de las armas solicitadas por el gran regente para su posterior inspección, y luego le echó un ojo al general que había sido degradado.

Varnak-Sul inmediatamente hizo una reverencia.

Tragó en seco, alarmado. Los berserkers podían dañar a sus aliados en momentos de locura, pero el anciano solo permaneció en silencio.

Se mantuvo observándolo, expectante, calculando y decidiendo cosas que solo el podría comprender, y luego, así como llegó, se fue. Fracciones mas tarde, Varnak-Sul pudo presenciar como el anciano atravesaba una franja entera de cientos de millones de sus enemigos.

Era un anciano feroz, muchos decían que había enloquecido, pero Varnak-Sul había comprobado que eso no era cierto del todo. El anciano estaba cuerdo, sabía lo que hacía, y disfrutaba cada momento, cada instante, cada micro segundo de sus acciones infligida sobre sus enemigos.

El disfrutaba del dolor y la agonía ajena, el sentir la muerte de sus víctimas. Era, sin lugar a dudas, la aniquilación misma.

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